Opinion · Punto de Fisión

Caída y auge de Mariano Rajoy

Una de las primeras cosas que hizo Mariano tras despedirse del cargo de presidente del gobierno fue telefonear a su amigo Francisco Riquelme, su sustituto en el registro de la propiedad durante casi tres décadas: “Paco, lo que hablamos tantas veces. Me vuelvo a mi plaza de registrador y me olvido de la política”. Le faltó añadir:”La ciudad no es para mí”, como Paco Martínez Soria según se bajaba del autobús recién llegado a la capital. Olvidarse de la política sonaba un poco raro para un hombre que lleva toda la vida allí y que hizo de ella un pasatiempo más que una profesión: era como quitarse de los dulces o del pitillo después de comer.

Se trata de la primera vez en democracia que todo un señor presidente intenta reanudar una vida normal, aunque lo cierto es que había llevado el cargo de una manera tan apacible, tan anodina, que casi no daba la impresión de estar al cargo. Mariano no sabía nada de cómo funcionaba nada, ni la falsa contabilidad, ni la mecánica de los sobres, ni los platos, ni los vasos, ni los mensajes de ánimo que le enviaba a Luis Bárcenas, el administrador del tocomocho. Su antecesor en la plaza, de nombre José Luis, le dijo una vez a su mujer según se acostaban: “Sonsoles, no sabes la cantidad de españoles que podrían ser presidente del gobierno”. No se imaginaba que lo mejor estaba por llegar.

En muchas cosas, en la flema, en la pachorra, en el ecosistema de humedad, Mariano tiene un aire inevitablemente british, en el sentido tradicional del término. No cuesta nada imaginarlo con un maletín y un paraguas, despidiéndose de su señora antes de salir de casa, al estilo de Reginald Perrin. En aquella fastuosa teleserie (Caída y auge de Reginald Perrin) se esconde una extraña alegoría del destino mariano. Aquejado por la crisis existencial de los cuarenta, harto de su matrimonio, de su familia, de su trabajo y de sus amistades, Reginald finge su suicidio, huye del pueblo y asiste a su propio entierro para luego ir repitiendo punto por punto todos los errores que hicieron de su vida un perfecto apogeo del tedio. Se casa con su propia viuda, consigue su antiguo empleo y vuelve a coquetear con su antigua secretaria, dando inicio de nuevo al ciclo. Después de probar diversos oficios -destacando especialmente como cuidador de cerdos- Perrin triunfa inesperadamente con una idea genial: monta una tienda de artículos que no sirven para nada y al poco tiempo se ha convertido en un auténtico magnate de la basura. Ahí se vendía cualquier cosa, botellas de vino agrio, ceniceros con un agujero al fondo, aros cuadrados, discos silenciosos, como si fuese una sede del PP.

A Mariano la plaza de registrador en Santa Pola lo estaba esperando con la misma desidia que el sillón presidencial. El primer día llegó casi cincuenta minutos tarde, aunque más preciso sería decir que lo hacía con treinta años de retraso. Era igual que esas fábulas medievales donde el tiempo pasa volando y el emperador descubre que las pompas, las majestades, los ministerios, las chuches, los hilillos, los vecinos y el alcalde, el alcalde y los vecinos, no han sido más que un sueño. Entonces, con un suspiro de alivio, se recuesta en el sillón y vuelve a sumergirse en el Marca.