Después de ocupar un despacho público durante décadas, uno puede irse con elegancia y esperando que tras la obligada travesía del desierto a uno se le reconozcan los méritos. O cabreado y con malas formas, porque hace mucho tiempo que el elegido olvidó que el cargo era electo y no de por vida. Mientras no haya pruebas fehacientes, las denuncias que hace el PP sobre la quema de papeles en ayuntamientos y comunidades deben tratarse como meras sospechas o calumnias, pero lo lógico es que más de uno no sepa retirarse limpiamente. Han sido muchos años. Hasta puede entenderse el desasosiego de honestos ex alcaldes, ex concejales, ex consejeros que tendrán que enfrentarse al futuro sin secretaria, sin despacho y algunos sin chófer. Sin los privilegios del poder.
Partidarias de echar humor a las situaciones más aviesas, la colega Pilar Portero y yo rogamos a ex ministros socialistas algún truco de ayuda a sus compañeros para mitigar el golpe. En clave de humor, pero también con sentido práctico. Solbes: “que aprovechen para acercarse a hijos y nietos. Les van a descubrir las nuevas tecnologías y hasta las redes sociales”. Carmen Calvo:”recordar que pierdes el poder del cargo, pero recuperas el poder sobre tu persona. Si estabas enganchado, te equivocaste. No te pongas patético”. Jordi Sevilla: “Que empiecen a quitarse la corbata, que se abran un twitter y escriban tres comentarios al día. Dedica media hora a navegar”. Juan Manuel Eguiagaray: “Descubrirán lo agradable que es que cuando suene el teléfono ya no sea un marrón a resolver. Es un amigo que quiere comer contigo”.
Conclusión: hay vida en la normalidad.
El coste de la batalla por el poder es un elemento difícil de ponderar desde el punto de vista económico. Depende de las circunstancias. No es lo mismo la batalla de poder por situarse en la carrera de candidatos a suceder a Zapatero que la batalla entre presidentes autonómicos, alcaldes o cargos de provincias que se niegan a perder influencia, poder y dinero con la fusión de “su” caja de ahorros.
En este país cuarenta cajas de ahorros participan en un proceso de fusión del que únicamente quedarán doce entidades. Por eso decenas y decenas de cargos de comunidades autónomas y ayuntamientos, ejecutivos y ejecutivillos, pelean a brazo partido en cada una de esas cuarenta cajas para salvar su gran o pequeña cuota de poder. Cada uno de los implicados en la lucha lleva una navaja en la mano y así los caminos van quedando sembrados con heridos de diferente gravedad.
Pero hay otro tipo de heridos -o muertos- ajenos a esas disputas. Somos el resto de los ciudadanos, convertidos en “daños colaterales”. Mientras las fusiones se retrasan además de por números, por peleas de tipejos que tratan de salvar su pellejo, miles de pequeñas y medianas empresas se asfixian, a la espera del crédito que nunca llega y cierran sus puertas, dejando a gente en la calle. Y los emprendedores que quieran montar su propia pyme ¿adonde van a buscar crédito, si las potenciales dadoras están enzarzadas con sus intereses espúreos?
La cuestión es ¿por qué no pone orden el Banco de España en esas luchas? ¿Será que es más fácil dar doctrina sobre reforma laboral que enfrentarse a un presidente autónomico?
El coste de la batalla por el poder es un elemento difícil de ponderar desde el punto de vista económico. Depende de las circunstancias. No es lo mismo la batalla de poder por situarse en la carrera de candidatos a suceder a Zapatero que la batalla entre presidentes autonómicos, alcaldes o cargos de provincias que se niegan a perder influencia, poder y dinero con la fusión de “su” caja de ahorros.
En este país cuarenta cajas de ahorros participan en un proceso de fusión del que únicamente quedarán doce entidades. Por eso decenas y decenas de cargos de comunidades autónomas y ayuntamientos, ejecutivos y ejecutivillos, pelean a brazo partido en cada una de esas cuarenta cajas para salvar su gran o pequeña cuota de poder. Cada uno de los implicados en la lucha lleva una navaja en la mano y así los caminos van quedando sembrados con heridos de diferente gravedad.
Pero hay otro tipo de heridos -o muertos- ajenos a esas disputas. Somos el resto de los ciudadanos, convertidos en “daños colaterales”. Mientras las fusiones se retrasan además de por números, por peleas de tipejos que tratan de salvar su pellejo, miles de pequeñas y medianas empresas se asfixian, a la espera del crédito que nunca llega y cierran sus puertas, dejando a gente en la calle. Y los emprendedores que quieran montar su propia pyme ¿adonde van a buscar crédito, si las potenciales dadoras están enzarzadas con sus intereses espúreos?
La cuestión es ¿por qué no pone orden el Banco de España en esas luchas? ¿Será que es más fácil dar doctrina sobre reforma laboral que enfrentarse a un presidente autónomico?