El pacto de Babel

19 feb 2010
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El debate parlamentario del pasado miércoles abrió la vía a un entendimiento de la mayoría de las fuerzas políticas para hacer frente común contra la crisis. Pero la necesidad de sumar esfuerzos y construir un consenso choca con la hostilidad irreductible del PP, el principal partido de la oposición, a cualquier acuerdo.

Al Congreso acudió el presidente del Gobierno en su peor momento de confianza y respaldo en las encuestas, y salió reforzado por su empeño en buscar una salida responsable a la situación económica que sufre el país. El líder conservador llegó afianzado en el desgaste de su rival, que le promete réditos electorales, para insistir en el discurso del desastre.

No se sabe por qué, Rajoy, que cerró el camino a cualquier pacto, impuso exigencias: más recorte del gasto, negativa a cualquier subida de impuestos y nada de nada sobre despidos o empleo para no pillarse los dedos. Fundamentó su rechazo a los acuerdos en un silogismo que más parece un galimatías: “No puedo hacerme corresponsable (…), yo sería un irresponsable”. Y expresó sus aspiraciones con una confesión de impotencia: “Si yo tuviera los votos, usted no estaría ahí”. Sabia reflexión de los peros que tiene una democracia.

El peor momento del líder del PP fue cuando se atrevió a pedir los votos del PSOE para desalojar a Zapatero y escurrirse después cuando su rival le retó a presentar una moción de censura. Para lograr la Presidencia del Gobierno sin pasar por las urnas hay que lograr los votos de la mayoría tras defender en el Congreso un programa concreto.

Zapatero se atrajo el sentir de la mayoría con su propuesta de negociar pactos para la creación de empleo, el recorte del gasto público, la reforma financiera y cambios en el modelo de crecimiento. En paralelo a esta negociación política, se seguirá avanzando en la reforma laboral, el pacto sobre el nuevo modelo educativo y la reforma del sistema de pensiones. La Ley de Economía Sostenible sigue semivarada en los despachos.
La disposición de la mayoría de los grupos políticos a sentarse a dialogar supone un triunfo del Gobierno y un mensaje moral, destinado a los ciudadanos, de unidad frente a los problemas. Pero, aunque el presidente admitió en el debate estar dispuesto a corregir errores, “si los hubiera”, las bases de la negociación llevan impuestos dos condicionantes de la política a la que el Gobierno no está dispuesto a renunciar: se mantendrán los incentivos públicos a la actividad económica y no se recortarán las ayudas sociales.

Los diferentes lenguajes políticos del PSOE y los nacionalistas pueden minimizar el pacto. También puede producirse el no de IU-ICV si percibe una deriva hacia la derecha. Sin embargo, la ausencia del PP de las negociaciones limitaría el alcance del consenso a la actual política de acuerdos de geometría variable que ha desplegado Zapatero en los últimos seis años.

La política española vive en campaña permanente aunque aún no se ha alcanzado el ecuador de la legislatura. Faltan dos años para las elecciones generales, y en ese periodo pueden suceder muchas cosas. Nadie ha sido capaz de diagnosticar la profundidad de la crisis, pero tampoco hay quien dé por imposible que se inicie una recuperación y que 2011 sea un año de creación de empleo.

Este escenario es el peor para un Rajoy abonado a la teoría del desastre. Con tal política parece estar cosechando votos o, más exactamente, situándose por encima de Zapatero en las encuestas. Ese discurso catastrofista es un lema del partido, como lo demostró el portavoz económico del PP, Cristóbal Montoro, al proclamar sin rubor en la televisión pública que “los bancos españoles están en la ruina”.
Pese a esa posición destructiva, va a resultar muy difícil para Mariano Rajoy dejar la silla vacía en la comisión creada para negociar los pactos, aunque sólo sea para provocar la destrucción de la proyectada torre de los acuerdos. En el PP empiezan a surgir voces discrepantes de que la consigna del “todo se hunde” sea eficaz como exclusivo banderín de enganche electoral.

A buena parte de la sociedad no hay que pedirle sacrificios, porque ya los está realizando. Lo que los ciudadanos necesitan no es sólo conocer la verdad, sino soluciones a los problemas y un ápice de esperanza. Y en esa tarea tiene también que comprometerse el partido que aspira a gobernar, no sea que los votantes acaben por apreciar que sólo le interesa llegar al poder, al precio que sea.

