MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC
Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia
Hace cuatro siglos, Galileo publicó el pequeño opúsculo Sidereus Nuncius (Mensajero sideral) que puede considerarse el acta de nacimiento de la ciencia moderna. Se trataba de un informe sobre las observaciones que había podido realizar utilizando un telescopio que él mismo había construido. Gracias a él pudo descubrir las montañas de la Luna, las fases de Venus y la existencia de satélites en Júpiter, y concluir que el cielo y la Tierra eran partes homogéneas de un único mundo, arrumbando así, en 30 páginas, siglos de especulaciones metafísicas: los humanos no éramos el centro del universo, sino los habitantes de un pequeño trozo del mismo. Otro pensador de la época, Giordano Bruno, había muerto un año antes abrasado en la hoguera por haber especulado con la existencia de infinitos universos.
Las cosas han cambiado en estos cuatro siglos. La proeza de Galileo es ya patrimonio de la humanidad y su modesto telescopio está hoy al alcance de cualquier escolar. Llevamos tiempo embarcados en una odisea apasionante para saber cómo es el universo y tenemos ya constancia empírica de la existencia, no sólo de miles de millones de estrellas y galaxias, sino también de planetas externos. Lo último es que el Observatorio Europeo Austral (institución científica internacional a la que España pertenece) acaba de confirmar el descubrimiento de un nuevo sistema, formado seguramente por siete planetas, en torno a la estrella HD 10180, con algunas características parecidas a las del sistema solar, incluyendo el tamaño de uno de ellos, próximo al de la Tierra ( http://www.eso.org).
Así pues, los astros siguen enviándonos mensajes. Y casi todos van en la misma dirección: no somos nada especial. Nuestra estrella es como otros miles de millones. Nuestra galaxia es una más. Puede haber planetas parecidos al nuestro por todo el universo. Y eso hace que cada vez sea más apremiante la última pregunta: ¿estamos solos? Dada la inmensidad espacial y temporal del universo, no sería imposible que condiciones similares a las que han permitido el desarrollo de la humanidad en la Tierra se hayan dado en otros lugares. Pero al mismo tiempo ¡es tan improbable que suceda lo que sucedió aquí…! Como decía Arthur C. Clarke: “Podemos estar solos o no. Cualquiera de estos pensamientos es aterrador”. Mientras tanto, nos queda una alternativa: seguir escuchando el mensaje de los astros y aumentando nuestro conocimiento científico del universo.
RAMÓN COTARELO
Catedrático de Economía Aplicada
Exige el Consejo General del Poder Judicial a los responsables políticos “el máximo respeto” a la función judicial. Sin embargo el respeto no se pide, demanda o exige; el respeto se merece o no se merece.
¿Merece respeto un magistrado –De la Rúa– que entiende en una causa penal en la que el principal implicado dice ser su amigo íntimo, y lo exonera? ¿Merece respeto el vocal del Poder Judicial Fernando de Rosa, quien, tras ser consejero de Camps, avala la honradez e inocencia de su ex jefe en un procedimiento penal como tal consejero? ¿Merece respeto un presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial para quien dios –su dios– es la base de la “verdadera Justicia”? ¿Merece respeto el propio Consejo General del Poder Judicial que tramita los nombramientos de la carrera por un sistema de cuotas y mercadeo ideológico análogo a la famosa lotizazzione de Italia que dio al traste con la primera República de aquel país? Son preguntas sencillas que cada cual puede contestar en conciencia.
La opinión pública nacional e internacional lo tiene claro: la Justicia española está politizada y claramente escorada a la extrema derecha, por lo que poco respeto parece merecer. La colusión entre el Tribunal Supremo, la extrema derecha, el PP y los corruptos que denuncia el ex fiscal anticorrupción Jiménez Villarejo es algo que los implicados no disimulan, aunque, muy escandalizados, lo nieguen de palabra.
Y hay más. La agresiva derecha española instrumentaliza siempre las instituciones y poderes del Estado, así como las asociaciones suprapartidistas en pro de su bandería política. Lo hizo en 1936 con el Ejército y la Iglesia, por medio de los cuales tiranizó el país durante 40 años. Hoy, al estar las fuerzas armadas al margen de la política, lo intenta de nuevo con la Iglesia y el poder judicial. La primera responde con celeridad y caldea el ambiente, mientras que el poder judicial viene a sustituir al Ejército en la tarea de obtener por otros medios lo que las urnas niegan a la derecha; anular mediante triquiñue-
las formales el caso Gürtel; y, por último, amedrentar a sus adversarios, cosa nada difícil, como se prueba por el hecho de que estos, en su ingenua veneración por el consenso y las formas democráticas, patrocinen el nombramiento del citado presidente del Supremo, cuya primera provisión fue impedir que el proyecto de Ley del Aborto contara con un dictamen favorable del Consejo que también preside.
¿Merece respeto una administración de Justicia con procesos que cabe tildar de políticos, persecuciones judiciales de algún escaso juez independiente, connivencia entre magistrados y acusados cuando son políticos con mando en plaza, influencia de los partidos en el nombramiento de jueces que tienen que entender en casos penales en los que aquellos están directamente interesados, como sucede con el célebre Gürtel? Con estos datos no hay que ir muy lejos a buscar la causa del desprestigio de la Justicia española y de que esta haya de exigir con sus escritos lo que no consigue con sus hechos: respeto.
Carlos Taibo
El septuagésimo aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial ha permitido que aflore con claridad una visión de lo ocurrido en aquel entonces que obedece al propósito de rebajar sensiblemente el papel que la Unión Soviética desempeñó en la derrota final de la Alemania hitleriana. Si así lo queremos, esa visión tiene tres ejes. El primero, y sin duda el más importante, parece considerar que las nulas credenciales democráticas de la URSS estaliniana obligan a ningunear lo que sus acciones supusieron y a hacerlo en provecho de otros agentes, singularmente Estados Unidos, que conforme a esta percepción presentarían registros impolutos.
