LUIS MATÍAS LÓPEZ
Periodista
Aung San Suu Kyi ha pasado 14 de los últimos 21 años en arresto domiciliario por exigir democracia en Myanmar, sin que la obtención en 1991 del Nobel de la Paz torciese la voluntad de la dictadura militar. La concesión del galardón al disidente chino Liu Xiaobo, condenado en 2009 a 11 años de prisión por “incitar a la subversión del poder del Estado”, tampoco le pondrá en libertad. Ni a él ni a los otros presos políticos, pese a la oleada de peticiones de todo el mundo, como la de Barack Obama, apenas un gesto para no irritar demasiado a un país con 850.000 millones de dólares en deuda pública norteamericana.
La Carta 08, firmada en principio por 300 intelectuales y después por más de 10.000 personas, exigía democracia parlamentaria, libertades de asociación y prensa y separación de poderes. Justo lo que Pekín considera graves amenazas a la seguridad nacional, es decir, a la supremacía del partido comunista, bajo cuya férula avanza desde hace 30 años un experimento de desarrollo social y económico sin precedentes que, por ahora, excluye la reforma política.
El régimen yerra el tiro al calificar de “obscenidad” la concesión del Nobel. Obscenidad es tener a Liu en la cárcel, no que el comité del premio inste a respetar derechos universalmente reconocidos. Sin embargo, lo más probable es que a medio plazo no mejore la situación de los disidentes chinos, y de este en concreto. Incluso no cabe descartar un endurecimiento.
China reacciona ante críticas y ataques exteriores bajo el síndrome de país acosado, y sólo suaviza su postura cuando la presión se desvanece. En casos como este resurge un nacionalismo como el que, en las últimas semanas, se ha alimentado de la crisis con Japón tras la detención de un pesquero chino en un área en disputa. Pekín aprovechó el incidente para renovar su reivindicación sobre mar del Sur de China, que inquieta a los países de la zona.
El liderazgo chino cree, y tal vez no le falte razón, que la historia le absolverá, que la represión de la disidencia y casos como el de Liu Xiaobo quedarán como notas a pie de página que no empañarán otros capítulos brillantes, como sacar de la miseria a centenares de millones de habitantes y convertir el país en una superpotencia que trata de tú a tú a EEUU y cuyo peso como fábrica del mundo y gran mercado emergente es vital para la estabilidad global.
LUIS MATÍAS LÓPEZ
Periodista
Sólo faltaba el ataque terrorista que ayer costó la vida a cuatro colonos judíos para marcar a sangre y fuego la tremenda dificultad a la que se enfrenta el diálogo directo entre israelíes y palestinos que, si este atentado no lo impide, se abrirá mañana con Obama de mediador. El gran interlocutor ausente de las conversaciones, el grupo radical islamista Hamás, entra en escena para dejar claro que la paz no es posible sin su concurso, y amenaza así con echar por tierra toda esperanza de acuerdo, por frágil que fuese.
A juzgar por lo ocurrido en el pasado, el radicalismo de Hamás no quedará sin respuesta, y el primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, un halcón que parece moderado si se le compara con alguno de sus socios en el Gobierno, no tendrá fácil practicar una contención más necesaria que nunca.
Empeoran así unos augurios que ya eran pésimos: en Israel, gobierna la derecha de Netanyahu en coalición con la ultraderecha más cerril; en Palestina, sólo la rama moderada de su doble liderazgo, la de Mahmud Abás, apoya el proceso de paz. Y las partes que se dan cita en EE UU difieren en todo: límites del futuro Estado palestino, capitalidad en Jerusalén Este, colonias judías en Cisjordania, retorno de refugiados o garantías de seguridad para Israel.
¿Qué juega a favor? 1) La implicación de Obama, cuyo declive podría frenarse con un éxito allá donde fracasaron Clinton y Bush. 2) Que, como Beguin al devolver el Sinaí a Egipto, el halcón Netanyahu podría contar con la no beligerancia de la oposición. Y 3) Que si la negociación fracasa, será inevitable un nuevo ciclo de violencia. ¿O se ha iniciado ya?
