Ciudad sin metro

11 Jul 2010
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CARME MIRALLES-GUASCH

Profesora de Geografía Urbana

Una gran ciudad sin metro no es una ciudad: es una pesadilla. Lo saben bien los madrileños, aquellos que lo usan y aquellos que no saben ni dónde está.
Más allá de la huelga y de las reivindicaciones de sus trabajadores, cuando una ciudad se queda sin metro, la ciudad conocida desaparece y emerge otra. En ella, los tiempos de recorrido se amplían, asoman objetos urbanos e incluso calles que hasta entonces no parecía que estuvieran allí. También se descubre que los transportes urbanos son una red compleja e interconectada, donde cada modo de transporte es fundamental para que todo funcione. Así, los que van siempre en coche se dan cuenta de la importancia de los que usan los medios públicos y les dejan a ellos más espacio y menos congestión. Ir andando se manifiesta como una pieza clave de nuestra cotidianidad y se examina lo mal o lo bien que están diseñadas las calles para los peatones. También se comprueba que los autobuses, piezas fundamentales del transporte público, nunca van a tener capacidad suficiente para absorber la demanda de una gran ciudad.
El metro es un medio de transporte urbano de finales del XIX. El primero se inauguró en Londres en 1863 y, desde entonces, toda ciudad que quiera convertirse en una gran ciudad, en metrópolis, tiene que tener transporte suburbano. Algunos incluso dirían que es el metro el que da categoría urbana a las ciudades del mundo. De hecho, en estos 150 años, no se ha dejado nunca de construir nuevos metros o ampliar sus recorridos. En algunas ciudades, los barrios están caracterizados por sus estaciones y dotan al espacio urbano de signos de identidad. En muchas periferias urbanas, cuando se les pregunta a sus habitantes de dónde son, sus referentes vecinales identitarios son los nombres y los lugares donde asoman las paradas del metro.
El Metro de Madrid que se inauguró en 1919 con apenas 3,5 km de recorrido y ocho estaciones, hoy tiene 284 km y casi 300 paradas. Sin embargo, la importancia del Metro no se mide en términos sólo cuantitativos. Los transportes subterráneos aportan categoría de gran urbe y permiten, sin exclusiones, que sus ciudadanos puedan ejercer su derecho a la ciudad: al trabajo, al ocio, al estudio.
En cualquier caso, aunque un día sin metro permite vivir la cotidianidad de otro modo, una ciudad sin metro deja de ser ciudad para convertirse en una pesadilla.


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