El segundo se propone cuestionar que, en términos objetivos, el papel de la Unión Soviética fuese relevante en la derrota final de la Alemania hitleriana, en franco olvido, por cierto, del ingente sacrificio que, en vidas humanas y en infraestructuras, acarreó para la URSS el segundo conflicto mundial. Hace unos años, al calor del enésimo aniversario del desembarco de Normandía, ya tuvimos la oportunidad de comprobar cómo se reescribía el derrotero de la segunda gran guerra en provecho, de nuevo, del papel liberador ejercido por Estados Unidos.
El tercer eje bebe, en estos días, de una legítima contestación del inmoral pacto germano-soviético ultimado en 1939. Pena es que quienes se han entregado a ella prefieran olvidar lo que hacían por aquellos años Francia y Reino Unido, lejos de cualquier suerte de solidaridad con la República española, o los propios mandatarios norteamericanos, durante muchos meses amparados en la idea de que el conflicto que se libraba en Europa era cosa de otros.
Si en un escenario de manipulaciones lacerantes e interesadas –que a menudo abocan en una literal homologación entre el agresor alemán y el agredido soviético– es comprensible la reacción, airada, de los gobernantes rusos, conviene que guardemos las distancias, eso sí, en lo que se refiere a lo que estos últimos alientan dentro de su país. Y es que no deja de ser llamativo que los mismos dirigentes que han aceptado en plenitud las miserias del capitalismo y del mercado propicien en paralelo el renacimiento de un discurso de gran potencia que tiene uno de sus pilares fundamentales en una recuperación acrítica de la era estaliniana. Una recuperación que hunde sus raíces –entendámoslo bien– en un nacionalismo de Estado que prefiere arrinconar los muchos elementos que obligan a repudiar lo que Stalin supuso en la URSS. Y que no le hace ascos, en paralelo, a procedimientos de adoctrinamiento que traban la manifestación de lecturas diferentes de los hechos.
Queda por preguntar, eso sí, a qué obedece el creciente interés que parece suscitar en estas horas, entre nosotros, la Segunda Guerra Mundial. Aunque hay quien dirá que responde a un designio de escapar a las miserias del tiempo presente en busca de noticias y escenarios exóticos –la nieve de Stalingrado, la arena de El Alamein–, no descartemos en modo alguno que las razones sean otras y que por detrás despunte el razonable propósito de tomarse en serio la posibilidad de que un nuevo conflicto de carácter mundial reaparezca en un escenario de zozobra planetaria como este que arrastramos.
Profesor de Ciencia Política
Carmen Magallón
El pasado 15 de julio fue asesinada en Grozni, Chechenia, Natalia Estemírova, profesora de Historia, periodista y destacada defensora de los derechos humanos. Miembro de Memorial, organización que recibió en 2004 el Premio Nobel Alternativo, era amiga de la periodista Anna Politkóvskaya, asesinada a su vez en 2006. Por sus investigaciones y denuncias sobre los abusos, secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones que sufre la población chechena, había recibido varios premios, entre ellos el instituido en nombre de Politkóvskaya. Y también constantes amenazas.
Las amigas de Dones x Dones de Barcelona y de la red de Mujeres de Negro nos han recordado los momentos que compartieron con ella en el Centro de Cultura de Mujeres Francesca Bonnemaison, el 8 de marzo de 2004 y en la Conferencia Internacional de Mujeres de Negro que tuvo lugar en 2005 en Jerusalén. Y nos han recordado sus palabras: “Yo me declaro abiertamente pacifista, porque sé lo que supone para la gente joven el militarismo y las guerras. Estoy en contra de todas las guerras y la violencia, y tengo muy claro lo que suponen para las mujeres, como también la capacidad que tienen (estas) para reconstruir la vida, defenderla y desarmarla. En Chechenia, todo el peso de la guerra ha recaído sobre las mujeres. Cuando comenzaron los secuestros, fuimos las mujeres las que nos enfrentamos denunciando estos crímenes. En 1995, organizamos una marcha pacífica desde Moscú hasta Grozni. Y no denunciamos únicamente los crímenes y la violencia del Gobierno ruso, también la violencia de nuestro propio Gobierno y de los grupos armados”.
Compartiendo la filosofía que sustenta la práctica de los grupos de Mujeres de Negro, Estemírova no se plegaba a las adhesiones de grupo y apuntaba con el dedo a los culpables, fueran estos ajenos o propios. Su postura era difícil de tragar por quienes tienen por modelo y exaltan a la madre espartana, siempre dispuesta a criar y ofrecer a sus hijos para batallar en defensa de la patria. Para quienes puedan pensar que el pacifismo es una rendición por no responder a la violencia con la violencia, subrayo el valor de esta mujer, pacifista por sus palabras y por sus hechos que, pese a las amenazas, no dejó de sacar a la luz las violaciones de derechos que veía a su alrededor.
A los demás nos queda levantar nuestra voz contra la impunidad, que es la institucionalización de lo execrable. La impunidad es el triunfo de los matones, un cáncer que anula nuestra dignidad colectiva, imponiendo la ley de la selva y el poder del más fuerte. Aceptar la impunidad en silencio, resignarse, nos degrada como seres humanos. Por eso me uno a las Mujeres de Negro que, en Barcelona y Madrid, han salido a la calle para honrar la memoria de Estemírova; para exigir a los gobiernos ruso y checheno que hagan justicia y que esta muerte no quede impune, y a nuestro Gobierno, que se haga eco de esta exigencia y le busque cauce efectivo en los organismos y plataformas internacionales.
Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz