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Cristiano se perdió en otro partido

29 oct 2011
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El Madrid jugó dos partidos esta vez. Dos partidos en uno. El de todos para todos. Y el de uno para uno. Cristiano frente al mundo, como antes de su versión más generosa. Frente a Messi, por supuesto, frente a la noticia de sus tres goles al Mallorca. Frente a Higuaín (y aquí sí, y viceversa), frente a ese gol inmediato que ponía los focos encima del argentino. Frente a la cifra centenaria de tantos en el Madrid que el portugués tiene tan cerca y que no termina de tocar. Egoísmo, ansiedad, patología competitiva…

Cristiano no jugó esta vez para el Madrid, sino para sí mismo. En el fondo, contra sí mismo, porque fue el jugador luso el gran perjudicado de su egoísmo. A su equipo le costó apañárselas sin él (fue de más a mucho menos; pagó otra noche desaparecida de Özil, el defensivismo donostiarra, sus patadas excesivas, brutal la de Griezmann a Ramos), pero él no supo prosperar sin el equipo. Cuando CR7 agarraba la pelota, no veía compañeros, sólo portería. Acababa por su cuenta lo que recibía. Intentaba regatear lo que se le ponía por delante o directamente remataba. Probaba con una rabona, se jugaba la expulsión con una patadita por detrás, discutía con los de su bando, se desentendía… Se desesperaba por el paso de los minutos sin un trocito de gloria personal. Y, claro, fue así como acabó sin ella. El Madrid ganó (también lo logra si juega regular), pero su estrella no tuvo ningún peso. Lo hizo casi todo mal.

Una zurda de precisión

26 oct 2011
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En diez minutos, el Villarreal ya era un equipo cadáver. En diez minutos atroces del Madrid, el Villarreal no hizo otra cosa que pedir auxilio empotrado sobre su área. Y no por convicción, sino por obligación, empujado por la voracidad de un rival supersónico e imparable que presionó y atacó con todo. Balón en propiedad, ritmo febril, toque continuo, movimiento continuo, portería rival entre ceja y ceja. Un Madrid crecido que gustó y se gustó, que sobre todo asustó. Una apisonadora que dejó resuelto el partido nada más comenzar.

En esos diez minutos de ofensiva en tromba, de brillo general, sobresalió otra vez una pierna zurda exquisita y delgada. La izquierda que más envíos de gol ha ejecutado en lo que va de curso, la del fideo Di María. Le da igual que el nueve sea Higuaín o Benzema, que por el corazón del área irrumpa Cristiano, que el que asome por la zona sea Kaka. Di María encuentra a todos. Por alto y por bajo, a la espalda de los defensas o entre medias de ellos, incluso abriéndose un pasillo bajo las piernas del rival más cercano. Siempre de guardia en el mismo puesto de la banda derecha, perfilado de la misma manera sobre diez metros cuadrados convertidos en territorio conquistado. Siempre desde allí, memorizadas con precisión las distancias y calculadas hasta las correcciones que recomienda el viento, descose y descose pases letales. Ya ascienden a siete sus asistencias, unas veces de seda (como la que encargó el gol de Benzema) y otras más corrientes (la de Kaká). Y luego, si surge, también le pasa a la red.

A propósito del ‘Manzano vete ya’

24 oct 2011
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Ocho partidos de Liga después, la grada del Calderón desempolvó un viejo grito de guerra que ya sonó con estruendo hace siete años y que la propiedad del club decidió intencionadamente despreciar y olvidar cuando se animó en verano a la recontratación del técnico. El “Manzano, vete ya” retumbó de nuevo sin ayuda de la megafonía en los minutos finales del soporífero Atlético-Mallorca del domingo, un partido más sin pegada ni juego de los rojiblancos. La hinchada pudo agarrarse al arbitraje, a los visibles errores de un reincidente Borbalán, pero optó por no alejarse demasiado del verdadero problema. Por eso concentró su enésimo desencanto en la figura del preparador, a quien la verdad, pese a la ceguera institucional y el cinismo mediático, ya recibió con mala cara, temiéndose lo peor.

