El poder siempre le ha tenido un miedo espeluznante a la palabra libre: quien piensa y expresa sus pensamientos posee en sí mismo un arma que a los poderosos se les antoja peligrosa, porque tiene la posibilidad de hacer que nuevos puntos de vista iluminen las mentes de aquellos que un minuto antes permanecían cegados o indiferentes.
Y cuando muchos piensan de manera contraria al poder, este corre el riesgo de tambalearse. Aquellos que lo ejercen en democracia saben que ese riesgo forma parte del juego político. Pero las dictaduras nunca han estado dispuestas a admitir la disidencia. Esa es la razón por la que miles de pensadores, políticos, escritores, periodistas y líderes de diversos sectores sociales permanecen encarcelados en todos los países dictatoriales del mundo. Son los presos de conciencia, sometidos a la privación de libertad tan sólo por gozar de ideas propias y atreverse a compartirlas con los demás. ¡Parece mentira!
En estos días de regalos navideños, Aministía Internacional ha puesto en marcha una campaña llamada Regala tus palabras. Se trata de enviar mensajes a tres presos de conciencia africanos: Abune Antonios, patriarca de la Iglesia ortodoxa de Eritrea, encerrado por exigir que el Gobierno de su país respete la libertad religiosa; Chief Ebrima Manneh, periodista crítico con el gobierno de Gambia; y Charles Ntakirutinka, encarcelado en Ruanda por fundar un nuevo partido político. Los mensajes intentan hacerles comprender que no están solos en su lucha a favor de la libertad. Se pueden enviar a través de la página web www.es.amnesty.org/regalatuspalabras.
Les ruego que, además de los libros y los perfumes de turno para las personas cercanas, se acuerden estos días de esos luchadores silenciados. No cuesta nada.
Hace mucho que los arquitectos se vendieron al capital. En realidad, la arquitectura moderna surgió ligada a aquellos que poseían el dinero y el poder: la Iglesia, la monarquía y la nobleza fueron durante siglos su única clientela. Luego, en el XIX y el XX, fueron la alta burguesía, las grandes empresas y los Gobiernos de medio mundo quienes activaron un mercado basado en la especulación del suelo y en los grandes logros técnicos, pero que apenas tuvo en cuenta las necesidades humanas ni, desde luego, elementos como el paisaje o la preservación del medio ambiente. La inmensa mayoría de los arquitectos se plegaron a las exigencias y la indiferencia ética de sus clientes.
Sólo en las primeras décadas del siglo XX se produjo un interesante fenómeno de compromiso de muchos de ellos con la realidad social. Fueron los años de la Bauhaus, de Le Corbusier o Alvar Aalto, preocupados por rediseñar las ciudades en beneficio de sus usuarios, por edificar nuevas viviendas dignas para las clases humildes.
Pero ese tiempo pasó pronto y, en los últimos años, los arquitectos han estado más al servicio que nunca del dinero y el poder. Ahí están casi todas las estrellas del firmamento arquitectónico, levantando edificios insostenibles, a menudo en países francamente sospechosos.
Por fortuna, los jóvenes arquitectos parecen estar saliendo de ese egocentrismo y se juegan el prestigio en proyectos que tienen en cuenta el medio ambiente y las necesidades de las poblaciones más desfavorecidas. La revista inglesa Architectural Review acaba de premiar a dos españoles, Emiliano López y Mónica Rivera, por su soprendente hotel Aire, hecho con materiales reciclados, en las Bardenas Reales. Ojalá que su imaginación y su compromiso sean una puerta hacia el futuro.
Me imagino la escena. Suena el teléfono. La traductora carraspea. El presidente Aznar se atusa el bigote antes de descolgar: “Hello?”. “Hola, amigo”, suena la voz algo metálica de Bush. Aznar lanza una breve carcajada ante ese saludo cómplice: “How are you?”. En los primeros minutos intercambian cortesías, se preguntan por las familias y por sus logros deportivos. La traductora hace su trabajo con rapidez, atenta a la llegada del momento trascendente, que llegará. Y llega. Después de las risas, Bush se pone serio allá lejos, en su sillón del despacho oval. El presidente español se estira, alzándose sobre sí mismo. “Escucha, amigo –la voz suena ahora más grave–, necesito tu colaboración”. “Siempre a tu disposición, ya lo sabes”, responde un Aznar ligeramente tembloroso, conmovido por la confianza que le demuestra el Más Grande. “Estamos trasladando a unos cuantos hijos de puta terroristas desde Oriente hasta aquí. Sin Convención de Ginebra, ya sabes. Esta guerra es lo que es. Necesito que me asegures que no habrá ningún problema para sobrevolar tu espacio y aterrizar en mis bases si hace falta”. La traductora siente un estremecimiento rápidamente controlado. Aznar pestañea varias veces seguidas. Sin Convención de Ginebra. Lo ha oído bien. Está a punto de pararse a pensar en las posibles torturas, en los inocentes detenidos, en la falta de garantías jurídicas. Pero la voz de Bush interrumpe su amago de reflexión: “Eh, amigo, ¿puedo contar contigo?”. “Por supuesto. Siempre”, responde el ex presidente mientras recuerda la amplia sonrisa bonachona de su colega.
