No me den ‘Lalata’
El día de San Isidro, The Wall Street Journal llevaba un reportaje en portada sobre las revistas con formato de edición artística. Citaba dos españolas, Lalata y La Más Bella. Una de un grupo de genialoides de Albacete, la otra, madrileña. Me pareció significativo. He trabajado 30 años en prensa escrita. Cuando hace dos años me pasé a la prensa en Internet, muchos colegas me miraron con lástima. “Está cansada, caduca y harta. Sólo le queda Internet”. Harta sí que estaba. Cansada no. Caduca, depende para qué. Me pierde este oficio. Pero tenían su razón mis colegas. Entonces hablar de periódicos digitales era hablar de confidenciales para el chantaje. Ahora, quienes me compadecieron me dan la lata con lo hábil que estuve al irme, pero soy la misma plumilla, a veces mala, siempre mejorable y nunca satisfecha. Menos autocensurada.
En este contexto, rarezas como Lalata o La Más Bella me interesan, aunque no tengan todo que ver con el periodismo. Van más allá del ejemplo de The Economist. Aún sueño con un periódico oliendo a tinta recién exprimida, con análisis serios y divertidos –algo compatible–, que me ofrezca aquello a lo que no llego cada día. No estoy por llevarme el ordenador al café, a la playa o al baño. Es trabajo.Y espero a que los viejos rockeros del papel destierren el miedo que les corroe, que aparquen la soberbia de que sólo ellos son periodistas. Y a que los perroflautas e interneteros, ya no tan jóvenes, se apeen del desprecio por los viejos. Detrás anida el complejo por la cultura, experiencia e influencia de los otros.
Este enfrentamiento resulta patético ante el enemigo común. ¿O no nos hemos dado cuenta?











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