En 1910, el viejo emperador Francisco José inauguró el nuevo Ministerio de la Guerra vienés, sobre el que se alza una inmensa y espantosa doble águila apoyada en un montón de armas. Estremece pensar que los invitados al acto levantaron sus copas aquel día para brindar bajo el amenazador símbolo, y que tan sólo cuatro años después estallaba la Gran Guerra. Algo parecido produce la visión de la alegría con que la ministra de Defensa anunció ayer que Zapatero daría “una buena noticia” por la tarde. A saber, nuestra plena adhesión al escudo antimisiles de la OTAN.
Por lo que se ve, en este país, gobierne quien gobierne, nos gusta adherirnos a todo lo que signifique participar en proyectos militares internacionales. En fin, imagino que, ya que no lo conseguimos con productividad, empleo, educación, política social y tantas otras cosas, esta es una manera de darnos caché. Aunque sea la menos bonita. Lo cierto es que en los Presupuestos de este año, la partida de gastos militares fue una de las que menos recortes sufrió: el 7% frente a más del 8% de sanidad, educación o servicios sociales.
Mientras nos cierran quirófanos, los grandes proyectos de nuevas armas –aviones de combate y de transporte, helicópteros, fragatas o blindados– siguen, que yo sepa, en marcha, sin que ninguno haya sido suspendido por la crisis. Por cierto, ¿saben ustedes que con lo que cuesta un helicóptero Tigre se podría atender durante un año a 30.000 personas en necesidad extrema? Qué quieren que les diga. Imagino que, como Francisco José, nuestros gobernantes sienten que vivimos rodeados de enemigos, y que conviene darles miedo. ¡Ay!
Siempre he sospechado que debe de haber gente con muy pocas cosas que hacer y que se aburre muchísimo: por ejemplo, todos aquellos que, desde las sedes de los partidos, se dedican a minutar el tiempo dedicado a su formación en los informativos de TVE. Ignoro si son voluntarios o si les pagan por ello, aunque imagino que lo normal será esta segunda opción porque, la verdad, el voluntariado en los grandes partidos no parece que esté muy de moda.
Si la televisión pública es objeto de constante vigilancia, la cercanía de las elecciones convierte el asunto en algo paranoico. Nos lo acaba de demostrar una vez más Esteban González Pons, con su queja sobre la supuestamente demasiado larga presencia del logotipo del PSOE en un informativo del Canal 24 Horas. Por no hablar del intento de censura que trataron de imponer los consejeros de RTVE la semana pasada. (Consejeros que, por cierto, son remunerados gracias a nuestros impuestos con 120.000 euros, coche, chófer, secretaria y Visa oro. Bueno, ya saben, el chocolate del loro, que decíamos el otro día…).
Al poder le encanta controlar a los medios, qué duda cabe. La forma de ejercer ese control depende de las circunstancias: en las dictaduras se hace mediante amenazas, encarcelamientos y hasta asesinatos. En las democracias, la cosa es más sutil, al menos hasta que llegan las elecciones y la gente pierde los papeles. Pero lo peor es lo innecesario que resulta todo ese ridículo: de ser tanta la influencia de la tele sobre los votantes, aquí seguiría gobernando la UCD. O los nietos de Franco. En fin, riámonos abiertamente, porque algunos es lo único que se merecen.
Grecia anuncia nuevas medidas para hacer frente a su crisis: con el aplauso de la UE y del FMI, el Gobierno echará a la calle a 50.000 funcionarios, recortará los sueldos de los restantes y asestará un duro golpe a los ancianos y los más desprotegidos bajando las pensiones y subiendo el impuesto del combustible para las calefacciones. El invierno a la sombra del Olimpo tiene muy mala pinta. Lo de aquí, ya lo estamos viendo: hachazos a la enseñanza, a la sanidad, a la aplicación de la Ley de Dependencia, a la justicia. Congelaciones de salarios públicos, pensiones y ayudas, etc., etc., etc.
