Publicidad

Desde lejos

Ángeles Caso

Racistas

17 feb 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

A mi amiga N. le pegaron hace unos días en un tren de cercanías. A ella y a su niña de 5 años. N. nació en Cabo Verde, pero tiene la nacionalidad española, porque lleva muchos años trabajando como una burra en este país, cuidando cariñosamente de nuestros niños y nuestros ancianos, atendiéndonos en los bares con su mejor sonrisa, respetando nuestras costumbres y nuestras leyes, pagando sus impuestos, contribuyendo a hacer que España sea mejor y más rica.
N. recogió tranquilamente a su hija en el colegio después de terminar su jornada de trabajo. Se subieron a un vagón medio vacío, camino de su barrio, y se sentaron. Pero entonces llegaron las fieras, dos tiparracas –blancas, por supuesto– que se empeñaron en sentarse donde ellas estaban. Ante el comentario tranquilo de mi amiga –que es, se lo aseguro, muy educada–,
que les proponía cualquier otro de los asientos vacíos, las blancas reaccionaron como perras de presa: rojas de ira, se lanzaron a insultarlas, gritándoles que se volviesen a la selva y nos dejasen a los españoles en paz. Cuando N. agarró a la niña para levantarse y cambiar al fin de sitio, las perras se abalanzaron a pegarlas y darles patadas hasta llegar a hacerles sangre a la cría.
Todo concluyó gracias al apoyo del resto de los viajeros, que insultaron a las racistas tal y como se merecían, y a la intervención de la Policía. Dentro de unos días, habrá un juicio en el que espero que les caiga la pena más justa. Claro que a lo mejor esas dos tías habían recibido la famosa circular policial en la que se anima a detener a cupos de inmigrantes sin papeles, como si fuesen delincuentes de la peor calaña. No lo sé, en cualquier caso, deben de ser unas amargadas de la vida. Vaya par de desgraciadas

Infiernos

10 feb 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Casi todas las religiones, en su empeño por organizar y controlar las sociedades, tienen un infierno. Los antiguos egipcios condenaban a quienes se portaran mal a disolverse en la nada. Los griegos, a vagar eternamente como sombras por el Hades tenebroso. Los budistas asignan a cada falta su propia pena, y tienen así hasta 18 infiernos. Los musulmanes castigan a los fieles pecadores y a los infieles a pasar la eternidad en un territorio en el que padecerán toda clase de sufrimientos. El judaísmo considera que es en el gehena donde expiarán sus culpas quienes lo hayan merecido.
Los cristianos, ya lo sabemos, retomaron algunas de esas viejas tradiciones y situaron su propio infierno en un mundo subterráneo dominado por el Demonio, el Señor del Mal. Fue san Juan, en el Apocalipsis, quien imaginó ese espacio aterrador como un estanque de fuego y azufre.
De ahí las tremendas descripciones de torturas de tantos apologetas, moralistas y predicadores, las desazonadoras y a menudo grotescas representaciones infernales de los templos medievales y de la pintura europea, con sus espantosos diablos atizando las hogueras y haciendo sufrir toda clase de castigos inimaginables a las desdichadas almas de los condenados.
No creo en el infierno. Bastante tenemos ya con el que nos toca aquí. Pero a veces lamento que no exista, para ver arrojados a esos abismos ardientes a determinados personajes. Por ejemplo, el cretino Berlusconi, o a todos esos jerarcas de la Iglesia católica que han demostrando su glacial falta de caridad al tratar de impedir por todos los medios posibles que la pobre Eluana Englaro descansara al fin en paz. Ellos sí que merecerían las penas eternas. Aunque sólo fuera por unos días.

Nombres y apellidos

03 feb 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Lo malo de esta crisis es que tiene nombres y apellidos. Se llama E., que acaba de perder su trabajo como periodista con 50 años y que probablemente nunca podrá volver a reengancharse. Se llama F., albañil, que ha tenido que irse a Portugal, donde parece que hay algo más de empleo que aquí, y separarse de su mujer y sus hijos. Se llama J., con su pequeño negocio de carpintería de ventanas, a punto de cerrar si no consigue un crédito en los próximos dos meses. Y A., a la que han echado de la casa en la que trabajaba como asistenta, y se ha quedado sin ingresos y con una niña de meses a su cargo exclusivo.
Se llama con los miles, mejor dicho, los millones de nombres de personas que están sufriendo el drama de la falta de trabajo y de dinero. Gentes que padecen cada día una angustia difícilmente superable: la de un presente negro y un futuro en suspenso.
Entretanto, los bancos siguen ganado cifras desorbitadas, pero no confían en ningún cliente. Las grandes empresas, que se embolsaron enormes beneficios en los años de bonanza, no los reinvierten en mantener los puestos de trabajo en tiempos duros, sino que despiden, presentan suspensiones de pagos, planean ERE. Y unos cuantos, no lo dudo, estarán enriqueciéndose aún más en medio de esta terrible situación, a costa de la penuria de muchos. El capital no tiene ética, nos han dicho siempre, desde que Marx dedicara su inteligencia a analizarlo. Pero debería tenerla. Gentes como Mohamed Yunus, “el banquero de los pobres”, han demostrado que se pueden hacer negocios sin perder la decencia. Quizás una crisis como esta sería una buena ocasión para replantearse seriamente y a fondo el funcionamiento del sistema. Pero tal vez para eso quienes lo controlan tendrían que volver a nacer.