La Ley y el Pacto por la Ciencia

01 Mar 2010
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

La ministra Garmedia acaba de anunciar la presentación de su proyecto de Ley de la Ciencia. El tiempo transcurrido desde que se elaboró el primer borrador (un año) ha servido para que el Gobierno inicie la tramitación de la Ley de Economía Sostenible, que ofrece cobertura “filosófica” a la nueva política científica, y para que diferentes agentes sociales, políticos e institucionales hayan podido digerir mejor algunas de las novedades que presenta el proyecto. Tiempo habrá para entrar en detalles a lo largo del proceso de discusión parlamentaria y de negociación social. Por el momento, comentaremos sólo un par de rasgos reseñables del actual borrador.

El primero es que con él se consolida una apuesta sistemática y contundente por la integración de las políticas tradicionales de ciencia y tecnología con las políticas más novedosas orientadas a la innovación. Llevamos años quejándonos de que nuestro sistema científico no logra alimentar con suficiente eficacia los procesos de innovación que constituyen la fuente principal de competitividad económica. Lo nuevo es que, por primera vez, se contemplan de forma sistemática, en una sola ley y  bajo la dirección de un único ministerio, todos los aspectos de estas políticas, desde la gestión de subvenciones para la investigación básica hasta la planificación de ayudas e incentivos para la incorporación de tecnología en las empresas, o la apertura de nuevos cauces para la colaboración entre el sector científico y el empresarial. Si la ley tiene éxito en su apuesta, dentro de muchos años seguiremos celebrando  el salto cualitativo que sin duda habrá dado nuestro país en este campo.

También creo que debe resaltarse la decisión con que se aborda en el proyecto de ley el problema de la carrera profesional de los investigadores. En primer lugar, los científicos en formación predoctoral tendrán un contrato laboral desde el primer año (como ahora los ayudantes de universidad). En segundo lugar, los científicos posdoctorales (como los que ahora están acogidos a los programas Juan de la Cierva o Ramón y Cajal) podrán tener un contrato indefinido desde el primer momento, pero la evaluación que les hagan a los cinco años podrá ser causa de despido procedente, si no alcanzan el rendimiento adecuado. Es una fórmula simple y audaz, aunque muy arriesgada y de difícil aplicación correcta (puede potenciar, en vez de combatir, el efecto “silla ocupada” en la carrera profesional de los jóvenes investigadores). Por último, la ley anuncia una serie de medidas que facilitarán el acceso a los diferentes niveles y escalas de técnicos e investigadores de los Organismos Públicos y las Universidades, potenciando la movilidad entre ellos. Costará adaptar los esquemas tradicionales a la nueva estructura. Pero, si se logra, la carrera científica podrá ser mucho más atractiva en España.

¿Problemas pendientes? Muchos, sin duda. Y habrá que hablar de ellos. Pero hay suficientes motivos para esperar que las fuerzas políticas no eludan, en esta ocasión, un gran pacto por la ciencia que permita sacar adelante, con el máximo consenso, una Ley de la Ciencia que debería ser tan sólida como la de 1986, a la que sustituye.