¿Lo peor? Que todo quedará en nada si Netanyahu no prolonga la moratoria sobre la construcción de nuevos asentamientos, y que Hamás, dueño y señor de Gaza, está fuera del proceso y, a lo que parece, dispuesto a boicotearlo. La calculada inoportunidad del ataque de ayer da argumentos a Israel, EEUU y la UE, que tachan a la organización de terrorista, pero no condenan el terrorismo de Estado israelí.
Sin embargo, en este conflicto marcado por excesos salvajes en los dos bandos, la paz nunca será posible si no la acuerdan quienes hacen la guerra. Hamás, parte del problema, debe ser también parte de la solución. Pese a los cuatro muertos (o tal vez más) que estarán sobre la mesa cuando Netanyahu y Abás comiencen a dialogar.
CARLOS TAIBO
Profesor de Ciencia Política
Sabido es que la visita a Israel del vicepresidente norteamericano, Joe Biden, coincidió, días atrás, con el anuncio de la construcción de 1.600 nuevas viviendas en la Cisjordania ocupada. Es lógico que los gobernantes estadounidenses se hayan sentido molestos ante una decisión que revela bien a las claras dos hechos: por un lado, la firme voluntad israelí de obstaculizar cualquier acuerdo de paz, y por el otro, el no menos firme designio de la Casa Blanca en el sentido de evitar, más allá de las quejas rituales, cualquier suerte de sanción al ocupante.
Lo ocurrido desnuda la política de Barack Obama en relación con el conflicto palestino, y lo hace de la mano de la certificación de que, pese a alguna coyuntural apariencia, el actual primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, se siente tan cómodo con el presidente estadounidense de estas horas como se sintieron en el pasado, con Bush hijo, sus antecesores Sharon y Olmert. Por cierto, que, en un ejercicio lamentable que homologa las responsabilidades de israelíes y palestinos en lo que atañe a la dificultad de reabrir las negociaciones, hace unas semanas Obama señaló que había sobreestimado la capacidad de Estados Unidos para convencer a unos y a otros de la necesidad de dialogar…
A estas alturas, sólo los más ingenuos pueden concluir que hay alguna esperanza de que las cosas cambien del lado israelí, al amparo, por ejemplo, de una incorporación del partido centrista Kadima al Gobierno en detrimento de ultranacionalistas y ultrarreligiosos. Por qué habría de alterar Israel sus posiciones si todo va razonablemente bien para sus intereses. Cómo estarán las cosas para que el propio presidente palestino, Mahmud Abbas, a menudo plegado a las imposiciones israelíes –ahí está su decisivo apoyo para que el informe Goldstone no llegase a La Haya– y poco más que un títere de las potencias occidentales, haya llegado a la conclusión de que, dadas las condiciones presentes, ninguna negociación es posible. El círculo se cierra, en fin, con la lamentable política que abrazan gobiernos árabes como el de Egipto, siempre de espaldas a cualquier proyecto que acarree un respaldo elemental al pueblo palestino.
Que Obama aún está a tiempo de actuar es evidente. Tanto como que no hay ningún motivo sólido para concluir que, de una vez por todas, y asumiendo riesgos, vaya a romper la baraja de una impresentable y duradera solidaridad con Israel.
CARLOS TAIBO
Profesor de Ciencia Política
En los últimos meses no han sido pocas las voces que, conocedoras de lo que se cuece en la Unión Europea, han expresado su recelo ante un argumento mil veces repetido: el que llama la atención sobre las presuntas bondades del Tratado de Lisboa en lo que se refiere a acrecentar la agilidad y la eficacia de unas instituciones hasta hoy más bien mortecinas. Para muchas de las voces que nos ocupan, y por decirlo rápido, el tratado ha llegado demasiado tarde en un escenario en el que han surgido de por medio nuevos y acuciantes problemas.
Lo cierto es que las semanas transcurridas desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa no han aportado savia nueva a una Unión Europea que sigue tan cabizbaja como antes. Basta con echar una ojeada a los nombramientos de las dos figuras –Herman van Rompuy y Catherine Ashton– que encabezan la UE en estas horas para percatarse de que poco hay que huela a un renovado impulso que rescate a la Unión de su crisis. Aunque hay quien aducirá, con respetable razón, que la ausencia de figuras de primer orden en Bruselas bien puede ser una buena noticia –nos alejará, sin ir más lejos, de políticas marcadas por irrefrenables designios personales–, el problema de fondo parece, en realidad, otro: la Unión Europea de estas horas no tiene resuello para encarar ninguno de los grandes retos que debe afrontar, algo que convierte en anécdota los nombres de quienes encabecen unas u otras instituciones.
