Algunos menores violan a dos crías. Conmueve pensar en el sufrimiento de esas pobres niñas. Pero también en la confusión de esos muchachos a los que probablemente nadie ha enseñado a distinguir el bien del mal. Vivimos en una sociedad hipererotizada, en la que la mujer es presentada demasiado a menudo como un mero trozo de carne, un objeto para ser consumido por los varones, igual que unas deportivas o un coche. Y el sexo se nos ofrece como la satisfacción del deseo, sin más consecuencias. Una fórmula utilitaria que puede estar muy bien si es practicada por adultos libres e iguales, pero que sin duda crea un enorme caos en la mente de muchachos mal educados y, para colmo, con las hormonas a flor de piel y unas tremendas ganas de imitar a los mayores y a los héroes mediáticos que, por lo que se ve, follan sin parar.
Y es que educar bien no consiste en enseñar a los niños a usar la pala del pescado. Ni a hacer logaritmos. Educar bien es, creo, un largo proceso en el que deberíamos esforzarnos en convertir a nuestros hijos en seres éticos –otros preferirían decir morales–, en personas conscientes de su responsabilidad con el mundo. Supongo que hay muchos padres que lo intentan. Pero lo que triunfa es la lucha a dentelladas, la competitividad sin freno, el egoísmo absoluto.
Proponemos a nuestros críos ese modelo lleno de violencia del que todos formamos parte, unos obedientemente y otros con pasión. ¿Y luego pretendemos encerrarlos en instituciones cuando se saltan las normas que nadie les ha explicado? ¿No habrá que empezar por educar? ¿Y no deberíamos, antes de nada, educarnos a nosotros mismos?
Reconozco que tenía el corazón dividido. He sido seguidora de Lance Armstrong durante siete años. Disfruté con sus triunfos y sus hazañas, con su manera de correr dejándose la piel a pesar de tener la victoria asegurada, con su imponente pedalada en la montaña, sus escapadas y batallas, su implacable seguridad en las etapas contrarreloj. Pero ¿cómo no apoyar también a Alberto Contador, tan valiente, tan peleón, tan espléndido? Un hombre joven, de sólo 27 años, capaz de formar parte de ese club exclusivo de ganadores de las tres grandes carreras que únicamente componen cuatro corredores legendarios, Anquetil, Hinault, Gimondi y Merckx.
Pero confieso que, desde el domingo, me siento fascinada por el español. Le vi ganarse la etapa pedalada a pedalada, con esa escapada llena de coraje y esa resistencia física y mental que le llevó a la victoria en contra de la estrategia de su propio equipo. Y vi con tristeza cómo Armstrong se iba quedando atrás y llegaba por primera vez a meta exhausto y descompuesto. Quizá, tuve que admitir, sus muchos años de gloria hayan terminado.
No sé qué pasará estos próximos días. Espero que Contador sea capaz de mantener su fortaleza en la etapa de hoy, a lo largo de los dos interminables Saint-Bernard. Y que pasado mañana, en la contrarreloj de Annecy, flote ingrávido sobre el asfalto. Espero que se ponga el maillot amarillo el domingo en París. Le aplaudiré y lanzaré besos a la pantalla. Pero les aseguro que en mi corazoncito de aficionada al ciclismo, siempre habrá un hueco enorme para Armstrong. Y que le veré despedirse con pena y agradecimiento.
Noventa y cinco millones de euros. No sé cuánto es. Dejo volar la imaginación. Me pregunto cuántas escuelas se podrían construir con ese dinero. Cuántos pequeños hospitales. Cuántas viviendas resistentes a las grandes lluvias. Cuántos pozos de agua potable se podrían excavar. Cuántos terrenos baldíos preparar para la cosecha. Cuántas minas destruir. A cuántas personas se podría alimentar durante, pongamos, una década. A cuántos niños enfermos devolverles la salud.
Sigo pensando. También se podrían pagar los sueldos de muchos maestros. Los de infinidad de médicos y enfermeros. Los de investigadores que trabajan, por ejemplo, en la lucha contra la malaria o contra el cáncer o contra el sida. Los de científicos que nos ayudan a entender el mundo. O los de pensadores que nos hacen ser mejores seres humanos.
Pero nadie cuesta 95 millones de euros. Ni el hombre o la mujer más sabios del planeta. Ni los más bondadosos. Eso sólo lo vale un chico que mueve muy bien las piernas y hace que la gente pase un buen rato. Claro que nadie regalaría esa cifra a ningún proyecto de futuro, aunque salve la vida o la dignidad de muchísima gente, si no va obtener un rendimiento superior. Pura lógica capitalista y absurda de una sociedad disparatada.
Sin embargo, miles de personas van a aplaudirle a su presentación. Seguro que muchas de ellas están en el paro, o no pueden permitirse pagar estudios universitarios a sus hijos, o acaban de perder su casa por no poder hacer frente a la hipoteca. Pero las piernas de ese chico meterán goles y ellas darán gracias a Dios y a Pérez por los 95 millones. No pasa nada.
Si, como contaba ayer este periódico, la crisis afecta ya a los museos de capital privado y en los próximos años disminuirán las grandes exposiciones, lo mejor será aplicar el carpe diem y disfrutar de lo que tenemos. Así que les invito a visitar la magnífica muestra que se puede ver en el Museo Thyssen hasta el 20 de septiembre: Matisse: 1917-1941. Siempre me ha interesado ese pintor que tuvo la fortuna de llegar al mundo del arte a principios del siglo XX, justo en el momento en que la pintura y la escultura se liberaban de su larga tradición de naturalismo y comenzaban a transitar por caminos hasta entonces inimaginables en busca de nuevos modos de expresión, de una belleza que habría de ser, como predijo Baudelaire, convulsa y plenamente contemporánea.
En los mismos años en los que el salvaje Picasso descompone las formas y el místico Kandinski las estiliza hasta la abstracción, un Matisse hedonista se empeña en agarrarlas a manos llenas y entregárselas al espectador convertidas en extraordinarias manchas de luz y color. Su mirada se planta ante algunas de las cosas más hermosas y simples –cuerpos de mujeres, habitaciones confortables, ramos de flores, mares divisados más allá de una ventana– y reinventa a partir de ellas una realidad llena de sensualidad, pero también de calma y reflexión. Caminar por las salas del Thyssen entre sus obras es, como él quería, algo semejante a sentarse en un sillón ante un paisaje y percibir la armonía y la vibración del mundo, su orden profundo y su inagotable energía. Todo un placer para los sentidos y para el intelecto. Si les gusta la vida, no se lo pierdan.