Publicidad

Egipto, más allá de la matanza en el estadio

05 feb 2012
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Luis Matías López
Periodista

Hay más dudas que certezas sobre la peor matanza en Egipto desde la revolución que derrocó hace un año al dictador Mubarak, pero los sucesos del estadio de Port Said reflejan el campo de minas de la transición a la democracia. Pese a unas elecciones relativamente limpias, está lejos de alcanzarse el objetivo de la revuelta de Tahrir, que inspiró movimientos similares en el mundo árabe y alentó a indignados como los del 15-M.

El Ejército, teórico garante del cambio, conserva escandalosos privilegios, el monopolio de la violencia, la impunidad para torturar y detener de forma arbitraria y el abuso de los juicios militares. Su pasividad y la de la Policía en el estadio, las denuncias de encerrona para vengar la hostilidad con la Junta de los seguidores del club Al Ahly, y el precedente de la matanza de coptos en octubre alientan la sospecha de que lo ocurrido, más que un estallido incontrolado, fue fruto de una conspiración en toda regla.

La masacre, y los disturbios y la represión subsiguientes, desacreditan el mensaje “o nosotros o el caos” de los militares, responsables últimos del caos. Los manifestantes reclaman que rindan cuentas los responsables directos de lo ocurrido, el titular de Interior, el primer ministro y la propia Junta. Es un clamor la exigencia de que el Ejército, al que se identifica con un antiguo régimen, vuelva a los cuarteles. Sin embargo, hay mucha distancia entre el espíritu de Tahrir y el Egipto profundo, ya que los comicios dieron a los islamistas tres de cada cuatro escaños (¡un 2% para mujeres!). Los revolucionarios están más cerca de las democracias laicas occidentales que de modelos inspirados en la sharía y, aunque los Hermanos Musulmanes no propugnen una república islámica y los radicales salafistas escondan sus garras, es obvio que la confesionalidad tiñe la acción política islamista. La Hermandad también exige responsabilidades, pero su principal interés podría ser un pacto de no agresión con los uniformados que se haría más visible en la próxima elaboración de una Constitución y la elección de presidente.

Así, quienes ganaron en Tahrir la batalla contra la dictadura pueden perder la guerra por construir un Egipto más libre y justo. Si la calle no lo impide.

Irán, ¿la guerra de Obama?

21 ene 2012
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Luis Matías López
Periodista

Obama heredó dos guerras. De Irak se ha retirado dejando atrás un avispero. De Afganistán promete irse en 2014, y no legará ni libertad ni prosperidad, ni siquiera paz. En su secuela paquistaní, mató a Bin Laden, pero los daños colaterales de sus aviones no tripulados dejan un alarmante rastro de resentimiento en su inestable, nuclear y estratégico aliado. En Libia, jugó un papel decisivo, pero no el de líder. Por fin, en la guerra moral –combatir el terrorismo sin los excesos de Bush–, sus logros son muy discutibles, como revela la vergüenza de Guantánamo.

Obama no ha tenido aún su guerra, pero podría no estar lejos si decide ponerse el casco de comandante en jefe. Sería un disparate, una aberración, pero no un imposible. Hay un claro enemigo: Irán; un objetivo que comparten sus aliados: frenar el supuesto designio atómico de los ayatolás; y un aliado, Israel, dispuesto a todo si EEUU le respalda, o a empujarle si se resiste. Por menos que eso, Bush invadió Irak.

Resuenan los tambores de guerra: escalada de sanciones para estrangular al régimen islámico, pruebas de misiles y amenazas iraníes de bloquear el estrecho de Ormuz, réplica norteamericana de que no lo permitirá, y asesinatos de dirigentes y científicos nucleares tras los que se vislumbra la larga mano del Mosad y la CIA.

Un régimen que propició un fraude electoral clamoroso, reprime a la oposición, ejecuta a adúlteras y encarcela a homosexuales no puede esperar simpatías en Occidente, ni que se acepte sin alarma que sea potencia atómica. Pero se entiende que sus dirigentes, que ven cómo un puñado de bombas blinda la dictadura norcoreana, jueguen esa peligrosa baza y denuncien el doble rasero que permite cerrar los ojos a las cerca de 200 bombas nucleares que atesora el Estado judío.

Cuesta imaginar que Israel lance una operación quirúrgica contra el programa atómico iraní, pese al riesgo de escalada y desestabilización de toda la región, sin el respaldo expreso de EEUU. Pero no es inverosímil que, poco antes de las elecciones, cuando el voto judío alcance su máxima cotización, se fuerce ese apoyo, incluso a posteriori. Sería la guerra de Obama, la apertura de la caja de Pandora y una vergüenza para el Nobel de la Paz.

