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ETA, fiel a sí misma

11 ago 2009
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Ramón Cotarelo

El comunicado de ETA el sábado y las bombas de Mallorca el domingo son piezas de una estrategia de la banda que en lo sustancial no ha variado desde el inicio de la Transición. Originariamente trataba de provocar una involución política, una caída de la democracia y una nueva dictadura militar que diera justificación a su existencia. No habiéndolo conseguido, lo que pretende ahora de un Gobierno democrático es una nueva ronda de negociaciones. Asegura que no pretende imponer nada, sino facilitar una salida razonable en la que todos los proyectos sean materializables. Esta precisión, que parece de Perogrullo, en el fondo quiere decir que sean materializables incluso aunque no gocen de apoyo mayoritario o sea, que se
impongan…

Ahora bien, después de tres mesas de negociaciones –con González, Aznar y Zapatero– siempre volcadas por decisión unilateral de ETA, es poco problable que ningún otro Gobierno de España vuelva a proponer negociación alguna. Eso lo sabe ETA igualmente, pero confía en que, si no se realiza su estrategia manifiesta (golpe de Estado, negociación), se dé la latente. Esta consiste en que cunda el cansancio, el aburrimiento y la apatía en la población española de forma que una mayoría de esta se pronuncie a favor de la independencia de Vas-conia o algo así.

Sería el pueblo el que obligaría a un poder político remiso a ceder. Todos los que dicen hoy que hay que negociar, que jamás se vencerá a ETA policial y judicialmente, están asumiendo las razones de la banda, algunas de las cuales son, a mi juicio, inasumibles. Por ejemplo, esa tan frecuente de culpar de las posibles víctimas de la actividad terrorista a los poderes públicos por no hacer nada por evitarlas (esto es, negociar) e incluso a las mismas víctimas, en la medida en que son estas quienes han elegido a aquellas personas públicas.

Pero es que, por último, al margen de las cuestiones formales, hay un obstáculo a la negociación que es insalvable por cuanto no hay nada que negociar. Esto es, no hay nada que negociar fuera del Parlamento; dentro del Parlamento, todo. Siendo esto así, la única negociación posible es sobre cómo y cuándo dejan los terroristas las armas. Esta decisión no es muy prometedora y quizá traiga más sufrimiento, como dice la propia ETA, pero España ha pasado por momentos mucho peores en esto del terrorismo, con más de cien muertos al año.

El ritmo actual de los atentados y la correspondiente campaña de verano, aparte de mostrar que el terrorismo abertzale tiene algo que ver con el islámico en ese odio al turismo que los caracteriza, deja en evidencia que ETA está más débil que nunca. El cerco policial y judicial surte efecto. Quizá no se consiga acabar con la banda de inmediato pero su final será un hecho.

Entre tanto sigue actuando a su peculiar manera. Juega con fuego aunque no quiere hacer mucha sangre pues trata de conservar la lealtad de los suyos. A fuer de terrorista, a ETA le vendría bien una carnicería, pero si hay una desgracia en algún establecimiento turístico, el aislamiento social de ETA y sus epígonos será ya completo.

Catedrático de Ciencia Política

Una respuesta moral

31 jul 2009
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Francisco Balaguer Callejón

Cincuenta años después, hubiera sido un buen momento para emitir un comunicado que pusiera fin a la actividad terrorista de ETA. Sin embargo, han preferido otro tipo de conmemoración, infinitamente más siniestra, asesinando a dos personas y causando heridas a otras 66 en estos dos últimos días. Si es verdad que creen luchar por motivos políticos, deberían saber ya que existe una absoluta incompatibilidad entre los fines que pretenden y los medios que utilizan. En un sistema democrático, la libertad es incompatible con las bombas y se ejerce a través de la palabra, no de la violencia.
Desde hace ya varios años, de manera periódica, caen nuevas cúpulas de ETA y se extiende la sensación de que la banda está cada vez más débil y de que su fin se acerca. Los éxitos policiales, el estrechamiento de sus canales de financiación, la progresiva limitación de su proyección política, son factores que contribuyen a generar la impresión de que el fin del terrorismo es viable.

Sin embargo, existen otros elementos, quizás no tan perceptibles, que alimentan la idea de que la banda está encerrada en un círculo vicioso, que dificulta cualquier salida, debido a las inercias que ella misma ha generado (entre las que parece figurar en primer plano la del gran número de presos que están encarcelados con condenas pendientes para muchos años).
Ese círculo vicioso es lo que parece mover todavía a los sectores que apoyan a ETA. Caminan ya sin el aliento de una convicción que les guíe, más allá del peso de su propia historia. Sin embargo, destruir es tan fácil que siempre podrán poner unas cuantas bombas y mantener la tensión moral que el terrorismo provoca en nuestra sociedad. Porque la reacción frente a la barbarie genera, inevitablemente, un conflicto entre la irracionalidad que el terrorismo supone y las respuestas que un Estado de Derecho puede dar. Los atentados no sólo se llevan por delante a personas que tenían familias, amigos y proyectos de vida que nunca podrán ya realizarse. También nos hacen más vulnerables porque extienden la miseria moral que está detrás de cualquier acto de violencia.

Frente al terrorismo de ETA no caben soluciones milagrosas. El repudio que hoy expresamos será seguido, lamentablemente, por otros actos terroristas que tendremos que condenar con la misma vehemencia. Cuantos más atentados se produzcan, mayor será la sensación de letanía y de impotencia que tengamos. Tan duro como enterrar a los muertos y curar a los heridos es saber que seguramente no serán los
últimos. Sin embargo, tenemos que seguir dando siempre una respuesta firme y decidida, que haga ver a los asesinos que no van a conseguir nunca debilitar nuestras convicciones, ni alterar las reglas en las que se basa la convivencia democrática. Por importantes que sean los éxitos policiales en el futuro, lo que puede resultar decisivo es la respuesta moral ante el terrorismo, una lucha en la que toda la sociedad debe implicarse y ante la que no cabe permanecer indiferente.

Catedrático de Derecho Constitucional