Juan Francisco Martín Seco
Economista
Andan en escandalera los políticos de uno y otro bando porfiando acerca de sobre quién recae la responsabilidad de que ejecutivos de cajas de ahorro, saneadas con recursos públicos, hayan cobrado fabulosos sueldos e indemnizaciones. El Banco de España (BE) pretende librarse de toda culpa asegurando que su cometido se limita a controlar la solvencia. Mal ha ejercido entonces su función, ya que ha permitido que las entidades se descapitalizasen sin dar ninguna señal de alerta. Pero, además, resulta muy grave para el sistema financiero español que el órgano supervisor reduzca sus competencias a vigilar la viabilidad de las instituciones. Esta situación es la que permite que, ante la pasividad del BE, las entidades financieras engañen a menudo a los clientes, tal como hicieron ofreciéndoles hipotecas que estaban por encima de sus posibilidades.
Pero las comunidades, los ayuntamientos, incluso los sindicatos, tampoco se pueden ir de rositas. Los políticos de uno u otro signo que se sentaban en los consejos de administración son cómplices, al menos por omisión. En muchos casos han considerado que la caja era el cortijo particular de la respectiva comunidad o corporación y han embarcado a la entidad financiera en aventuras que, si bien podían tener una rentabilidad partidista, carecían de todo sentido social o económico. En otras ocasiones, los gestores habían acumulado tal poder en la región, que nadie se atrevía a pedirles cuentas. Con el dinero de la caja han sabido comprar voluntades y conceder créditos a personas e instituciones que quedaban de alguna forma atrapadas y cautivas.
Por último, hay que preguntarse si el escándalo de las retribuciones no resulta también extrapolable a todas las entidades financieras, hayan o no recibido en esta ocasión fondos públicos. Por una parte, de forma generalizada, los administradores y ejecutivos se han blindado en los consejos, actuando libremente, sin nadie que los controle y fijando sus propios sueldos; por otra, no se puede hablar de sector privado cuando los estados se ven obligados a salvar a las entidades en caso de dificultad y cuando el crédito constituye un factor estratégico fundamental para el crecimiento y el bienestar de las sociedades.
JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO
Economista
Cuantas más medidas se toman en la eurozona, peor es la situación, pero nadie se atreve a cambiar el escenario. Da vértigo. Aunque nada peor que la inacción, una especie de muerte lenta. Con estos parámetros, no parece que muchos países tengan solución. ¿Por qué no imaginar otro campo de juego? ¿Qué ocurriría si de improviso Grecia, Irlanda, Portugal, Italia, Bélgica y España decidiesen dejar el euro, y por imposición legal convertir todos los activos y pasivos denominados en euros a moneda nacional al tipo de cambio que adoptaron al entrar en la eurozona?
Dejemos volar la imaginación. Desde luego habría que introducir –al menos provisionalmente– medidas de control de cambios. Las monedas en libre flotación, aunque fuese una flotación sucia, se depreciarían con respecto al euro; unas más, otras menos, hay que suponer que en una relación parecida a los diferenciales que se están pagando por las correspondientes deudas, lo que constituiría una quita automática pero no explícita. Se podría pensar que, en consecuencia, estos países perderían la confianza de los mercados, pero ¿más que ahora? Quizá no, ya que, una vez producida la devaluación, el riesgo de una futura pérdida se reduciría y además los respectivos bancos centrales podrían luchar contra la especulación. Muy posiblemente en un principio subirían los tipos de interés nominales, pero también lo haría la inflación, con lo que los tipos reales tal vez permaneciesen iguales o incluso se reducirían y, gracias a las modificaciones en los tipos de cambio, ganaríamos competitividad. Desde luego, las dificultades económicas serían grandes, pero al menos la luz se divisaría al final del túnel.
Tampoco resultaría descabellado pensar que Francia, al quedarse sola con Alemania y ante la revalorización del euro, decidiese abandonar también la Unión Monetaria y a su vez el país germano perdiera las ventajas comparativas de las que goza en la actualidad. Pero quizá lo más probable es que no hiciese falta llevar a cabo todos estos planes, porque la simple insinuación de esta posibilidad en el Consejo sería suficiente para que Alemania cambiase de postura y estuviese dispuesta a introducir las reformas adecuadas.
JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO
Economista
Por qué las bolsas se tambalearon tras la dimisión del economista jefe del Banco Central Europeo (BCE)? Tal vez fuese la certificación de que el euro no puede permanecer. Si Alemania, Holanda y Finlandia ni siquiera están dispuestas a aceptar que el BCE compre deuda, y mucho menos la emisión de eurobonos, la Unión Monetaria tiene los días contados.
Puede ser que Jürgen Stark tenga razón al afirmar que tal cometido no se encuentra entre las competencias del BCE, pero ello lo único que indica es que el Tratado de Maastricht y más tarde los estatutos de esta institución se elaboraron y aprobaron con enormes carencias y contradicciones. Resulta imposible que los estados puedan aguantar la presión de los mercados sin un banco central que los respalde.
Los halcones se empeñan en hacernos creer que la crisis no es del euro, sino de algunos países que deben solucionar sus problemas; pero da la casualidad de que el número de los implicados ha crecido sustancialmente y afecta ya a la mayoría de la Unión Monetaria, y que esos mismos países se encontrarían con menores dificultades si no estuviesen en la eurozona. Italia tiene ahora el mismo o parecido stock de deuda que con anterioridad a su entrada en el euro, sin que entonces padeciese los apuros actuales. La única solución, de existir, se encuentra en Bruselas o en Frankfurt. Las medidas tomadas hasta ahora por los estados individuales no sólo son ineficaces sino contraproducentes y condenan a los países a la recesión, en primer lugar a los deudores, pero termina también por afectar a los acreedores, como se ha visto con Francia y Alemania en este segundo trimestre del año.
A los mandatarios europeos se les está terminando el tiempo. Tienen que decidir si quieren o no quieren la Unión Monetaria. Si su contestación es afirmativa, deben reformar seriamente y de manera urgente el proyecto. Grecia es probable que esté maldiciendo el día que entró en el euro y me imagino que, si al final tiene que pagar el enorme coste de la suspensión de pagos, decidirá abandonar la Unión Monetaria y devaluar su moneda. Una forma de hacer la quita es convertir todas las deudas denominadas en euros a dracmas pero al cambio de 1999. Si esto ocurre, ¿qué país será el próximo?
JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO
Economista
Con lo que sí guardan relación las derechas y las izquierdas es con la idea que se tiene del papel del sector público. “El santo temor al déficit” remite a una concepción decimonónica del Estado –la liberal, la del laissez-faire, laissez-passer– con funciones muy reducidas. El escenario cambia radicalmente en el Estado social, donde el sector público debe asumir la función de ser el primer y principal agente económico del país.
Se dice que no se puede gastar más de lo que se ingresa. Esta pauta que se intenta aplicar al Estado,ocasionaría el desastre más absoluto de establecerse como norma en las empresas, incluso en las familias. La inversión empresarial es la fuente normal de los ingresos futuros y gran parte de ella ha de financiarse con endeudamiento. Las inversiones que debe acometer el sector público no tienen por qué regirse por reglas muy diferentes. Los ingresos públicos dependen en gran medida del crecimiento económico y este a su vez de las múltiples actuaciones que emprenden el Estado o los organismos públicos. La educación, la sanidad, los gastos en investigación, una justicia ágil, buenas comunicaciones y, en general, las obras públicas, incluso una Administración eficaz y competente, son elementos imprescindibles para el desarrollo económico y, por consiguiente, una inversión a medio y largo plazo que se traducirá en mayores ingresos para el propio Estado que, en definitiva, es el primer socio de toda la economía nacional.
“Cuando un Estado debe mucho, pierde su autonomía”, afirmó también Rubalcaba. Nadie pretende la defensa indiscriminada del déficit. Pero el endeudamiento público español es menor que el de la mayoría de los países de la Unión; en todo caso, el problema radica en el endeudamiento privado. Reino Unido posee, en porcentaje del PIB, casi el doble de deuda pública que España y, sin embargo, no ha sufrido los ataques de los mercados. El talón de Aquiles de nuestro país se encuentra en su pertenencia a la Unión Monetaria. Esto, unido al servilismo de los políticos españoles, es lo que nos hace perder autonomía hasta el extremo de cambiar la Constitución al dictado de Merkel y de una entidad carente de representatividad democrática como el BCE.
