Opinion · Punto de Fisión

Un país sin vergüenza

Un anciano de 85 años, con una chaqueta sobre los hombros, se lleva una mano al oído y dice que no oye bien; la fiscal tiene que repetirle varias veces la misma pregunta, aunque casi siempre entiende a la primera a su abogado. Se llama Eduardo Vela, fue ginecológo en la clínica San Ramón de Madrid durante los años sesenta y ayer, por fin, una mujer, Inés Madrigal, logró la proeza increíble de sentarle en el banquillo después de una disputa titánica. Está acusado de detención ilegal, suposición de parto y falsificación en documento oficial. Un día la madre de Inés Madrigal le confesó que ella no era su verdadera madre, que Vela -a quien reconoció en un careo durante la fase de instrucción- se la había regalado como si fuese un cachorrito después de quitársela a sus auténticos padres y de enseñarle cómo fingir un embarazo. Vela contesta a las preguntas con vaguedades, dice que él no sabe nada, que no se acuerda de nada.

Es lógico que no se acuerde, es incluso plausible: lo terrible, lo imperdonable es que no nos acordemos nosotros. El caso de Inés Madrigal, que lleva media vida preguntándose dónde andará su madre biológica, es sólo una gota de agua en un océano de desdicha. Porque San Ramón sólo era una más de las docenas y docenas de clínicas, maternidades e instituciones religiosas dedicadas al expolio de recién nacidos a todo lo largo y lo ancho de la geografía española, una auténtica trama criminal que implicaba a médicos, funcionarios del gobierno, monjas, curas, comadronas y agencias de adopción estatales.

Este robo sistemático de bebés se remonta a 1937, cuando el doctor Antonio Vallejo-Nájera, psiquiatra oficial del régimen y admirador confeso de Himmler, ideó la estrategia de separar a los hijos de las madres republicanas presas en las cárceles de Franco para evitar la propagación de lo que él denominaba “el gen marxista”. Posteriormente, durante los años cincuenta y sesenta, esta maquinaria criminal adquirió el rango de un lucrativo negocio, cuando el bebé arrancado a su madre legítima -a quien se le decía que había muerto en el parto- era vendido a otra familia por un buen puñado de dinero y con todos los papeles en regla. Son miles de españoles quienes, como Inés Madrigal o el abogado Enrique Vila Torres, siguen preguntándose en vano por su origen, pero son muchos más quienes ni siquiera se imaginan que su biografía empezó con un crimen. Se calcula que, entre los cuarenta y los ochenta, la cifra puede ascender a sesenta mil niños robados, quizá la historia más negra del franquismo y la más ignorada.

Por desgracia, tuve la desgracia de investigar algunos detalles de la trama durante la escritura de mi último libro, Palos de ciego, en el que, entre otras cosas, intenté esclarecer qué había sucedido con mi hermano mayor, David, muerto en la clínica de San Ramón a las pocas horas de su nacimiento. O al menos eso les dijeron a mis padres. Así descubrí cómo, en 1981, el fotógrafo Germán Gallego publicó en la revista Interviú unas asombrosas fotografías donde se veía a un bebé congelado en una cámara frigorífica de la clínica San Ramón. Ese trozo de carne helada y triste era lo que le enseñaban a las pobres desgraciadas que no se resignaban a la noticia de que habían perdido a un hijo. Gracias a ese reportaje firmado por María Antonia Iglesias se inició una investigación policial que terminó con la clausura de la clínica y la detención de Vela, pero la causa no fue más allá, quizá porque implicaba a personajes demasiado poderosos relacionados con los estamentos religioso y político. Años más tarde, en 2010, en una de las pocas entrevistas que concedió, el ginecólogo confesó que no había congelado un solo niño, sino varios, que se trataba de una práctica corriente que llevaba a cabo cuando no tenía tiempo para realizar la autopsia en el momento. También dijo que él mismo había quemado los archivos donde se guardaban los historiales clínicos y los datos de las parturientas.

La semana pasada toda España se indignó y los principales periódicos publicaron a todo trapo las repugnantes fotos de los niños separados de sus madres y albergados en jaulas por la administración Trump mientras esperaban la deportación. Ayer pasaron casi de puntillas sobre la ignominia de Inés Madrigal y de los miles de huérfanos que andan reclamando justicia en un país sin memoria, sin dignidad y sin vergüenza. No, Vela no se acuerda de nada, y nosotros tampoco.