Bruselas ha recomendado esta semana –¡por fin!– que los altos ejecutivos que disfrutan de escandalosos paracaídas de oro –reciben sumas astronómicas en caso de despido– tengan un límite máximo de dos años de sueldo fijo y no cobren si han realizado una mala gestión de la empresa.
El escándalo de la aseguradora AIG, que recibió 120.000 millones de euros en ayudas de los ciudadanos estadounidenses, de los cuales 117 se perdieron por los bolsillos de los mismos directivos que llevaron a la empresa a la catástrofe, ha despertado la ira más allá de las fronteras de EEUU. Los casos se han repetido en otros países europeos con más discreción. En España, el Gobierno no ha tenido que intervenir, por ahora, ninguna gran empresa ni banco. Dice la ministra Salgado que si la cosa de prolonga, ya veremos. Entre las 35 empresas más importantes que cotizan en el selectivo Ibex 35, hay 278 blindajes de lujo que corresponden al 58% de sus altos ejecutivos.
La oportunidad de la recomendación de Bruselas es clave en nuestro país, donde, además de liderar la lista de destrucción de empleo, sufrimos un número de expedientes de regulación (ERE) que dan frío. Hasta marzo, habían aumentado en un 466% con respecto al mismo mes de 2008. O, lo que es lo mismo, sumaban 4.660 expedientes, frente a los 823 de un año antes.
Quizá esta sea otra razón para despejar el asqueo que cada noche nos invade al final de los informativos, cuando nos preguntamos: ¿Y por qué voy a ir esta vez a votar a este ganado?. Porque Europa no tiene la culpa y aún es nuestro sueño.
El día de San Isidro, The Wall Street Journal llevaba un reportaje en portada sobre las revistas con formato de edición artística. Citaba dos españolas, Lalata y La Más Bella. Una de un grupo de genialoides de Albacete, la otra, madrileña. Me pareció significativo. He trabajado 30 años en prensa escrita. Cuando hace dos años me pasé a la prensa en Internet, muchos colegas me miraron con lástima. “Está cansada, caduca y harta. Sólo le queda Internet”. Harta sí que estaba. Cansada no. Caduca, depende para qué. Me pierde este oficio. Pero tenían su razón mis colegas. Entonces hablar de periódicos digitales era hablar de confidenciales para el chantaje. Ahora, quienes me compadecieron me dan la lata con lo hábil que estuve al irme, pero soy la misma plumilla, a veces mala, siempre mejorable y nunca satisfecha. Menos autocensurada.
En este contexto, rarezas como Lalata o La Más Bella me interesan, aunque no tengan todo que ver con el periodismo. Van más allá del ejemplo de The Economist. Aún sueño con un periódico oliendo a tinta recién exprimida, con análisis serios y divertidos –algo compatible–, que me ofrezca aquello a lo que no llego cada día. No estoy por llevarme el ordenador al café, a la playa o al baño. Es trabajo.Y espero a que los viejos rockeros del papel destierren el miedo que les corroe, que aparquen la soberbia de que sólo ellos son periodistas. Y a que los perroflautas e interneteros, ya no tan jóvenes, se apeen del desprecio por los viejos. Detrás anida el complejo por la cultura, experiencia e influencia de los otros.
Este enfrentamiento resulta patético ante el enemigo común. ¿O no nos hemos dado cuenta?