Juan Francisco Martín Seco
Economista
El Gobierno ha reiterado que los faustos papales no han consumido dinero público. No está nada claro. Pasemos por alto los gastos en que han incurrido las distintas administraciones públicas en el evento y fijémonos, sin embargo, en esa tajante afirmación del ministro de la Presidencia acerca de que las jornadas no han recibido subvención directa alguna del presupuesto. Ramón Jáuregui se fija sólo en una parte del presupuesto, la de los gastos, y olvida la de los ingresos, es decir, las desgravaciones. Por esta vía, buena parte de lo aportado por los patrocinadores termina costeándolo el erario público.
El error cometido por el ministro de la Presidencia es harto frecuente. Cuando los políticos izan la bandera de la austeridad, todas las miradas se dirigen a los capítulos de gastos olvidándose de los llamados gastos fiscales. ¿Acaso existe diferencia entre subvencionar directamente una actividad y permitir la desgravación en un tributo por el mismo motivo? Sólo que esta última forma de gasto aglutina toda clase de desventajas para la hacienda pública. Al no figurar de forma explícita en el presupuesto, pasan desapercibidos; una vez establecidos, no se someten al examen y a la criba anual de la aprobación presupuestaria; su cuantía es desconocida a priori porque no depende de la voluntad del Gobierno, sino del uso que decidan hacer los contribuyentes. Por último, es un nido de fraude ya que su control es casi imposible.
Claro que, a lo mejor, todos estos defectos son ventajas para algunos y por esa razón los gastos fiscales se establecen con tanta frecuencia. El Impuesto sobre Sociedades se ha convertido en un queso gruyère, pasando de un tipo nominal del 30% a uno efectivo del 10%. No obstante, el Ejecutivo, que ha metido las tijeras en las partidas de gasto más necesarias, se niega radicalmente a tocar las deducciones y las desgravaciones fiscales de este gravamen. La opacidad lo permite, porque de lo contrario, ¿qué gobierno se atrevería a explicitar como subvenciones estas partidas en los presupuestos? ¿El Parlamento se aventuraría a aprobar en la actualidad una transferencia a favor de bancos y promotoras? Pues no otra cosa es reducir el IVA de la vivienda nueva del 8 al 4%.
Juan Francisco Martín Seco
Economista
El pasado fin de semana, la mayoría de los líderes mundiales tuvieron que interrumpir sus vacaciones y mantener entre sí reuniones y conversaciones telefónicas. No había estallado ninguna guerra. Simplemente, una agencia de calificación, una empresa privada, había reducido la nota de la deuda de EEUU. Standard & Poor’s ha puesto en jaque a los gobiernos de todos los países del mundo. Pero ¿a quién representa? Absolutamente a nadie. Eso sí, defiende poderosos intereses. Entre sus mayores accionistas, se encuentran algunos de los más importantes fondos de inversión.
Los gobiernos han liberado un monstruo que ahora no saben cómo controlar. La libre circulación de capitales, la desrregulación de los mercados financieros y el poder concedido a determinadas entidades privadas no sólo convierten en papel mojado el concepto de soberanía popular, sino que configuran un mundo económico financiero caótico que en cualquier momento puede precipitarnos en una crisis como jamás se haya conocido.
En 2008 estuvimos al borde del abismo. Los mandatarios mundiales prometieron todo tipo de reformas que se han quedado sobre el tablero. Es más, en cuanto aparecieron los primeros signos de recuperación, se retornó al statu quo anterior y a la defensa de las políticas y de los principios que nos habían conducido a la crisis. La Unión Monetaria continúa presa de sus contradicciones, con desigualdades gravísimas entre sus miembros que hacen imposible su mantenimiento. Alemania, principal beneficiaria, además de negarse a que se dé cualquier paso hacia una verdadera unión, ha impuesto a los otros países políticas tan restrictivas que obstaculizan la recuperación. China critica a Estados Unidos por su déficit, sin asumir la responsabilidad que le corresponde por su enorme superávit. Los republicanos estadounidenses, con tal de cargarse a Obama, están dispuestos a lanzar al mundo a otra recesión. Y los países que, como Alemania y China, viven de las exportaciones, no quieren entender que tales desajustes en las balanzas de pagos son imposibles de sostener.
La crisis se solucionó en falso y todo apunta a que será precisa una nueva recesión, quizá de mayor volumen, para que se coja por fin el toro por los cuernos.