Pasados apenas dos meses de competición, la sensación general establece que hay más plantilla que entrenador. Y esa conclusión cala también en unos despachos acostumbrados a la paciencia en los últimos años. Son bastantes los pecados atribuibles en este tiempo al técnico, como también a la patología crónica de la institución desde que fue ocupada (poca exigencia y ningún rastro de compromiso e identidad en el vestuario). Tampoco hay presión, ni siquiera artificial, que acabe con esa indiferencia desesperante que se detecta ahí abajo tras cada suceso o resultado negativo. Pero que no sea normal ni recomendable la pasividad, que no ocurra nada después de cada tacada de contratiempos, que ninguno de los responsables se sienta apretado, no vuelve saludable la recurrente solución de despedir al técnico. Y menos, tan cerca del arranque.

Hacerlo es tentador, la verdad. Y podría calmar provisionalmente a esos aficionados indignados, pero desacreditaría aún más a unos gestores ya de por sí bajos de reputación. Fueron ellos los que ficharon a Manzano a sabiendas de su gris currículo como rojiblanco y su desapego con esa hinchada que ya le vuelve a chillar. Así que ahora, sólo diez minutos después, no es plan de que miren para otro lado. Los gritos también se refieren a ellos.

El gol se ha vuelto pase

18 oct 2011
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Mourinho se guardó para la Liga a los emergentes. O les bajó a la tierra. O dio una caricia a sus víctimas. O simplemente tiró de rotaciones. El caso es que sentó a Higuaín (seis goles en dos partidos) y a Kaká (cuatro victorias seguidas de titular), y devolvió a Benzema y Di María al once. Y de su vieja alineación principal, el Madrid arrancó un dominio masivo. Más por culpa del Lyon, que, quizás por privar a los blancos de su temido contragolpe, entregó deliberadamente el balón y el campo. Nueve franceses por detrás de la pelota reunidos en dos líneas sobre su área para cerrar agujeros y forzar al rival a lo que peor se le da, el ataque estático. Al descanso se llegó con un 75% de posesión local poco frecuente en la era Mou. Pero sin demasiadas ocasiones.

Fue por la vía del laboratorio como encarriló el Madrid su noche. Con final en gol de Benzema, para alimentar un poco el debate del nueve (que no se cerrará hasta que Mou se anime a jugar con los dos juntos), y con servicio del de siempre. Del de últimamente. O sea, de Cristiano, que suma ya cuatro partidos consecutivos regalando asistencias, ayer de cabeza. Por contra, el gol le ha dejado un poco de lado. Incluso en la segunda parte, con el Lyon más abierto y el Madrid acercándose a sí mismo y goleando, el luso se quedó también sin marcar. Cuando estuvo más cerca, se lo estropeó Kaká cruzándose. Frente a frente con la portería, estos días a Cristiano todo se le vuelve error. O pase.

Del santo Mou al vigente Del Bosque

17 oct 2011
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Desde que Florentino convirtió los mensajes incendiarios de Mourinho en pensamiento institucional del Real Madrid, el entrenador portugués se ha vuelto contenido. Como su equipo, el caso es jugar a la contra. Ni siquiera ha pisado el charco por el que estos días chapotea partido en dos el madridismo a propósito de la insignia que Florentino pretende concederle furtivamente a Del Bosque y que el técnico ha decidido rechazar. Como respuesta al plantón, los integristas del presidente se han lanzado a remover con mala intención el pasado del técnico para deformarlo a peor. ¿Y? La verdad, aunque la perversa revisión del currículo del entrenador estuviera cargada de razón (que tampoco), cuesta encontrar la conexión con su negativa a ser impostadamente condecorado.

Y porque Mourinho se ha vuelto un santo, si no, a estas horas ya habría explotado. Y con razón. Porque al luso nadie le creyó en su día cuando dio su justificación de su celebración frente al banquillo del Villarreal. Y, sin embargo, el personal ha comprado a la primera la versión de Víctor Valdés sobre su fea dedicatoria tras el primer gol del Barça al Racing. Dos varas de medir.

