El pasado sábado, a las ocho de la tarde de la Nochebuena, el Concejo de Erro, en Navarra, hizo público un bando que anunciaba el inmediato comienzo de la tala del hayedo de Zilbeti. No deja de ser sorprendente que un grupo de representantes públicos, que supongo que tendrán la costumbre de no darse demasiada prisa en tomar decisiones, se apresuraran a tomar una de tanto calado en un día como ese y a esas horas. Lo que hay detrás de esa urgencia son, como tantas veces, los intereses económicos de una empresa.
La empresa es Magnesitas de Navarra, MAGNA, que se ha propuesto talar 30 hectáreas de bosque para implantar en el lugar una mina a cielo abierto, un tipo de explotación que suscita muchos recelos sobre su sostenibilidad medioambiental. Para colmo, el paraje elegido forma parte del espacio protegido del Monte Alduide. Y, como remate, la empresa ni siquiera dispone de los permisos necesarios para una actuación de ese tipo. Pero la rapidez con la que todo se ha hecho, iniciándose los trabajos el primer día laboral después de las fiestas –el pasado martes–, ha impedido la inmediata reacción vecinal.
La tala debe prolongarse hasta el 5 de enero. Es probable que la Justicia, famosa por su lentitud, no llegue a tiempo de detenerla. MAGNA y sus aliados saben que juegan con esa ventaja. Pero tal vez aún se pueda impedir el establecimiento de la mina. SEO/BirdLife y la Coordinadora Monte Alduide lo están intentando. Ustedes pueden colaborar firmando la petición de paralización a través de la página web actuable.es/peticiones/salvemos-Zilbeti. Feliz año a los árboles. Y a ustedes, por supuesto.
No me gusta desconfiar de los políticos. La historia nos demuestra que cuando la clase gobernante inspira recelo, se nos cuelan fácilmente los populismos y los totalitarismos. Lamentablemente, las muchas cosas decepcionantes que ocurren una y otra vez no me dejan mucha capacidad para la confianza o el respeto. Veo estos días a nuestros representantes ocupar sus asientos en el Parlamento, y no puedo evitar tener la sensación de estar contemplando el inicio de un nuevo ciclo de más-de-lo-mismo.
Veo a un puñado de personas que en demasiadas ocasiones van a estar más preocupadas por sus propios intereses y los de su partido que por los del país. Que votarán como les manden y no en conciencia. Que se plegarán a las ambiciones de grandes grupos de presión. Que contribuirán a aumentar un corpus legislativo gigantesco y cada vez más alejado del sentido común. Que gozarán de numerosas prebendas sin pensar en la situación real de muchísimos de sus compatriotas. Y que no pararán de lanzarse palabras vacías los unos a los otros sin debatir ideas importantes.
Ni siquiera me consuela la idea de que en todas las democracias ocurra lo mismo, que todos los políticos sean iguales: tras los asesinatos cometidos el verano pasado en Noruega por el ultra Anders Behring Breivik, descubrimos que existen países en los que la gente confía en sus mandatarios y donde los jóvenes se forman políticamente. Eso me demuestra que hay otras formas de hacer política. Y ojalá la próxima legislatura me confirme que eso es posible también aquí, y que esta columna estaba totalmente equivocada.
Llevamos ya tres años de crisis. Tres años eternos para quienes se han quedado sin trabajo, han visto rebajados sus sueldos o sus pensiones, han sido desahuciados de sus casas o han sufrido los recortes de un Estado del bienestar que en nuestro país ni siquiera había alcanzado aún los niveles deseables. Por no hablar de los muchísimos jóvenes que se encuentran en medio de un túnel sin salida a la vista. Tres años de millones de dramas personales y familiares de consecuencias incalculables para el estado de ánimo de una sociedad.
Nadie la vio venir: ni los economistas que sostienen que la economía es una ciencia de leyes inmutables, ni los banqueros que ofrecían hipotecas con cuotas de 600 euros a gente que ganaba 1.000, ni los responsables de los organismos financieros que miraban hacia otro lado mientras se entretejían telas de araña insostenibles, ni por supuesto los gobernantes, mucho más interesados en el voto de hoy que en la decencia del mañana. Gentes con másteres en las mejores universidades del mundo que han resultado ser más ignorantes que personas sin formación.
