Serán expertos, no lo dudo, pero desde luego sus conclusiones son de una tibieza sorprendente: a lo máximo que han llegado es a proponer el traslado de los restos de Franco si la Iglesia lo acepta. ¿La Iglesia…? ¿Es la Iglesia entonces la dueña del destino del cadáver de un dictador, corresponsable de una Guerra Civil sangrienta como pocas y responsable absoluto de centenares de miles de asesinatos, millones de exilios, penas de cárcel y otras brutales formas de represión, y largas décadas de oscurantismo y miseria material e intelectual?
Al final resulta que el dictador y su principal sostén siguen unidos en pleno siglo XXI, 36 años después de su muerte. Inaudito. Mucho más cuando, para colmo, el Valle de los Caídos no es propiedad de la Iglesia, sino de todos los ciudadanos españoles a través de Patrimonio Nacional. Claro que ya era inaudito que la tumba de Franco haya permanecido todo este tiempo ahí, en un lugar de titularidad estatal y símbolo perfecto de todo el horror de la represión que provocó su régimen.
Parece, en efecto, que a los expertos se les ha olvidado recordar cómo se construyó ese edificio monstruoso (estética y éticamente): lo hicieron los presos republicanos del campo de concentración de Cuelgamuros, sometidos a condiciones casi de esclavitud. Lo único digno que se puede hacer con un lugar así es sacar de él la momia del Jefe de los Verdugos y convertirlo en un museo sobre la historia de todo aquel horror. Pero me temo que ahora que el PP llega al Gobierno, ese espacio execrable permanecerá intacto, como si todo hubiera estado atado y bien atado, ya saben.
No habían pasado ni 48 horas desde las elecciones, cuando la derecha nacionalista catalana anunciaba nuevos recortes y subidas de tasas: serán más caros el agua, los transportes públicos, los hidrocarburos, las medicinas y las matrículas universitarias, y más baratos los sueldos de los funcionarios. No hace falta ser un genio para entender que, una vez más, los más afortunados se van de rositas en esta tarea de lucha contra el déficit y que, desde luego, las medidas no van precisamente a facilitar el consumo, tan necesitado de oxígeno.
Pero lo más lamentable de esa decisión es que ha sido tomada a traición, a espaldas de unos votantes que el domingo refrendaron a CiU para despertarse el martes con la desagradable sorpresa. Es obvio que el señor Mas y sus expertos habían adoptado esas resoluciones antes del 20-N (quizá en alguna de esas comilonas a costa del erario público que tanto les gustan a los políticos), y que se las callaron cínicamente para no perder votos, demostrando una vez más que les encanta tomar el pelo a los ciudadanos.
El portavoz del Govern, Francesc Homs, ha justificado semejante cara dura diciendo que no querían que el asunto entrase “en el pimpampum de la campaña”. Ha explicado que ya no se puede recortar más en sanidad o educación, como si los presupuestos no abarcasen otros asuntos, y ha presumido de que las medidas son similares a las ya tomadas en Alemania, olvidándose de decir que allí apenas hay paro, los sueldos son mucho más altos y la protección social incomparable a la nuestra. ¿Creen ustedes que semejantes políticos podrán dormir a gusto por la noche?
Sí, ya lo sé, dan ganas de quedarse en casa, de pasarse las horas del domingo leyendo, paseando, viendo una peli o jugando al parchís. A los políticos, que les den. Al fin y al cabo, la mayor parte de ellos son, por lo que estamos viendo, unos ineptos, incapaces de generar soluciones sensatas para lo que tenemos encima y, para colmo, entregados a los caprichos de los mercados que, como va quedando claro, son a fin de cuentas los que mandan y deciden sobre nuestras vidas. ¿Para qué molestarnos en ir a votar…?
Encabezo la lista de los críticos, así que me resulta difícil rebatir esas razones. Y, sin embargo, iré a votar. A primera hora, en cuanto me levante. Y, precisamente por todos esos motivos, lo haré con más satisfacción que nunca. Votaré para no tener jamás la sensación de que he tirado la toalla, de que he dejado a los demás la posibilidad de decidir, de que me he lavado las manos en el peor momento y de que estoy desacreditada ante mí misma para protestar cuando empiece a ocurrir todo lo que nos tememos que ocurrirá.