El primero de esos retos inabordables lo configura un inquietante alejamiento entre políticos y tecnócratas, por un lado, y ciudadanos de a pie, por el otro. Sobran las razones para aducir al respecto que se ha acabado un idilio de años. Las trampas vinculadas con la ratificación del viejo tratado constitucional y con el propio Tratado de Lisboa han dejado una huella imperecedera a la que se suma una circunstancia más: el chalaneo permanente al que se entregan desde hace tiempo liberales, conservadores y socialistas ha cancelado en los hechos muchos de los elementos de vivacidad que, al calor de la competición y la oposición, dan aire a tantos sistemas políticos.
No es más halagüeño el registro de la Unión, cada vez más inmersa en la consolidación de una Europa fortaleza, en lo que hace al encaramiento de la crisis económica. Si en los 20 últimos años los poderes públicos han perdido dramáticamente capacidades de acción, los problemas que acosan a Grecia o a España a duras penas aciertan a ocultar que en el propio núcleo duro de la Unión faltan las respuestas convincentes mientras, y con lo que ha llovido, la desregulación, adobada con los mitos de la competitividad y del crecimiento, sigue impregnándolo casi todo. A estas alturas, y en paralelo, sólo los más ingenuos creen que la UE, esa audaz compradora de cuotas de contaminación que los países pobres no están en condiciones de agotar, se halla comprometida en una lucha sin cuartel contra el cambio climático. Qué no decir, en fin, de una política exterior que, alicaída, sigue arrastrando una dócil sumisión al dictado norteamericano. Quédenos el consuelo de certificar, eso sí, que –con los mimbres presentes– no hay ningún motivo para afirmar que una diplomacia fuerte del lado de la UE dibujaría un mundo más justo y solidario…
CARLOS TAIBO
Profesor de Ciencia Política
En las últimas semanas hemos asistido, por enésima vez, a la manifestación de diferencias más o menos serias entre Estados Unidos y China. Como quiera que en sí mismas poco tienen de nuevas, bueno será que prestemos atención a alguno de los problemas de fondo que se revelan en la relación entre esas dos potencias.
Recordemos, por lo pronto, que China arrastra de siempre una visible vulnerabilidad energética, efecto de su incapacidad para generar las materias primas que reclama el crecimiento de su economía. El país depende abrumadoramente de los suministros de petróleo que, procedentes ante todo del golfo Pérsico, llegan por vía naval a través del estrecho de Malaca. Un bloqueo, relativamente fácil, de este último colocaría a China en la peor de las situaciones, circunstancia que ha obligado a los dirigentes en Pekín a buscar fuentes alternativas de suministro. Bien es verdad que, hoy por hoy, y para ratificar la situación que nos ocupa, esas fuentes –ante todo el continente africano, donde China abraza reglas similares a las postuladas por el colonialismo occidental, y el Asia central ex soviética– no permiten sortear el delicado procedimiento de transporte que China se ve obligada a acatar.
A duras penas sorprenderá que, así las cosas, EEUU esté empeñado en cotocircuitar, hasta donde sea posible, el acceso de China a las materias primas energéticas que esta precisa. Aunque la política estadounidense tiene como punto nodal un golfo Pérsico cada vez más sometido a la pax americana, algunos de sus tentáculos se adivinan incipientemente, también, en el mar de la China meridional, que, emplazado entre las costas de Vietnam, Indonesia, Filipinas y la propia China, se presenta como un prometedor almacén de yacimientos de petróleo.
