MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC
No se le pueden poner puertas al campo. Aceptémoslo y demos así la razón a los que claman contra las pretensiones de restringir, mediante normas jurídicas, el uso de Internet para intercambiar contenidos culturales. Pero aceptemos también que el hecho de que no pongamos vallas en nuestro huerto no significa que tengamos que aceptar que cualquiera que pase por allí se coma nuestras manzanas.
La polémica desatada en torno a la llamada Ley Sinde está plagada de ambigüedades y confusiones de este tipo. Hay, en primer lugar, una cuestión estrictamente moral: ¿tiene el autor de una obra cultural algún derecho a disponer sobre el uso de su contenido? No conozco a nadie que niegue en serio este derecho. Desde el escritor que defiende su obra frente al plagio, al científico que reclama a sus colegas el reconocimiento de su originalidad, o incluso el grafitero que deja su sello personal para que todo el mundo reconozca su autoría: el derecho moral de la propiedad intelectual ha estado entre nosotros desde hace siglos y se va a quedar muchos siglos más.
Asentado esto, la única cuestión a debatir es si tal derecho es un valor absoluto al que tienen que supeditarse todos los demás o si, por el contrario, se pueden aceptar limitaciones razonables que faciliten la difusión de la cultura aprovechando las nuevas posibilidades que ofrecen las tecnologías de la información. Visto así el problema, de inmediato surgen muchas posibles soluciones, todas aceptables si son compatibles con las siguientes consideraciones. Primera, las copias en Internet son tan baratas que resulta absurdo pretender cobrar por ellas cantidades parecidas a las que se cobran por las copias en soporte físico tradicional. Segunda, si alguien vende las manzanas de otro, este tiene derecho a reclamar una compensación y a acudir a los poderes públicos para proteger con toda contundencia ese derecho, pero debe poder hacerlo sin que para ello haya que violar otros derechos fundamentales (a la intimidad y al secreto de las comunicaciones personales, por ejemplo). Tercero, la industria cultural y los poderes públicos, en vez de dedicarse sólo a subir la altura de las vallas del huerto, deben buscar y promover también formas alternativas de distribuir información más asequible, abierta, disponible para todo el mundo y respetuosa con los derechos de los creadores. Algunos ya lo están haciendo. El resto les seguirán, si sobreviven.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac es Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia
MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC
Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia
Una prestigiosa revista médica de Estados Unidos (Annals of Internal Medicine; 23 de agosto: http://www.annals.org) acaba de anunciar la publicación de un estudio realizado por investigadores españoles (Gema Rodríguez-Trigo y otros) sobre los efectos que la participación en la limpieza del chapapote del Prestige tuvo para la salud de un grupo de pescadores de Galicia. La investigación se centró en 501 pescadores que habían participado en las tareas de limpieza comparando su estado de salud, dos años después, con el de otros 177 que no habían participado. Los resultados más notables se obtienen comparando los subgrupos de no fumadores. El estudio señala, entre los no fumadores que estuvieron expuestos al chapapote, un aumento significativo de afecciones respiratorias y de algunos marcadores de posibles lesiones pulmonares, así como de algunas alteraciones cromosómicas en linfocitos. Como los autores advierten, estos resultados no permiten obtener conclusiones clínicas, ni pueden generalizarse a otras poblaciones. ¿Qué consecuencias se pueden derivar entonces del estudio?
Los propios autores expresan clara y sabiamente sus conclusiones. Con los datos disponibles no se puede predecir cómo va a evolucionar la salud de los trabajadores y voluntarios que participan en la limpieza de vertidos de petróleo; pero hay motivos suficientes para pensar que pueden aumentar los problemas respiratorios y el riesgo de contraer cáncer. Por consiguiente, es preciso establecer programas de seguimiento, estudio y atención a los posibles afectados a largo plazo. En el caso del Prestige, el plan ya está en marcha.
