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Desde lejos

Ángeles Caso

Con Greenpeace

22 dic 2009
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Ya sabrán lo del director de Greenpeace España y sus compañeros. Desde que el jueves desplegaron una pancarta en una cena de gala de la Cumbre de Copenhague animando a los políticos a actuar, cuatro activistas están en prisión preventiva en la cárcel de Vestre Faengsel. Encarcelados, sin juicio (que no se celebrará hasta el 7 de enero, 21 días después de la acción).

Incomunicados, sin posibilidad de contactar con sus familias. Sin revisión médica y desprovistos de las medicinas imprescindibles (al menos en el caso de Juan López de Uralde) durante las primeras 48 horas. Y acusados de falsificar documentos, hacerse pasar por autoridades públicas (a pesar de que sus supuestas invitaciones llevaban claramente escrito el nombre de Greenpeace), invadir un recinto privado y alterar un acto de la Corona, presidido por la reina de Dinamarca. Acusaciones que pueden costarles hasta seis años de cárcel.

Cuando Juancho y sus colegas entraron en el salón del palacio, yo me sentí maravillosamente representada por ellos. Soy una de los muchos millones de personas de todo el mundo defraudadas por el resultado de la cumbre y por la actitud de tantos gobernantes. Una vez más, los chicos de Greenpeace se atrevieron a expresar de manera bien visible y pacífica lo que muchísimos pensamos. Que decir la verdad les esté costando la prisión es un verdadero dislate impropio de un régimen democrático. Si comparten ustedes el enfado, entren en la página web de Greenpeace y firmen el manifiesto a favor de su liberación. Que no los conviertan en chivos expiatorios de la mala organización y la falta de acuerdos de ese encuentro fallido.

Tigres de puntillas

15 dic 2009
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Si tienen ustedes hijos pequeños, es posible que estas Navidades se les ocurra llevarlos al circo. Y, en particular, a un circo en el que actúen animales. A muchos padres les parece que es un buen entretenimiento para los niños ver cómo elefantes, leones, caballos o chimpancés bailan, saltan aros de fuego o ejecutan sumisos toda clase de estupideces humanoides.

En España hay unos 20 circos con animales. Pero muy pocos ciudadanos se paran a pensar en la larguísima serie de malos tratos que hay detrás de cada una de sus exhibiciones. A menudo utilizan ejemplares de especies protegidas o vulnerables que han sido traficados ilegalmente siendo crías, previa matanza de los adultos de la manada. Pero, incluso cuando han sido adquiridos legalmente, esas pobres bestias viven en condiciones lamentables, atados y encerrados en jaulas diminutas la mayor parte del tiempo, trasladados sin cesar de una ciudad a otra en transportes en los que no se pueden mover, sometidos a incesantes golpes, descargas eléctricas y hambre hasta convertirse en esos seres tristes y desnaturalizados que salen a la pista muertos de miedo y de estrés.

Algunas ciudades catalanas han prohibido últimamente la presencia de circos con animales salvajes. Entre tanto, el mayor espectáculo de esas características, el Ringling Bros., se ha paseado este otoño por nuestro país, a pesar de las muchas denuncias hechas contra ellos por algunas organizaciones. Entren en la página www.circos.org y compueben lo que ocurre al otro lado de las carpas. Y, por favor, piénsenlo bien antes de llevar estas fiestas a sus hijos a ver tigres poniéndose de puntillas.

¿Cultura gratis?

08 dic 2009
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Ya sé que a muchos les molestará este artículo. Cada vez cunde más la idea de que la cultura debe ser gratuita y que, por lo tanto, uno debería poder descargarse en su ordenador y disfrutar cuanto quiera de músicas, pelis o fotos (y esperemos a ver qué ocurre con los libros electrónicos). Estoy de acuerdo. Pero voy mucho más allá: reivindico, antes de nada, que sean gratuitos los alimentos, la vivienda, la ropa y los transportes, por ejemplo. O ya, puestos a pedir, todo. Todos los productos que se fabrican en el mundo a disposición gratis de toda la humanidad. Sería perfecto.

Pero la realidad no es así. Unos producen las cosas que los demás necesitan o desean, y quienes las consumen pagan por ellas. A nadie se le ocurre que un cocinero deba ofrecer gratis sus platos, o que un zapatero regale sus zapatos. Si alguien coge productos de un supermercado sin pagarlos o se niega a abonar las facturas de su casa, sabemos que está obrando mal y que será castigado en la medida que sea, porque ha incumplido las normas consensuadas por la sociedad.

Los “productos” culturales son, en términos económicos, iguales a cualquier otro. Y los creadores, por mucho que amemos nuestro arte, tenemos como los demás la mala costumbre de comer, vivir bajo techo y vestirnos. Y todo eso lo hacemos con el dinero que recibimos a cambio de que otros disfruten de nuestras obras. O sea, con los derechos de autor. No, la cultura no puede ser gratis (¿o la estatalizamos?). Y las descargas ilegales hay que perseguirlas. No sé cómo, pero debemos hacerlo si no queremos que desaparezcan todas esas músicas, pelis o libros que tanto ansiamos.

Abusos

01 dic 2009
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Siempre me ha espantado la facilidad con la que se puede abusar del poder. No importa a qué niveles: la madre que maltrata a sus hijos pequeños, el hombre que maltrata a una mujer más débil físicamente que él, el jefe que maltrata a sus subalternos, los estados que maltratan a sus ciudadanos… La cadena es interminable. Infinidad de seres humanos tienden a aplastar a otros en cuanto pillan una migajita de poder, como si se vengaran de todas las humillaciones a las que a su vez les ha sometido la vida. O, simplemente, como si disfrutasen ejerciendo la crueldad.

Cuanto más vulnerable es la víctima, más terrible el abuso. Nada pues más cruel que los excesos cometidos con los niños, dependientes de los adultos y por lo tanto indefensos. Cuando esos excesos son cometidos por quienes tienen la obligación moral de cuidar de ellos y protegerlos, la crueldad roza lo inhumano. Por eso me estremecen los informes que se han hecho públicos en Dublín sobre las agresiones físicas, psíquicas y sexuales que miles de niños padecieron durante seis décadas –que se sepa– en diversos internados estatales gestionados por la todopoderosa Iglesia católica.

El último informe ha demostrado que 46 sacerdotes abusaron sexualmente de centenares de niños entre 1975 y 2004. Lo más terrible es que, como ya ha ocurrido otras veces, esos criminales fueron amparados por la jerarquía eclesiástica, la Policía y hasta la fiscalía, que cerraron sus catolicísimos ojos ante esos desmanes. El único consuelo es pensar que todas esas personas que han causado tanto daño soñarán al menos, de vez en cuando, con los eternos castigos del infierno.