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Gastar en ciencia

04 feb 2012
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Miguel Ángel Quintanilla Fisac
Director del Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología

Supongamos que la ciencia no fuera imprescindible para el mantenimiento de la máquina productiva en la economía actual. Y supongamos también que los recortes del gasto en ciencia no tuvieran efectos funestos a medio plazo. Aun así habría un poderoso argumento para alentar el gasto en investigación en tiempos de dura crisis: no por su valor potencial para la producción de nuevos objetos, ni tampoco por su valor estratégico, sino por su valor económico directo.

Imaginemos que, llevados por la necesidad de reducir el déficit público y de ahorrar dinero en actividades supuestamente poco productivas, decidiéramos dejar de gastar miles de millones (públicos y privados) en los deportes de masas. Sería una locura: el deporte no sólo es un bien cultural para la población y tiene efectos beneficiosos para otros sectores de la economía (salud, turismo, comercio, hostelería, etc.), sino que además es una actividad de valor económico por sí misma: genera servicios de gran valor añadido y hace que circulen enormes cantidades de dinero en inversiones, salarios y gastos de consumo. Por muy mal que fuera la economía, una sociedad sana no se podría permitir renunciar a un tipo de actividad de tanto valor.

Pues lo mismo pasa con la ciencia. Nos gusta saber cómo es el mundo, cuánta vida hay en el universo, cómo se comporta el planeta Tierra o cómo es la cara oculta de la Luna, y queremos encontrar la mejor forma de curar el cáncer, de acabar con el calentamiento global o con el hambre en el mundo. Todo esto nos interesa al menos casi tanto como nos interesan los resultados de la Liga de fútbol. Y gracias a ese interés hemos creado un conglomerado de actividades e infraestructuras científicas (universidades, laboratorios, satélites, plataformas espaciales…) que no tienen nada que envidiar a las del deporte de masas. Necesitamos mantener todo ese tinglado, no sólo porque de él depende nuestro futuro, ni porque de él dependa la capacidad innovadora en casi cualquier otro sector de la economía (incluido el de las actividades deportivas), sino porque la actividad científica mueve millones de puestos de trabajo y miles de millones de euros en torno a unos fines por los que deberíamos estar dispuestos a pagar.

Un espacio para el público

18 ene 2012
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Miguel Ángel Quintanilla Fisac
Director del Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología

A diferencia de los regímenes totalitarios, que casi siempre han tenido origen divino, la democracia nunca ha sido un regalo de los dioses, sino un frágil invento humano. Lo mismo que la razón, la ciencia o la ética. En todos estos logros de la humanidad, el público, es decir, los hombres y mujeres de una sociedad cuando actúan asumiendo la responsabilidad del bien colectivo, ha sido el protagonista principal. El héroe de la democracia no fue Pericles, sino el público ateniense. La ciencia moderna sólo se consolidó cuando abandonó el secretismo de los gabinetes privados y se abrió a la comunicación con el público. Los derechos humanos no estaban escritos en las Tablas de Moisés, fueron un invento de representantes políticos de casi toda la humanidad. El público es el verdadero protagonista anónimo de la historia humana.

Para que el público exista se necesita un mínimo espacio para la libertad y la comunicación. Las dos cosas: libertad para poder juzgar y ejecutar las alternativas de acción y capacidad de comunicación para que cada uno diseñe y difunda alternativas que puedan ser juzgadas libremente.

Por eso, en sociedades hipertrofiadas por la concentración de poderes privados es imprescindible sostener la pervivencia de espacios para el público, para el debate racional y para la investigación que nos permitan especular libremente, indagar los secretos de la naturaleza sin prejuicios irracionales y difundir el conocimiento sin límites impuestos por intereses privados. Espacios para debatir, elaborar y decidir los valores que van a regir nuestras vidas, para participar en la vida pública. Por eso son importantes en la democracia los partidos, porque son, o deberían ser, lugares sagrados para el debate y la toma de decisiones de interés público. Y por eso es importante para la democracia la sagrada libertad de expresión. Y por eso fue importante el nacimiento de este periódico. Y por eso es gravísimo que los poderes del mercado puedan dictaminar su extinción.

En tiempos de crisis y zozobra como los que vivimos, sólo nos queda la esperanza de encontrar soluciones dignas en el espacio público. No deberíamos permitir que se reduzca ese espacio, que desaparezca Público. Eso sería un mal negocio para el público.