Para cerrar el panorama, en la trastienda estratégica se manifiesta un fenómeno interesante: como quiera que Japón comparte con China una parecida vulnerabilidad energética –también depende de los suministros que llegan del Pérsico–, bien podría forjarse una alianza entre los dos países articulada en torno a un proyecto de transporte que ha hecho correr mucha tinta. Se trataría de un conducto que, desde el Asia central y tras atravesar el territorio continental chino, arribaría a las costas del Pacífico y alcanzaría el territorio japonés. No es preciso agregar que EEUU, que siente un temor atávico a todo lo que huela a aproximaciones entre potencias secundarias, ha puesto toda la carne en el asador para evitar que una alianza de esa naturaleza prospere.
Las cosas como fueren, estamos obligados a identificar una subterránea dimensión de las agresiones norteamericanas en Irak y Afganistán: la que contempla un incipiente cerco estadounidense sobre China. Son muchos los expertos que, en un terreno próximo, han tenido a bien anunciar que los mayores conflictos del primer tercio del siglo XXI se desarrollarán en la periferia de China. Aunque en modo alguno hay que descartar al respecto las secuelas de un imaginable espasmo neoimperial en Pekín, más fácil es relacionar esos conflictos, claro, con una renovada agresividad de la Casa Blanca.
CARLOS TAIBO
Profesor de Ciencia Política
Pocas cuestiones reflejan mejor el derrotero del mundo en que nos movemos que la relativa a unas energías renovables que están en todos los labios. El sentido común más elemental dice que, comoquiera que asistimos al agotamiento de la mayoría de las materias primas energéticas que empleamos, es obligado escarbar en las posibilidades que ofrecen fuentes energéticas de carácter renovable y alternativo.
Si hasta aquí nada hay que oponer, conviene prestar atención, con todo, a dos manifestaciones del debate de las renovables que ilustran que no es oro todo lo que reluce.
La primera nos dice algo importante sobre el uso que nuestros gobernantes reservan a esas fuentes de energía, presentadas siempre, sin más, como un lucrativo negocio. Una y otra vez se nos recuerda que España es un líder mundial en lo que a renovables se refiere, circunstancia que por sí sola, y al parecer, debería permitir que en un terreno relevante la competitividad de la economía ganase muchos enteros. Importa subrayar lo que esa forma de argumentar arrastra en la trastienda: ni siquiera cuando están de por medio problemas gravísimos que afectan al planeta entero –así, el cambio climático y el encarecimiento inevitable del grueso de las materias primas energéticas que empleamos– deja de primar con descaro la lógica del negocio privado, que por definición atiende a la satisfacción de objetivos e intereses particulares.
Mayor relieve corresponde, aun así, a una segunda circunstancia: la percepción dominante –con reflejo palmario, de nuevo, en las miserias que abrazan nuestros gobernantes– parece entender que el despliegue de las energías renovables debe verificarse al servicio de la preservación del modo de vida hiperconsumista y despilfarrador al que hoy nos entregamos. Lo de menos es que ese proyecto sea literalmente irrealizable, toda vez que a duras penas puede imaginarse que esas fuentes de energía permitan atender a una demanda completamente desbocada. Lo realmente significativo es, antes bien, lo que se esconde, de forma dramática, por detrás de semejante apuesta. Porque, y al cabo, lo que se quiere evitar en todo momento es una reflexión previa sobre cuáles son nuestras necesidades y cuáles los instrumentos llamados a satisfacerlas. El debate sobre las renovables reclama antes, en otras palabras, una clarificación sobre cuál es el modelo de sociedad
–despilfarradora o austera, endilgada por la producción y el consumo o privilegiadora de otros valores– al que aquellas habrán de aplicarse.
Si hay que proponer un ejemplo al respecto, ninguno mejor que el que aporta la incipiente discusión sobre el coche eléctrico. Aunque es verdad que esa modalidad de vehículo, menos contaminante, resulta moderadamente preferible –sus partidarios prefieren rehuir la discusión relativa a las exigencias que se derivan de un oneroso proceso de fabricación– a los automóviles al uso, lo primero que tenemos que preguntarnos, mal que le pese a gobernantes y empresarios, es si realmente necesitamos tantos coches como gustan de hacernos creer.
CARLOS TAIBO
Profesor de Ciencia Política
Si el derrotero de la revolución naranja ucraniana de un lustro atrás es el dato principal a la hora de evaluar qué han significado las políticas occidentales en una parte muy sensible de Europa, parece servida la conclusión de que esas políticas han sido un estrepitoso fracaso.