Pero bueno, está tranquilo: su Madrid ya gana y golea. Aunque la estampa más generosa de Cristiano, su virtuosismo para el pase, le ha metido en un aprieto. Al calor de los goles que regala CR7, la calle se ha puesto a discutir: Higuaín o Benzema. Y a Mou no le gusta. Pero no tiene motivos para la queja. En cualquier otra parte le apretarían para que jugaran los dos delanteros juntos: ¿Por qué dos en el frente de ataque son muchos y dos en la zona de contención del centro del campo son pocos? Benzema por Lass y asunto resuelto. Pero no, a eso Mou no se anima.

Contra esas sentencias del conservadurismo de las que el preparador luso no se mueve, Guardiola lanzó el sábado un nuevo desafío. Un centro del campo sin contención: Thiago, Xavi e Iniesta. Y pese a las profecías catastrofistas, no ocurrió ninguna tragedia. Monólogo de balón y ningún apuro. ¿Alguien se atreve a copiarlo?

Garrido dice que sí. Y por eso proclama su militancia en ese bando del fútbol creativo y bien jugado. Pero sus alineaciones le sumergen en una contradicción. Y ante el City promete insistir: Marchena como centrocampista, rodeado de más medios de corte defensivo, compite con la leyenda de buen gusto que se ganó desde hace tiempo su Villarreal.

Y en la otra punta, entre las flores de siempre pero a ocho puntos ya de la cabeza, el Atlético sigue estancado. Demasiada inversión para tan poca exigencia. Se emborrachó del optimismo excesivo de los primeros piropos, pero no ha conseguido pasar de la buena pinta. No gana donde debe, no marca goles y ya ni juega. Mientras tanto, se confirman los temores que su prensa de cortesía se negaba a aceptar: Reyes se pierde y el entrenador no llega. Pero no pasa nada. El club, el técnico y los jugadores duermen tan tranquilos. Y así no se puede aspirar a ser grande.

Mourinho cuida al sector nacional

03 oct 2011
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El Madrid acabó en Cornellà con siete españoles sobre el campo (Casillas, Arbeloa, Ramos, Albiol, Xabi, Granero y Callejón), una buena noticia para Del Bosque, a quien, a la vista de los onces de Mourinho, cada vez le cuesta más justificar el blanco de sus listas. Pero lo que podría interpretarse como un guiño del luso hacia el seleccionador, en realidad buscaba otra reconquista: la del sector nacional del vestuario, que en las últimas semanas andaba herido y molesto con el técnico por unas cuantas de sus decisiones. Aunque públicamente han sabido guardar las formas y la apariencia de unidad, los nacionales han sabido cómo hacerle llegar al entrenador su descontento. Y Mourinho, lejos de tomarse los reproches como una rebelión intolerable, los ha recibido con talante conciliador. Ha dejado a un lado el ego que se le supone (en realidad, a lo largo de su currículum, pocos jugadores le han dedicado una mala palabra tras trabajar a sus órdenes) y, para no perder al grupo (como empezó a temer), se ha corregido con aparente naturalidad. De dejar sin un minuto a Casillas en el trofeo Bernabéu tras la publicidad de su conversación con Xavi tras la Supercopa, y comentar en alto que hasta él en persona podría haber jugado de portero en Zagreb, a elogiarle personalmente en la víspera del Espanyol. De sentar a Ramos por abandonar por un rato la teoría de la conspiración y decir que ante el Levante no valen excusas a entregarle los galones de la defensa. De ironizar sobre la protección de Arbeloa a Iniesta en la tangana con la selección a colocarle de lateral derecho titular. De no contar para nada con Albiol, y poner en peligro su Eurocopa, a alinearle por delante de Varane, el hombre de moda por juego y portadas. De señalar a Callejón en el medio tiempo ante el Racing a regalarle cuarto de hora ante sus ex en Cornellá, donde Granero tuvo sus minutos. De cuestionar en público a los suyos a destacar el trabajo de todo el equipo, con especial mención a los no habituales. Con barbacoa o sin ella, como terapia o por una vía espontánea, el del domingo fue otro Mourinho.