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Desde lejos

Ángeles Caso

Dieciséis años

26 may 2009
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Polémica en torno al artículo de la nueva ley del aborto que permite que las chicas de 16 años puedan abortar sin permiso paterno. Oigo a gentes de derechas y de izquierdas exigir el derecho de los progenitores a acompañar a sus hijas en un momento como ese. Perfecto. Mi propia hija aún no es mayor de edad y, si tuviera que pasar por esa situación, me gustaría estar a su lado. Pero si un día me enterase de que lo hizo sin decirme nada, tendría que plantearme que la que se equivocó fui yo y no ella.

Ese es el problema. Que no todos los padres son, como tratan de hacernos creer quienes tanto los defienden, comprensivos y respetuosos. Hay padres ultrarreligiosos que obligarían a sus hijas a tener el bebé estropeando sus proyectos vitales y no me refiero sólo a los católicos: cada vez existen en nuestro país más miembros de otras religiones igualmente
fanáticos.

Hay puritanos convencidos de que las demás adolescentes son unas zorras, pero que las suyas son unas crías castas y puras que no practican el sexo y que, de enterarse de que se han quedado embarazadas, querrían matarlas. Hay gentes que tuvieron una juventud muy libre y que ahora, cuando sus hijos han llegado a esa edad, prefieren no saber nada y se encierran en la incomunicación.
¿Y todos esos padres intolerantes o cuando menos incapaces de inspirar confianza a sus hijas pretenden que cuenten con ellos en el momento de enfrentarse a algo tan delicado? Quienes hayan sido buenos progenitores, no deberían preocuparse: sus chicas se lo contarán todo. Y en cuanto a los otros, que carguen con las consecuencias de sus actos.

Ir de putas

19 may 2009
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Un amigo mío realiza un viaje de trabajo a una ciudad del norte. Después de cenar en un buen restaurante, le pregunta al camarero dónde puede tomar una copa. Sin previo aviso, lo envía directamente a un club de alterne. ¿Será habitual que un hombre solo busque la compañía de prostitutas para acabar la noche? Lo cierto es que la prostitución es un negocio próspero en nuestro país, y eso a pesar de la libertad sexual de las mujeres.
A nosotras no deja de sorprendernos ese gusto masculino por las relaciones de pago. Pero, apetencias aparte, el asunto es realmente preocupante. La inmensa mayoría del alrededor de medio millón de prostitutas que, según se calcula, existen en España, proceden de la trata de blancas. Son nigerianas, brasileñas, paraguayas, rumanas o rusas engañadas en sus países con promesas de falsos trabajos y obligadas luego a prostituirse bajo amenazas y extorsión.

Han contraído sin ser conscientes de ello deudas tremendas: deben pagar los miles de euros que supuestamente ha costado su viaje, además de los gastos de mantenimiento y hasta el alquiler de la habitación donde practican sus tristes faenas. Las asustan con la idea de que, si huyen o denuncian, serán agredidas e incluso asesinadas, y no sólo ellas, sino también sus familias. Las cambian de club cada pocas semanas para que no establezcan relaciones con clientes o compañeras. Y están ahí, solas, indefensas, secuestradas, torturadas, muertas de miedo. ¿De verdad que a alguien le apetece acostarse con una mujer en esas condiciones? ¿Acaso no existe ninguna regla moral, ninguna vergüenza, en cuestión de sexo?

Miedo

05 may 2009
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Supongo que hay a quien le conviene. Al fin y al cabo, la mayor parte de las sociedades se han organizado de esa manera: el poder suele imponerse mediante el miedo. El miedo a las fieras, a las tormentas, a las hambrunas. El miedo a las pestes, a la guerra, al infierno. El miedo a aquellos mismos que detentan el poder: todavía muchas gentes de África creen que sus dictadores están protegidos por los espíritus contra todo ataque. Y aquí, sin ir más lejos, Franco dominó durante 40 años la vida de muchos millones de seres infundiendo el terror.

Pero también en las democracias el recurso funciona. Al fin y al cabo, el miedo mantiene a las gentes sumisas y dóciles. Y al poder le gustan los obedientes, no los críticos ni los rebeldes. Como niños pequeños, todos nos apiñamos en torno a quienes pueden protegernos de los muchos males que nos asolarían si los poderosos nos abandonasen a nuestra suerte. Temerosos y frágiles, aceptamos todo lo que nos dicen y nos plegamos a sus exigencias, a sus órdenes, a sus leyes. Entretanto, dejamos de cuestionar, de protestar, de reclamar. Sólo queremos ya que nos arropen y nos dejen dormir tranquilos, sin insomnio ni
pesadillas.

Así que nos asustan y nos asustan. Con el cáncer de pulmón y la obesidad. Con los accidentes de tráfico y el terrorismo. Con el cambio climático y la bomba nuclear. Con la crisis y el paro. Y ahora también con la gripe porcina. Y mientras todos nos sintamos temerosos y amedrentados, arrinconados contra la valla como ovejas en presencia del lobo, este, disfrazado de cordero, escogerá libremente sus presas. No lo dudo.