Desde lejos

Ángeles Caso

Los desastres de Feve

04 Ago 2009
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Paso algunos días de descanso en la montaña de León, al norte de la provincia. Una línea férrea de Feve (Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha) une esta zona, desde Cistierna, con la capital. Todavía no hace mucho, apenas cuatro o cinco años, los vagones resultaban cómodos, y la puntualidad era ejemplar. Pero todo se ha ido degradando, y el estado actual de los trenes es lamentable. Decidí cogerlo el otro día para pasar una jornada en León.

 

A la ida, llegó a mi estación con más de 30 minutos de retraso. Pero la vuelta fue aún peor. Era media tarde, y el calor rozaba los 40 grados. El aire acondicionado no funcionaba. La cosa no hubiera sido tan grave en el pasado, cuando se podían abrir las ventanillas. Pero ahora, por supuesto, las ventanillas van herméticamente cerradas. Al calor insoportable se unió además la espera de 20 minutos en una de las estaciones para el cruce con otro convoy.

 

Media hora de retraso a la ida. Casi otra media y una buena sudada a la vuelta. Decidí tomármelo a broma: a fin de cuentas, estoy de vacaciones. Pero muchas de las personas que viajaban en el tren tienen que hacerlo a diario. Viven en algún pueblo y trabajan en León. O padecen una enfermedad y se desplazan a la ciudad a recibir sus tratamientos. Me cuentan que los problemas son constantes. En invierno –muy riguroso en la zona–, hay días en los que no funciona la calefacción. Los retrasos son habituales. Y a menudo los trenes se quedan parados en los pequeños puertos del recorrido, incapaces de subir las cuestas.

 

Me explican que Feve asegura que ha comprado vagones nuevos, pero hace meses que deberían haber llegado y nadie sabe nada de ellos. Entretanto, la gente se arma de paciencia y trata de convivir como puede con un servicio público propio de un Estado tercermundista y no de un país tan europeo y ejemplar como pretende ser el nuestro.
Supongo que a nadie le importan demasiado las condiciones de vida de este puñado de ciudadanos rurales que, al fin y al cabo, seguirán pagando sus impuestos pase lo que pase y abonarán cada día su billete de tren, con calor o con frío. Eso sí: las puertas automáticas para acceder a los andenes, toda una señal de absurda modernidad, funcionan perfectamente. Que conste.


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