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Dentro del laberinto

Las palabras no encuentran la salida

Los diminutos

17 dic 2008
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Puede ser posible que hayan estado a punto de prohibir los roscones de Reyes? Ah, sí, es posible, lo es en esta sociedad que contempla peligros para los niños
en los detalles más insignificantes pero que los expone después con tranquilidad budista a riesgos físicos y psicológicos irreparables. Puede serlo en la mente, siempre un paso por delante, de quienes consideran que la vida gira única y exclusivamente en torno a los niños y a quienes los tienen: parques y zonas comunes, diversiones y tecnología, restaurantes y centros comerciales; los que, con esa adoración complaciente, convierten a los chicos en seres egoístas, despóticos, conscientes de su poder y de cómo ejercerlo.
El pobre roscón de Reyes tenía sus días contados, incluso antes de que el Parlamento Europeo decidiera que los dulces son para los niños y que los niños son tontos e ineptos y no distinguen, por tanto, blando de duro: hipercalórico, grasiento, sospechoso de salmonelosis y de colesterol. Incluso los propios Reyes han visto su reino acotado, debido a la queja de que los niños no tienen tiempo de jugar con lo que les traen: como si no tuvieran el resto del año para ello, para aprender el valor del juguete y su deseo, para ansiar la siguiente ocasión de la sorpresa y del poquito de magia que queda.
No se protege a los niños: se protege la idea almibarada que de la infancia tienen algunos adultos. Se venera a la tribu propia unida por lazos genéticos. Se muestra con ello el estatus de sus padres, se alardea de preocupación y de neurosis como una forma última de vanidad. Se malcría al niño exterior y, con ello, se protege y se mima al niño interior. Lo siento por el roscón, por el dulce azúcar cristalizado sobre las frutas escarchadas: la próxima vez acabarán con él.

MacGyver

16 dic 2008
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No había nada imposible para él: de una mirada, su mente analítica era capaz de descomponer los objetos de un hangar o una cocina en propiedades químicas o mecánicas. La marabunta de unas hormigas voraces, el secuestro de una científica por feroces vascos con rasgos latinoamericanos que se descolgaban por acantilados entre salvajes irrintzis, la liberación de un grupo de niños en un rancho, nada se le hacía demasiado. Angus MacGyver no perdía la calma, ni los nervios, no agredía a nadie, no empleaba armas de fuego. Tampoco descuidó nunca las mechas rubias, ni el corte ochentero que copió toda una generación.
Imaginemos que, de pronto, descubriéramos que esas dotes no eran reales: que, en realidad, MacGyver seguía siempre la misma técnica, que el chicle era de nitroglicerina y el clip de titanio, que, como buen prestidigitador, el espectáculo continuaba con una mano delante y otra oculta. La decepción más terrible no es la de los resultados (podría perdonársele que la bomba tramada con gaseosa y cinta aislante no detonara), sino la del engaño.
Algo así ha ocurrido con el genio de las finanzas Madoff. Un seis, un 11% de rentabilidad, una carrera impecable, la confianza de las grandes fortunas. ¿Cómo lo hacía? ¿Cuál era el secreto de su inteligencia, de su olfato? Era demasiado bueno para ser verdad y, obviamente, no era verdad. El problema para los bancos radicaba en saber salir a tiempo, no en que fueran prácticas legales o no. La decepción ahora con este hombre de 70 años, denunciado por sus propios empleados, suena un poco falsa, como si nos intentaran hacer creer que pensaban que Madoff era de verdad, que con un clip y un mechero podía sacarnos de los problemas, de la ruina y de los miedos.

David el gnomo

15 dic 2008
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Cuántas veces más fuerte que yo eras? ¿Cuántas veces pretendiste estar de buen humor? ¿Eras, realmente, veloz? ¿En qué posesión de la verdad te hallabas? ¿Con qué argumentos me convencías? Cada uno de tus insultos matizados, de tus burlas superiores daban en la diana. ¿Por qué? ¿Qué sabías que yo ignoraba?
¿No me gustaba? Ajo y agua. ¿Me quejaba? Ya volvería. ¿Me alejaba? Me recuperarías.
¿Cuándo me escapé? ¿Me escapé, en realidad? No me han quedado marcas en el cuerpo, ni en el rostro, pero hay una cojera emocional que arrastro, una lenta cicatrización del alma, el intento más desesperado por sanar y que la siguiente vez los cuentos de hadas no incluyan Barba Azules, ni absurdos reyes que ponen una y otra prueba a las muchachas que dicen amar.
Durante la semana pasada tres mujeres han muerto en situaciones de violencia relacionada con sus parejas. Innumerables desconocidas padecen un acoso psicológico que las hacen dudar, llorar y sentirse locas, culpables e inservibles. Un número desconocido de hombres se encuentra en esa misma situación, y no saben, como esclavitud a su sexo fuerte, cómo pedir ayuda, ni a quién acudir. La violencia invisible aún resulta increíble para muchos, y por eso mismo no es denunciada, ni apenas detectada.
Es un delito: puede y debe denunciarse. Es frecuente: puede, y debe atajarse. Es comprobable: las secuelas pasadas y las secuelas presentes son determinadas por los peritos y dejan huellas tan fehacientes como las costillas rotas. Es intolerable: nadie que causa un daño innecesario debe escapar sin culpa ni pena.
Te creíste muchas veces más fuerte que yo, y olvidaste que la ternura es el privilegio de los fuertes. Paga ahora. Llora como niño la actitud que no supiste mantener como hombre.