El futuro de la investigación

03 ene 2012
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Miguel Ángel Quintanilla
Director del Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología

En estos días de cambios de gobierno y de calendario se han producido tres noticias inquietantes, relacionadas con política científica. Una mala, muy mala, otra de significación ambigua y otra sorprendente.

La mala es el recorte de 600 millones de euros en ciencia y tecnología. Después de dos años de sequía presupuestaria, más que un recorte es un hachazo que puede dejar yermo para mucho tiempo el campo de la investigación científica en España, sobre todo si se le añade el efecto que tendrá sobre el sector público y universitario la anunciada reducción de plantillas de funcionarios. A falta de más detalles, el mensaje que así se transmite es que para el nuevo gobierno los presupuestos de I+D son una simple cantera para hacer recortes, no una prioridad nacional.

La noticia de significación ambigua es que se haya suprimido el Ministerio de Ciencia e Innovación. Es mala si se interpreta como un signo más de la consideración que el gobierno de Rajoy tiene por la ciencia y la tecnología. Pero, por otra parte, situar la responsabilidad política de la ciencia en el nuevo ministerio de Economía y Competitividad puede resultar un experimento interesante. Nunca le ha ido mal a la ciencia cuando se ha visto apoyada por la economía (algún día habrá que recordar los efectos del tándem Cabrera-Solbes en la primera legislatura de Zapatero). Todo dependerá de la relevancia, capacidad y entusiasmo que demuestren los nuevos responsables de la política científica.

Y ahora viene la última noticia, sorprendente. En efecto, el nombramiento de Carmen Vela como Secretaria de Estado de Investigación ha sido sorprendente. Quienes hemos tenido la ocasión de conocerla en sus múltiples facetas de actividad empresarial y científica, de activismo social en favor de la igualdad de las mujeres en la ciencia y de apoyo político a la plataforma de científicos con Rubalcaba no podemos por menos de felicitarnos y felicitarla. Que un gobierno conservador le haya encomendado la responsabilidad de la política científica a una mujer competente, experta y comprometida es un buen motivo tanto para la sorpresa como para la esperanza. Interpreto que Carmen Vela es un signo de que el nuevo gobierno quiere apostar en este campo por la continuidad y la solvencia. Ojalá que no estemos ante un simple ejercicio de marketing político.

Publica o perece

19 dic 2011
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Miguel Ángel Quintanilla
Director del Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología

En una reunión de responsables políticos de ciencia y tecnología, un ministro se vanagloriaba del giro radical que habían dado en su país a la política científica: “Les hemos impuesto a nuestros científicos una nueva regla de oro. Ya no basta la de publica o perece. Ahora o eres el mejor o pereces”. Con esa radical reorientación esperaban conseguir en poco tiempo un gran avance en la producción científica. Han pasado ya algunos años y no sé si el Gobierno de ese país habrá seguido tan radical orientación todo este tiempo. Creo que no porque, de lo contrario, ahora todos sabríamos el nombre del único científico superviviente que habría quedado allí.

Supongo que, en un contexto más normal, a nadie se le hubiera ocurrido semejante fanfarronada. Es cierto que la investigación científica tiene un componente competitivo: cada investigador se esfuerza por ser mejor que los demás, por llegar antes al descubrimiento que persigue, por patentar el primero un nuevo invento. Pero esto no se debe a que la dinámica de la ciencia sea como la de la selección darwiniana, sino más bien al revés: se debe a que la ciencia es un juego cooperativo en el que uno sólo gana si consigue el reconocimiento de los demás. Los científicos compiten cooperando entre sí. Claro que los científicos reales son también de carne y hueso. Y a la dinámica de cooperación, reconocimiento y competición en la ciencia se superponen otras tramas de intereses políticos nacionalistas, económicos, industriales o ideológicos que a veces tiñen con colores dramáticos la empresa científica.

Un ejemplo notable es la exploración antártica. Hace un siglo el noruego Amundsen protagonizó la hazaña de pisar por primera vez el Polo Sur, en dura competición con el británico Scott, que murió en el intento. Pero hoy la Antártida forma parte de un amplio acuerdo internacional, que impide que cualquier país pueda reclamar derechos territoriales sobre ella y obliga a mantener todo un continente abierto a la investigación y la cooperación científica.

Para sobrevivir en el mundo de la ciencia hay que trabajar duro y hacer públicos continuamente los resultados relevantes de tu trabajo. Pero la ciencia no es un circo romano ni una carrera contra reloj, sino una empresa universal cooperativa.