Juan Francisco Martín Seco
Economista
Ante la nueva ofensiva desatada estos días contra las deudas española e italiana, resulta patético que lo único que se le ocurra decir al portavoz del PP sea que el culpable es Zapatero. Patético resulta también escuchar al portavoz del Gobierno jactarse una vez más de que han hecho las reformas necesarias, y que aún van a instrumentar más medidas, como si la solución estribase en ellas. Poco les importa a los llamados mercados, y a quienes los controlan, el déficit público, la reforma del mercado laboral o la reducción de las pensiones. La prueba más evidente es que, si en mayo de 2010 la prima de riesgo de España se situaba en 130 puntos básicos, hoy, después de las reformas, ronda los 400. E igual evolución han sufrido las de Grecia, Irlanda, Portugal o Italia. El juego se realiza en otro terreno.
Nos movemos en unos mercados en los que la mayoría de las operaciones no obedecen a transacciones reales sino a simples envites. Mediante los CDS, los especuladores apuestan a la subida de la prima de riesgo de los bonos, al tiempo que su intervención en el mercado provoca esa misma subida. Saben que los países miembros de la Eurozona están incapacitados para actuar, y que la Unión Monetaria (UM) es presa de sus contradicciones. La ganancia resulta segura mientras no haya una fuerza que se les oponga.
La solución no se encuentra en los ajustes, ni en los rescates, ni en los créditos entre países; radicaría en que el Banco Central Europeo actuase como un verdadero banco central, y mostrase su predisposición a comprar toda la deuda pública que fuese necesaria para desanimar a los especuladores, haciéndoles temer que sus ganancias se pueden convertir en pérdidas. Esa es la política seguida tanto por EEUU como por Inglaterra. El euro tal vez se depreciaría, pero ello, lejos de ser negativo, tendría un efecto positivo sobre la economía europea, y actuaría como una quita silenciosa frente a los acreedores. El problema, sin duda, es Merkel; pero los políticos (tanto del Gobierno como de la oposición) de los países periféricos, en lugar de repetir vaguedades, deberían adoptar frente a ella una postura firme para hacerle comprender que no hay otra vía y que, de lo contrario, se rompe la UM, de la que Alemania es máxima beneficiaria.
JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO
Economista
Cabían pocas dudas de que los jefes de Estado y de Gobierno alcanzarían un acuerdo en Bruselas. La situación había llegado al límite y los intereses que apuestan por la Unión Monetaria (UM) son muy fuertes. Sin embargo, está fuera de lugar el triunfalismo con el que se ha presentado, como si se hubiera dado una solución definitiva al problema. Es cierto que determinado tipo de medidas –por ejemplo, que el actual Fondo Europeo de Estabilidad Financiera pueda intervenir en el mercado comprando deuda de los países que estén siendo objeto de ataques especulativos– son positivas, pero el resultado conseguido está muy lejos de ser ese muro fuerte y grueso que pueda salvar la eurozona. En todo caso, lo único que quizás se logre es ganar tiempo y, en el mejor de los casos, alejar las turbulencias financieras durante algunos meses. Pero antes o después retornarán. Las contradicciones internas permanecen. El problema de los países periféricos es de crecimiento, y difícilmente va a superarse teniendo el mismo tipo de cambio que Alemania. Los líderes europeos deberían recordar lo que ocurrió a principios de los noventa con el Sistema Monetario Europeo (SME). La lira y la libra tuvieron que abandonarlo, la peseta se devaluó varias veces y la tranquilidad no volvió a los mercados mientras no saltó por los aires, ampliando las bandas al ±15%, que equivalía a dejar las monedas en libre flotación.
Sarkozy, que es muy hábil en dar titulares, manifestó que la UM se ha dotado de un Fondo Monetario Europeo. Hay que suponer que tenía en mente Bretton Woods y las funciones asumidas entonces por el FMI (nada que ver con las que ostenta en la actualidad). Olvida, no obstante, dos aspectos sustanciales que diferencian aquel sistema del construido en la UM. El sistema monetario allí creado era de tipos fijos pero ajustables, en la eurozona los tipos se establecieron, según se ha dicho, “para toda la eternidad”. El segundo es que en Bretton Woods no existía la libre circulación de capitales y a los países miembros no se les privaba de la política de control de cambios. Europa, por el contrario, quiere cuadrar el círculo, permitir la total libertad en los mercados financieros y fijar luego de manera inamovible el tipo de cambio.