Los poderosos se han empeñado en que la mejor manera de ahorrar gastos radica en putear a “los de abajo”. En cambio, no parece que las administraciones ahorren casi nada, por ejemplo, en armamento, grandes edificios, viajes prescindibles, cochazos, fiestorros, comilonas, publicaciones institucionales, invitaciones a actos en papel de primera calidad, derroche de energía eléctrica en despachos y locales o sueldos de altos cargos y asesores, etc., etc., etc.
Claro que todo eso, ya saben, no es más que el chocolate del loro, según nos hacen saber una y otra vez a los “demagogos” que decimos esas cosas. Acabo de enterarme de que los nuevos parlamentarios dispondrán de ordenador fijo + ordenador portátil o iPad + iPhone o BlackBerry + un bono de 3.000 euros anuales para taxis. Sólo en taxis, diputados y senadores se gastarán al año 1.830.000 euros de nuestros impuestos. Una bagatela que no sirve para nada, puro cacao. Aunque me temo que, con tanto chocolate, el loro a estas alturas debe de parecer un Velociraptor…
Ya sé que Nativel Preciado y Félix Población han dedicado estos días sus espacios en este periódico a hablar de esa barbaridad llamada Toro de la Vega. A riesgo de ser pesada, no me queda más remedio que insistir: nada como la persistencia para cambiar el mundo. Y si en este mundo nuestro hay muchas cosas que cambiar –muchísimas–, una de ellas sigue siendo sin duda nuestra relación con los animales no humanos. Utilizo esa expresión para recordar que nosotros, por muy humanos que seamos, no dejamos de ser igualmente animales, y no hay nada en la naturaleza que nos convierta en una especie radicalmente diferente de nuestros compañeros de planeta.
A ese respecto, nuestro país da vergüenza. ¿Quién ha convencido a tantos miles de españoles de que son superiores a cualquier otra criatura y de que, para colmo, esa superioridad les autoriza moralmente a abusar de ella, torturarla, matarla y disfrutar con su sufrimiento y su agonía, jaleados por bestias humanas de los dos sexos? ¿Quién les ha dicho que ver padecer y morir a un ser vivo es algo divertido y digno de ser respetado porque lo avala la tristemente célebre “tradición”?
Da vergüenza ver a los políticos lavarse las manos, y a la ministra de Cultura –¡Cultura!– encogerse de hombros ante semejante barbarie. Da vergüenza ver cómo el número de asistentes a ese tipo de “espectáculos” sigue aumentando cuanto más los repudiamos otros muchos. Y da vergüenza, mucha vergüenza, oír al tío que mató antes de ayer en Tordesillas al pobre Afligido presumir de que él es “como Dios”. ¿Dios…? Si yo fuera creyente, demandaría a ese diablo testosterónico…
Estoy convencida de que toda esta penosa tiranía de los Mercados que soportamos con resignación o con rabia, pero en cualquier caso con temor, no es más que una cuestión de fe. Nada novedoso en estos tiempos en los que buena parte de nuestra vida transcurre en el terreno de lo virtual. Nuestros miles de amigos de las redes sociales, por ejemplo, no son más que bits, infinitas combinaciones matemáticas que vagan por el espacio inaprensible, como fantasmas, sin que sepamos realmente lo que hay detrás de ellas. Y, sin embargo, creemos a pies juntillas que son quienes dicen ser. Cuánta fe.
De la misma manera, el capitalismo actual, ese que está a punto de arrasar nuestro aún joven mundo de derechos y merecido bienestar, se basa en nubes y humo, en un éter fluido que va y viene de un lado para otro, sobrevolando países y continentes. Y uno cree en el éter o no cree en el éter. Esa es la cuestión. Todo es un misterio tan insoluble como el de la Santísima Trinidad. Estás convencido de que el Dios de los Mercados es Uno y Trino, y entonces compras bonos y valores y primas de riesgo y todas esas cosas que yo, al menos, ni siquiera sé lo que son. Es más, ni siquiera sé si existen.