Obama traiciona su agenda progresista

07 ene 2012
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Luis Matías López
Periodista

Para quien prometió respeto escrupuloso de los derechos humanos y acabar con los abusos de la era de Bush, ha debido resultar especialmente doloroso que Kenneth Roth, director ejecutivo de la ONG Human Rights Watch, asegurase: “Al firmar la ley de Defensa, Obama pasará a la historia como el presidente que consagró la detención indefinida sin juicio”.

Obama ha hecho un lamentable uso de su mano izquierda (con la que empuñó la pluma) que contrasta con su incapacidad para lograr con ella consensos con los republicanos y algunos sectores demócratas compatibles con su agenda progresista. Es cierto que ha expresado sus “serias reservas” a la regulación en la nueva ley de la detención, interrogatorio y procesamiento de sospechosos de terrorismo, que ha arrancado retoques de última hora, que promete no auto-
rizar jamás el encarcelamiento militar y sin juicio de norteamericanos y que se escuda en que no le quedaba más remedio que ratificar el texto porque el Pentágono estaba a punto de quedarse sin fondos. Pero eso no justifica que vuelva a defraudar a quienes le recibieron hace apenas tres años como una esperanza real de regeneración moral de la política norteamericana.

La ley de Defensa niega derechos garantizados por la Constitución a “sospechosos de terrorismo” y da más poder a los militares para detenerlos e interrogarlos “hasta que acaben las hostilidades”, es decir, hasta que lo decidan sus carceleros. La efectividad de la promesa de Obama de que no permitirá abusos es cuestionable por dos motivos: porque pueden producirse circunstancias excepcionales (por ejemplo, otro 11-S) que aconsejen invalidarla y porque tiene fecha de caducidad: la de su permanencia en la Casa Blanca, que podría ser de tan sólo un año. Es más que dudoso que ese compromiso sin ningún valor jurídico ate en el futuro a un presidente republicano, sobre todo a la vista de la ideología que están manifestando ya los precandidatos.

Por añadidura, la ley convierte aún en más remoto e improbable el cierre de Guantánamo, ya que prohíbe para el año fiscal 2012 la utilización de fondos que permitan trasladar a prisioneros de la base a territorio estadounidense. Otro fracaso de un decepcionante premio Nobel de la Paz.

Una guerra inútil y una retirada sin gloria

24 dic 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Luis Matías López
Periodista

Obama no debería cantar victoria. La guerra de Irak deja un rastro de violencia y miseria sin resolver los problemas que la motivaron, más inventados que reales, y legando otros muy graves. Sin tanta sangre, varios países árabes han alcanzado este año resultados mucho más positivos o están en vías de lograrlo.

EEUU retira sus tropas y, junto a miles de agentes privados para proteger sus intereses, deja de herencia una grave inseguridad y un Gobierno precario que tardó casi un año en formarse y es incapaz de superar las diferencias entre comunidades, confesiones y regiones.

Poco importa ya la sarta de mentiras con la que George Bush justificó la invasión. Tampoco se trata de añorar la siniestra estabilidad del régimen tiránico de Sadam Husein, o de negar que el régimen actual es lo más parecido a una democracia que Irak ha tenido nunca, pero el precio ha sido tan alto y los resultados tan escasos que es lícito preguntarse si ha merecido la pena.

La imagen de EEUU queda lesionada, no sólo por las víctimas inocentes de la lucha contra la insurgencia, o por las torturas cometidas en la prisión de Abu Ghraib, sino porque el país está en ruinas, no están garantizados servicios esenciales como electricidad y agua potable, y la mayoría de la población libra una cruda lucha por la supervivencia difícil de asumir cuando se nada en petróleo.

Una fuerza ocupante de hasta 170.000 soldados y un gasto que rivaliza con el del plan Marshall para reconstruir Europa tras la II Guerra Mundial no han conducido ni a un bienestar material similar al de antes de la invasión ni al fin de la violencia. Que todo un vicepresidente esté acusado de terrorismo resulta ilustrativo de lo lejos que se está de una paz genuina.

EEUU no deja un país estable (las tensiones entre suníes, kurdos y chiíes son muy fuertes), ni pacificado, ni desactivado como nido terrorista. Ni siquiera logra lo mínimo a lo que aspiraba: un incondicional aliado estratégico. Es más, señalados líderes chiíes (confesión mayoritaria, la del primer ministro) mantienen estrechos lazos con sectores extremistas de Irán, el gran enemigo de Washington.

En fin, una guerra inútil, una retirada sin gloria y el preludio de lo que ocurrirá en Afganistán.