No en mi patio trasero

09 Feb 2010
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

Hay muchas razones para desear que no instalen un Almacén Temporal Centralizado (ATC) de residuos nucleares en el patio trasero de tu casa. Por ejemplo, prefieres dedicar tu patio a cultivar flores. Así que, si estás en esa situación, es comprensible que prefieras que tus concejales no se apunten a la carrera por conseguir el ATC, por la misma razón que te opondrías a la instalación de una batería de aerogeneradores: no quieres que te alteren el entorno. Y si lo hacen, tienes derecho a negociar compensaciones. También puedes oponerte al almacén de residuos porque crees que es altamente peligroso, o simplemente porque eres antinuclear. Las tres opciones son legítimas, aunque la más racional es la primera (sopesar las compensaciones, con información adecuada). La segunda se basa en información, en mi opinión, errónea; y la tercera es inconsistente: si eres antinuclear deberías ayudar a resolver el problema del almacenamiento de residuos.
Estas reflexiones deben haber sido muy comunes entre los vecinos de los municipios que se han planteado presentar su candidatura para acoger el ATC. Todos los que han participado en el proceso merecen respeto. En esto España ha mejorado mucho. Durante años ha sido imposible dar una respuesta adecuada al problema del almacenamiento de los residuos de las centrales nucleares y en cambio ahora, por primera vez, se vislumbra una solución eficiente, segura y consensuada. Sin embargo, aún quedan rastros de irracionalidad en el proceso de decisión colectiva sobre estos temas.
En primer lugar, hay un conflicto entre la política de compensaciones económicas y la gestión correcta de la información científica para hacerla accesible a los ciudadanos. Ciertamente las compensaciones pueden ayudar a que se tomen decisiones con criterios racionales. Pero también contribuyen a complicar la situación. El argumento más obvio reza así: a falta de otra información, si las compensaciones son tan altas debe ser que el riesgo que se asume es muy serio. Sin embargo, esto no es cierto: la probabilidad de que el ATC cause la muerte de una persona por contaminación radiactiva es, sin duda, menor que la de que esa persona muera atropellada por un tractor agrícola. La importancia de las compensaciones no tiene nada que ver con la gravedad del riesgo real, sino con el riesgo imaginado, que es muy alto precisamente porque no se utiliza de forma adecuada la información científica relevante.
En segundo lugar, resulta impresentable la frivolidad con la que casi todas las fuerzas políticas han afrontado este proceso. Partidos que defienden la energía nuclear amenazan a sus ediles si participan en un concurso abierto que esos mismos partidos reclamaron que se pusiera en marcha. Presidentes de comunidad autónoma, relevantes personalidades del partido gobernante, que podrían alardear de estar contribuyendo a solventar un problema importante para toda España, aducen ahora cuotas de solidaridad territorial (solidaridad ¿frente a qué?) para escurrir el bulto.
Tenemos derecho a rechazar un ATC en nuestro patio trasero, pero por favor, que sea sin hipocresía, con buenas maneras, información adecuada y razones dignas.

La revolución digital

15 Ene 2010
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

Los primeros que apostaron claramente por lo que ahora llamamos sociedad de la información fueron algunos intelectuales marxistas que, en los años sesenta del siglo pasado, analizaron lo que entonces llamaban la revolución científico-técnica. De aquella época es La civilización en la encrucijada, una obra colectiva dirigida por Radovan Richta dedicada a examinar las consecuencias que la automatización de la producción industrial debía tener sobre la organización del trabajo, el desarrollo de las contradicciones internas del capitalismo y el advenimiento de una sociedad sin clases. Duró poco la utopía: los tanques soviéticos se encargaron de borrarla por las calles de Praga en la primavera del 68.

Pero los ecos de aquella idea de la revolución científico-técnica resuenan desde entonces en los discursos sobre la revolución digital y la sociedad de la información. Hay quien ya piensa que la libre descarga de música, películas o libros en Internet es una manifestación palpable del advenimiento de una sociedad igualitaria. Aunque en el bando contrario nos encontramos también con algunas de las otrora llamadas fuerzas de la cultura y de las ahora conocidas como multinacionales del entretenimiento que, para perseguir la piratería digital, estarían dispuestas a imponer un canon hasta para la lectura de libros en las bibliotecas.

Lo primero que deberíamos reconocer es que los cambios tecnológicos a los que asistimos son realmente extraordinarios y, por lo tanto, nadie tiene respuestas definitivas para los nuevos problemas. Así que no tenemos más remedio que ir tanteando y ensayando soluciones. Algunos de esos ensayos, por cierto, están teniendo éxito e implicaciones sociales esperanzadoras: el software de código abierto, las licencias copyleft y la cooperación intelectual, anónima y desinteresada de la Wikipedia, por ejemplo.

Lo segundo es que, en cualquier caso, las soluciones que ensayemos deben partir del reconocimiento de que el creador tiene derecho a intentar vivir libremente de sus creaciones, lo que significa que la propiedad intelectual debe ser protegida de alguna forma (respetuosa con las intenciones del creador) y la piratería digital perseguida por la ley de forma eficaz, pero proporcionada y sensata, claro está.

La tercera consideración es que no debemos empeñarnos en encerrar los nuevos vinos en los odres viejos. Las tecnologías digitales no sólo amplían las posibilidades creativas, sino también los formatos de distribución, uso y disfrute de las obras del espíritu. La vieja amalgama de los contenidos culturales con sus soportes físicos se ha roto para siempre y ahora deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en sacar las consecuencias de esa ruptura para la renovación de la industria cultural.

