Espero que el juez Ernesto Manzano esté pasando cuando menos algunas noches de insomnio. Ese señor, titular del Juzgado de lo Penal número 6 de Granada, absolvió el día 22 de junio a Juan Heredia de las acusaciones de lesiones y amenazas de muerte contra su ex pareja, Rafaela Rueda. Tan sólo nueve días después, el “inocente” ejecutó a la desdichada mujer en plena calle a golpes de azada. Ustedes ya conocen la historia.
El juez no se creyó lo que la víctima contó en el juicio. Encontró demasiadas “contradicciones e incoherencias” en su declaración (cito palabras de su propia sentencia), como si una persona muerta de miedo tras lo que probablemente fuese mucho tiempo de torturas pudiese elaborar un discurso sosegado. Le pareció que Rafaela se expresaba con “excesiva parquedad y escasísimas pasión y convicción” (quizá haya que aullar y llamar hijo de perra al agresor para que te crean) y consideró que no había pruebas suficientes sobre cómo se habían producido las lesiones que sufría. Así que decidió que lo que quería la mujer era quedarse con la casa en la que vivían.
Puedo imaginar que el juez Manzano es –o era– de los que sostienen que lo de los malos tratos no es para tanto, que la Ley de Violencia de Género es excesiva y que muchas denuncias son falsas. La miserable campaña contra la exageración de las víctimas que algunos –incluidos ciertos jueces– han hecho desde hace tiempo ha calado hondo. Entretanto, los expertos llevan años avisando de que quienes juzguen estos complejísimos casos deben ser personas especialmente preparadas. La falta de sensibilidad provoca tragedias como esta.
Se habla tanto de ellos en estos últimos tiempos, que ya han empezado a parecerme increíblemente sexys. Ya saben que, según afirman los rumores, las mujeres solemos rendirnos ante los poderosos. Y puestos a ser poderosos, en este momento nadie lo es más que los mercados, qué les voy a contar. Así que yo, con la debilidad propia de mi género, siento un extraño cosquilleo en el vientre cuando oigo asegurar que, tranquilamente, sin ningún rubor, son capaces de colocar a un país en lo más alto de la escala o, por el contrario, de rebajarlo por un simple capricho a las ínfimas categorías de la credibilidad y el bienestar. ¡Eso sí que es poderío!
No sé qué pensarán ustedes, pero yo a los mercados me los imagino varones. Como Dios. ¿Alguien concibe al Señor, a Jehová o a Alá con pechos femeninos y una dulce sonrisa maternal? No, el Poder Supremo es hombre. Y yo no tengo la menor duda de que los mercados son unos señores estupendos, de mediana edad (o sea, con la energía de la juventud pero sin la excesiva conciencia que a menudo acompaña a la vejez), que están instalados en las Islas Caimán, por ejemplo.
Los mercados se lo pasan genial, estoy segura. Andan casi siempre descamisados –nada de aburridas corbatas y trajes–, navegan mucho en yate y montan unas fiestas estupendas, con champán y caviar y baños a la luz de la luna. Y, de vez en cuando, miran de reojo la pantalla de su ordenador, aprietan un botón y ¡plaf!, un país entero que se va a hacer gárgaras. ¡Madre mía, qué excitación! Por favor, que alguien me presente a unos mercados, a ver si encuentro de una vez al hombre de mi vida…
Me senté a hacer este artículo pensando en escribir sobre el alcalde de El Ejido, Juan Enciso, que acaba de volver al frente del ayuntamiento tras pagar 300.000 euros de fianza. El tipo llevaba ocho meses en prisión preventiva acusado de malversar 150 millones, pero eso no le ha impedido verse aclamado por un grupo de seguidores a la puerta de la cárcel y, lo peor, volver a sentarse en su poltrona con todas sus prebendas. Me parecía un asunto tan vergonzoso, que quería escandalizarme un poco en compañía de ustedes.