Putin pese a quien pese

09 dic 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Luis Matías López
Periodista

Lo peor de que Hillary Clinton denunciase que las legislativas en Rusia no fueron “ni libres ni justas” es que respondía a una realidad objetiva que cuestiona la ya desacreditada calidad de la democracia en el país. El movimiento de protesta contra el supuesto fraude (que en Moscú podría haber sido masivo) y la detención de centenares de manifestantes convergen con las acusaciones de la ONG Golos y las del jefe de una delegación de la OSCE: denuncian que el aparato del Estado está al servicio incondicional del partido del poder (Rusia Unida), el monopolio de los grandes medios de comunicación, la manipulación en el recuento, etcétera.

Los rusos, aunque muy críticos con sus gobernantes, no soportan lecciones desde fuera y tienen derecho a elegir su propio modelo de democracia. Lo lamentable es que no se les dan las garantías mínimas para ejercitarlo, tan abrumador es el poder de Putin, a punto de recuperar la presidencia que prestó a Medvédev. Quedar a las puertas de la mayoría absoluta de votos, superándola en escaños, sería una magnífica noticia para un partido en cualquier otro país, pero la pérdida sustancial de apoyo popular (obtuvo el 64,3% en 2007), pese a los claros indicios de fraude, refleja un grave deterioro del control del “hombre fuerte”.

Sin embargo, dada la clamorosa falta de alternativa, la elección de Putin en marzo de 2012 sigue estado cantada, sobre todo si se maquilla el resultado. La popularidad del aún primer ministro es genuina y deriva de la histórica reverencia de los rusos por el poder establecido. Sin embargo, se ve afectada por la corrupción generalizada, la desigualdad creciente, los abusos de poder, el cambio de cromos con Medvédev y, ahora, el probable fraude electoral, que ha provocado un oficioso frente anti-Rusia Unida que es lo más parecido a una oposición que ha visto Rusia en doce años.

A favor de Putin juegan una estabilidad que contrasta con la caótica era de Yeltsin (que desacreditó a los llamados “demócratas”) y, pese a cierto estancamiento, la mejora del nivel de vida por el alto precio del gas y el petróleo, vital en un sistema de monocultivo energético. Así que, salvo sorpresa mayúscula, habrá Putin para rato (dos mandatos, doce años), aunque su triunfo quede bajo sospecha.

Algo se mueve en Myanmar

04 dic 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Luís Matías López

Periodista

En un artículo publicado en esta misma sección el 10 de noviembre de 2010, tras las primeras elecciones en 20 años, se aseguraba que la Junta de Myanmar (antigua Birmania) había optado por “un lavado de cara disfrazado de entrega del poder a los civiles”. Un año después, la afirmación es aún válida, pero algo se mueve. Lo suficiente para que la premio Nobel Aung San Suu Kyi –cuya victoria en 1990 fue rechazada por los militares, que la recluyeron 15 años bajo arresto domiciliario– anuncie que su Liga Nacional para la Democracia, que boicoteó los comicios de 2010, se presentará con ella al frente a las elecciones para cubrir 48 escaños vacantes en el Parlamento.

El Ejército sigue al mando (medio siglo ya) y la mayoría de los cargos clave son exmilitares que se limitaron a cambiar el uniforme por el traje de paisano, pero Suu Kyi se ha convencido de que quedar al margen del actual proceso no aumentaría sus posibilidades de llegar al poder, sino todo lo contrario. Por su parte, el régimen busca legitimación para dejar de ser un apestado en el mundo. El precio pagado hasta ahora incluye la liberación de presos políticos (quedan más de 1.000, de un total de 2.100), la eliminación de la censura previa y la legalización de los sindicatos. El escepticismo y la cautela aún están justificados, pero hay que conceder al menos al régimen el beneficio de la duda.

Barack Obama ha optado por ver la botella medio llena. “Tras años de oscuridad, hay signos de progreso”, ha declarado. El reciente viaje a Myanmar de su secretaria de Estado, primero de alto nivel en 50 años, es la prueba más palpable de lo que Suu Kyi llama un “cuidado y calibrado compromiso” con el régimen. Hillary Clinton, que además de con la líder opositora se ha reunido con el presidente, Thein Sein, ha condicionado la normalización de relaciones y las ayudas económicas a que se produzcan claros avances hacia la democratización y el respeto de los derechos humanos.

El cambio en la posición norteamericana tiene probablemente más que ver con los intereses estratégicos de EEUU que con la defensa de las libertades. La razón es clara: este rincón de Asia es pieza de caza mayor en la pugna por la hegemonía con China que marca ya el siglo XXI.