Lo que es a mí, ese Dios arcano no me ha concedido su gracia. A este respecto, no soy más que una atea. Y para los ateos, esa divinidad inmaterial sólo es una especie de gas tóxico, que contamina, envenena y hasta mata. Pero lo bueno de los gases, éteres y demás fluidos, es que acaban disolviéndose. Un día, como por arte de magia, ya no están, ¡bluf!, y lo único que quedan son motitas de polvo invisible…
A estas alturas del año, recién terminadas las vacaciones, a quienes tenemos la obligación de opinar sobre lo que sucede suele costarnos trabajo encontrar un tema. Lo que ocurre a nuestro alrededor, mientras la vida ciudadana vuelve lentamente a su ritmo, no suele resultar demasiado excitante. Pero en este 2011 en el que los políticos, por una vez, no se fueron de vacaciones, los asuntos sobre los cuales reflexionar son tantos, que al menos a mí se me atropellan.
Podría preguntarme, por ejemplo, por qué razón el presidente del Gobierno ha vuelto a cuadrarse en asuntos económicos ante ciertas indicaciones foráneas. Por qué hemos tenido que aguantar durante décadas la idea de que la Constitución es una especie de libro sagrado e intocable y que, de ser reformada, debe hacerse previo referéndum, para que ahora la sometan de urgencia a un cambio inesperado, mientras que asuntos reclamados desde hace tiempo, como la sucesión al trono, la reforma del Senado o la laicidad del Estado, siguen esperando pacientemente que alguien les meta mano.
Podría cuestionar si prolongar los contratos indefinidos y los de prácticas hasta los 30 años servirá para crear empleo. Y por qué es tan fácil tomar medidas que recorten la política social y tan difícil, ay, reformar la fiscalidad para que las grandes fortunas paguen más. Si la derecha que ya gobierna en tantas comunidades seguirá mutilando la educación y la sanidad. O si en esas famosas jornadas del papa no habremos asistido al primer gran acto de rearme de la Iglesia. Demasiadas preguntas para un 1 de septiembre. Las respuestas, en los próximos meses.
El auge de la extrema derecha en Europa en los últimos tiempos empieza a ser un fenómeno seriamente preocupante. En los parlamentos de Finlandia, Suecia, Noruega y Dinamarca, de Holanda y Bélgica, de Francia e Italia, de Austria, Eslovaquia, Hungría y Bulgaria se sientan representantes de partidos xenófobos y ultranacionalistas. Doce países en los que mucha gente ha votado a quienes sostienen ideas atroces, que creíamos superadas tras la barbarie del nazismo y los fascismos.
La matanza de Noruega es una llamada de atención hacia esa realidad aterradora. Un porcentaje nada desdeñable de europeos considera culpables de nuestros problemas a “los otros”, y sobre todo a los musulmanes. No creo que la crisis sea la causante de esa falacia intelectual, pero sí que la autoriza políticamente y le da alas. Conocemos el proceso: la situación de los años veinte en Alemania empujó a buena parte de la población a culpar a los judíos de todos los males. Es repugnantemente fácil buscar chivos expiatorios y hacer recaer sobre ellos la rabia y la frustración.
La izquierda y la derecha moderada no podrán resolver este problema tan sólo a base de rechazo hacia los unos (los ultras) y buenas palabras hacia los otros (los inmigrantes). Es preciso abrir un debate serio sobre los conflictos que genera la inmigración, reales por más que muchos creamos firmemente en las bondades de la multiculturalidad. Cerrar los ojos ante la realidad suele conducir al abismo. Confío en que el horror de Noruega sirva para que los europeos decentes los abran y dejen de dar la espalda a esas cosas feas que no nos gusta mirar cara a cara.
El grupo socialista en el Congreso presentó ayer 99 recomendaciones para combatir el cambio climático. El informe se ha hecho tras haber escuchado a un grupo de expertos que ha hablado a diputados y senadores de ese gravísimo problema e incluye la interesante propuesta de plantear una nueva fiscalidad que grave las emisiones. Dada la fecha en la que el texto ha sido elaborado, dudo mucho que todas esas ideas lleguen a ningún sitio, pues lo más probable es que el ciclón de las próximas elecciones generales se las lleve por delante.
