Por Dinero
Susana R. Arenes
Los problemas se agravan en Marsans, pero, como suele suceder en el siempre asimétrico mundo empresarial, las dificultades de la compañía las sufren, sobre todo, sus trabajadores, no sus accionistas. Como en un déjà vu, el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, y su socio y uno de los vicepresidentes de la patronal, Gonzalo Pascual, parecen repetir los errores que cometieron con Air Comet, a la que dejaron morir. Como retrasar los pagos de las nóminas de sus 4.000 empleados, que son los que hacen posible que la actividad continúe. Díaz Ferrán ya admitió en su día que prefería pagar antes el queroseno de la aerolínea que a su personal.
Aun en el caso de que Gonzalo Pascual dijera en broma a los sindicatos que estaba “dispuesto a vender Marsans por un euro”, la frase (que no ha desmentido) no deja de ser sangrante. Los 4.000 profesionales que trabajan y que han hecho posible que la empresa se convirtiera en una de las principales agencias del país no merecen un valor tan ínfimo. Ni siquiera en sentido figurado.
Caer en lo mismo
Ante la situación crítica de Marsans, sería deseable que los dos empresarios no cayeran otra vez en cada una de las anteriores equivocaciones. Ahora vuelven a pedir ayuda al Gobierno (como hicieron con Air Comet) para salvar lo que sí es de verdad la joya del grupo, porque ha sido una empresa saneada, pese a su deuda, que ingresa más de 700 millones y con un patrimonio neto (el colchón de dinero real) de 77 millones de euros. El problema es que dio préstamos y avales de 400 millones a Air Comet que han quedado en el aire.
Como dice UGT, Díaz Ferrán y Pascual “han perdido su credibilidad financiera e institucional”. Pero no parece una razón objetiva y suficiente para que sus empleados se queden en la calle.
Por Dinero
SUSANA R. ARENES
Le debemos a Miguel Delibes que, una vez más, nos ha dado una guía para distinguir las cosas importantes de las urgentes. Su fallecimiento, el hueco enorme que deja en la literatura, en el periodismo y en las siempre olvidadas tierras de Castilla y León, ha logrado desplazar a las diatribas políticas y a la crisis de las portadas de los periódicos.
Cosas así le reconcilian a una con la especie humana. Porque se cae en la cuenta de que para todo tenemos un rasero numérico, una necesidad de cuantificar cada circunstancia, y no sólo los que nos dedicamos a esto tan obtuso de la economía. Cuánto pesa, cuánto vale son la clave.
Le hubiera gustado oír a don Miguel que el legado que nos deja no sólo es inconmensurable en el plano de las Letras, con mayúscula, sino también determinante en lo económico. Su extensa obra tiene parte de responsabilidad en los 3.000 millones de euros que mueve el sector editorial al año, que emplea a unas 15.000 personas.
“Experimentar el experimento”
Pero la mayor huella socioeconómica queda en su tierra. Luchó como director de El Norte de Castilla contra la censura de Fraga para mostrar las necesidades de los crudos pueblos castellanos en los años cincuenta y sesenta a través de aquel suplemento denominado “Ancha es Castilla”. La autoridad se lo tomó como un agravio a lo que llamaba su “experimento” y “parece que no se podía experimentar ese experimento” y contarlo, según relató el propio Delibes en una entrevista.
Tuvo que dimitir de su cargo. Pero ya había logrado fraguar una concienciación sobre el problema de la despoblación y la falta de apoyo al campo que tanto sustento económico ha dado y da a esta comunidad autónoma.
Luego siguió esa tarea con sus novelas. Denunciar en ellas injusticias sociales era más fácil “porque la literatura tenía un tamiz de censura más amplio que el de los periódicos”, argumentó.
Para solucionar un problema, primero hay que diagnosticarlo. Y a ello contribuyó de manera notable el maestro del castellano conciso.
Sin quererlo, además, con su última novela, Delibes ha generado una iniciativa que sigue rentando a su ciudad natal: la ruta turística del Hereje, creada en 1998. Aunque ésta sólo hubiera atraído a una décima parte de todos los turistas que han pernoctado en Valladolid en los últimos doce años, los vallisoletanos le deberíamos al autor nada menos que 67 millones de euros. Más de lo que ingresará el Ayuntamiento de esta localidad en todo este ejercicio por impuestos indirectos y tasas. Pero eso sólo es dinero.