Un reciente estudio afirma que somos más felices cuando nos rodeamos de amigos alegres. ¿Se contagiará también, me pregunto, lo de ser uno de los peores gobernantes que se recordará en la Historia?
Nunca he podido comprender la inquina contra los homosexuales. Siempre he pensado que, cuando las viejas culturas condenaron eso que se llamó aquí “el pecado nefando”, era porque se trataba de grupos humanos minoritarios, sometidos a condiciones de supervivencia muy duras, que necesitaban poblar rápidamente los territorios y no podían prescindir de una sola gota de semen. Pero lo que en sus orígenes probablemente no fue más que un recurso considerado necesario, se ha ido convirtiendo con el tiempo en una profunda manía. ¿Acaso tendrá que ver con ese miedo indefinible que tan a menudo nos tenemos a nosotros mismos? ¿Con el pavor a dejar aflorar instintos que, aunque están en la naturaleza, nos han enseñado a considerar perversos y que tal vez muchos han sentido en alguna ocasión, latiendo en algún punto oscuro de su mente?
No lo sé.
En cualquier caso, a día de hoy, en casi 90 países del mundo –prácticamente todas las naciones islámicas, además de la India–, el deseo hacia las personas del propio sexo está penado con cárcel, incluso con cadena perpetua. O con el patíbulo: Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Yemen, Irán, Mauritania, Sudán y algunos Estados del norte de Nigeria aplican la pena de muerte contra los gays, las lesbianas y los transexuales. La Asamblea General de la ONU intenta aprobar en estos días una resolución que aconseje a los países miembros despenalizar la homosexualidad. La resistencia es extrema. Y a la de los países musulmanes se ha unido la de la Iglesia católica: el Vaticano se niega a firmar un acuerdo que significaría demostrar respeto –o cuando menos compasión– hacia millones de seres. El Vaticano, con sus curas pederastas actuando por todas partes… ¿Tanto miedo tienen de sí mismos?
Resulta, señor Múgica, que soy tonta. Soy tonta porque, aunque me interesa tanto todo lo que tenga que ver con la estética que incluso estudié Historia del Arte, la de los toros me parece rancia, tirando a cursi y desbordante de una repugnante testosterona.
Soy tonta porque siempre les he oído contar a los campesinos de mi tierra que las vacas mugen desesperadas en el momento en que están sacrificando a sus terneros en el matadero. Porque mi larga convivencia con perros y la observación de otros animales me ha hecho llegar a la conclusión de que los mamíferos tienen sensaciones y hasta sentimientos. Y porque los científicos me han hecho saber que el sistema neurológico de los toros es muy parecido al nuestro y, por lo tanto, padecen el mismo dolor que padecería yo misma de tener que soportar
encierro, acoso, lanzadas, banderillas y estocadas.
Soy tonta porque mi compañero de columna Manuel Saco me ha informado de las muchas barbaridades a las que son sometidos antes de ser empujados a la plaza. Porque me desagrada que cualquier ser vivo tenga que sufrir torturas. Porque me indigna que esas torturas se conviertan en motivo de alegría, jarana, admiraciones y olés. Y porque me preocupa la salud moral de mis congéneres capaces de disfrutar con la agonía de un animal. También soy tonta porque me ofende que a ese horrible espectáculo de dolor y sangre lo llamen fiesta. Y, para colmo, fiesta nacional, como si
los tontos que lo detestamos no fuéramos de aquí.
Y soy tonta, señor Múgica, porque me alegro de que usted, taurino, nos desprecie a nosotros, los antitaurinos, y se permita, desde su alto y noble cargo
institucional, poco menos que negarnos el pan y la sal. Pero me temo que los tontos somos cada vez más. ¡Vaya país!