El caso es que, en el momento de empezar, me pillé a mí misma mirando el reloj: la una. Faltan tres horas, pensé. Y de inmediato me di cuenta de que yo también estoy pillada. Y eso que no me interesa el fútbol. Pero es imposible librarse de la excitación. No hay manera de ver la tele, oír la radio, leer la prensa o hablar con los amigos sin que aparezca el tema del Mundial. No existe nada más importante. De hecho, toda esa presión ha conseguido convencerme para que esta tarde me siente a ver el partido.
¿Qué quieren que les diga? Divertirse está muy bien. Suelo apuntarme a cualquier posibilidad de fiesta y esta es sin duda una de ellas. Que nuestra selección gane algunos partidos –y mucho más si triunfa del todo– me parece una buena excusa para juntarme con los amigos y hacernos unas risas. Ahora bien, no dejo de ser consciente de que esto no es más que un juego. Si ganamos el Mundial, la situación económica y política no se arreglará por arte de magia. Y si lo perdemos, no será el fin del mundo. Sólo es un asunto de diversión, por mucho que nos quedemos roncos gritando.
Otra residencia de ancianos clausurada en Sevilla. No sólo no tenían licencia, sino que además maltrataban a los viejitos. Cada vez que ocurre algo de esto –demasiado a menudo–, no puedo evitar estremecerme ante la aterradora capacidad para la crueldad que tenemos los seres humanos: violencia contra los niños, las mujeres, los disminuidos, los ancianos, los pobres, los vencidos en las guerras. No es sólo un problema de indiferencia moral. Es también un asunto de desalmada satisfacción personal: hay quien disfruta machacando a quienes no pueden defenderse, como si esa perversión les hiciera sentirse poderosos.
Pero estos asuntos de las residencias tienen una segunda parte: ahora aparecerán los familiares lamentándose y afirmando en voz muy alta que no sabían nada… Me resulta difícil creerme esa ignorancia. He tenido a dos personas cercanas ingresadas en lugares de ese tipo, y toda la familia sabíamos a diario cómo eran tratadas y cómo se sentían. Basta con fijarse en cada visita en el estado de las instalaciones, con detenerse a observar el aspecto de tu ser querido y de los demás, con fijarse en el trato de los cuidadores y, por supuesto, con preguntarles, al menos a los que aún pueden expresarse, qué tal va todo. No es tan difícil.
Pero supongo que para muchos es más cómodo abandonar allí los trastos viejos, meter la cabeza bajo tierra y hacer como que no ven lo que está ocurriendo. ¡Con la lata que dan y lo que cuestan las residencias, no van encima a preocuparse por si están bien! Y suerte que no los abandonan en mitad de las carreteras, como a los perros. Total, para lo que sirven…
Leo en la prensa de ayer que el colegio concertado Nuestra Señora de la Merced de Madrid ha sido denunciado en varias ocasiones por ejercer represalias sobre los alumnos que no pagan las cuotas voluntarias. A uno le negaron las notas a final de curso, a otro el derecho al seguro médico, etc. Lo de las cuotas voluntarias de los concertados tiene miga: se supone que su enseñanza es subvencionada por el Estado y que, por lo tanto, debe ser totalmente gratuita. Pero lo cierto es que eso no siempre ocurre.
A una buena amiga mía, cuando quiso matricular a su hijo en un afamado colegio religioso del centro de Madrid, le hicieron saber que existía una de esas cuotas –nada barata, por cierto– a cambio de una hora extra a la semana de Matemáticas y ciertas facilidades para practicar deportes. Por supuesto no era obligatoria, le dijo el director, pero si no la pagaba, los compañeros de su hijo iban a saberlo y quizá lo marginarían… Sutil y clasista amenaza.
Sé que cosas así ocurren en muchos de esos colegios –en su mayor parte confesionales– que se benefician de las subvenciones en función de un sistema que sólo existe en nuestro país. En el resto de Europa, las escuelas son públicas o privadas. Sólo en el caso de pertenecer a una fe religiosa pueden ser subvencionadas, pero no por las administraciones sino por las propias iglesias. Lo lógico. La perversión de nuestro sistema de concertaciones es evidente: en algunas comunidades, se apoya con nuestro dinero incluso a colegios segregados por sexos. Pero me temo que ningún gobierno, ni de izquierdas ni de derechas, le meterá mano a esa mancha en siglos.