Las tecnologías nos permiten hacer cosas nuevas, pero la forma como nos organicemos socialmente para gestionarlas no viene impuesta por ellas, sino que depende de lo que nosotros seamos capaces de imaginar y conseguir. La revolución científico-técnica no fue suficiente para preservar la primavera de Praga y ahora ya deberíamos saber que la revolución digital no es la revolución, aunque tampoco permite que las cosas se queden como están.

Cultura de la innovación

29 Dic 2009
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Muchos economistas, gestores y políticos tienen tendencia a pensar que manejando las variables económicas de un sistema social se consigue, de forma casi automática, cualquier resultado que se considere deseable. Por ejemplo: la abundancia de crédito genera inversión y anima el consumo, esto hace crecer el PIB y, como consecuencia, se genera empleo. Así que todo es muy sencillo: si nos preocupa el empleo, facilitemos dinero a los bancos para que aumente el crédito y esperemos los resultados. Con la crisis actual aparecen nuevas recetas, igualmente simples. Por ejemplo: en una economía basada en el conocimiento, la fuente más importante de la competitividad es la innovación, así que invirtamos en innovación y esperemos resultados.

El problema es que la innovación no es un proceso simple, cuyo flujo se pueda controlar en términos de variables económicas. Se parece más a un proceso de carácter social y cultural cuya gestión requiere intervenciones sistémicas complejas.

Un ejemplo. En un periódico local de Salamanca aparece una noticia referida a un proyecto de investigación para encapsular células madre y controlar su liberación en el organismo. El proyecto es liderado por una joven ingeniera química, Eva Martín, investigadora contratada gracias al programa Ramón y Cajal. Un turista que pasaba por allí (literalmente) lee la noticia y se pone en contacto con la agencia regional que la había emitido (Agencia Dicyt: htpp://www.dicyt.es) y con la investigadora. El turista es un empresario brasileño que desea explorar las posibilidades de utilizar la técnica del encapsulado de fármacos para fabricar prendas de vestir que emitan sustancias hidratantes. Se produce el flechazo y al cabo de un tiempo (menos de dos años) tenemos una innovación en la empresa Golden Quimica de Brasil que incorpora una tecnología derivada de una investigación en una universidad española; y desde entonces continúa la colaboración entre la universidad y la empresa con nuevos proyectos.

¿Qué tipo de políticas habría que adoptar para maximizar las probabilidades de que se produzcan casos parecidos a este? Casi todas son políticas culturales en un sentido amplio. Para empezar, hay que facilitar que haya universidades competitivas con equipos de investigación activos, eficientes, jóvenes y audaces. Además hay que fomentar el interés de los jóvenes investigadores por la innovación. Pero no es suficiente: es preciso que las actividades científicas y tecnológicas de los pequeños grupos que trabajan en el último rincón del país tengan acceso a canales de información que les permitan llegar no sólo a colegas de todo el mundo, a través de revistas especializadas, sino también a las empresas y a los ciudadanos. Para ello es preciso que existan instrumentos que faciliten la difusión de esa información (oficinas de prensa, agencias de noticias científicas), y que los medios se interesen por la cultura científica que se genera cada día en decenas de laboratorios ubicados en su entorno inmediato.

Es, como se ve, algo más complicado que simplemente invertir en innovación: es política cultural, pero de cultura científica y de la innovación.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

El retorno al Edén

23 Dic 2009
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

En Copenhague se ha iniciado la última etapa de un largo viaje cuyo destino final es recuperar el Edén, es decir, recuperar el dominio de la humanidad sobre el planeta Tierra, pero no para seguir esquilmándolo y explotándolo de forma despiadada, sino para cuidar de él, preservarlo de nuestros propios desmanes y hacerlo habitable para las generaciones futuras.

La cumbre del clima ha sido un fracaso para quienes iniciaron el viaje hace muchos años y esperaban llegar en Copenhague a la última estación. Pero entre ellos no estaban ni Estados Unidos ni muchos países en desarrollo, ni sobre todo los grandes países llamados emergentes. Ahora están. Es cierto que el acuerdo es débil, timorato y ambiguo, pero es la primera vez que estamos todos al pie de firma y que todas las naciones reconocen que hay que ponerse manos a la obra: limitar las emisiones de gases de efecto invernadero, contener el calentamiento global en límites soportables y compensar a los países en desarrollo transfiriendo fondos y tecnología y establecer sistemas internacionales de información y seguimiento de emisiones.