Plan de ajuste duro con un Gobierno en el aire

05 feb 2010
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El martes de la semana pasada el Gobierno anunció por sorpresa un plan de ajuste duro para contener el déficit público desbocado y convencer a los mercados de que España es un país solvente.

Hasta ahora, la política seguida contra la crisis se ha centrado en aumentar las ayudas a los parados, sostener el sistema bancario y estirar el gasto público en planes para impulsar la actividad. El giro desde una política de vocación expansiva a un plan de recorte del gasto para reducir el déficit del 11,4% en 2009 al 3% en 2013 fue explicado por la Moncloa como “el eje para recomponer la economía y salvar la legislatura”.

El plan de ajuste, adobado con una propuesta para reformar las pensiones –un debate venenoso para cualquier Gobierno si no hay consenso– y una aún inconcreta reforma laboral, fue presentado como el arma para sanear la economía. Aunque pronto se supo que este plan apresurado es una respuesta de urgencia a las exigencias planteadas por la UE, el presidente Zapatero acudió con este equipaje al Foro de Davos para asegurar ante la crema de los negocios mundiales que España es un país capaz de hacer frente a sus compromisos. Lo hizo al lado de los mandatarios de Letonia y Grecia, dos países marcados con la cruz de riesgo por los mercados. El primer ministro irlandés rechazó participar en esa mesa para no verse contaminado. “Fue un fallo clamoroso del servicio de Protocolo de Moncloa”, dicen fuentes cercanas al presidente.

Muchos empresarios se quejan de que ningún político español esté vendiendo fuera la imagen de España como destino de inversión. Las autoridades se pasaron todo 2009 asegurando que el sistema bancario español estaba sano, pero ahora asistimos a una profunda reestructuración del sector financiero. Roto el cauce del crédito fácil, bancos y cajas tienen comprometidos sólo en el sector inmobiliario 380.000 millones respaldados por activos depreciados o terrenos sin recalificar.

Para contener la tasa de morosidad renuevan deudas y no pueden apenas prestar porque carecen de margen de solvencia. “A final de año más de 20 cajas y puede que algún banco registrarán pérdidas. Se han comido las provisiones y algunas también el fondo anticíclico”, sostienen fuentes bancarias.

Pero el mal que aqueja a la economía no es sólo financiero, porque la crisis se ha trasladado desde hace un año a la industria y otros sectores. Incluso los países que han iniciado la recuperación, como EEUU, Alemania o Francia, no son capaces de atajar el desempleo. Las empresas están llevando a cabo un doble reajuste: de empleo y costes salariales.

En España, dice el Gobierno, la crisis ha tocado fondo, pero hemos superado ya la barrera insoportable de cuatro millones de parados y aún no hay ningún atisbo de creación de puestos de trabajo. Descolgado de la recuperación, nuestro país afronta un problema mayor dentro de la zona euro. Así las cosas, las medidas que ahora se bosquejan son un mero anticipo de las reformas pendientes.

El Gobierno ha elegido la estrategia de provocar un debate entre los partidos, convencido de que el mejor valor moral y solidario de sus propuestas le dará un plus de aceptación social. Pero se equivoca al esperar un cierto grado de acuerdo con el PP en la solución de los problemas. Rajoy no va a aceptar un pacto mientras siga por delante en las encuestas.

Engullido por la táctica del sondeo a base de propuestas de ida y vuelta, el Gobierno aparenta ser un equipo descoordinado, que emite mensajes confusos o contradictorios. En esta situación no resulta raro escuchar en privado a algunos ministros la necesidad de un cambio profundo del Gobierno para julio, después de la presidencia europea. Alguno va más lejos al explicar el desconcierto como “la vuelta de la vieja guardia”, esa cultura del PSOE que renace transmitida por corrientes siempre en tiempos difíciles.

En esta legislatura, Zapatero perdió un año en tomar la decisión de remodelar su equipo para afrontar la crisis. Y está a punto de agotar otro en la táctica estéril de probaturas y ensayos. En el punto en que estamos, la sociedad no espera debates ni quiere ya propuestas, necesita soluciones.

El líder del PSOE tiene que dejar de arbitrar y emplear los dos años que le quedan de mandato en dirigir con mano firme un equipo cohesionado con voluntad de dar batalla a la crisis. Aunque en ese empeño le suceda lo que a Churchill, que ganó la guerra pero perdió las elecciones.