Dominio público

Opinión a fondo

¿Recuperación? Que no nos den gato por liebre

27 Jun 2014
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Fernando Luengo
Miembro del Círculo 3E de Podemos y de la asociación econoNuestra

El mantra oficial: estamos saliendo de la crisis y los indicadores económicos así lo demuestran. La objeción –leve, de baja intensidad- que a menudo se escucha: sí, es verdad, los agregados macro revelan una mejoría, aunque no tan significativa como lo sugerido por los voceros del gobierno. En ese punto, asistimos a un fuego cruzado de datos, en un caso para confirmar la recuperación y en otro para matizarla. Un desencuentro -algo banal, algo trucado- que no debe ni puede ocultar lo fundamental: la economía y la sociedad española se encuentran atrapadas en una crisis profunda y de largo recorrido.

¿La información estadística disponible confirma este diagnóstico, realista más que pesimista? En efecto, esta es la conclusión que se desprende de una lectura atenta y cuidadosa de los datos proporcionados por Eurostat. El cuadro que el lector puede encontrar al final del texto, referido a nuestra economía y al periodo 2010-2013, me servirá de apoyo para destacar algunas ideas esenciales que, lejos del optimismo imperante, nos sitúa en un escenario de crisis estructural.

Uno de los indicadores más profusamente utilizados por los economistas es la productividad del trabajo (Y’); su crecimiento sería la “prueba del algodón” de que las cosas están cambiando a mejor, pues entre 2010 y 2013 ha aumentado en un 8%. ¿Cómo debemos interpretar ese teórico avance? Téngase en cuenta que este índice relaciona el Producto Interior Bruto (PIB) (en el numerador) y el empleo (en el denominador). Ambas variables han retrocedido, pero la caída del empleo ha sido superior a la del producto, con el resultado de que en estos años ha “mejorado” la productividad.

¿Somos más productivos? En absoluto, simplemente asistimos a un espejismo estadístico del que no cabe sentirse satisfecho. Digámoslo alto y claro: en gran medida, los progresos en la productividad se alimentan de la destrucción de puestos de trabajo. Con el añadido, para más inri, de que la productividad de las empresas aumenta, asimismo, debido a la sobreexplotación de los trabajadores, como consecuencia de la aplicación de jornadas laborales más largas y ritmos de trabajo más intensos.

Otro de los indicadores que se saca a pasear como prueba inequívoca de que la economía está en el buen camino son los Costes Laborales Unitarios (CLU): en el período de referencia se habrían recortado un 5,5%. Se concluye de esta evolución que nuestra economía ha ganado competitividad. Pero preguntémonos de nuevo qué revela, o mejor qué oculta, la evolución de los CLU. Este indicador relaciona el salario medio por trabajador expresado en términos nominales (en el numerador) y la productividad real del trabajo (en el denominador). Al aumento de Y’ –como acabamos de ver, fruto sobre todo de la pérdida de empleo- hay que añadir el virtual estancamiento de las retribuciones de los trabajadores, que han visto cómo se erosionaba su capacidad adquisitiva. De hecho, entre 2010 y 2013 el peso de los salarios en la renta nacional ha pasado del 56,4% al 52%. Claro, los CLU se han reducido, pero no nos equivoquemos –y, sobre todo, que no nos equivoquen-, esa evolución lejos de representar un avance es el resultado de una intensa degradación salarial y ocupacional. La consolidación de una economía sana y decente no puede descansar sobre estos pilares.

Entretanto, los beneficios empresariales se han recuperado: el excedente bruto de explotación, en porcentaje del PIB, ha transitado desde el 20,5% hasta el 21,9%. Se nos ha repetido hasta la saciedad que la reactivación de la actividad inversora dependía de que mejorase la rentabilidad empresarial. Pero también en este sentido los datos son tozudos, pues la inversión, medida por la Formación Bruta de Capital Fijo a precios corrientes, ha continuado en caída libre: en 2013 era veinte puntos porcentuales inferior a los registros obtenidos en 2010.

En resumen, ni somos más productivos ni ha progresado nuestra competitividad. Eso no quita, sin embargo, que algunos grupos estén aprovechando la oportunidad que les brinda la crisis, haciendo caja con la precarización de las relaciones laborales y la intensificación de la explotación de la fuerza de trabajo. Pero no se trata sólo de ganancias para una minoría y empobrecimiento para la mayoría. También significa una apuesta por un capitalismo extractivo que ha llegado para quedarse, alimentado en una cultura económica conservadora y depredadora.

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