Augurios para la ciencia

08 dic 2011
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Miguel Ángel Quintanilla Fisac
Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

La legislatura que ahora se acaba empezó con un recién estrenado Plan Nacional de I+D que preveía aumentar en cuatro años el gasto en ciencia y tecnología hasta el 2% del PIB. Recientemente, el INE ha publicado los datos de 2010 y sólo hemos llegado al 1,39 %, lo que significa que hemos crecido únicamente 4 centésimas de PIB en tres años (6 del sector público y -2 del sector privado). Con una crisis galopante, estancamiento económico y restricciones contundentes por todas partes, en realidad es casi un milagro que el esfuerzo público en I+D haya crecido lo suficiente para compensar al menos la disminución experimentada en el sector empresarial. De todas formas, estos datos no recogen todavía los efectos de las nuevas restricciones impuestas por algunas autonomías. El lamentable espectáculo del País Valencià desmantelando el Centro Príncipe Felipe de Investigación Biomédica es sólo un indicio de lo que está pasando.

¿Qué cabe esperar para los próximos años? Depende de tres factores: de lo que tarde en superarse la crisis, de la importancia que el nuevo Gobierno asigne a la política científica y de la orientación que siga esa política. Olvidémonos por ahora del primer factor. Respecto a la importancia de la política científica en el nuevo Gobierno, todo está por ver. No se sabe siquiera si el Ministerio de Ciencia e Innovación va a desaparecer sin más contemplaciones. Lo mejor sería que se mantuviera, pero es una presa demasiado apetitosa para diseñadores de medidas demagógicas de austeridad. Veremos. Y en cuanto a la orientación de la política científica, sólo podemos imaginarla por analogía con lo que vamos conjeturando en otros ámbitos. Lo más probable es que nuestros nuevos gobernantes se esfuercen por aplicar a la ciencia la misma receta que parecen soñar para todos los servicios públicos: la privatización. Lanzarán a nuestras universidades a buscar financiación en el sector privado, recortarán drásticamente el gasto en investigación básica y exigirán a los laboratorios que se ganen el marchamo de la excelencia con contratos de investigación de las empresas en el mercado internacional o vendiéndoles sus activos, tangibles o intangibles, a precio de saldo. Si fuera así, se auguran malos tiempos para la ciencia.

Tecnocracia

26 nov 2011
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Miguel Ángel Quintanilla Fisac
Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

En sus orígenes (comienzos del siglo XX), la tecnocracia pretendía aplicar al gobierno de la sociedad los principios de eficiencia técnica y conocimiento científico que los ingenieros aplicaban al diseño y control de las máquinas en las fábricas. El inventor del término definía la tecnocracia en 1919 como “el Gobierno del pueblo a través de sus sirvientes, los científicos e ingenieros”. En aquella época al menos, la palabra tenía más resonancias progresistas que conservadoras. ¡Cuántas vueltas ha dado el mundo para que ahora la veamos como un instrumento de manipulación y de opresión del pueblo, en manos de gestores sin escrúpulos, responsables de habernos llevado a la ruina manipulando de forma irracional los mercados financieros!
El movimiento tecnocrático perdió fuelle porque no supo dar respuestas adecuadas a la crisis del 29. Fue una crisis de irracionalidad y de inmoralidad, ante la que los ingenieros no tenían mucho que decir y de la que Roosevelt ayudó a salir con su New Deal. “Rescate, recuperación y reformas”: atender a los que más sufren la crisis (no precisamente a los bancos, sino a los ciudadanos empobrecidos), animar la actividad económica con inversiones públicas y reformar el sistema para que funcione mejor. Roosevelt no era un tecnócrata, era un político. Pero estuvo bien asesorado y ayudó a ganar la batalla.
Ahora todo es distinto. Los ingenieros han sido sustituidos por gestores e ideólogos de la economía de casino, que se apuestan la vida y la felicidad de centenares de millones de personas, al tiempo que intentan hacernos creer que dominan la técnica de las finanzas, que son ideológicamente neutrales y que lo que la situación requiere es que pongamos en sus manos el control de la sociedad, en lugar de confiar en nuestros representantes políticos. No son buenos ingenieros de la economía (hay quien dice que si los ingenieros financieros diseñaran automóviles, no venderían ni uno, porque nadie sería capaz de hacerlos arrancar), pero son fantásticos manipuladores de opinión.
El problema no es que los mercados nos arrojen en manos de tecnócratas, es que no hay buenos técnicos asesorando a buenos políticos que gobiernen en nombre del pueblo soberano. Merkel no es Roosevelt.

No son lo mismo

09 nov 2011
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Miguel Ángel Quintanilla

Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

La indignación de los ciudadanos ha contribuido a extender la funesta opinión de que, en el fondo, los políticos tradicionales (los que están encuadrados en partidos) son todos iguales.
He hecho un experimento casero para probar el valor de esta opinión: se trata de analizar los textos de los programas electorales de los dos principales partidos, comparando las frecuencias relativas de las palabras que se usan en ellos y la significación estadística de sus diferencias. Esto último es importante, porque para ver si dos discursos son realmente distintos no basta con detectar las palabras más frecuentes, sino las más características. Si hubiéramos utilizado simplemente una aplicación para construir nubes de etiquetas (cloud tag), habrían aparecido palabras clave comunes a todos los partidos, porque en gran parte esas etiquetas definen el tipo de texto que estamos analizando, no el contenido diferencial de cada texto.
Pues bien, usando técnicas estadísticas más refinadas (software WordSmith de análisis léxico), en el programa del PSOE aparecen palabras clave (hemos seleccionado sólo sustantivos) como persona, mujer, sistema, economía, empresa, desarrollo, salud, empleo, medida, legislatura. En el del PP las más llamativas son sociedad, proyección, estabilidad, camino, partido, reforma, diagnóstico, administración, tribunal, confianza.
No es fácil interpretar este juego cabalístico de palabras fuera de contexto. En ambos textos hay palabras propias de un programa electoral: sistema, medida o legislatura en el caso del PSOE, o proyección, camino, partido, diagnóstico en el caso del PP. Pero hay otras que sugieren un tipo de contenidos políticos diferentes. En el del PSOE aparecen las personas, las mujeres, la salud, el empleo, además de la economía, las empresas y el desarrollo. En el del PP se habla de sociedad, estabilidad, reforma, administración, tribunal o confianza. Así que no son lo mismo: leyendo las palabras clave del discurso del PSOE uno piensa en determinados tipos de políticas; leyendo las del PP uno piensa en la política en general. Esta es la forma amable de resumir la situación. Hay otra alternativa: en un caso se habla de la salud, el empleo, las mujeres, la economía. En el otro no se habla de nada.

Informática entrañable

11 oct 2011
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Miguel Ángel Quintanilla Fisac

Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

Si te encuentras ante una puerta con un picaporte tradicional, sabes lo que tienes que hacer para abrirla. No es mérito tuyo. En realidad hasta los perros saben cómo abrir esa puerta apoyando su pata en el picaporte. Los picaportes constituyen ejemplos de tecnologías entrañables: son eficientes, su propia estructura y apariencia informan sobre su utilidad y sobre la forma de operar con ellos y admiten múltiples diseños estéticos que los pueden hacer no solo útiles y eficientes sino además bonitos.
Seguramente el mérito más importante de Steve Jobs como empresario emblemático de nuestra época es que a él le debemos que la informática personal y sus tecnologías aledañas (reproductores de música, teléfonos inteligentes, tabletas, etc.) hayan incorporado en su diseño una buena parte de los principios que caracterizan a las tecnologías entrañables. Para empezar, sus dispositivos suelen funcionar muy bien. Además, gracias a la interfaz gráfica de ventanas que él inventó, la informática se ha hecho más accesible. Sus diseños hicieron de los ordenadores atractivos complementos personales que pueden transportarse en la mochila o en el bolso. Gracias a él hemos podido empotrar toda nuestra discoteca en un minúsculo y bello adminículo del tamaño de un sello de correos. Gracias a él hemos descubierto que el teléfono móvil es un artículo de diseño, coleccionable, controlable, configurable a nuestro antojo y lleno de posibilidades para la comunicación, el ocio, las relaciones personales y la expresión estética.
Seguramente Steve Jobs ha sido el hombre más creativo y exitoso en la primera fase de la revolución informática de nuestra época. Estos días, en los que lamentamos su muerte, se repite con justicia que sus obras nos han cambiado la vida. Si en vez de optar por el modelo de código cerrado, tecnología propietaria y mercadotecnia sin fisuras, hubiera optado en sus innovaciones por una filosofía de código abierto, de tecnología participativa y de desarrollo tecnológico socialmente responsable, tendríamos ahora un mundo no sólo mucho más eficiente y más bonito, como el que él nos ha dejado, sino también más justo y entrañable. Pero quizás él ya hizo bastante y su testigo debe pasar ahora a una nueva generación.