Junto con el artículo, la revista publica el editorial “Lecciones para el estudio de los efectos del vertido de petróleo sobre la salud”. En él se señala la importancia de la contribución de los investigadores españoles, que puede servir de referencia en EEUU, donde las autoridades se enfrentan ahora, a propósito del desastre del Golfo de México, a problemas parecidos a los que aquí tuvimos que afrontar.
Pasan los años y seguimos extrayendo lecciones del Prestige. Ahora debemos recordar una más: para poder responder adecuadamente a estas catástrofes, es preciso alentar la investigación rigurosa, independiente y sistemática sobre sus efectos, no sólo en economía y medio ambiente, sino también en la salud y a largo plazo. Pero lo de 2002… Nunca Mais.
MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC
Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia
Hace cuatro siglos, Galileo publicó el pequeño opúsculo Sidereus Nuncius (Mensajero sideral) que puede considerarse el acta de nacimiento de la ciencia moderna. Se trataba de un informe sobre las observaciones que había podido realizar utilizando un telescopio que él mismo había construido. Gracias a él pudo descubrir las montañas de la Luna, las fases de Venus y la existencia de satélites en Júpiter, y concluir que el cielo y la Tierra eran partes homogéneas de un único mundo, arrumbando así, en 30 páginas, siglos de especulaciones metafísicas: los humanos no éramos el centro del universo, sino los habitantes de un pequeño trozo del mismo. Otro pensador de la época, Giordano Bruno, había muerto un año antes abrasado en la hoguera por haber especulado con la existencia de infinitos universos.
Las cosas han cambiado en estos cuatro siglos. La proeza de Galileo es ya patrimonio de la humanidad y su modesto telescopio está hoy al alcance de cualquier escolar. Llevamos tiempo embarcados en una odisea apasionante para saber cómo es el universo y tenemos ya constancia empírica de la existencia, no sólo de miles de millones de estrellas y galaxias, sino también de planetas externos. Lo último es que el Observatorio Europeo Austral (institución científica internacional a la que España pertenece) acaba de confirmar el descubrimiento de un nuevo sistema, formado seguramente por siete planetas, en torno a la estrella HD 10180, con algunas características parecidas a las del sistema solar, incluyendo el tamaño de uno de ellos, próximo al de la Tierra ( http://www.eso.org).
Así pues, los astros siguen enviándonos mensajes. Y casi todos van en la misma dirección: no somos nada especial. Nuestra estrella es como otros miles de millones. Nuestra galaxia es una más. Puede haber planetas parecidos al nuestro por todo el universo. Y eso hace que cada vez sea más apremiante la última pregunta: ¿estamos solos? Dada la inmensidad espacial y temporal del universo, no sería imposible que condiciones similares a las que han permitido el desarrollo de la humanidad en la Tierra se hayan dado en otros lugares. Pero al mismo tiempo ¡es tan improbable que suceda lo que sucedió aquí…! Como decía Arthur C. Clarke: “Podemos estar solos o no. Cualquiera de estos pensamientos es aterrador”. Mientras tanto, nos queda una alternativa: seguir escuchando el mensaje de los astros y aumentando nuestro conocimiento científico del universo.
CARME MIRALLES-GUASCH
Profesora de Geografía Urbana
En plena canícula estival pensar que nuestros nietos van a tener unas temperaturas seis grados más altas que las actuales da que pensar. De forma reiterada, los medios de comunicación, van informando sobre los nuevos valores térmicos que el cambio climático va a imponer en nuestras latitudes peninsulares en un futuro que se percibe como presente.
