Hace dos meses hablar de desmontar el euro era financia-ficción. Si algún osado se atrevía a mencionar la posibilidad de que los alumnos mejores, encabezados por Alemania, se desenganchasen de los vagones de cola de los torpes periféricos, el asunto no dejaba de ser una rareza. Como ficción era la sugerencia de Nouriel Roubini de que Grecia se largase del euro, recuperara su dracma y, con decisión rápida, diese a la maquinita de hacer dinero, sin dejar tiempo a fugas de capitales –si es que queda alguno dentro de sus fronteras– y con el corralito correspondiente, como ya hizo Argentina.
Ahora, la ficción puede hacerse realidad sin necesidad de tener que esperar un siglo, como le pasaba a Julio Verne. Quizá tan solo unos meses. Desde que Papandreu lanzó sobre la mesa el abortado órdago del referéndum, no hay multinacional, gran banco o think tank que se precie que no haya sacado del cajón el paper con qué hacer si el euro se va al garete. Los informes reconocen que no saben cómo desmontar el euro, pero concretan las consecuencias: regresar a sus monedas anteriores acarrearía inflación, quiebra, proteccionismo de las mercancías y sus fronteras, caída de exportaciones propias y de los países vecinos, más paro, empobrecimiento, revueltas sociales, miedo y ¿por qué no?, alguno habla de estanterías de los supermercados vacías. Incluso más de un osado se atreve a retratar un escenario similar al de la Europa previa a la II Guerra Mundial.
Pero tranquilos, que esto es sólo financia-ficción y esos paper no van a salir de los grandes despachos donde se escriben los guiones futuristas.
Ya somos un país de emigrantes según el INE. Este año han venido buscando trabajo 130.850 personas menos. Para diciembre se habrán ido más de 34.000 y nueve de cada diez son extranjeros. Los nacionales también nos dejan. Salen los mejores, los más formados. Se llevan un trozo de nuestro futuro y esperanza. Les seguirán otros jóvenes menos cualificados, esos que dejaron los estudios para trabajar en la construcción y ahora están perdidos.
Son datos a corto plazo, porque ya se sabe que las prospectivas a más de dos años no sirven para nada como el mismo INE reconoce. ¿Se acuerdan cuando la derecha tronaba contra la invasión de inmigrantes y los abusos que hacían de nuestro bienestar? Aún hoy no pasa día sin que nos topemos con la xenofobia. A veces asombra el protagonista de la noticia, como el caso del consejero de Interior de la Generalitat, Félix Puig, contra los peruanos o rumanos. A los exabruptos de otros tipos como Albiol, el alcalde de Badalona, algunos se acostumbran peligrosamente.
Pronto seremos un país de viejos, con la tasa de natalidad más baja de Europa, sin jóvenes que paguen las pensiones a quienes no pudieron costearse un plan privado de jubilación. Es otro daño colateral de la crisis que lleva a la gente a la calle.
Sostienen los tolerantes que hay que recordar que a los dirigentes mundiales, europeos, nacionales, autonómicos, la historia los juzgará, como pasó con los políticos de la primera parte de la Gran Depresión o del período de entreguerras en Europa. Pero no está claro que quienes protestan estos días vayan a esperar al juicio de la historia. Menos si recuerdan lo que ocurrió después.
El 15 de Junio, mañana ya histórica en la que un presidente, Artur Mas, llegó al Parlament en helicóptero debido a la brutalidad de grupúsculos que desvirtúan el 15-M, se conocía el informe de Financial Times sobre el final de la moderación salarial entre los banqueros. En 2010 se subieron el sueldo un 36% de media. El ránking lo lideraba Jamie Dimon, consejero delegado de JP Morgan, seguido de Lloyd Blankefein, director general de Goldman Sachs. Ambos bancos recibieron dinero de todos los americanos.
Los indignados airean que los gobiernos hacen que el ajuste de la crisis recaiga sobre los ciudadanos y han sido incapaces de acordar la regulación de los mercados donde especulan esos banqueros, origen de la situación que padecemos. Ese 15 de Junio, al preguntar a los diputados del Congreso en Madrid por los acontecimientos del Parlament, reaccionaban con la lógica indignación contra los vándalos de Barcelona. Ni una palabra sobre los escandalosos salarios de los banqueros, sobre la posibilidad de otra burbuja financiera -algo que ya ha denunciado Felipe González- ni sobre la impotencia para afrontar los desmanes de los especuladores.
¿Han abierto una reflexión en su partido sobre las demandas de los indignados? Respuesta de PP y PSOE: oficialmente NO, sí en comentarios de pasillo. El PP piensa que los indignados sólo dañan el voto de la izquierda; el PSOE sigue en la digestión de la derrota, con el Gobierno de apagaincendios que vienen de Grecia y que azuza el mismo PP. Y una máxima de fondo: que reflexionen ellos, que nosotros también nos indignamos por lo mal que nos tratan.
Ánimo, que vamos bien.