Falta mucho por hacer, pero menos que antes de Copenhague. Y es cierto que las expectativas eran muy superiores, pero quizá no fueran tan realistas. Recordemos: todavía hay movimientos ideológicos y políticos que prefieren dar la espalda al conocimiento científico y ningunear el cambio climático. Pues bien, ninguno de los líderes políticos del mundo actual, todos ellos presentes en Copenhague, se ha permitido el lujo de alardear de posturas negacionistas. El negacionismo no vende, y ya no venderá más. A partir de ahora, los climatólogos podrán dedicarse a trabajar en vez de tener que emplear sus energías en pelear con charlatanes. Y es posible que las empresas de energía se dediquen a encontrar nuevos negocios con energías limpias, en vez de justificarse poniendo en duda la evidencia científica.

Es cierto también que la cumbre ha sido bastante caótica en términos organizativos. Si se invita a miles de representantes de la sociedad civil para que presionen a los gobernantes, luego no se les puede echar de la reunión con la excusa de que los gobernantes necesitan tranquilidad para llegar a acuerdos. La participación social es esencial para el progreso de la democracia mundial, pero nos falta mucho que aprender para hacer esto compatible con la gobernanza efectiva de la nave Tierra. También en esto Copenhague dejará huella: ha sido un experimento social del que podemos aprender cómo hacer las cosas un poco mejor la próxima vez.

Por lo demás, es hora también de que los europeos nos sintamos orgullosos, a pesar del desaire final que nuestros gobernantes han sufrido. En términos prácticos, todo el movimiento mundial contra el cambio climático está siendo liderado, en gran parte, por Europa. Aunque creo que con ello sólo estamos haciendo lo debido: pagar la deuda contraída con el resto del mundo por haber utilizado de forma tan desaforada los recursos de la ciencia y la tecnología para esquilmar el planeta. Unos recursos que ahora debemos poner a disposición de todo el mundo para hacer el viaje de vuelta al paraíso perdido.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

Nueva etapa en Ciencia e Innovación

14 Dic 2009
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Recientemente la prestigiosa revista Nature dedicaba un editorial a España, haciéndose eco del malestar de la comunidad científica por los recortes que el Gobierno había previsto en los Presupuestos de 2010. Reconocía Nature que en los últimos años se ha hecho un esfuerzo extraordinario, pero deslizaba una interpretación de la situación creada este año aludiendo a la escasa experiencia política de la actual responsable del Ministerio de Ciencia e Innovación (MICINN). Creo que el artículo de Nature no era ecuánime: adoptaba exclusivamente el punto de vista de la comunidad científica, no contemplaba elementos importantes del contexto social y económico en el que nos desenvolvemos los españoles y simplificaba hasta la caricatura la atribución de responsabilidades políticas.

Una Ley de Presupuestos tiene un difícil y complejo trámite desde que el Gobierno hace los primeros borradores hasta que se decantan las diferentes enmiendas parlamentarias. Al final de este proceso, en el que la ministra Cristina Garmendia se ha involucrado activamente en las negociaciones con los grupos parlamentarios, se ha conseguido incrementar las partidas de I+D en 150 millones de euros, garantizando la dotación de los programas esenciales del Plan Nacional (becas, contratos y proyectos) y un importante esfuerzo en las políticas de innovación. No es un resultado óptimo, pero es mucho mejor de lo que se podía temer cuando Nature publicó su editorial. El único problema grave que puede quedar por resolver para el próximo año es, en realidad, el del presupuesto de aquellos Organismos Públicos (OPI) de Investigación que no tienen reservas propias suficientes para capear el temporal.

La política tiene por lo menos dos tiempos diferentes: el de la gestión cotidiana y el de los proyectos a largo plazo. El MICINN lleva casi dos años agobiado por los problemas cotidianos. La propia creación del ministerio ya fue problemática: una decisión pensada para un ciclo expansivo de la economía, pero que se llevó a cabo en plena crisis, sin una sede adecuada, sin infraestructura administrativa suficiente y sin un diseño completo que, para empeorar las cosas, al cabo de poco más de un año se vio sometido a una fuerte convulsión, al retornar las competencias en política universitaria al Ministerio de Educación.

