En Gran Bretaña empieza a haber planes para reformar la ley de sucesión a la Corona, que discrimina a los católicos y a las mujeres, dando preferencia a los varones y excluyendo a quienes pertenecen a la Iglesia de Roma o se casan con uno de sus fieles. De momento, el apoyo del Parlamento es más bien tibio: afirman muchos que el cambio no corre prisa, pues tanto el primogénito de la reina como el hijo mayor de este son hombres. Y, además, su fe anglicana está fuera de toda duda.
Los mismos argumentos se han oído en España respecto a la reforma de la Constitución que debería anular el artículo que otorga igualmente la preferencia a los varones en la sucesión al trono. Dado que la situación actual está clara, nadie parece pensar que el asunto sea urgente, ni la Casa Real, ni los partidos políticos, ni las altas instituciones del Estado.
Sé que a muchos les da miedo cambiar la Constitución. Numerosos políticos y juristas tienden a considerarla una especie de libro sagrado que no se debería tocar. Sin embargo, esa Constitución tiene ya 30 años. Fue adecuada en su momento. Pero muchas cosas han cambiado, y algunas de manera fundamental. La igualdad entre los géneros es una realidad –al menos teórica y jurídica– que casi nadie se atreve ya a poner en duda. Y ese artículo resulta misógino e insultante. Porque, aunque en la práctica sólo afecte a una persona concreta, no deja de tener un alto valor simbólico. Y el hecho de que se mantenga en vigor acaba siendo ofensivo para todas las mujeres del país, que nos vemos relegadas a la condición de segundonas en la Jefatura del Estado. Como toda la vida.
Nunca me han gustado las procesiones de Semana Santa. Esa exhibición de Cristos agonizantes o ya cadáveres, de madres dolorosas, de encapuchados que se esconden bajo horrendos disfraces, de soldados y policías desfilando y lúgubres bandas de música me ha parecido siempre la expresión de un fanatismo religioso que, sinceramente, me asusta.
Los amantes de esos espectáculos han intentado convencerme muchas veces de que estaba equivocada y de que en las procesiones lo cristiano no es más que un barniz que encubre hermosos y sensuales ritos paganos, remodelados con lo más profundo de la expresión barroca. Aunque sé que las religiones se superponen las unas a las otras desde el origen de los tiempos, nunca he acabado de creerme del todo esa teoría de la sensualidad.
Las recientes proclamas de muchas cofradías de diversos puntos de España en contra del aborto me hacen pensar que era yo quien tenía razón. Por mucho que me digan que de ellas forma parte gente de todo tipo, incluso no creyentes, parece evidente cuál es su ideología, alineada con la del catolicismo oficial más reaccionario. Y probablemente con la hipocresía: ¿o es que todos esos cofrades que se proclaman antiabortistas son de verdad tan puros y tan catolicísimos?
Estaría bien que las procesiones de este año estuvieran vacías. Al menos las que luzcan los lazos blancos. Que sólo acudieran a verlas quienes realmente piensan como ellos. Y que quienes opinan de otra forma no les hagan el juego, por mucho que su estética les atraiga. Porque detrás de toda estética hay una ética. Y la suya ha quedado clara. Ahora sí.
Hay quien sostiene que todo tiene un precio, que cualquier persona es capaz de venderse si le hacen la oferta adecuada. Nunca ha acabado de convencerme del todo ese axioma. Debo de haber sido educada a la antigua usanza, porque sigo creyendo que existe gente honrada que no está dispuesta a traicionar sus ideas por mucho que le paguen. Pero la realidad, ya saben, suele ser tozuda, y la realidad política lo es de manera singular.
Así que, en medio del actual debate en torno a las recientes elecciones autonómicas, surge de nuevo el asunto de los apoyos que unos partidos se prestan a otros. Y que, por supuesto, se compran y se venden: tú me ayudas con las leyes en mi barrio, y yo te apruebo los presupuestos en el tuyo. O cierro los ojos cuando haces algo que no me gusta. O te doy un carguito por aquí, una prebenda por allá…
Y no hablo sólo del voto del PP a favor de Patxi López en el Parlamento vasco y su posible precio. Es que, además, se da por supuesto que los dos partidos que durante esta legislatura han apoyado al PSOE en las Cortes de Madrid, PNV y BNG, dejarán de hacerlo a partir de ahora. Los gallegos, porque se sentirán desligados de un partido con el que ya no gobiernan en su país. Los vascos, porque estarán resentidos por haberles quitado el poder en el suyo. Son las reglas de la democracia. El juego de la política.
Bien, de acuerdo. Pero ¿y las ideas? ¿Qué ocurre con las ideas? ¿Qué pasará si el Gobierno presenta por ejemplo un proyecto de ley que al PNV o al BNG les parezca imprescindible para el futuro del país? Siguiendo las reglas, votarán en contra. Todo esto me recuerda a cuando éramos pequeños y decíamos: estoy enfadada contigo, así que ya no te ajunto. Vaya inmadurez la de los políticos. O vaya cinismo, que es aún peor.