El peligro de hacer cine en Irán

11 nov 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Luis Matías López

Periodista

Que la sentencia se conmutase tras la movilización internacional apenas disminuye el escalofrío que produce que un juez iraní castigase a la actriz Marzieh Vafamehr a 90 latigazos por “conducta contraria a la ley islámica”, tras aparecer en Mi Teherán a subasta simulando beber alcohol y con la cabeza afeitada. No tuvo tanta suerte Jafar Panahi, detenido en 2010 por rodar un filme sobre las protestas populares contra la reelección fraudulenta de Mahmud Ahmadineyad y cuya condena a seis años de prisión se confirmó en octubre.
Los dirigentes de la república islámica quieren silenciar toda voz crítica. La represión cultural se recrudece por el éxito de crítica y el prestigio ascendente del cine iraní en el exterior. El último ejemplo ha sido el Premio Especial del Jurado de la Seminci de Valladolid a Circunstancia, alegato contra la intolerancia que aborda el delito capital de la homosexualidad y que su directora, Maryam Keshavarz, tuvo que rodar en Líbano.
Es el enésimo mal ejemplo de un país sobrado de enemigos, el más peligroso de los cuales, Israel, busca coartada y espera una buena ocasión para lanzársele al cuello, como demuestran las interesadas filtraciones de que Netanyahu y sus aliados más extremistas (no menos intolerantes que los ayatolás) planean un ataque contra su programa nuclear.
El modelo iraní no ejerce hasta ahora una influencia notoria en la primavera árabe, donde tiene más crédito el islamismo moderado turco. Es lógico. En estas revoluciones la palabra clave es democracia y en Teherán ni siquiera se puede agitar ya esa bandera tras la burla a la voluntad popular que supusieron los comicios de 2009.
El magnífico resultado de Nahda
en Túnez apunta a que los partidos islamistas tendrán también un peso notable en Egipto y Libia. Es legítimo que, desde el Occidente laico y democrático, se intente influir para que surjan sociedades libres y tolerantes, pero sin presiones ni injerencias, ya que esos pueblos tienen derecho a trazar su destino sin que se repita el error cometido en Argelia y Palestina, donde primero se reclamó democracia desde fuera y, cuando eso se tradujo en triunfos islamistas, se aceptó que se desconociese el resultado, lo que provocó dos guerras civiles.

Cristina Fernández, presidenta sin debates

25 oct 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Luis Matías López

Periodista

La arrolladora reelección de Cristina Fernández de Kirchner como presidenta de Argentina responde a la falta de alternativa en el peronismo y en la oposición socialista o radical. La superviuda, que ha abusado de la memoria de su marido, Néstor Kirchner, se beneficia del crecimiento acelerado que propicia el aumento del precio de las materias primas, de la espectacular reducción del desempleo y de una estabilidad muy apreciada en un país que en 2001 estaba en bancarrota. Poco importa que el mérito inicial de esa remontada fuese de uno de sus rivales peronistas, Eduardo Duhalde, humillado en la lucha por la segunda posición, conquistada por el socialista Hermes Binner, lo que confirma un neto giro a la izquierda.
La presidenta-candidata ha sido objeto de numerosas críticas a lo largo de su mandato. Se le ha acusado de actuar con modos autoritarios, acosar a grupos mediáticos hostiles, quebrantar la seguridad jurídica de la inversión extranjera, manipular los datos de inflación o nacionalizar los fondos de pensiones privados para atender pagos de la deuda pública. Su reelección se debe a la conexión con las clases medias y bajas y a la superación de la dicotomía izquierda-derecha. Su triunfo no sólo es lógico, sino la mejor opción posible. Ojalá que el poder que le da un respaldo tan masivo no la haga avanzar por esa prepotencia a la que es tan proclive.
La campaña ha sido una lección (que Mariano Rajoy habrá seguido con atención) de cómo un candidato que no quiere correr riesgos porque el viento sopla a su favor huye de la confrontación directa. Fernández ha estado arropada y protegida de posibles errores, ha transmitido su mensaje en actos controlados de amplia cobertura mediática más de gobernante que de candidata y ha rechazado entrevistas y debates televisados. El candidato del PP no ha llegado tan lejos, pero esa estrategia subyace en el rechazo a celebrar más de un debate, el formato restrictivo de éste (que evita el cuerpo a cuerpo) y la negativa a que se celebre en la televisión pública, a la que su partido acusa de parcial cuando ha alcanzado un grado de objetividad e independencia sin precedentes. En España, como en Argentina, tal actitud no es antidemocrática, pero sí afecta algo a la calidad de la democracia.