Los científicos pueden calcular los nuevos escenarios térmicos y pluviométricos, pero la solución o disminución de los efectos del cambio climático sólo puede ser política. Es decir, tiene que proceder de pactos implícitos y explícitos entre distintos actores sociales, donde la opinión pública, los partidos políticos y los agentes económicos tienen que tener un papel principal. Es necesario que la sociedad esté involucrada contra el cambio climático y que la ciudadanía se perciba a sí misma formando parte del problema, pero también de la solución. Aquí las acciones a corto plazo son imprescindibles para alcanzar las de largo plazo. Sin embargo, las políticas contra el cambio climático no pueden tener vigencias de cuatro años. No pueden estar circunscritas a los periodos electorales y defendidas sólo por los partidos que tienen responsabilidades de gobierno. Los tiempos de la política y los tiempos del clima son tan dispares que es imprescindible lograr acuerdos interpartidarios que permitan realizar políticas con horizontes que impliquen varias décadas. También los ámbitos territoriales de acción de los gobiernos estatales y los que alcanza el cambio climático son tan diversos que es necesario llegar a acuerdos multilaterales que integren escalas territoriales diversas.
A todo esto, es imprescindible que los agentes económicos perciban nuevos espacios de negocio en la lucha contra el cambio climático y se unan a ello. Cambios tecnológicos, sustitución de fuentes de energía obsoleta por renovables, reorganización de los sistemas de trabajo y la búsqueda de nuevas áreas de oportunidades serán imprescindibles para que las empresas
–grandes y pequeñas– sean actores principales de la política del cambio climático.
En el siglo XXI, la política tiene en el cambio climático uno de sus mayores retos. Una política donde ciudadanos, partidos políticos y empresas tienen que ser los protagonistas.
MIGUEL ÁNGLE QUINTANILLA FISAC
Catedrático de Lógica y Teoría de la Ciencia
Las universidades públicas llevan años clamando por mejorar su financiación y, desde hace tiempo, existe un amplio consenso sobre la conveniencia de realizar un esfuerzo en este terreno. Una vez más, sin embargo, la oportunidad está a punto de perderse por culpa de la crisis económica y de las medidas de austeridad impuestas por las circunstancias. Algunos oportunistas inconscientes empiezan a pensar (y a decir) que el dinero que se gasta en algunos tipos de enseñanza y de investigación académica es un gasto superfluo, que debe sacrificarse en tiempos de austeridad. Pero, por otra parte, la mayoría estamos convencidos de que la salida de la crisis, cuando se produzca, favorecerá a los países que estén preparados para dar el salto a una economía productiva, basada en el conocimiento y la innovación, y esos serán sobre todo los que hayan sabido mantener activo el potencial de creatividad que se genera principalmente en las universidades y en los centros de I+D. ¿Qué tenemos que hacer para estar entre ellos?
La mayoría de las universidades españolas han emprendido en los últimos años dos tipos de reformas que van en la buena dirección. Por una parte, se ha puesto en marcha un ambicioso programa de reforma de las titulaciones de grado y posgrado, vinculado al llamado proceso de Bolonia. Por otra parte, muchas universidades se han involucrado en ambiciosos proyectos de inversión en infraestructuras científicas, en colaboración casi siempre con otras entidades públicas y privadas. Ambos tipos de iniciativas requieren apoyo financiero. Pero en tiempos de crisis hay que establecer prioridades.
Pues bien, la parte más esencial de las reformas de la enseñanza universitaria vinculadas al proceso de Bolonia se puede hacer adoptando medidas organizativas que tienen un coste muy bajo, aunque puedan lograr una gran repercusión. Sería un desastre que la falta de recursos económicos se usara como excusa para justificar la desidia, la indecisión o la irresponsabilidad en la implementación de unas reformas factibles y absolutamente necesarias. Asumido esto, los recursos que estén disponibles para mejorar la financiación universitaria deberían enfocarse prioritariamente a salvar los grandes proyectos de creación de infraestructuras, como los parques científicos y tecnológicos y los institutos de investigación, y a dotar a las universidades de recursos humanos más dedicados a la investigación de vanguardia en todas las áreas de la ciencia.
MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC
Catedrático de Lógica y Teoría de la Ciencia
La Fundación Príncipe de Asturias ha concedido uno de sus premios más prestigiosos, el de Cooperación Internacional, a la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) de España y a The Transplantation Society (TTS), una organización internacional con sede en Canadá. Ambas son un ejemplo de ciencia con conciencia. TTS ha desarrollado una intensa labor de coordinación e impulso a la medicina de trasplantes, y ha creado y difundido estándares éticos y clínicos para esta práctica médica. Gracias a ella, se han desarrollado intensas campañas mundiales contra el comercio de órganos humanos, la utilización de los órganos de condenados a muerte o el llamado “turismo de trasplantes”.
El caso español es también un buen ejemplo reconocido, con justicia, por la Fundación Príncipe de Asturias. La ONT se creó hace 30 años como un órgano centralizado del Ministerio de Sanidad para coordinar todas las intervenciones de trasplantes de órganos en España. Desde el principio, ha actuado guiada por criterios estrictos de eficiencia clínica y de dignidad ética. En la actualidad, extiende su red de coordinadores a todos los rincones de España. Cualquier donante sabe que sus órganos se aplicarán en la persona, el momento y el lugar más idóneos desde un punto de vista estrictamente clínico. Y cualquier receptor potencial sabe que sus posibilidades de acceder a un trasplante sólo dependerán de sus condiciones clínicas y sanitarias, no de otras consideraciones económicas o sociales. El resultado es que España es el país de referencia mundial en trasplantes de órganos humanos, con la tasa más alta de donaciones voluntarias y consentidas, que la Unión Europea y la OMS han recomendado a todos sus miembros que imiten el sistema español, y la propia ONT española es, de hecho, la responsable del registro mundial de donaciones y trasplantes.
En nuestro país, más de 70.000 personas se han beneficiado de algún trasplante de órganos completos en los últimos 30 años. Se lo debemos a los avances del conocimiento científico y de sus aplicaciones, a las que han contribuido de forma sobresaliente las dos instituciones ahora premiadas. Pero no se trata sólo del avance de la ciencia. Todo eso ha sido posible también porque, en este caso, ha habido una sintonía ejemplar entre el desarrollo del conocimiento científico y el de la conciencia ética. Está bien que la Fundación Príncipe de Asturias nos invite a celebrarlo.
MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC
Catedrático de Lógica y Teoría de la Ciencia
Por qué se sublevó el monstruo de Frankenstein contra su creador? Porque se encontraba solo y su creador se quería desentender de él. Es un tema que se repite en otras versiones del mismo mito. Recordemos al replicante Roy, en Blade Runner, pidiendo cuentas a Tyrell por haberle creado con tantas limitaciones. Lo más inquietante de los relatos de ciencia ficción sobre la creación artificial de la vida o del espíritu no es, como parece a primera vista, la impía pretensión de invadir las competencias divinas por parte de la ciencia, sino algo mucho más sutil: la incapacidad de los humanos para cuidar de sus propias criaturas científicas y tecnológicas. Llamaremos a esto el síndrome de Frankenstein.
Ahora ya no es ciencia ficción. Craig Venter ha anunciado a bombo y platillo la buena nueva: en su laboratorio se ha creado el primer ser vivo artificial. En realidad, lo que ha hecho es sintetizar el ADN de una bacteria, insertarlo en una célula y lograr que esta se reproduzca normalmente transmitiendo a su descendencia la información genética artificialmente creada. Se trata de un logro importante de la biología sintética, una de las ramas más novedosas de la investigación actual. Hace tiempo que los científicos saben que la vida se crea a partir de materiales inertes, aunque todavía no sepan reproducir artificialmente todo el proceso (todavía hay que insertar el ADN sintético en una célula viva para que funcione). Pero lo que aporta la bacteria artificial de Venter es la prueba de que ya podemos diseñar y producir organismos vivos completos a la carta. Por el momento de carácter unicelular, pero eso puede ser suficiente para cubrir el planeta con una nueva biosfera plagada de organismos que desempeñen multitud de tareas útiles para la industria, el medio ambiente o la salud.
