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Un número uno bañado en oro

18 Ago 2008
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nadal.jpgYa se sabía desde las semifinales de Cincinatti, pero desde hoy ya es oficial. Rafa Nadal ha logrado algo que parecía imposible, desbancar al suizo Roger Federer como mejor tenista del mundo. Un hito que no conseguía nadie desde hacía más de cuatro años. Una hazaña, un logro más del balear, una superación digna de todo un portento. Pero si había un día propicio para que su nombre apareciera en lo más alto del ránking de la ATP, ese era hoy. El día después de convertirse en nuevo campeón olímpico. Hoy, la página web de la ATP le rendía el tributo que se merece detallando todos los número del fenómeno balear y con una galería fotográfica de sus mejores instantáneas. Si estos días todos los focos del deporte mundial giraban hacia estrellas como Michael Phelps o Usain Bolt, hoy iluminan a un chico de Manacor.

Antes de los Juegos, Nadal aseguraba que no se podía comparar ganar un oro en Pekín con conquistar un Grand Slam. Sus Roland Garros y su Wimbledon todavía estaban un escalón por encima. Pero ayer, después de que Fernando González mandara esa última bola a la red, Nadal me recordó mucho al que se revolcaba por la tierra de la pista Philippe Chatrier. Esa explosión de júbilo era distinta a la de un torneo cualquiera. Y cuando daba el paseo con la bandera de España a la espalda y la medalla dorada al cuello se le notaba orgulloso de toda la gente que le ha estado animando a miles de kilómetros de distancia. Era una sensación distinta. La experiencia de pasar unos días junto a miles de deportistas nunca se le va a olvidar.

Y para colmo, después de ser el protagonista de ese momento inolvidable, hoy se levantaba para preparar sus maletas y poner rumbo a Nueva York consciente de que, por fin, era el número uno del mundo. ¡Cuántas horas de sufrimiento junto a su tío Toni! Todas ellas merecen hoy la pena. Esto es lo que sueña siempre un tenista.

Pero Nadal no sólo ha conseguido llegar a ser el mejor gracias a su físico portentoso o a su fortaleza mental, sino también gracias a Roger Federer. Desde que Rafa se instaló en el número dos, tener delante a un genio como el suizo le ha servido como motivo de superación constante. Su rivalidad dentro de las pistas y su respeto y lealtad fuera de ellas han sido todo un ejemplo de deportividad que perdurará por los siglos. Sus duelos se han convertido en una experiencia deportiva única. Nadal comenzó derrotando a Federer en tierra, la especialidad de los españoles, pero lejos de conformarse con eso fue aprendiendo a ganar en otras superficies. Mejoró su saque, su volea, sus restos, sin mermar un ápice sus cualidades particulares. Eso, unido a un hambre de victoria insaciable ha minado la moral del helvético. Ha sido un número uno conseguido a base de garra, de raza. Ahora, lo que deseamos es que no lo suelte en mucho tiempo.