Juan Francisco Martín Seco
Economista
Como todo indica, estamos ya en campaña electoral, y hacen su aparición en escena las promesas, esas promesas que, según decía el viejo profesor, son para no cumplirlas. Se viene hablando estos días de gravar con un impuesto especial los sueldos, ciertamente obscenos, de los ejecutivos de la banca, pero ¿por qué a los de la banca y no a los de otras grandes empresas cuyos emolumentos suelen ser parecidos?, ¿y a los futbolistas?, ¿y a los artistas y profesionales?, ¿y a los que no trabajan y viven de las rentas, fabulosas, enormes rentas? No parece riguroso que haya que discriminar por profesiones, sino por capacidad económica.
En materia fiscal todo está inventado y hay que huir de las ocurrencias. Existe un impuesto sobre la renta que se puede hacer tan progresivo como se quiera, dividir la tarifa en los tramos que se desee, y colocar los tipos marginales en los niveles que se juzgue conveniente. Sólo hay que querer. El problema es que no se quiere. El camino emprendido en el pasado tanto por el PP como por el PSOE ha ido en sentido contrario. Por eso ese discurso aparece ahora como oportunista y falaz.
Comienza a escucharse una perorata un tanto estrafalaria: ahora se pueden adoptar medidas que antes no se podían plantear. El ahora se entiende después de las elecciones, porque por el momento continuamos con la misma política. Todo consiste en escudarse detrás de Grecia y de la Unión Monetaria. Aun aceptando que el ajuste fuese conveniente
–que no lo era, y en el futuro se verán más claras sus consecuencias–, nadie obligaba a hacerlo de forma tan regresiva. Nada impedía acometer lo que ahora se anuncia y mucho más. En lugar de congelar las pensiones y otras lindezas, se podía haber reformado el impuesto sobre la renta para retornar a una tarifa más progresiva, y englobar de nuevo en ella las rentas de capital, o modificar el impuesto de sociedades no sólo para los bancos sino para todas las empresas que obtienen resultados positivos (este gravamen nunca incide sobre las pérdidas, sólo sobre los beneficios), y qué decir de ese tributo sobre las grandes fortunas. Habrá que recordar que el impuesto de patrimonio se eliminó con anterioridad a cualquier presión de la Unión Europea.
JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO
Economista
El pasado miércoles, el Parlamento griego aprobaba un duro plan de ajuste. Mientras en la calle se desencadenaba una guerra campal, la euforia se adueñaba de las bolsas europeas. No resulta difícil concluir quiénes son los beneficiarios y quiénes los perjudicados. La situación se parece excesivamente a las intervenciones que en el pasado realizaba el FMI en los países subdesarrollados, concediendo préstamos en condiciones tan severas que las misiones de este organismo iban acompañadas de revueltas, huelgas y violencia callejera. “Tumulto Fondo”, llegó a denominarse. La medicina mataba al enfermo, y bastantes de estos estados tan sólo han comenzado a respirar cuando se han liberado del FMI y del Consenso de Washington.
Los ajustes no van a solucionar la crítica situación griega. Su problema no es de liquidez, sino de solvencia. Su problema, al igual que el de otros países, por ejemplo España, se llama Unión Monetaria (UM). Su talón de Aquiles, que tiene la misma moneda que Alemania, por lo que sufre un tipo de cambio irreal. Merkel se reúne con el primer ministro chino y consigue duplicar sus exportaciones a condición de abrir los mercados europeos a los productos del gigante asiático; ¿cómo van a competir Grecia y otros muchos estados de la UM?
¿Cuál, entonces, es la razón del rescate? Desde luego, no es salvar al país heleno, sino ganar tiempo para que los bancos europeos terminen por liberarse de la deuda griega. Entre 2009 y 2010, las entidades financieras alemanas han reducido su exposición a la deuda de los mal llamados “PIGS” (Portugal, Irlanda, Grecia y España) de 500.000 a 230.000 millones de dólares, y de forma similar las francesas. Dentro de un año, Grecia seguirá igual o peor y tendrá que abandonar el euro y reestructurar la deuda, pero esta, sin embargo, ya no se encontrará en manos de los bancos franceses o alemanes, sino del Banco Central Europeo (BCE) y del resto de los estados de la eurozona. Es posible que a medio plazo, España o Italia, para sobrevivir, tengan también que salir de la UM, pero entonces tendrán que enfrentarse no sólo a su endeudamiento sino al transferido por las entidades financieras europeas. A pesar del llamado contagio, hasta hace poco el problema era de los bancos. Ahora ya lo compartimos. Mañana será exclusivamente nuestro.