Aun así, me alegro de que los políticos comiencen a ver claro el asunto y a comprender que es preciso endurecer –y mucho– la legislación a ese respecto. Lo curioso es que esos 99 puntos fueron presentados el mismo día en que José Bono le echó la bronca al ministro de Industria por aparecer en el hemiciclo sin corbata. Entre esa regañina y su escrito del 18 de julio, Bono nos ha dado esta semana el perfecto ejemplo de que se puede ser socialista y, a la vez, muy pero que muy conservador.
Hace ya varios años que algunos países, con Japón a la cabeza, tomaron la decisión de que sus políticos y sus funcionarios se pasen el verano descorbatados para facilitar un uso más moderado del aire acondicionado, con la consiguiente reducción de emisiones de CO². Quizá el presidente del Congreso debería atender un poco a esas cuestiones. Y esforzarse por comprender que somos cada vez más los que pensamos que la corbata sólo es un aditamento anticuado y cursi, que nada tiene que ver con la respetabilidad de quien lo porta. Los tiempos cambian, también en lo referente a esas simbólicas nimiedades.
No sé si lo recuerdan, pero hubo un tiempo en el que el presidente Zapatero aparecía públicamente como el adalid de la lucha contra el cambio climático. Entre las muchas ideas y promesas que la crisis se ha llevado por delante, también figura, junto con el recorte de tantos derechos sociales, el respeto al medio ambiente. Las principales organizaciones ecologistas lo pusieron de relieve el pasado lunes: Greenpeace, WWF, Ecologistas en Acción, Amigos de la Tierra y Seo/Bird Life se reunieron para manifestar ante los medios su decepción por la política ambiental del Gobierno en esta segunda legislatura.
El presupuesto destinado a ese objetivo es el que más recortes ha sufrido en estos tiempos, como si la mala situación económica pudiera justificar el abandono del cuidado de nuestro entorno. A la vez, numerosos proyectos despilfarradores e insostenibles han campado por sus respetos en estos años y parecen seguir adelante sin que nada se les oponga: recién terminada la rueda de prensa, se supo que el Ministerio de Medio Ambiente acababa de aprobar la construcción del polémico embalse de Biscarrués en Aragón.
Destinada a los cultivos de regadío de los Monegros, esa presa del río Gállego afectará a una zona de alto interés ecológico. Ni la oposición de los conservacionistas y de buena parte de la población de la zona ni los informes críticos del propio Ministerio de Fomento han podido detener una obra que interesa por razones políticas pero que significa un paso atrás en un camino que muchos creíamos abierto. Por lo que se ve, a río revuelto –y nunca mejor dicho–, ganancia de pescadores.
Parece que Strauss-Kahn saldrá impune del asunto del Sofitel. La camarera ha resultado ser poco fiable: al fin y al cabo, nació en una esquina perdida del mundo, no tiene un título universitario, no viste ropa de marca y, para colmo, mintió a la hora de solicitar sus papeles en Estados Unidos. En resumen, es una mujer pobre que ha tenido que buscarse la vida, y eso la convierte en alguien de palabra dudosa frente a la credibilidad de un tipo poderosísimo, que se codea con la élite del mundo y que ha sido director del organismo capaz de decidir mantener a millones y millones de personas en la pobreza, porque eso es lo que les interesa a los ricos.
Imagino que algo parecido pasará con la reciente denuncia de la periodista Tristane Banon, a la que muchos consideran ya una aprovechada que busca publicidad a costa de lo que sea. Como si no estuviera jugándose su prestigio en este asunto: ¿alguien cree de veras que a las mujeres –salvo casos muy excepcionales– nos apetece ir contando por ahí que hemos pasado por la terrible humillación de ser atacadas sexualmente tan sólo por obtener algún beneficio?
Entretanto, la ONU acaba de denunciar que sólo el 14% de los casos por violación acaban en condena en Europa. En Europa, la tierra de la igualdad. Ni les cuento lo que sucede en otras muchas zonas del mundo, todas aquellas donde la mujer sigue siendo considerada poco más que una vaca. No afirmo que Strauss-Kahn sea culpable. No lo sé. Pero es preocupante comprobar que, al final, la palabra de una mujer que dice haber sido agredida sigue teniendo menos peso que la del hombre que asegura ser víctima de las brujas.