‘A muliere undique caveto’

12 dic 2008
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Cuántas veces puede una persona sufrir un secuestro? ¿Cuántas veces la mala suerte se ceba en una familia de manera idéntica y reiterada y los priva de un niño por el que hay que pagar, una vez, y otra, y otra? Y, ¿cómo es posible que, tras mentiras reiteradas, tras el robo con engaños de 600.000 euros, un hombre manifieste continuar enamorado de su mujer?
Esta familia extraña, esta atípica construcción de afectos, está viviendo estos días bajo una exploración casi tan intrigante como su comportamiento. ¿Era, bajo todas las apariencias, un pacto de medias verdades entre una mujer mentirosa compulsiva, avariciosa pero, por alguna razón, fascinante para su marido, que en parte sabía y en parte deseaba ignorar? ¿Vivían en un perpetuo estado de excitación, de adrenalina, una adicción a la aventura, una existencia fabulada en la que los hijos tomaban parte, como un eterno juego de rol? ¿Había un límite al miedo por las posibles consecuencias de un rapto real a los niños, o habían fijado hasta qué punto el juego debía costar una cifra?
De la misma manera en la que hay gente capaz de perdonar infidelidades, o que incluso da por hecho que son parte de la dinámica de pareja, quizás esta supo adaptarse a las mentiras, y a que grandes sumas de dinero dieran peso a esa realidad. La mujer, que irá a prisión sin ni siquiera pasar por un juicio, defiende su inocencia. Sus dos hijos mantienen esa teoría, la de los desconocidos que cada cierto tiempo llegaban y los arrebataban del lado de sus padres. Hablan del amor que la pareja aún se tiene, de su regreso juntos, y quizás no mientan. No se eligen los amores, sólo a los amantes: quién sabe lo que este matrimonio ame en realidad, enmascarado en los cuerpos de quienes tienen delante.

Sit tibi terra levis

11 dic 2008
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Hay niñas a quienes se les agujerean las orejas según nacen, para ahorrar sufrimientos, y niños a los que se inscribe en un club de fútbol a las horas de asomar al mundo, con una camisetita diminuta y unos patucos del tamaño de un llavero. Se les educa en el espíritu no del deporte (el esfuerzo, la solidaridad de grupo, el empeño por el triunfo), sino del equipo.
Da un poco de miedo: hay un intento de proteger a los niños de los desmanes de su ámbito familiar, pero hasta ahora, a nadie se le ha ocurrido limitar la edad para convertirse en fanáticos futboleros. Schuster no comprendió del todo la retórica que exigía el Real Madrid, y su capricorniano realismo encajó mal con los sueños de grandeza que alimentan los seguidores de este equipo magnífico y admirado, pero también implacable y vanidoso. Hoy, sobre las espaldas del alemán caen insultos inmerecidos: se le ha llamado cobarde, por dudar de la capacidad del equipo que entrena para el triunfo.
El futuro del Real Madrid, al parecer ahora en manos de un espléndido entrenador, me interesa lo justo: la responsabilidad de los directivos que se ocultan, o de Schuster, tampoco me quita el sueño; pero algo alarmante ocurre en un país en el que, cada vez con mayor frecuencia –en el deporte rey, la política regional, la economía o la cultura–, se castiga a quienes llaman la atención hacia la realidad y evitan el sueño común, la mentira autocomplaciente oficial. Un país que escucha a las madres que defienden a sus hijos, aunque hayan matado a otros adolescentes, a las novias que justifican la paliza dada por su amante. Los millones de Schuster harán que su despido le sea leve. Quedan ladrando los que se creen los mejores sin otro mérito más que aferrarse a su creencia.