Y es que resulta inevitable recordar que los cinco años de presidencia de Víktor Yúschenko han sido una catástrofe en todos los terrenos. Si, por un lado, la economía ucraniana no ha acabado de levantar el vuelo, el panorama político se ha visto marcado indeleblemente por desencuentros y confrontaciones en un escenario en el que, el pasado otoño, el porcentaje de ucranianos que declaraban sentirse satisfechos con el camino asumido por su país no llegaba a un 7%.
Claro que no hay indicador mejor de la zozobra en todos los órdenes de la vida ucraniana que el hecho de que tampoco provocan ningún entusiasmo los dos dirigentes políticos que en los últimos años, y según las tesituras, han sido los rivales de Yúschenko: el recién elegido presidente Víktor Yanukóvich y la durante años primera ministra Yulia Timoshenko. Curioso se antoja, por cierto, el desencuentro permanente de unos responsables políticos –estos– que han aceptado con descaro, una y otra vez, buena parte de las propuestas de sus rivales. Ahí están, para demostrarlo, los coqueteos de Yanukóvich –adalid formal de un proyecto de acercamiento a Rusia– con la Unión Europea, como ahí están los acuerdos que, en el terreno de la energía, y con la complacencia de Putin, acabó por ultimar Timoshenko –sobre el papel, la representante señera de un programa manifiestamente prooccidental– con Moscú o el desdén con que la propia Timoshenko ha obsequiado en los últimos tiempos a una posible incorporación de Ucrania a la OTAN.
La explicación de lo anterior parece, por lo demás, sencilla: tras unos y otros, se hallan poderosos grupos empresariales que, como ha hecho Rusia en los últimos tiempos, prefieren depositar sus huevos en varios cestos y bien se guardan de marginar por completo a nadie. Tal vez esta circunstancia es explicación suficiente de por qué la mayoría de los ucranianos procuran guardar las distancias con respecto a todos sus dirigentes políticos, mientras la falta de esperanza con respecto al futuro lo inunda casi todo.
Si se trata de resumir con trazo grueso lo que ocurre en estas horas en Ucrania, nada más lógico que identificar dos contenciosos abiertos y sin expectativa de resolución. El primero es el que aporta la débil articulación de un país en el que perviven discrepancias agudas entre un occidente convertido en asiento fundamental del discurso nacionalista ucraniano y un oriente en el que las simpatías por Moscú no han remitido en los últimos dos decenios. El segundo lo configura, cómo no, la conflictiva ubicación del país, encajonado entre la Unión Europea y Rusia. Hay quien piensa que, al menos en lo que hace a este contencioso, Ucrania tiene una salida airosa: la de buscar el camino del no alineamiento en un mundo en el que, por lo demás, las tensiones no tienen, con toda evidencia, la magnitud que se registraba cuando EEUU y la URSS se hallaban inmersos en una aguda confrontación.
CARLOS TAIBO
Profesor de Ciencia Política
Que el Foro Social Mundial (FSM) está en crisis es un secreto a voces. La principal de las explicaciones al respecto parece obvia: aunque los diagnósticos que desde el FSM se han formulado en lo relativo al derrotero del planeta han demostrado ser puntillosamente certeros, mientras la corrosión del capitalismo va a más, la capacidad de los movimientos para articular respuestas efectivas sigue siendo reducida. Y ello es así pese a que, del lado de aquellos, hay una conciencia clara en lo que se refiere al hecho de que la corrosión no afecta sólo al neoliberalismo, sino que alcanza, antes bien, al propio capitalismo como un todo.
Es verdad, claro, que la crisis del Foro Social Mundial tiene otra dimensión que afecta a la propia condición del proyecto. Desde bastante tiempo atrás se ha subrayado, con buen criterio, que las reuniones que han ido celebrándose en lugares del sur del planeta –así, Porto Alegre, Mumbai o Nairobi– en los hechos daban más cancha a los santones intelectuales y a los activistas del norte que a las propias redes de los países pobres. No sólo eso: esas reuniones han acabado por ofrecer un espacio muy goloso para que fuerzas de la izquierda tradicional –incluida la socialdemocracia más rastrera– encontrasen un eco que a buen seguro no merecían. Al final, el panorama ha resultado ser un tanto lamentable: las mismas fuerzas que en el trabajo sórdido y poco vistoso de cada día están dramáticamente ausentes se han servido a menudo del repetidor del FSM para aparentar, durante unas horas, lo contrario.