Sin Egipto no hay primavera

15 oct 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Luis Matías López

Periodista

Aunque el deshielo se inició en Túnez, nadie habló de primavera árabe hasta que llegó a Egipto, país troncal de la región que se extiende de Marruecos a la Península Arábiga. Si la primavera pasa de largo por El Cairo, puede quedar en nada el cambio que llegó a compararse con el cataclismo que provocó en Europa el fin del imperio comunista.
El balance sólo invita a un prudente optimismo en Túnez y, si acaso, en Libia, aquí al precio de una intervención exterior y con muchas dudas en el horizonte. Ni los choques en Siria y Yemen, ni la cerrazón de la gerontocracia saudí a toda apertura, ni la represión en Bahrein, ni las tímidas reformas en Argelia o Marruecos vaticinan la oleada democrática con la que se soñó en la euforia de los primeros meses del año. Quienes luchan por la libertad en esos países miran en busca de guía hacia el faro de Egipto, donde hoy el clima político, a tono con la estación meteorológica, es otoñal, y con riesgo de tornarse invernal.
Lo más grave, con serlo mucho, de la matanza de coptos, no es que refleje un conflicto religioso que evoca el riesgo de auge del extremismo islamista y de marginación de las minorías, sino que el Ejército, garante teórico de la concordia en la transición, pero preocupado ante todo por mantener sus escandalosos privilegios, ha sido protagonista de una represión brutal e innecesaria. Eso amplifica el temor, ya antes clamoroso, de que se perpetúe en el poder a base de dilaciones y de presentarse como barricada contra el caos. Como con Mubarak, aunque sin él.
Los militares niegan tales intenciones, pero el peligro se ilustra con el dilatado calendario “para devolver la soberanía al pueblo” (comicios para las dos cámaras del Parlamento, elaboración de otra Constitución, elección presidencial, etc.). Ese proceso deja el poder al Ejército hasta entrado 2013, con el riesgo de que se tuerza en el camino. Un escenario nada improbable, y muy alejado del espíritu de la primavera árabe y el deseo de los candidatos presidenciales. Si Tantaui y sus generales no abrigan tales designios, ya saben lo que deben hacer: acelerar al máximo la transición, ser escrupulosamente neutrales y volver lo antes posible a sus cuarteles, de los que nunca debieron salir.

Putin anestesia a los rusos

05 oct 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

LUIS MATÍAS LÓPEZ

Periodista

Parece mentira que los rusos, con una historia tan rica en intelectuales y revolucionarios con vocación de cambiar el mundo, se dejen anestesiar por un exagente del KGB cuyo gran principio ideológico es mantenerse en el poder a toda costa. El último episodio de la asombrosa biografía política de Vladímir Putin, sólo entendible por el ansia de estabilidad heredada de los años caóticos de Boris Yeltsin, ha sido recuperar la presidencia que dejó en depósito a Dimitri Medvédev. El cambio de cromos, que situará a este último en la Casa Blanca y devolverá al primero al Kremlin, refleja hasta qué punto es ley la voluntad de Putin que, trámite electoral mediante, ejercerá el poder absoluto hasta 2024, un total de 24 años, contando los ocho iniciales en el Kremlin y los cuatro últimos como primer ministro. Es decir, seis más que Breznev y sólo cuatro menos que Stalin.
Más que entusiasmarles, Putin ha adormecido a sus compatriotas, convencidos de que sólo una mano dura e inflexible garantizará un nivel aceptable de bienestar personal (aunque el motivo real sea el alto precio del gas y el petróleo), una estabilidad libre de sobresaltos como los que han marcado su atormentada historia y un peso internacional que, con Gorbachov y Yeltsin, se redujo hasta el límite de la humillación frente a Occidente. Ni siquiera les saca del letargo la intolerable extensión de la corrupción, la inseguridad jurídica, la lacerante desigualdad social, el maltrato habitual al ciudadano por las administraciones públicas y el fracaso de fondo de una gestión económica atada al monocultivo energético.
La sorpresa en las legislativas de diciembre y las presidenciales de 2012 está descartada por completo. Sobre el papel, Rusia es una democracia, pero Putin la ha desvirtuado al laminar la oposición, encarcelar o forzar al exilio a los oligarcas que osaron plantarle cara y controlar férreamente los principales medios de comunicación, especialmente la televisión. A cambio de su docilidad, Medvédev se queda con el premio de consolación de la jefatura del Gobierno, pero que no se engañe: con el cargo no hereda el poder que su mentor ha tenido estos cuatro años, ya que Putin se deshará de él en cuanto no le obedezca ciegamente.