El tiempo del largo plazo es mucho más interesante para la política científica. Y cabe suponer que es el que se ha iniciado ahora con las destituciones y nombramientos que Garmendia ha llevado a cabo. El nuevo secretario de Estado, Felipe Pétriz, es un hombre de su confianza, con sobrada capacidad para el trabajo discreto y eficaz y para la negociación tenaz y el consenso. Tendrá en sus manos la responsabilidad de desatascar la Ley de la Ciencia, potenciar y coordinar la actividad investigadora de los OPI y las universidades, culminar la gestión eficiente y ágil del Plan Nacional y completar el equipo de la ministra en la nueva etapa que ahora se inicia, para diseñar el futuro del sistema de ciencia e innovación en España. Si lo hacen bien, todavía es posible que el año 2010 sea sólo un paréntesis y que al final salgamos de él con un sistema científico más ágil, más grande, más integrado y más comprometido con las necesidades de la sociedad.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

Juguetes para hacer cosas

02 Dic 2009
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Las cosas que nos rodean, y las que nosotros mismos hacemos, podemos verlas como si consistieran en dos tipos de elementos: materia e información, de qué están hechas y cómo están hechas, átomos y bits. Hace unos años, a un grupo de ingenieros del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), liderados por Neil Gershemnfeld, se les ocurrió una idea de esas que, cuando crecen, cambian el mundo. Lo mismo que los ordenadores han puesto al alcance de todos las más amplias posibilidades de gestionar información, bits, así también una adecuada configuración de programas de diseño, máquinas herramientas de control numérico y materiales nanotecnológicos puede poner a disposición de cualquiera la capacidad no ya de pensar, inventar o diseñar casi cualquier cosa, sino de hacerla. Es lo que ellos llaman fabricación personal, el “hágalo usted mismo” de los fines de semana en el garaje, pero condimentado con alta tecnología, y en lo que se basan para construir los FabLab (Laboratorios de Fabricación: http://cba.mit.edu/). La idea se ha ensayado con éxito, tanto en aldeas de la India o de África como en colegios de Boston o en el campus del MIT. Y la experiencia es que a jóvenes y mayores, cuando se les pone en sus manos la posibilidad de hacer cosas insospechadas, terminan inventándoselas y fabricándolas de verdad. El mejor incentivo para la innovación es descubrir que uno mismo puede hacer cosas nuevas.

En España somos grandes constructores de palabras, más que de artefactos. Por algo Don Quijote sólo era capaz de distinguir entre las armas y las letras, ignorando las máquinas, a las que confundía frecuentemente con enemigos fantásticos. Pero esta es también la patria de Torres Quevedo, precursor de la inteligencia artificial, y la del complejo de cooperativas industriales de Mondragón, o la de empresas líderes mundiales en energías renovables. Son ejemplos de una cultura centrada en hacer cosas, no sólo en contemplarlas o consumirlas. Así que no parece que esté tan lejos de nuestra cultura la posibilidad de apostar por construir el mundo con nuestras propias manos, en vez de comprárselo a otros con los beneficios de la especulación inmobiliaria. Es cuestión de querer.

Ahora se presenta una oportunidad: se acercan las Navidades, época de regalos y juguetes. Existen dos grandes opciones: juguetes para consumir o juguetes para construir, bits o átomos. Consolas virtuales para consumir información o juegos de construcción para crear mundos nuevos. El punto de conexión entre ambas alternativas son los ordenadores personales; mejor si se pueden manipular, conectar a robots de juguete y usarlos para programar cachivaches. Por desgracia, los mejores de estos juguetes aún son bastante caros; pero, por suerte, todavía siguen existiendo en las jugueterías, en las tiendas de modelismo y en las de los museos científicos todo tipo de juegos de construcción, artefactos tecnológicos y juguetes científicos, accesibles y llenos de posibilidades.

Hay que aprovechar la oportunidad de aprender con las nuevas generaciones a cambiar el mundo, no sólo a contemplarlo o consumirlo: comprar juguetes para hacer cosas.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

La madurez del sistema científico

15 Nov 2009
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Para mejorar el sistema científico en España hemos hecho de todo. Y hemos conseguido mucho. Pero aún nos falta algo: alcanzar la madurez. Hace no tantos años estábamos mucho peor. Recordemos cómo era el CSIC en el momento de su fundación, según el testimonio de Laín Entralgo: “No les interesaba la ciencia ni, salvo excepciones, sabían realmente lo que la ciencia es. Adulatoria sumisión al poder; fuertes resabios del viejo derechismo y mal digerido recuerdo de la inferioridad de este, frente al mucho más amplio y calificado grupo de los intelectuales de la República… retórica hinchada y megalomaníaca. Más que verdadero interés por la ciencia y por la educación científica de los españoles, todo esto es lo que en su etapa fundacional animaba al CSIC”. Fin de la cita. Ahora el CSIC figura entre las once instituciones científicas más productivas del mundo (http://www.scimagoir.com/).