Pro patria

10 dic 2008
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No creo haber gritado nunca un muera a nadie; otra cosa es que le haya deseado el mal, incluso el supremo, a alguien vivo. Incluso el fuego perpetuo a quienes han fallecido, en nada me he detenido con la imaginación. Para eso servimos los contadores de historias, para convertir en letras de otra manera lo que ya tiene nombre. Pero no me he visto en circunstancias en las que tuviera que tragarme mis palabras y desdibujar luego su significado.
Me merece un desprecio casi olímpico quien grita muerte y esconde luego la mano, baja la voz y no da la cara. Respetables son todas las creencias, si se defienden con honestidad y sin daños. Rey o anarquía, democracia o república.

Respetable el odio, si no cobra más forma que la queja, el arte o el símbolo. Es respetable la rabia, sobre todo si se ha calentado a fuego lento durante generaciones, y se ha heredado como forma de vida: de la rabia han surgido formas de justicia que han superado la mezquindad de la que surgió. Sería hermoso imaginarnos dóciles, apacibles y pacificadores. Si priváramos a los humanos de esas inocentes armas, ¿cuáles otras  no surgirían para corregir la carencia? Respetable una llamada de atención, un escándalo limitado, el uso intencionado de la mirada mediática.

Pero, tras ella, no valen paños calientes.
No soporto la cobardía de quien se convierte en héroe por unas horas y se disculpa luego con una excusa absurda. Las causas han de elegirse con todas las consecuencias o no manifestarlas. Por ética, por  decencia, porque una palabra dada es como una piedra que señala una tumba. En tiempos de crisis, no  hacer mudanza, ni siquiera ideológica. De otra manera, nada de lo que se le ha otorgado al gritón (el espacio, el tiempo, la atención, las letras) es merecido, ninguna frase justifica el chaqueteo.

Tempus

09 dic 2008
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Volveremos a ver, como hace unos años, miles de animales sacrificados. Apenas se ha borrado de nuestra mente la escena de las vacas muertas, las ovejas rígidas, procesadas como envases en una cinta transportadora, cuando de nuevo se hará una matanza masiva de cerdos. Las carnicerías preventivas de animales, cuestionadas por muchos expertos como vistosas pero inútiles, se olvidan con una rapidez que delata el horror entrevisto. Cuando ocurren de nuevo, traen de la mano, como una cola aún agitándose, las anteriores.
En un mundo en el que se da por hecho que el ser humano se sirve sin límites de cualquier recurso, pese a los intentos tímidos de frenar esa explotación, la posibilidad de evitar el sacrificio de animales ni siquiera se sopesa. Al fin y al cabo, piensan muchos, no hay una diferencia esencial entre sacrificarlos ahora, en nombre de la salud pública, y matarlos para el consumo un poco más tarde.
Sí existe una diferencia, en cambio: se nos ahorra la visión del cerdo muerto cuando se convertirá en beicon y en chuletas. Hay una distancia tan grande entre la comida y el animal del que procede que parecen objetos distintos, partes aisladas en una cadena interrumpida. Por el contrario, bajo el hechizo de la palabra dioxina, se nos mostrarán, para mayor tranquilidad, las pilas de animales quemados o enterrados, y con esa inmolación masiva se recuperará la calma. Hay un millón y medio de cerdos en Irlanda: no es buen momento para terminar con ellos. En apenas unas semanas, el cerdo, barato, sabroso, fiable, aparecería en muchas mesas como plato de honor. Las exportaciones a Inglaterra, un país que ya no sabe qué comer ni qué criar que no se contamine en poco tiempo, se han detenido. Triste Navidad les espera a los granjeros. Otra más.

Memento

08 dic 2008
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Indican las noticias, en el caso de los quemados, el porcentaje de las heridas que cubren ese pobre cuerpo lacerado, y con la misma malsana curiosidad que nos hace arrancarnos las postillas de las cicatrices frescas, leemos que varios de los heridos en la explosión de Gavá han muerto. Han ido falleciendo tras el traslado, a veces precario, de los familiares que los trasladaron como pudieron, tras escarbar en esa casa tambaleante. Una de esas víctimas era una muchacha con el 95% de su cuerpo quemado.
Las absurdas quemaduras que se producen por contacto con una sartén caliente, la lengua abrasada, la cerilla mantenida demasiado tiempo, apenas dan idea del horrible dolor que han podido soportar esas dos personas. Quizás las quemaduras solares, esos días de fiebre y escalofríos, calenturas en los labios y un escalofrío doloroso con tan sólo cambiar de posición. Quizás multiplicado por cien, por mil, eso sea morir quemado.
La muerte y el dolor se han ficcionalizado. Como los reyes magos, como el ratoncito Pérez, no existen del todo. Si están ellos, no estamos nosotros. Si estamos, no cabe la posibilidad de que ellos acudan. El dolor nunca tuvo rostro. La muerte sí, un esqueleto casi sonriente, con una guadaña aferrada entre los dedos huesudos. El coco, el hombre del saco, resultan igualmente increíbles, un miedo de infancia que ha cristalizado.
Pero ese fallecimiento, el de la vida tranquila que de pronto, en un instante, se interrumpe y se transforma en un increíble dolor, lo hemos arrancando de la mente y la realidad. El hincapié constante en el placer han convertido en lejana nuestra única certeza. El dolor que vemos, el de los padres e hijos llorando, se hace más entendible. El de quien se ha ido, ojalá nunca lo sintamos.