Da vértigo pensarlo. ¿Estamos preparados para asumir nuestra responsabilidad ante las nuevas creaciones de la ciencia? ¿Vamos a dejar que también en este campo sean las fuerzas ciegas del mercado y de la codicia las que regulen la creación de la nueva biosfera?
Frankenstein no pecó de soberbia por pretender imitar a Dios, sino de estupidez y egoísmo por desentenderse de su criatura. La nueva tecnología anuncia un mundo lleno de criaturas diseñadas a medida de nuestros deseos: deberíamos prepararnos para modular estos y para asumir nuestra responsabilidad sobre aquellas, para librarnos del
síndrome de Frankenstein.
ÓSCAR CELADOR ANGÓN
Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas
Uno de los grandes males que ha asolado tradicionalmente a la comunidad científica española es la fuga de cerebros. Esta especie de hurto de recursos humanos altamente cualificados implica que los mejores frutos de las inversiones públicas dedicadas a la mejora de nuestro sistema educativo y universitario son captados por otros países, gracias a su enorme capacidad para ofrecer estímulos económicos, tecnológicos o, simplemente, un futuro profesional. En otras palabras, mientras que el precario panorama laboral empuja a los jóvenes investigadores españoles al desempleo, las principales potencias económicas extranjeras se dedican a captar e importar a nuestro mejor talento nacional para generar riqueza en el país de acogida. Se trata de la pescadilla que se muerde la cola, ya que el sector productivo español necesita mejorar su déficit tecnológico para ser competitivo y crear empleo, pero al mismo tiempo, como consecuencia –entre otros factores– de la ausencia de mecanismos que permitan retener a los futuros líderes tecnológicos, nuestra economía se sustenta en un tejido económico poco productivo que nos impide ser eficientes en un mercado tan competitivo como es el de la sociedad globalizada del siglo XXI y, en consecuencia, generar empleo y riqueza.
La gran paradoja de nuestro modelo científico reside en que nuestro país es la novena potencia mundial en términos de producción científica, pero nuestro sector productivo refleja un importante déficit en el área del desarrollo tecnológico. Esto es debido a dos factores: de una parte, dada la escasa cualificación laboral del mercado laboral español, nuestro modelo económico se ha caracterizado tradicionalmente por importar tecnología y exportar productos de escaso valor añadido; y de otra, a la ausencia de políticas públicas eficaces dirigidas a la creación y retención del conocimiento vinculado con la producción empresarial y tecnológica.
El proyecto de Ley de la Ciencia, que el Consejo de Ministros acaba de remitir a las Cortes Generales, contiene los ingredientes necesarios para que la receta tenga éxito, es decir, que el talento de nuestro capital humano deje de fugarse al extranjero en busca de mejores oportunidades. Ahora esperemos que la clase política sea consciente de la importancia que esta ley está llamada a tener para nuestro futuro económico y social y sepa estar a la altura de las circunstancias.
MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC
Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia
No se trata de un acertijo ni de jugar a las profecías. A diferencia de lo que ha sucedido durante siglos en la historia de la humanidad, ahora no tenemos por qué conformarnos con intentar adivinar, conjeturar, o implorar un futuro mejor. Ahora podemos hacerlo nosotros mismos. Al menos en la medida en que el futuro estará en gran parte configurado por las aportaciones del conocimiento científico y la innovación tecnológica, las cuales dependerán, a su vez, de los retos que ahora decidamos asumir.