Así que tenemos motivos de sobra para estar satisfechos de cómo hemos cambiado y mejorado en materia de investigación. Y sin embargo nos falta mucho para llegar a la madurez. ¿Qué se necesita para ello? He aquí cuatro ideas sencillas.

1. La ciencia de nuestros días sólo se puede hacer a lo grande. La mayoría de las estructuras institucionales que tenemos (departamentos pequeños, institutos sin dotación de personal, universidades sin presupuesto de investigación, organismos burocratizados) no sirven. Están pensadas para otra época o para otras funciones. Hay que redimensionar la ciencia: necesitamos instituciones más grandes, más abiertas, más flexibles, más eficientes, más autónomas, más responsables y mejor conectadas entre sí y con el sistema productivo.

2. La ciencia es una actividad creativa que no se parece en nada a la inmensa mayoría de las actividades que realizan las administraciones públicas. Así que, si nos empeñamos en que los científicos trabajen como funcionarios, será difícil conseguir que produzcan como científicos. No hay atajos en este camino: la sociedad debe confiar en los científicos y exigirles que trabajen con dedicación y responsabilidad, pero aceptando que dispongan de elevados niveles de autogobierno y flexibilidad organizativa.

3. La ciencia no digiere bien los sobresaltos. Los proyectos científicos serios se diseñan con perspectiva de muchos años y hay que establecer mecanismos de financiación adecuados, más parecidos al contrato plurianual con el que se financia la construcción de una autovía que a los presupuestos anuales con los que se financia el gasto ordinario de funcionamiento de una institución pública.

4. Un sistema de ciencia y tecnología sólo alcanza la madurez cuando se abre a la participación de los ciudadanos y, en contrapartida, resulta arropado por toda la sociedad. En España todavía nos queda mucho por andar en este campo. La mayoría de los ciudadanos, periodistas y políticos, consideran la ciencia como un asunto ajeno o un lujo (en el caso de la ciencia básica) del que es fácil prescindir cuando las cosas vienen mal dadas. Y, por la otra parte, muchos científicos siguen considerando que el resto de los mortales no tienen nada que decir sobre lo que ellos hacen. Es urgente acabar con este déficit brutal de nuestra cultura científica y cívica.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

Mujer y ciencia

01 Nov 2009
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Dora Russell (1894-1986) fue más conocida por ser la esposa del lógico y filósofo Bertrand Russell que por ser una brillante intelectual, educadora y activista del feminismo. Cuando, muy joven aún, escribió su alegato en favor de la liberación de la mujer a través del conocimiento y de la educación, le puso a su obra (editada en castellano por KRK Ediciones, de Oviedo) el título de Hipatia: Mujer y conocimiento, en honor a la famosa científica alejandrina que murió a principios del siglo V, apedreada y despedazada por cristianos fanáticos. Han pasado casi 100 años y el alegato de Dora Russell sigue haciéndonos vibrar de emoción con su defensa radical de la igualdad, su reivindicación de la libertad sexual y de la importancia de la educación y del conocimiento, y por su rechazo de la visión patriarcal y conservadora del mundo.

La labor de Dora Russell y de tantas otras feministas de izquierdas, que lucharon por la igualdad de derechos (en Inglaterra las mujeres no pudieron acceder con plenos derechos a la enseñanza universitaria hasta después de la Segunda Guerra Mundial) ha ido dando sus frutos. En muchos países hay ya más mujeres estudiantes universitarias que hombres y, poco a poco, la igualdad se va imponiendo en niveles superiores de la carrera académica (doctorado, profesorado, etc.). Existe aún, sin embargo, ese “techo de cristal” contra el que la mayoría de mujeres que se dedican a la investigación científica terminan estrellándose en algún momento de su carrera.

Cuanto más arriba en la carrera científica, más evidente es la desigualdad entre hombres y mujeres y más difícil les resulta a ellas lograr un reconocimiento acorde con sus méritos objetivos.