Bombay

05 dic 2008
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Tanto tiempo convencidos de que el órgano más importante del cuerpo humano era el corazón y de pronto caemos en la cuenta de que no es así: es el riñón. Esa humilde, duplicada, alubiada masa rojiza, que filtra impurezas y depura inmundicias. Tan dócil que es posible vivir tan sólo con uno. Tan fiel que pocas veces se queja con orina más oscura, con un dolor punzante. Y, sin previo aviso, suicida, destructor, un enemigo silencioso cuando enferma.
Tantos meses dedicados a cómo latía ese corazón algo maltrecho, en torno al cual vive el mundo, que ahora, que nos han tranquilizado con un bypass llamado Barack Obama, reparamos con sorpresa en que otros lugares, varios de ellos, silenciosos, llenos aún de conflictos y de tóxicas ideas, comienzan a llamar la atención. Brota la sangre en Bombay, y los terroristas, como una metástasis desde Pakistán, gritan que aún existen. Se reabre el aeropuerto de Bangkok, como tras una diálisis ya efectiva que deshincha y normaliza el cuerpo. Cae asesinado un empresario en Azpeitia, y cae fulminada, con él, la esperanza de ver algún día, de alguna manera, una curación para esta plaga.
Duele el corazón con el dinero, que es por lo que nos han enseñado a preocuparnos en los últimos meses. Pero aquí no hablamos de dolor, hablamos de muerte: hablan otros, en realidad. No pidan soluciones a los que se les va la fuerza por la boca. Nunca sabremos qué culpa real habrán tenido los fallos del corazón americano en el bloqueo de los riñones hindúes. Bajo la lluvia, el cuerpo de ese hombre vasco inocente delata la enfermedad profunda de este país, que mira hacia otro lado, que continúa prometiendo que se cuidará, que prevendrá en un futuro, que insiste en que hay soluciones para no morirse del todo e ir tirando.

Barcelona

04 dic 2008
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Acaban de revisarme el gas y la caldera. Literalmente. Hace dos minutos salía por la puerta el amable técnico, y yo he pagado con unción religiosa la cuota que me protege de escapes y explosiones y que mantiene mis paredes unidas y mi techo en su lugar.
Por mi parte, he reforzado la creencia de que las mujeres tenemos poca cosa más que hacer que aguardar por quien reparará nuestras casas o quien traerá encargos, compras o certificados: por dos mañanas he adaptado mis planes de trabajo, y, entre ojeadas al reloj y paseos nerviosos de la ventana a la cocina, he contado los minutos. Los que poseen realmente el poder no indican cuándo llegarán y, si lo hacen, mienten. De hecho, mi técnico acudió con 22 horas de retraso.
Me asusta el olor a gas, esa sensación acre, lacrimógena, que invade la garganta. Por lo tanto, insisto con cierta frecuencia en que los inspectores revisen cuando les corresponde, miro la caldera como ese corazón que late con calma, encerrado tras su lata de envoltorio.
Y entonces, las imágenes de la explosión de Gavá hablan de esas paredes que no se han mantenido, del techo hundido, de heridos, del espanto de quienes se tranquilizaron ayer porque alguien de los poderosos, de los que saben, afirmó que no había ni escapes de gas ni peligros. El edificio, con las tripas fuera, muestra ahora, como una casa de muñecas, una sección vertical de lo que fue la existencia cotidiana: los rasgones de papel de pared, los azulejos temblorosos, la cortinas en una ventana que ya no oculta nada. Les dijeron que no olía a gas, que todo estaba en orden. Y yo miro mi caldera, miro su certificado, y sólo siento horror, la infinita compasión por los heridos y la fragilidad con la que nos ata la vida a su hilo.