Votaré para que se escuchen voces diferentes en el Parlamento, para que alguien tenga la posibilidad de poner un freno a las políticas de derechas –con sus diferencias matizadas– de los dos grandes partidos, para que haya un poco de aire fresco en esos salones rancios que pueblan nuestros gobernantes, para contribuir a lo que espero que sea el comienzo del fin del nefasto bipartidismo. Votaré porque, a pesar de todo, aún creo en la posibilidad de la rebeldía y el cambio. Votaré, se lo aseguro, con orgullo. Por mucho que me carcoma el inevitable escepticismo.
En 1930, se convocaron elecciones en la República de Weimar. El diabólico Joseph Goebbels, jefe de Propaganda del casi marginal Partido Nazi (NSDAP), inventó una nueva manera de hacer la campaña electoral: copiando los métodos de la publicidad estadounidense, llenó Alemania de carteles y panfletos, copó espacios en las radios y organizó mítines por todo el país, llevando a Hitler y a los demás candidatos en aviones y coches de un lado para otro. Algo nunca visto hasta entonces y que catapultó a su partido al segundo puesto entre las fuerzas parlamentarias.
Ya lo ven: ochenta y un años después, seguimos teniendo que soportar campañas electorales inspiradas todavía en la diseñada por Goebbels. Una y otra vez: carteles monísimos, caravanas chillonas, sobres con las papeletas en los buzones, mítines en los que se reúnen los fans para aplaudir a los que van a votar, y cualquier forma imaginable de publicidad. Ah, no, se me olvidaba, que ahora los candidatos se han incorporado a las redes sociales y andan diciendo tonterías en Twitter… Gran innovación.
¿Es esa la manera más inteligente y austera de dar a conocer unos programas que, por cierto, serán en buena parte incumplidos de llegar al poder? No sé ustedes, pero yo estoy harta de ese circo. Y, sobre todo, harta de pagarlo con mis impuestos: según la ley española, las campañas electorales son directamente financiadas por el Estado. ¿Se han preguntado cuánto nos van a costar a cada uno de nosotros los coches y aviones, comidas y hoteles, alquiler de locales y espacios publicitarios, impresión de carteles y papelería, etc. etc.? ¿No sobra ya tanto desmadre?
Sorpresa en Occidente: ahora resulta que lo de los rebeldes libios y su Consejo Nacional Transitorio no era tan bonito como parecía. Ya saben, en su momento nos fuimos corriendo a bombardear Libia en nombre de la Libertad, la Democracia, los Derechos Humanos y todos esos grandes principios con los que a tantos se les llena la boca mientras piensan silenciosamente en Petróleo, Gas y Negocios Diversos. Pero hete aquí que hemos descubierto que los Buenos de la película no eran tan buenos, que torturan y linchan y que, además, aspiran a gobernarse aplicando la sharia.
Lo de apoyar a los Heroicos Luchadores contra la Tiranía era fácil de vender. Los gobernantes
–entre los que se contaban por supuesto los nuestros– consiguieron incluso hacer olvidar a la opinión pública que sólo unos meses antes Gadafi era recibido con reverencias por ellos mismos, y que durante mucho tiempo le habían estado vendiendo las armas con las que luego machacaría a los rebeldes y a la población civil, incluidas las espantosas bombas de racimo puestas a su disposición por nuestro desmemoriado Gobierno.