Lo peor es que la solución a todo esto depende de esos mismos, los que demostraron su ineptitud antes del estallido y han seguido demostrándola después, imponiendo “soluciones drásticas” que no han resuelto nada y que, en cambio, han empujado a multitud de ciudadanos al arroyo. Quisiera ser optimista, pero confieso que tiemblo ante la próxima reunión de los líderes (?) europeos. Entretanto, la Cumbre del Clima de Durban ha terminado en fracaso. Y mi cabeza repite ¿dónde, pero dónde están los sabios?
Serán expertos, no lo dudo, pero desde luego sus conclusiones son de una tibieza sorprendente: a lo máximo que han llegado es a proponer el traslado de los restos de Franco si la Iglesia lo acepta. ¿La Iglesia…? ¿Es la Iglesia entonces la dueña del destino del cadáver de un dictador, corresponsable de una Guerra Civil sangrienta como pocas y responsable absoluto de centenares de miles de asesinatos, millones de exilios, penas de cárcel y otras brutales formas de represión, y largas décadas de oscurantismo y miseria material e intelectual?
Al final resulta que el dictador y su principal sostén siguen unidos en pleno siglo XXI, 36 años después de su muerte. Inaudito. Mucho más cuando, para colmo, el Valle de los Caídos no es propiedad de la Iglesia, sino de todos los ciudadanos españoles a través de Patrimonio Nacional. Claro que ya era inaudito que la tumba de Franco haya permanecido todo este tiempo ahí, en un lugar de titularidad estatal y símbolo perfecto de todo el horror de la represión que provocó su régimen.
Parece, en efecto, que a los expertos se les ha olvidado recordar cómo se construyó ese edificio monstruoso (estética y éticamente): lo hicieron los presos republicanos del campo de concentración de Cuelgamuros, sometidos a condiciones casi de esclavitud. Lo único digno que se puede hacer con un lugar así es sacar de él la momia del Jefe de los Verdugos y convertirlo en un museo sobre la historia de todo aquel horror. Pero me temo que ahora que el PP llega al Gobierno, ese espacio execrable permanecerá intacto, como si todo hubiera estado atado y bien atado, ya saben.
No habían pasado ni 48 horas desde las elecciones, cuando la derecha nacionalista catalana anunciaba nuevos recortes y subidas de tasas: serán más caros el agua, los transportes públicos, los hidrocarburos, las medicinas y las matrículas universitarias, y más baratos los sueldos de los funcionarios. No hace falta ser un genio para entender que, una vez más, los más afortunados se van de rositas en esta tarea de lucha contra el déficit y que, desde luego, las medidas no van precisamente a facilitar el consumo, tan necesitado de oxígeno.
Pero lo más lamentable de esa decisión es que ha sido tomada a traición, a espaldas de unos votantes que el domingo refrendaron a CiU para despertarse el martes con la desagradable sorpresa. Es obvio que el señor Mas y sus expertos habían adoptado esas resoluciones antes del 20-N (quizá en alguna de esas comilonas a costa del erario público que tanto les gustan a los políticos), y que se las callaron cínicamente para no perder votos, demostrando una vez más que les encanta tomar el pelo a los ciudadanos.
El portavoz del Govern, Francesc Homs, ha justificado semejante cara dura diciendo que no querían que el asunto entrase “en el pimpampum de la campaña”. Ha explicado que ya no se puede recortar más en sanidad o educación, como si los presupuestos no abarcasen otros asuntos, y ha presumido de que las medidas son similares a las ya tomadas en Alemania, olvidándose de decir que allí apenas hay paro, los sueldos son mucho más altos y la protección social incomparable a la nuestra. ¿Creen ustedes que semejantes políticos podrán dormir a gusto por la noche?