No está de más agregar, por cierto, que la multitudinaria presencia, en sucesivas sesiones del FSM, de presidentes de un puñado de países de América Latina no ha dejado de ser, también, un problema, en la medida en que ha facilitado la confusión entre los movimientos de base y realidades institucionales varias, y ello por muy respetables que estas puedan ser. En un escenario como el que acabamos de retratar no es difícil explicar por qué del Foro Social Mundial –una mezcla confusa en la que se dan cita ONG asistenciales, fuerzas políticas tradicionales y movimientos rompedores– no ha salido nada que huela a un programa mínimamente unificador de realidades tan extremadamente distintas.
Más allá de todo lo anterior, lo suyo es afirmar que el FSM arrastra de siempre una delicada relación con los movimientos de base. Reconozcamos, eso sí, que la proliferación de foros descentralizados ha servido para rebajar un tanto la intensidad del problema, aun cuando no falten los ejemplos de cómo esos foros de rango geográfico menor han acabado por reproducir los problemas de la matriz de escala planetaria. Parece claro, de cualquier modo, que ante las señales de naufragio de un proyecto en exceso cupular como al cabo ha resultado ser el Foro Social Mundial, sólo queda reivindicar el trabajo, a menudo heroico, que en tantos lugares siguen realizando esos movimientos de base de los que hablamos. Subrayemos, en cualquier caso, que el futuro de la contestación de la globalización capitalista no se dirime en Porto Alegre sino en el día a día de la vida de barrios y pueblos en todo el planeta.
CARLOS TAIBO
Profesor de Ciencia Política
Tiene sentido examinar, siquiera sólo sea de forma somera, cuál ha sido la relación de la izquierda occidental con el Estado de Israel desde el nacimiento de este en 1947-1948. Subrayemos, por lo pronto, que en inicio esa izquierda acogió con los brazos abiertos el triunfo del proyecto sionista en Palestina. Al respecto fueron decisivos, sin duda, tanto el recuerdo de lo que supuso el Holocausto como la instalación en Israel de un modelo socializante al calor, ante todo, de los kibbutzim. No se olvide, en paralelo, que en aquellos mismos años la Unión Soviética coqueteaba, también, con el Estado recién nacido.
Las cosas empezaron a cambiar en 1956 cuando, al amparo de la crisis de Suez, se hizo evidente que Israel no era un motor de cambios saludables en región tan conflictiva como Oriente Próximo, sino, antes bien, una punta de lanza, y bien afilada, de tramadas estrategias al servicio de las grandes potencias capitalistas. De resultas, llegó a su fin la luna de miel entre la izquierda occidental e Israel. A estas alturas no es preciso agregar, claro, que lo que sucedió en los decenios siguientes vino a sellar semejante ruptura. Con Israel convertido en un mamporrero regional que hacía el trabajo sucio de Estados Unidos y mantenía a raya a quienes, en el mundo árabe, se atrevían a sacar la cabeza, era difícil encontrar disculpas para la conducta de los dirigentes sionistas.
Es verdad, con todo, y demos un paso más, que con el paso del tiempo la izquierda occidental fue abandonando la que había sido durante decenios su propuesta principal en lo que hace al conflicto palestino-israelí: un Estado laico y aconfesional en el que judíos y árabes, hebreos, musulmanes y cristianos, conviviesen en paz. El violento derrotero de los acontecimientos vino a asentar de su parte, infelizmente, un franco acatamiento de la tesis de los dos Estados, uno palestino y otro israelí, como solución cabal al conflicto que nos ocupa. Importa subrayar lo que semejante opción suponía: la aceptación de facto de un Estado de carácter orgullosamente étnico, Israel, nacido de una impresentable operación de apropiación colonial acompañada de acciones de limpieza étnica.