Pero, claro, justificar la colaboración con unos cafres que ejecutan sin juicio y amenazan con aplicar penas de lapidación, ya es otra cosa. Así que ahora todos fingen sorpresa: “¡Ah! ¡Oh! ¡Qué susto! ¡Vaya cómo nos engañaron! ¡Si parecían tan monos…!”, mientras se reparten a escondidas los beneficios del desastre. Si es que la cosa no se tuerce, porque los islamistas serán malos, vale, pero lo que no son es tontos. Así que a ver si al final va a resultar que todo lo que gastamos en esa guerra fue para nada…
A veces, en medio de las grandes noticias de cada día, algo pequeño llama nuestra atención. Esta última semana, entre el comunicado de ETA, la ejecución de Gadafi, la evolución de la crisis o la victoria de los islamistas en Túnez, una esquinita perdida de los periódicos ha provocado mi indignación. Se trata de la historia de V. G. M., un chico canario de 18 años con una discapacidad mental del 54% que lo convierte en un crío perpetuo, y del que ninguna organización quiere hacerse cargo.
Hijo de una madre alcohólica y sin más familia, V. G. M. fue ingresado a los 4 años en el centro de menores Harimaguada de Gran Canaria. Allí vivió hasta la semana pasada. Al alcanzar el día 17 la mayoría de edad, V. G. M. tuvo que abandonar el centro en contra de su voluntad de niño pequeño, que no ha logrado comprender por qué le echan de su casa. Para colmo, la organización sin ánimo de lucro Adepsi que debía hacerse cargo de él desde esa fecha se negó a aceptarle porque el Cabildo de Gran Canaria, según ellos, no les paga todo lo que les debe.
Ha habido peleas en presencia del chico entre los responsables de ambos centros, con participación de las administraciones, la Policía, la Fiscalía de Menores y el juez. Al crío le han dado sedantes por los ataques de nervios que ha sufrido mientras tenía que soportar el ver cómo era rechazado por unos y otros. Y a mí sólo se me ocurre maldecir la inhumanidad de este sistema y de todas esas personas encargadas de velar por los más vulnerables y a las que, por lo que se ve, sólo les importa la letra de las normas y las cifras de la cuenta corriente. Vaya mierda.
Supongo que cuando Stéphane Hessel publicó en 2010 su panfleto Indignaos, estaba lejos de suponer las consecuencias que llegaría a tener. Ese texto abrió una puerta por la que han ido pasando desde entonces millones de personas de un montón de países, todas esas que ahora
–aquí, en Nueva York, Tokio o Berlín– están al otro lado de esta sociedad hipercapitalista, derrochadora, corrupta e injusta, luchando por construir un mundo mejor.
Entretanto, a los indignados les llueven las críticas. Los partidos hacen jueguecitos a su costa intentando rascar algún voto, pero sus adeptos los ponen verdes en privado. Reacción lógica por parte de los conservadores, aunque sorprendente entre todos aquellos de centro-izquierda que afirman pomposamente que cuando ellos hacían cosas parecidas en los sesenta y los setenta, tenían una razón muy seria para ello, la lucha por la democracia. Lo de ahora en cambio, según dan a entender, es una frivolidad.
Unos y otros olvidan que la democracia no es perfecta y que está infectada de suciedades variadas. Que los jóvenes de las plazas no son una panda de vagos y maleantes, sino gente con ideas propias y con demasiado tiempo libre porque el paro afecta al 45% de ellos. Que de entre todas esas personas que el pasado día 15 se manifestaron en tantas ciudades del mundo, saldrán los políticos y los juristas del futuro. Y que quizá –quizá– sean ellos quienes entonces, si no traicionan sus viejos días de esplendor, consigan realmente que todo esto mejore. La vida, por ahora, juega a su favor.
La semana pasada fueron las “indemnizaciones” de los exdirectivos de Novacaixagalicia, que se repartieron 40 milloncitos de euros mientras la entidad debía ser nacionalizada gracias a su mala gestión. Esta semana, las “compensaciones” de los altos cargos de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, a punto de ser subastada por culpa de las irresponsabilidades e irregularidades de quienes la han hundido y se han forrado a su costa.
Absoluto desatino y absoluta inmoralidad. Pero no basta con señalar con el dedo a los que se han llevado la pasta, o con perseguirlos en los tribunales si cabe (que debería caber, aunque no parece que sea así en todos los casos). El asunto va más allá: ¿quién se ha hecho el tonto mientras ellos se forraban? ¿Hacia dónde miraban los políticos responsables del tema cuando los nombraron para ejercer funciones que no sabían ejercer y les permitieron firmar contratos propios de ladronzuelos? ¿Dónde estaba el Banco de España mientras ocurrían estos desmanes?