A esta filosofía responde la Agenda Ciudadana de Ciencia e Innovación, una iniciativa de la presidencia española de la Unión Europea, implementada por FECYT. A partir de las sugerencias de 14 personalidades que de alguna manera han contribuido a cambiarnos la vida por su actividad científica y profesional (desde Ferrán Adriá hasta Margarita Salas, para que el lector se haga una idea) se han propuesto 14 retos de carácter científico y tecnológico que podrían orientar la acción de los gobiernos en los próximos 20 años, para que los ciudadanos elijan cuál de ellos querrían conseguir antes de 2030. Como algún bloguero ya ha hecho saber, lo malo de esto es que a casi todo el mundo le gustaría que se cumplieran los 14. Pero el juego está en saber cuáles son los más importantes. Por el momento el reto más valorado es el de mejorar los sistemas de almacenamiento de energía eléctrica, propuesto por Paulina Beato.
Más allá de los resultados concretos de esta iniciativa, que podemos seguir on line hasta el 26 de mayo, el hecho mismo de haberla puesto en marcha constituye un bonito experimento en un campo, el de la participación pública en la ciencia y la tecnología, en el que necesitamos un gran esfuerzo de innovación social y política. Si el experimento sale bien, no será el último. Y eso será una buena noticia.
Si hace 20 años hubiéramos votado qué tipo de tecnologías nos hubiera gustado tener hoy, es posible que ahora estuviéramos más cómodos en el mundo que habitamos. Pero éste es justamente el reto que tenemos por delante para los próximos 20 años: decidir cómo queremos que sea entonces nuestra vida y la de nuestros hijos. Yo me apunto a ciudades más habitables (propuesto por Foster), órganos artificiales para trasplantes (Rafael Mastesanz) y medicina personalizada gracias a la genética (Margarita Salas). ¿Y usted? Puede dar su opinión en http://www.reto2030.eu.
CARMEN MAGALLÓN
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Del 3 al 28 de mayo, delegaciones de 189 países asisten al desarrollo de los trabajos de revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) en la sede de la ONU, en Nueva York. Firmado en 1968, el TNP, cuyo régimen es prácticamente universal, pues ha sido firmado por 188 países, ha mantenido la división entre países poseedores –EEUU, Rusia, Reino Unido, Francia y China, las cinco potencias que habían realizado explosiones nucleares antes de 1967– y no poseedores, a los que reconoce el derecho al uso pacífico de la energía nuclear.
Sabiéndose en el centro de las críticas por su programa de enriquecimiento de uranio, el iraní Ahmadineyad, único presidente presente en Nueva York, abogó en su discurso por la reforma del TNP, ya que, a su entender, ha fracasado en sus tres objetivos iniciales: el desarme nuclear, la no proliferación y el uso de la tecnología nuclear con fines pacíficos. Un razonamiento no exento de base, ya que, en estos años, el TNP no logró impedir que otros cuatro países, India, Pakistán, Israel y la República Popular Democrática de Corea (RPDC) pasaran a ser poseedores de armas nucleares situándose fuera del tratado.
El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, y la sociedad civil coinciden en que el objetivo es un mundo sin armas nucleares. En el Foro de Alcaldes por la Paz, que fue fundado por el alcalde de Hiroshima bajo el lema: No amenacéis a nuestras ciudades con armas nucleares, y que hoy reúne a 3.880 ciudades, Ban Ki-moon volvió a presentar su plan de cinco puntos para el desarme nuclear, visible, verificable y basado en obligaciones legales.
Las ONG centran sus críticas en el mantenimiento de la política de disuasión por parte de los estados poseedores, que sólo ven peligro en que estas armas caigan “en manos peligrosas”, mientras ellos siguen concediéndoles una posición clave en sus estrategias de defensa y poder. Defienden la celebración de una Convención de Prohibición Total, un objetivo que para Jody Williams, impulsora de la campaña que logró la prohibición de las minas anti-persona, no es ni prematuro ni improbable –lo mismo decían del Tratado de Prohibición de Minas–. Lo que no está tan claro es que hoy exista esa voluntad crítica entre las poblaciones del mundo, algo que, de modo análogo a la necesidad de una masa crítica de combustible para lograr un arma nuclear, seguramente se precisa para lograr su prohibición.