Sí, ya lo sé, dan ganas de quedarse en casa, de pasarse las horas del domingo leyendo, paseando, viendo una peli o jugando al parchís. A los políticos, que les den. Al fin y al cabo, la mayor parte de ellos son, por lo que estamos viendo, unos ineptos, incapaces de generar soluciones sensatas para lo que tenemos encima y, para colmo, entregados a los caprichos de los mercados que, como va quedando claro, son a fin de cuentas los que mandan y deciden sobre nuestras vidas. ¿Para qué molestarnos en ir a votar…?
Encabezo la lista de los críticos, así que me resulta difícil rebatir esas razones. Y, sin embargo, iré a votar. A primera hora, en cuanto me levante. Y, precisamente por todos esos motivos, lo haré con más satisfacción que nunca. Votaré para no tener jamás la sensación de que he tirado la toalla, de que he dejado a los demás la posibilidad de decidir, de que me he lavado las manos en el peor momento y de que estoy desacreditada ante mí misma para protestar cuando empiece a ocurrir todo lo que nos tememos que ocurrirá.
Votaré para que se escuchen voces diferentes en el Parlamento, para que alguien tenga la posibilidad de poner un freno a las políticas de derechas –con sus diferencias matizadas– de los dos grandes partidos, para que haya un poco de aire fresco en esos salones rancios que pueblan nuestros gobernantes, para contribuir a lo que espero que sea el comienzo del fin del nefasto bipartidismo. Votaré porque, a pesar de todo, aún creo en la posibilidad de la rebeldía y el cambio. Votaré, se lo aseguro, con orgullo. Por mucho que me carcoma el inevitable escepticismo.
En 1930, se convocaron elecciones en la República de Weimar. El diabólico Joseph Goebbels, jefe de Propaganda del casi marginal Partido Nazi (NSDAP), inventó una nueva manera de hacer la campaña electoral: copiando los métodos de la publicidad estadounidense, llenó Alemania de carteles y panfletos, copó espacios en las radios y organizó mítines por todo el país, llevando a Hitler y a los demás candidatos en aviones y coches de un lado para otro. Algo nunca visto hasta entonces y que catapultó a su partido al segundo puesto entre las fuerzas parlamentarias.
Ya lo ven: ochenta y un años después, seguimos teniendo que soportar campañas electorales inspiradas todavía en la diseñada por Goebbels. Una y otra vez: carteles monísimos, caravanas chillonas, sobres con las papeletas en los buzones, mítines en los que se reúnen los fans para aplaudir a los que van a votar, y cualquier forma imaginable de publicidad. Ah, no, se me olvidaba, que ahora los candidatos se han incorporado a las redes sociales y andan diciendo tonterías en Twitter… Gran innovación.
¿Es esa la manera más inteligente y austera de dar a conocer unos programas que, por cierto, serán en buena parte incumplidos de llegar al poder? No sé ustedes, pero yo estoy harta de ese circo. Y, sobre todo, harta de pagarlo con mis impuestos: según la ley española, las campañas electorales son directamente financiadas por el Estado. ¿Se han preguntado cuánto nos van a costar a cada uno de nosotros los coches y aviones, comidas y hoteles, alquiler de locales y espacios publicitarios, impresión de carteles y papelería, etc. etc.? ¿No sobra ya tanto desmadre?
Sorpresa en Occidente: ahora resulta que lo de los rebeldes libios y su Consejo Nacional Transitorio no era tan bonito como parecía. Ya saben, en su momento nos fuimos corriendo a bombardear Libia en nombre de la Libertad, la Democracia, los Derechos Humanos y todos esos grandes principios con los que a tantos se les llena la boca mientras piensan silenciosamente en Petróleo, Gas y Negocios Diversos. Pero hete aquí que hemos descubierto que los Buenos de la película no eran tan buenos, que torturan y linchan y que, además, aspiran a gobernarse aplicando la sharia.
