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Desde lejos

Ángeles Caso

Resistencia

05 ene 2012
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Leo estos días Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis, un ensayo de Alan Riding (Galaxia Gutenberg) que describe el comportamiento de escritores y artistas durante el tiempo triste que transcurrió entre junio de 1940 y agosto de 1944. El libro me deja un sabor agridulce: la confirmada decepción por la actitud abiertamente nazi de Céline o cínicamente colaboracionista de Cocteau, el desprecio hacia la cobardía de Sartre, que siguió estrenando obras en teatros donde los judíos no podían trabajar y esperó a la liberación para apuntarse con descaro a la Resistencia.

Pero también queda el consuelo de conocer la valentía de todos los que siguieron creyendo en la libertad y lucharon por ella, jugándose la vida. Algunos, como Malraux, tomaron las armas. Otros muchos fueron resistentes intelectuales, y se negaron a publicar en la prensa o las editoriales colaboracionistas, manteniendo en cambio un entramado de publicaciones clandestinas que contribuyó a sostener la moral combativa de una parte de la población francesa. Ahí estaban Camus, Gide, Paulhan, Guéhenno y tantos otros.

Su rectitud ética es un ejemplo de comportamiento. Cuando la porquería lo invade todo, es mucho más fácil ponerse de su lado que enfrentarse a ella. Sumarse de lleno al triunfador, hacerle la pelota o mirar con disimulo hacia otra parte procuran sin duda más beneficios que colocarse abiertamente en el campo enemigo. Pero arrugan la conciencia y la dignidad, envejecen y afean. Se puede resistir. Es más, frente al perpetuo vendaval que trata de arrasar lo mejor de la condición humana, siempre se debe resistir.

La comisaria y la verdad

23 sep 2010
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Tiene razón Viviane Reding, la comisaria de Justicia y Derechos Fundamentales de la UE, cuando afirma que “si un hombre da un golpe en la mesa es un machote y está defendiendo su punto de vista; si lo hace una mujer, es una histérica”. Histérica, esa definición profundamente elaborada por el padre Freud, aquel que consideraba que las mujeres padecemos problemas psíquicos a causa de nuestra “envidia del pene”. La comisaria podría haber añadido unas cuantas cosas más. Por ejemplo, que un hombre con ambición es un tipo como es debido, pero que una mujer dotada de esa ansia (bastante natural) es una arpía. Que las reinas o amantes de reyes y hombres de Estado que trataron a lo largo de la historia de participar del poder, siguen siendo juzgadas como intrigantes o brujas. Que una mujer que triunfa en el campo que sea es todavía considerada por muchos hombres como un peligro, un ser alejado de ese estereotipo de la femineidad que aún nos quiere jugando un papel secundario. Tiene razón la comisaria cuando afirma que creía –igual que lo creíamos muchos– que después de la barbarie del Tercer Reich no volveríamos a ver deportaciones masivas de personas tratadas como si fueran todas ellas delincuentes por el hecho de mantener costumbres diferentes (y sin duda alguna, molestas). Tiene más razón que un santo al recordarnos que en la Unión Europea “las leyes se aplican individualmente”. A pesar de carecer de pene y de los archifamosos testículos, la comisaria ha sido la única capaz de decir la verdad. Y parece por las reacciones que ha puesto el dedo en la llaga. No sé si femenina o masculinamente.

Injustificable

02 sep 2010
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Muchos de nosotros lo descubrimos en 1994, cuando se estrenó aquí la película Fresa y chocolate, que narraba la relación en La Habana de los setenta entre un gay y un heterosexual. Hasta entonces, habíamos querido creer ingenua y frívolamente que la Revolución, que había curado tantos males, había igualado a los homosexuales cubanos en sus derechos como ciudadanos con todos los demás. Entonces supimos que no era así, que las relaciones entre personas del mismo sexo estaban prohibidas en la isla, y que gays y lesbianas eran trasladados a duros campos de trabajos forzosos para hacerles pagar sus culpas antirrevolucionarias.
Desde los años noventa, desear a un semejante ya no es delito en Cuba. Y ahora Fidel Castro reconoce que aquella persecución “fue una gran injusticia”. En su entrevista al diario mexicano La Jornada, admite su responsabilidad en el asunto y confiesa que no tiene “ese tipo de prejuicios”. Parece haberse olvidado de que muchas veces clamó desde los púlpitos contra lo que él llamaba “ese subproducto” (de la especie, supongo): “Nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones”, decía en un discurso de 1963, henchido –imagino– de virilidad.
El comandante, reblandecido quizá por la edad, parece haberse vuelto más tolerante con ciertos pecados. Pero aún tiene el valor de justificar su actitud de entonces en los problemas que le rodeaban y en las dificultades para implantar la Revolución. Quizá no se haya dado cuenta de que esa es una de las tragedias de la condición humana: que el miedo o la ira sirvan para justificar comportamientos de todo punto injustificables. Injustificables.