La buena noticia es que hay síntomas de que las cosas van cambiando. Este año han sido cinco las mujeres que han recibido un premio Nobel (en más de 100 años sólo ha habido 41 premios Nobel que han recaído en mujeres). En España hay cada vez más mujeres haciendo el doctorado, y son cada vez más numerosas las que se sitúan en la primera línea de la carrera científica (como Margarita Salas o María Teresa Mira, por citar dos ejemplos), sin olvidar que las máximas responsables de la política científica del país, durante los últimos años (los mejores para el crecimiento de la ciencia en España, en muchas décadas), han sido tres mujeres (María Jesús San Segundo, Mercedes Cabrera y Cristina Garmendia). Muchos expertos interpretan esto como el resultado final de una apuesta política decidida por ir eliminando las barreras y prejuicios que han servido durante siglos para coartar las posibilidades de desarrollo autónomo e intelectual de las mujeres.

Pero ahora corremos el riesgo de pasar por alto, una vez más, que también deben haber tenido bastante mérito las propias mujeres científicas que han ido abriendo camino por su cuenta. Para todas ellas Hipatia puede ser un símbolo y un emblema. Alejandro Amenábar nos lo ha recordado con una preciosa e insólita película de romanos, protagonizada por una mártir atea dedicada a la ciencia y encarnada en una mujer no sólo sabia y tenaz, en la búsqueda del conocimiento y de la integridad moral, sino además bella y libre: Hipatia de Alejandría, una de las más grandes entre las astrónomas y astrónomos de todos los tiempos.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia

Tecnologías entrañables

24 Oct 2009
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MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC

Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos tenido a nuestra disposición tantas tecnologías, tan útiles y tan eficientes. Gracias a ellas han aumentado los recursos para sostener la vida humana sobre la Tierra y han mejorado la salud, la movilidad y el acceso a todo tipo de información y, por lo tanto, a la cultura. Y nunca antes la influencia de la tecnología se había extendido como ahora a todos los espacios y actividades de la vida humana. Gracias, en especial, a la electrónica, la informática y las telecomunicaciones, disponemos hoy de tecnologías avanzadas para realizar tanto las más triviales tareas domésticas como las más complejas actividades industriales, o para establecer las más intensas relaciones sociales, conectándonos con miles de personas repartidas por todo el mundo sin movernos de nuestra sala de estar.

Y, sin embargo, seguimos manteniendo una relación conflictiva con las tecnologías. Nuestros ordenadores son cada vez más potentes, baratos y fáciles de usar, pero también son más incomprensibles. Nuestros automóviles son máquinas cada vez más perfectas, pero también más inaccesibles a nuestros mecánicos. Las redes sociales en las que participamos a través de Internet son cada vez más amplias y complejas, pero tenemos dificultades crecientes para controlar nuestra identidad en ellas. Creo que para describir la situación puede ser una buena idea recuperar el viejo concepto de alienación, de tradición marxiana. Tenemos, usamos y producimos tecnologías cada vez más complejas y eficientes, pero mientras las usamos o las producimos, sentimos que se nos escapan de las manos y que se muestran ante nosotros como algo ajeno, un bien mostrenco que está ahí y que crece y se desarrolla ante nuestros ojos de forma autónoma e incontrolable, alienante.

¿Podrían ser las cosas de otra forma? ¿Podríamos promover el desarrollo de tecnologías tan eficientes, accesibles y ubicuas como las que ya tenemos, pero no alienantes? Algo así como tecnologías entrañables, que no sólo pudiéramos incorporarlas a nuestra vida cotidiana, sino que además pudiéramos entenderlas, apropiarnos de ellas, mantener su control e incluso participar en su diseño.

Hay gérmenes de tecnologías entrañables por todas partes. El software de código abierto es útil, eficiente y rentable, pero además su desarrollo es participativo y se basa en la colaboración. Las tecnologías de producción y distribución de energía podrían hoy desarrollarse a través de redes de pequeños productores próximos al usuario final. La infraestructura de comunicaciones interpersonales es una plataforma ideal para la producción de conocimiento (wikipedia), la colaboración social y la movilización ciudadana.

Podemos conformarnos con un desarrollo tecnológico incontrolado y de resultado final incierto, o podemos limitarnos a soñar con otro mundo posible (en el otro mundo, seguramente). Pero también podríamos tomar en nuestras propias manos la responsabilidad del desarrollo tecnológico y ayudar a diseñar un mundo diferente, basado en tecnologías sostenibles, socialmente responsables, participativas, colaborativas, abiertas: entrañables.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia