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Desde lejos

Ángeles Caso

El indigenismo de Evo Morales

27 ene 2009
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Estuve en Bolivia hace ya unos cuantos años. Me fascinó ese país extraño y hermoso, desde las cimas lunares del altiplano hasta los amazónicos paisajes de Santa Cruz. Pero me sorprendió inmensamente su realidad social: una enorme y miserable población de indígenas –la mayor parte de ellos aimaras–, apenas hispanohablantes, y sometidos al poder político y económico de una pequeña minoría criolla, de origen español y piel muy blanca o, como mucho, levemente manchada por antiguos mestizajes. Una población indígena de alrededor del 80%, muy superior a la de cualquier otro país latinoamericano, tal vez porque las duras condiciones de vida en las cimas andinas haya preservado a sus habitantes originales de la presencia masiva de los europeos y evitado su desaparición.
Ahora Bolivia aprueba una nueva Constitución que intenta equilibrar esa injusta situación arraigada desde hace siglos. Un marco legal que trata de garantizar el respeto a la menospreciada cultura de la mayoría indígena, de otorgarle una representatividad política e institucional que se corresponda con su verdadera presencia en el país. Lo que Evo Morales está haciendo silenciosamente –aunque no libre de una virulenta oposición– es una auténtica revolución. No dudo de que haya cometido errores. Y probablemente los seguirá cometiendo. Pero la suya es la auténtica lucha de los pobres contra los ricos, el levantamiento pacífico de aquellos que siempre han vivido sometidos y silenciados contra la pequeña minoría de privilegiados que han detentado el poder y han pisoteado impunemente durante muchas generaciones los derechos de las pobres gentes miserables, despreciando su dignidad. Sí, el tan discutido indigenismo de Morales no es más que una cuestión de justicia. Al fin.

Demasiado Obama

20 ene 2009
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Ya está del todo claro que George Bush pasará a la Historia como uno de los peores gobernantes que han conocido los siglos, y no sólo los estadounidenses. Es, pues, lógico que el siguiente presidente de los Estados Unidos suscite toda clase de esperanzas. Más aún por su personalidad serena y comunicativa, y por el hecho insólito de tratarse de un mulato.
Pero me temo que, respecto a Obama, las esperanzas son en buena medida excesivas. Basta con ojear los periódicos de estos días para darse cuenta de que se le pide que solucione todos los problemas mundiales. Se confía en que ponga fin al conflicto entre Israel y Palestina, y, por supuesto, a la guerra de Irak. Por no hablar de Afganistán. Se espera que inicie un nuevo periodo de relaciones mucho más respetuosas con los países latinoamericanos y que negocie con Cuba. Se le exige que lidere la lucha contra el cambio climático y que tome las medidas necesarias para acabar con la crisis económica. Que cierre Guantánamo. Que defienda los derechos de los homosexuales, de los negros y las mujeres, y resuelva las graves carencias de la sanidad estadounidense y de la escuela pública. Etc. etc. etc. etc.
Pero las voces de los intelectuales de izquierdas de su país nos alertan: hasta ahora no ha demostrado ser tan progresista como muchos quieren verlo. El sentido común nos dice que una persona no puede cambiar el mundo de la noche a la mañana. Y la Historia nos hace saber que los gobernantes –y especialmente los estadounidenses– están sometidos a fuertes controles y presiones por parte de los grandes poderes económicos. Al final, con Obama o sin él, será el dinero el que siga mandando. O eso me temo. Y ojalá me equivoque. Por si acaso, feliz presidencia para el mundo mundial, Mister Obama.

La ética de la ciencia

13 ene 2009
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Leo en este periódico que un grupo de científicos comienzan a mostrarse preocupados por los efectos que sus investigaciones pueden tener en las vidas de las gentes. Investigadores que añaden a sus artículos o tesis cláusulas en las que rechazan que sus trabajos sean utilizados con fines armamentísticos.
Suelo imaginarme a esos hombres y mujeres de la ciencia pletóricos de entusiasmo, imaginación y rigor, tratando de destripar los raros secretos del universo. Supongo que sus mentes están llenas de ideas sobre los extraordinarios descubrimientos en los que trabajan. Sé que son personas movidas por la única pasión del hallazgo, concentradas en una tarea que a veces parece muy pequeñita en medio de la inmensidad del mundo. Estoy segura de que la mayor parte de ellos trabajan con buena fe, sin prever las posibles consecuencias de su parsimoniosa labor de las que, imagino, no suelen sentirse responsables. Pero a veces la realidad acaba con sus sueños y sólo deja la sensación de catástrofe, como le ocurrió a Robert Oppenheimer, el padre arrepentido de la bomba atómica, que siempre vivió perseguido por la culpa.
La responsabilidad ética empieza a ser una exigencia cada vez mayor en esta sociedad que ya ha conocido demasiados horrores. El gesto, jurídicamente inútil por el momento, de esos científicos objetores me parece un ejemplo a seguir. Y no sólo en lo referente a la guerra: las implicaciones de la ciencia afectan a infinidad de campos que pueden volver nuestras vidas mucho mejores, pero también monstruosas. Quizás ha llegado el momento de que la comunidad científica se pregunte mayoritariamente qué ocurre cuando ellos han apagado sus microscopios y la vida continúa con todas sus miserias y sus crueles intereses a rastras.

Todo ese papel

06 ene 2009
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Confieso que me gusta mucho la fiesta de Reyes. Me parece fantástico que, al menos una vez al año, tengamos que molestarnos en elegir para las personas a las que queremos regalos que sean de su gusto. Me entusiasma contemplar la cara de los niños delante de los montones de paquetes y la emoción con la que se lanzan a abrirlos (otra cosa sería debatir si nos excedemos en esos regalos). Y me divierte muchísimo la cabalgata, a la que no he dejado de asistir ningún año de mi vida.
Ahora bien, en esta fecha me genera mucho malestar el asunto de la basura. Siempre me pregunto, por ejemplo, por qué la gente va cogiendo bolsas en cada una de las tiendas por las que pasa, en lugar de aprovechar una misma para llevar varios paquetes. Y me provoca auténtica desazón ver los cubos de basura orgánica llenos de papeles, cartones y plásticos. Supongo que son muy pocas las personas que se paran a pensar en la cantidad de árboles que ha sido necesario talar para fabricar todo ese papel, en el oxígeno que esos pobres seres ya no podrán emitir para nosotros, en el CO2 que dejarán de ahorrarnos.
Muy pocas las que son conscientes de la cantidad de bosques y montes que son esquilmados para plantar especies que sean útiles a la empresa papelera, como los eucaliptos, con el consiguiente daño causado al suelo, y en la enorme cantidad de residuos peligrosos que genera esa industria, una de las más contaminantes. O en lo difícil y larguísimo que es el proceso de degradación de los plásticos.
Supongo, sí, que, para paliar en algo todos esos daños, aún somos pocos los que nos molestamos en reciclar los residuos y en llevar los papeles al contenedor azul. ¿Cuesta realmente tanto…? Por favor, recuérdenlo esta noche, antes de sacar la basura.