La revolución de los neutrinos

03 oct 2011
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

Estamos apenas comenzando el nuevo siglo y los tiempos son propicios para los sobresaltos. Algo parecido sucedió ya al comienzo del siglo XX: cuando muchos pensaban que con Newton se había llegado al conocimiento definitivo de la realidad física, las nuevas teorías de la relatividad y de la mecánica cuántica hicieron que en unos pocos años el edificio más seguro de la ciencia se viniera abajo. Y, mientras se producía el cataclismo, otros cambios profundos agitaban a la humanidad: estallaba la Primera Guerra Mundial, triunfaba la revolución bolchevique, el automóvil, la industria de base científica, la emancipación de las mujeres…
También ahora hay quien piensa que la física está acabada y que la posibilidad de que se produzcan grandes revoluciones en nuestro conocimiento de las leyes fundamentales que rigen el universo son muy escasas. Y de repente un grupo de científicos nos anuncia que sus neutrinos viajan más rápido que la luz, lo que, de ser cierto, pondría en cuestión uno de esos principios que permiten considerar casi completo el edificio de la física fundamental.
Seguramente no es verdad, dice la mayoría de los científicos. Algún error se ha cometido que se aclarará en cuanto se repliquen los experimentos. O, en el peor de los casos, algún ajuste habrá que hacer en nuestras teorías para que podamos interpretar los resultados de forma coherente con la mayor parte de la física actual, aunque haya que revisar otras cosas.
Los científicos están acostumbrados a reconstruir el barco sin dejar de navegar con él, a reformar todo el edificio de la ciencia sin desperdiciar ninguna de las piezas valiosas del viejo edificio. Y así se hará también en esta ocasión, si fuera necesario.
Pero los grandes cambios nunca vienen solos y estamos nuevamente en una era propicia para la revolución: el capitalismo no funciona, los estados nación no valen para gobernar una sociedad globalizada, las tecnologías no conocen límite. Parece llegado el momento de construir otro orden social. Si fuera así, deberíamos volver la vista a los físicos y aprender de ellos a reconstruir la casa sin dejar de habitar en ella. Hagamos una revolución distinta: la revolución de los neutrinos, en la que todo puede cambiar pero sobre bases sólidas, sin renunciar a nuestros logros y sin respetar ningún dogma.

La moral de la industria farmacéutica

20 sep 2011
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Catedrático de Lógica y Filosofía
de la Ciencia

Es legítimo que una empresa corte el suministro de medicamentos a un país como medida para cobrar sus deudas? Pensábamos que cosas así no podían suceder en una sociedad como la nuestra, con un servicio de salud financiado con fondos públicos y, por tanto, con la máxima solvencia. En sociedades así, la salud de los ciudadanos no puede depender de la voluntad, el poder, la riqueza o la prepotencia de un proveedor ni de la posible insolvencia de las instituciones sanitarias. O al menos eso es lo que pensábamos hasta ahora. Acabamos de enterarnos de que esto puede cambiar y una multinacional farmacéutica puede dejar de suministrar medicamentos a Grecia o a España porque no puede o no quiere aguantar más tiempo sin cobrar las facturas que le deben algunos hospitales o farmacias de estos países.
Llevan razón los gestores de la multinacional. Estamos en una economía de mercado: ellos hacen sus inversiones, gracias a las cuales nos ofrecen continuamente nuevos medicamentos de gran utilidad para nuestra salud. Y para que el sistema funcione ellos deben cobrar por los productos que suministran. Pero aquí hay algún problema. O la economía de mercado es un buen sistema y entonces no es concebible que, como resultado de su correcto funcionamiento, una multinacional pueda dejar sin medicinas a un país, o hay que aceptar que esto es posible en una economía de mercado, y entonces es evidente que tal sistema económico requiere una drástica revisión.
O el sistema tiene una solución al problema o hay que cambiar el sistema. Las multinacionales farmacéuticas deberían empezar a pensar en todas las alternativas. Y los gobiernos europeos también. De hecho ambos están ya acostumbrados a colaborar intensamente. Los gobiernos financian la investigación básica y la colaboración de las instituciones científicas públicas en los costosos procesos de I+D de las industrias farmacéuticas, y estas aceptan restricciones legales para poder desarrollar su negocio. Sólo habría que añadir una nueva regla moralmente exigible: antes permitir su ruina que su deslealtad con los pacientes. No es una regla muy ortodoxa en una pura economía de mercado, pero la industria farmacéutica tampoco debería aspirar a ser un ejemplo de empresa puramente mercantil.