Me desayuné ayer con otra mala noticia que encuentro en letra pequeña en algunos periódicos: la secretaria general de Empleo, Maravillas Rojo, anunció el martes que queda en el aire la posibilidad de que a partir de agosto se prorrogue la ayuda de 426 euros a los parados que han agotado el desempleo. Perfecto: un nuevo palo –si es que finalmente se anulan esas prestaciones– contra los más débiles.
Desde hace unos días, desde que el presidente anunció sus medidas para paliar el déficit, ya casi nada de lo que pueda ocurrir en ese sentido nos sorprende, aunque nos deje desolados. Algunos optimistas creímos hace un par de años, cuando todo esto empezó, que tal vez la crisis fuera una buena oportunidad para cambiar de una vez por todas el modelo económico. El sistema capitalista y neoliberal parecía a punto de devorarse a sí mismo, como los buenos monstruos. Pensábamos que su grave enfermedad podía ofrecernos la oportunidad de establecer de una vez por todas un mundo más justo.
Pero los recientes acontecimientos económicos y las tristes decisiones políticas consecuentes nos han demostrado que estábamos equivocados. El monstruo se resiste no sólo a su extinción, sino a la menor amputación. Es más, parece estar incluso reforzándose. No creo que dos años atrás ningún gobernante se hubiera atrevido a tomar las medidas que acaba de tomar Zapatero, y que se han limitado a pegar una patada a los más desprotegidos. Una más en los largos siglos de historia de tremendas desigualdades. Al final, como siempre, la crisis acabará sirviendo para que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. Otra oportunidad perdida.
Acabo de pasar un rato en compañía de Judith Torrea. Judith, que recibió hace dos días el Premio Ortega y Gasset de Periodismo, vive desde hace años en Ciudad Juárez y mantiene un blog (Ciudad Juárez, en la sombra del narcotráfico) en el que se atreve a decir lo que muchos periodistas mexicanos callan, por miedo o por dinero.
Con más de 200 asesinatos al mes, Ciudad Juárez es el lugar más violento del mundo. La teoría oficial es que se trata de una lucha entre dos cárteles rivales que intentan controlar el paso más importante de cocaína hacia Estados Unidos. Pero Judith Torrea va mucho más allá: el índice de asesinatos ha crecido de manera demencial desde que el presidente Calderón envió al ejército a “controlar” la situación. La mayor parte de las víctimas son gente normal, no delincuentes, que se unen a los miles de mujeres torturadas, violadas y asesinadas impunemente desde los años noventa.
Judith culpa de lo que está sucediendo no sólo a las mafias, sino también a todas las autoridades: Gobierno federal y estatal, corporación municipal, policía y ejército, jueces y fiscales. Nadie hace nada. O, aún peor, muchos se dejan sobornar por los enormes beneficios de la coca. Y los que hablan, son ejecutados. A ella, una mujer valiente que dignifica la profesión de periodista, le preocupan ahora especialmente los huérfanos, los 10.000 niños sin padres que ha dejado la violencia. Va a donar una parte de su premio para que sean cuidados. Ustedes también pueden hacerlo a través de la página www.casa-amiga.org. Si ya no hay presente para Ciudad Juárez, intentemos al menos que haya un futuro decente.
La semana pasada reconocí mis dudas sobre la prohibición del velo en la escuela española. Por lo que he visto estos días, debo de ser una de las pocas personas que no tiene certezas a ese respecto y que aspira a que se abra un debate riguroso sobre el tema. La mayor parte de los tertulianos, periodistas, políticos, profesores y hasta curas que han expresado últimamente su opinión parecen tenerlo clarísimo. Tan sólo he oído palabras moderadas a los ministros de Educación y de Igualdad. Los demás afirman o niegan rotundamente, claman al cielo o a la libertad y hasta pegan gritos y se insultan, por lo que he podido ver en algún debate televisivo, seguros de estar en posesión de la verdad.
Y, sin embargo, el asunto es tan complejo que ni siquiera los propios musulmanes se ponen de acuerdo. Mientras unas corrientes islámicas aseguran que el Corán obliga a las mujeres a cubrirse –lo que convertiría el velo en símbolo de sumisión–, otras están convencidas de que solamente lo recomienda (disensiones que ocurren a menudo en el islam, según las diversas interpretaciones que unos y otros hagan de su libro sagrado). Las propias feministas procedentes de esa cultura, unidas frente a otras formas extremas del velo, están divididas respecto al hiyab.
Padres que exigen a sus hijas que se tapen, obispos que piden libertad, ultraconservadores que se han vuelto de pronto feministas, progresistas que niegan ciertas formas de patriarcado, institutos que cambian sus meditadas normas en urgentes reuniones nocturnas… Me temo que, como tantas veces, estamos armando un follón sin tener ni idea.
A pesar de mi compromiso de echarle un vistazo al mundo cada jueves desde esta sección, confieso que no tengo opiniones firmes sobre todo lo que sucede. Algunos asuntos me suscitan infinidad de dudas para las que no siempre acabo encontrando respuestas. El tema de la prohibición o no del velo islámico en las escuelas es uno de ellos.
Obviamente, estoy en contra del uso del hiyab, y no digamos de sus formas más extremas, el niqab, el chador o el terrible burka. Me indigna que las mujeres se vean obligadas a esconderse para evitar ser objeto de deseo. Y me da lástima comprobar que muchas de ellas se someten a esa negación de su propio ser voluntariamente (si es que no están movidas por la presión y el miedo). Mucho más preocupante me parece aún en el caso de las adolescentes.
Francia resolvió el problema hace años prohibiendo cualquier símbolo religioso en las escuelas, desde el velo hasta la medallita de la Virgen. Ahora bien, el Estado francés es estrictamente laico desde finales del siglo XVIII, y su sistema educativo se atiene a ese principio republicano. Allí nunca se ha visto un crucifijo colgando de la pared de un aula, nunca se ha rezado antes de las clases, ni siquiera se concibe esa rareza que son los colegios religiosos concertados: los escasos centros confesionales son privados o subvencionados por sus propias iglesias. Evidentemente, aquí no podemos presumir de lo mismo. En una sociedad donde las tradiciones y los signos católicos imperan por doquier, incluidas multitud de escuelas, ¿estamos legitimados para prohibirle a alguien que exhiba los suyos? Dejo la pregunta en el aire.
No sé si el juez Garzón es tan “bueno” como muchos afirman en estos momentos. Lo cierto es que en numerosos ambientes jurídicos, incluso de izquierdas, goza de mala fama por su manera de instruir y su excesivo protagonismo. Y que la forma como manejó el asunto del GAL tras abandonar el Gobierno de Felipe González (¿y, por cierto, quién le manda a un juez entrar en un Gobierno?) dejó numerosos damnificados en el bando socialista. También es cierto que, de probarse que archivó una querella contra el Banco de Santander previa financiación de un curso, la cosa podría ser grave. Y algunos –no todos de derechas– afirman que el caso de las escuchas a los abogados del Gürtel lo es aún más.
Eso me cuentan al menos ciertas personas informadas. Y me tengo que callar, porque ignoro si tienen razón. Pero es difícil mantenerse en silencio respecto al proceso que instruye contra él el magistrado Luciano Varela (de tendencias progresistas, hay que recordarlo). Indigna pensar que la justicia pueda dar la razón a dos grupos que son herederos ideológicos de quienes se levantaron en armas contra un Gobierno constitucional, de quienes fueron responsables de una Guerra Civil y una represión que se cobró decenas de miles de víctimas.
Las leyes son como son, me dicen mis amigos juristas, y los jueces se limitan a aplicarlas. Eso es lo que, según ellos, está haciendo Varela. Y yo les respondo que sí, pero que también las interpretan (a veces de manera bien absurda). Y, por lo que se ve, las interpretaciones sobre todo lo que se refiera al franquismo siguen dejando mucho que desear, aunque el juez de turno sea de izquierdas. Presuntamente.