Me temo que esos casos que hemos conocido estos días no son más que la punta de un inmenso iceberg hecho a base de sucias complicidades, silencios culpables y protecciones casi de mafiosos. Me temo que en el poder hay demasiada gente que tiene tantos trapos sucios en su propia casa, que se ve obligada a ayudar a los demás a guardar los suyos. La trama pública parece estar llena de esas miserias. Y todos callados, por si acaso. Salvo Esperanza Aguirre, claro, que ha decidido denunciar a quienes para defender la enseñanza pública están haciendo un “negociazo”, según ella, con unas pobres camisetas. Es para reírse, la verdad.
En 1910, el viejo emperador Francisco José inauguró el nuevo Ministerio de la Guerra vienés, sobre el que se alza una inmensa y espantosa doble águila apoyada en un montón de armas. Estremece pensar que los invitados al acto levantaron sus copas aquel día para brindar bajo el amenazador símbolo, y que tan sólo cuatro años después estallaba la Gran Guerra. Algo parecido produce la visión de la alegría con que la ministra de Defensa anunció ayer que Zapatero daría “una buena noticia” por la tarde. A saber, nuestra plena adhesión al escudo antimisiles de la OTAN.
Por lo que se ve, en este país, gobierne quien gobierne, nos gusta adherirnos a todo lo que signifique participar en proyectos militares internacionales. En fin, imagino que, ya que no lo conseguimos con productividad, empleo, educación, política social y tantas otras cosas, esta es una manera de darnos caché. Aunque sea la menos bonita. Lo cierto es que en los Presupuestos de este año, la partida de gastos militares fue una de las que menos recortes sufrió: el 7% frente a más del 8% de sanidad, educación o servicios sociales.
Mientras nos cierran quirófanos, los grandes proyectos de nuevas armas –aviones de combate y de transporte, helicópteros, fragatas o blindados– siguen, que yo sepa, en marcha, sin que ninguno haya sido suspendido por la crisis. Por cierto, ¿saben ustedes que con lo que cuesta un helicóptero Tigre se podría atender durante un año a 30.000 personas en necesidad extrema? Qué quieren que les diga. Imagino que, como Francisco José, nuestros gobernantes sienten que vivimos rodeados de enemigos, y que conviene darles miedo. ¡Ay!
Siempre he sospechado que debe de haber gente con muy pocas cosas que hacer y que se aburre muchísimo: por ejemplo, todos aquellos que, desde las sedes de los partidos, se dedican a minutar el tiempo dedicado a su formación en los informativos de TVE. Ignoro si son voluntarios o si les pagan por ello, aunque imagino que lo normal será esta segunda opción porque, la verdad, el voluntariado en los grandes partidos no parece que esté muy de moda.
Si la televisión pública es objeto de constante vigilancia, la cercanía de las elecciones convierte el asunto en algo paranoico. Nos lo acaba de demostrar una vez más Esteban González Pons, con su queja sobre la supuestamente demasiado larga presencia del logotipo del PSOE en un informativo del Canal 24 Horas. Por no hablar del intento de censura que trataron de imponer los consejeros de RTVE la semana pasada. (Consejeros que, por cierto, son remunerados gracias a nuestros impuestos con 120.000 euros, coche, chófer, secretaria y Visa oro. Bueno, ya saben, el chocolate del loro, que decíamos el otro día…).
Al poder le encanta controlar a los medios, qué duda cabe. La forma de ejercer ese control depende de las circunstancias: en las dictaduras se hace mediante amenazas, encarcelamientos y hasta asesinatos. En las democracias, la cosa es más sutil, al menos hasta que llegan las elecciones y la gente pierde los papeles. Pero lo peor es lo innecesario que resulta todo ese ridículo: de ser tanta la influencia de la tele sobre los votantes, aquí seguiría gobernando la UCD. O los nietos de Franco. En fin, riámonos abiertamente, porque algunos es lo único que se merecen.