Lo de apoyar a los Heroicos Luchadores contra la Tiranía era fácil de vender. Los gobernantes
–entre los que se contaban por supuesto los nuestros– consiguieron incluso hacer olvidar a la opinión pública que sólo unos meses antes Gadafi era recibido con reverencias por ellos mismos, y que durante mucho tiempo le habían estado vendiendo las armas con las que luego machacaría a los rebeldes y a la población civil, incluidas las espantosas bombas de racimo puestas a su disposición por nuestro desmemoriado Gobierno.
Pero, claro, justificar la colaboración con unos cafres que ejecutan sin juicio y amenazan con aplicar penas de lapidación, ya es otra cosa. Así que ahora todos fingen sorpresa: “¡Ah! ¡Oh! ¡Qué susto! ¡Vaya cómo nos engañaron! ¡Si parecían tan monos…!”, mientras se reparten a escondidas los beneficios del desastre. Si es que la cosa no se tuerce, porque los islamistas serán malos, vale, pero lo que no son es tontos. Así que a ver si al final va a resultar que todo lo que gastamos en esa guerra fue para nada…
A veces, en medio de las grandes noticias de cada día, algo pequeño llama nuestra atención. Esta última semana, entre el comunicado de ETA, la ejecución de Gadafi, la evolución de la crisis o la victoria de los islamistas en Túnez, una esquinita perdida de los periódicos ha provocado mi indignación. Se trata de la historia de V. G. M., un chico canario de 18 años con una discapacidad mental del 54% que lo convierte en un crío perpetuo, y del que ninguna organización quiere hacerse cargo.
Hijo de una madre alcohólica y sin más familia, V. G. M. fue ingresado a los 4 años en el centro de menores Harimaguada de Gran Canaria. Allí vivió hasta la semana pasada. Al alcanzar el día 17 la mayoría de edad, V. G. M. tuvo que abandonar el centro en contra de su voluntad de niño pequeño, que no ha logrado comprender por qué le echan de su casa. Para colmo, la organización sin ánimo de lucro Adepsi que debía hacerse cargo de él desde esa fecha se negó a aceptarle porque el Cabildo de Gran Canaria, según ellos, no les paga todo lo que les debe.
Ha habido peleas en presencia del chico entre los responsables de ambos centros, con participación de las administraciones, la Policía, la Fiscalía de Menores y el juez. Al crío le han dado sedantes por los ataques de nervios que ha sufrido mientras tenía que soportar el ver cómo era rechazado por unos y otros. Y a mí sólo se me ocurre maldecir la inhumanidad de este sistema y de todas esas personas encargadas de velar por los más vulnerables y a las que, por lo que se ve, sólo les importa la letra de las normas y las cifras de la cuenta corriente. Vaya mierda.
Supongo que cuando Stéphane Hessel publicó en 2010 su panfleto Indignaos, estaba lejos de suponer las consecuencias que llegaría a tener. Ese texto abrió una puerta por la que han ido pasando desde entonces millones de personas de un montón de países, todas esas que ahora
–aquí, en Nueva York, Tokio o Berlín– están al otro lado de esta sociedad hipercapitalista, derrochadora, corrupta e injusta, luchando por construir un mundo mejor.
Entretanto, a los indignados les llueven las críticas. Los partidos hacen jueguecitos a su costa intentando rascar algún voto, pero sus adeptos los ponen verdes en privado. Reacción lógica por parte de los conservadores, aunque sorprendente entre todos aquellos de centro-izquierda que afirman pomposamente que cuando ellos hacían cosas parecidas en los sesenta y los setenta, tenían una razón muy seria para ello, la lucha por la democracia. Lo de ahora en cambio, según dan a entender, es una frivolidad.
Unos y otros olvidan que la democracia no es perfecta y que está infectada de suciedades variadas. Que los jóvenes de las plazas no son una panda de vagos y maleantes, sino gente con ideas propias y con demasiado tiempo libre porque el paro afecta al 45% de ellos. Que de entre todas esas personas que el pasado día 15 se manifestaron en tantas ciudades del mundo, saldrán los políticos y los juristas del futuro. Y que quizá –quizá– sean ellos quienes entonces, si no traicionan sus viejos días de esplendor, consigan realmente que todo esto mejore. La vida, por ahora, juega a su favor.