La corriente dominante de pensamiento sostiene que, a estas alturas, el proyecto de un Estado común en Palestina carece de viabilidad en un escenario de confrontación y desencuentro. En realidad, lo que resulta inviable es la preservación del statu quo o, en su caso, una mera reforma cosmética de este que permita perfilar un Estado palestino claramente sometido a cortapisas de su soberanía. Sobran las razones, en otras palabras, para argumentar que la voluntad de porfiar en las soluciones, más aparentes que reales, que hoy se ofrecen en Palestina, no anuncia para el futuro sino nuevos sinsabores o, lo que es lo mismo, la reaparición del callejón sin salida en que nos encontramos. Claro es que la opción por un único Estado debería implicar, por fuerza, que las potencias occidentales tomen cartas en el doble asunto de poner fin a la lógica colonial que ha guiado a Israel y de resarcir al pueblo palestino por lo padecido a lo largo de seis decenios. En cualquier caso, y a tono con el título del magnífico libro de José Durán Velasco que se interesa por estas cosas, bueno será que empecemos a abrazar, también en Palestina, una visión no estatolátrica.
CARLOS TAIBO
Profesor de Ciencia Política
El desalojo policial en Madrid de un centro social okupado, el Patio Maravillas, ha reabierto la magra discusión que entre nosotros provocan proyectos que, como ese, en modo alguno son residuales. Bueno es recordar que la presencia de esta suerte de centros es, muy al contrario, común en muchos de nuestros medios urbanos.
Los centros sociales okupados muestran, como poco, dos dimensiones interesantes. Olvidaré ahora la primera de ellas, que no es otra que la posibilidad de que jóvenes y no tan jóvenes encuentren cobijo en un escenario marcado casi siempre por alquileres próximos a la usura. Mayor interés tiene en estos momentos la segunda dimensión, que nos habla de esos centros como notabilísimos y estimulantes focos de irradiación cultural y pensamiento crítico.
A título de ejemplo, el Patio Maravillas madrileño, como tantos otros, ha acogido en los últimos 30 meses un sinfín de actividades, entre las que se cuentan conciertos, talleres, servicios de asesoría legal y actos públicos a menudo masivos. Un buen termómetro de lo que tenemos entre manos lo ofrece el hecho de que una parte de las sesiones del Foro Social de Madrid previstas para finales de este mes había de celebrarse en ese recinto (y se celebrará, por lo que parece, en su sustituto).
Sí hay que mencionar, con todo, dos carencias que arrastran estos locales: la primera la aporta su indisimulada condición generacional –a poco más atraen que a jóvenes–, en tanto la segunda llega de la mano del escaso atractivo que tienen para lo que llamaré con ligereza la izquierda tradicional, acaso más culpa, bien es cierto, de la miopía de esta última. Agreguemos, para cerrar el panorama, que frente a la imagen, tantas veces difundida por los medios, de antros cerrados, marginales y fuente de delincuencia, es harto frecuente que iniciativas como la del Patio Maravillas disfruten de un general apoyo entre los vecinos del barrio en que han cobrado cuerpo.
Pero, más allá de lo anterior, hay que prestar atención a lo que los centros sociales okupados significan en el terreno de la contestación de dos miserias ingentes que marcan de forma indeleble el derrotero de nuestras sociedades. La primera es la radical supremacía que corresponde a un ocio –el que se ofrece a los jóvenes– dramáticamente impregnado de consumo, de dinero y de atontamiento; importa subrayar la gratuidad, frente a ello, del ocio y de los servicios que proporcionan los centros que ahora nos atraen.
La segunda miseria la configura, cómo no, una especulación inmobiliaria que entre nosotros lo inunda casi todo. A duras penas puede ser casual que, en muchos casos, los inmuebles objeto de okupación sean propiedad de personas de dudosa moralidad que bien saben lo que es el negocio sucio y la presión sobre los dirigentes políticos. Qué tiempos estos en los que quienes especulan y se lucran con el trabajo de los demás campan por sus respetos, mientras son frecuente objeto de represión, demonización y criminalización muchos jóvenes que buscan, con talento y compromiso, horizontes distintos. Los mismos tiempos, bien es cierto, que permiten que quienes llevan años alentando un visible deterioro en las condiciones medioambientales del planeta pongan en la cárcel, incomunicados, a quienes han tenido el coraje y el buen sentido de plantarles cara.