Dominio público

Opinión a fondo

Sexo y pánico en la izquierda. De la política pop a Ganemos España

01 Sep 2014
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Tasio Oliver
Ejecutiva Federal de Izquierda Unida e Izquierda Abierta

Esto va de cultura pop. No negaré que siento cierto estupor cuando leo, o escucho, dentro del mismo relato político, los sintagmas ‘Juego de Tronos’ y “necesaria finitud de la Cultura de la Transición”. Un vendaval de contradicciones sacude mi convencional y analítica mente, mientras una corriente de frío sudor recorre perlada mi sien: algo parecido a mezclar aguafuerte con bolitas de papel de aluminio en una botella cerrada de plástico. Una botella de pánico.

Demasiado fácil, pienso; sigo pensando: sí es efectista, y simpático, pero, ¿real?; concluyo que es mejor que ver crecer la yerba, como quizás hacen otros, pero que se parece bastante a oír correr el agua: un agradable y líquido susurro; finalmente me vuelco en una inusitada auto-censura: será que como flores, será que no me gusta el pop, será que soy muy lento.

Los partidos no han sido ágiles, y bastante más honestos consigo mismos y su historia, y por lo tanto también con sus vicios, que con las exigencias y necesidades de la sociedad. Han sido endogámicos y no han conseguido confluir lo suficiente: socialmente, no inter-siglas; han primado nombres, unos cuántos, cuando no apellidos, unos pocos, sobre procesos de apertura y participación, por lo que tampoco se han abierto a la sociedad; así que las izquierdas alternativas, pero no adolescentes, de cierto recorrido, integridad, honestidad, y, aunque con contradicciones, no aficionadas a la política pop, han sido confundidas con parte del problema, con parte del paisaje, con parte del elenco de actores “sistémicos”. Diferentes, pero iguales. ¿Qué fue de baby Jane?

Hablo en tercera persona porque no asumo ninguno de esos roles; voté lo que voté, pedimos lo que pedimos; acarreamos la culpa virginal, pero no participamos del enroque. No pasa nada y de sabios es aprender.

Las extrañas compañías de viaje en algunas autonomías tampoco han ayudado mucho; y unas nomenclatura, estética y líneas argumentales más difíciles de digerir para la mayoría de la población que un enorme saco de mierda seca, han terminado de cuadrar el círculo y convertido el sorpasso en sorpresa (combatimos la troika neoliberal imperialista bla bla bla).

Sorpresa sobre todo para la izquierda, ya hinchada de opinar sobre sí misma y sus interminables vericuetos; pero también sorpresa y toque de atención para el stablishment de poder, que hace sus deberes de maquillaje regeneracionista concienzudamente y a toda máquina; y sorpresa añadida para muchos de nosotros, por la suerte de ruedo mediático desenfrenado y no falto de interés, desde el punto de vista del tedio y la superficialidad políticas, que ha desatado el 25M.

El 25M, que estaba destinado a ser nuestro San Valentín, se convirtió en una especie de Halloween.

La izquierda lleva nadando dos meses entre aquellos que tienen la incierta sensación de que algo, inconcreto pero interesante, ha sacudido los cimientos políticos del Sistema Establecido (como algunos ya teorizamos que era posible), y otros que vemos que, lejos de que nada se haya movido estructuralmente, es el Sistema Establecido el que está culminando, paso a paso, su propio proceso constituyente, obviamente de carácter regresivo, antisocial y también convenientemente maquillado (atendiendo a esa enseñanza asumida de que el cambio, también gatopardiano, conllevará necesariamente una línea discursiva generacional). Aquellos maravillosos años.

¿Cómo pasar de la política pop a ganar España? Deberes de la izquierda.

Lo primero debería ser liberarse de taras sico-políticas heredadas y cuyo sufrimiento de sobra conocemos desde la izquierda: el objetivo es que la hegemonía cultural gramsciana se convierta en social y mayoritaria, y no en un simple anatema entre las izquierdas.

Olvidemos pues el liquidacionismo de siglas (nadie sobra) así como el patriotismo desmedido y a toda costa de ellas (nuestra salud mental se beneficiará encontrando ese “mesotés” aristotélico, término medio, tan necesario y escaso hoy día); fuera el “frentismo” facilón inter-pares (casta, caspa, costra… a los que lo sean de veras); el etnocentrismo político o los traumas post-militancia, sacados de este contexto, son insanos, al cajón con ellos; y los complejos de culpa, de aquellos que ya somos, hemos estado, y currado, no hacen falta, no hay motivos (muchos hemos sido sufridos concejales en minoría absoluta en nuestros pueblitos, desarrollando una encomiable y digna labor durante años… ¿hay que renunciar a ese tremendo bagaje?). No me digas que fue un sueño.

Y luego cinco claves aplicables según el contexto territorial, pero esenciales:

1. El otro día leí a uno de esos pilares políticos de la izquierda de hoy, por coherencia y trayectoria (sí, tiene raíces, y es enorme) que “nada es peor que la falta de convicciones o el tacticismo en estos momentos”; y lo suscribo. Estamos perdidos si no creemos que es posible Ganar España desde la izquierda, y estamos muertos si actuamos mirando el ombligo propio, de nuevo y el que sea, sin atender a las urgencias y exigencias sociales.

2. Debemos ser ágiles. Para tumbar al “sistema de los poderosos” las próximas elecciones municipales y autonómicas (sobre todo estas últimas), serán clave, pues pueden abrir la puerta de ese cambio en grandes ciudades y autonomías, que son el refugio del Alí-Babá del bipartidismo y sesgarán además discursos vacuos y no troncales, como el nacionalista sin más. La gente no entenderá a aquellos que se pongan de perfil en las próximas elecciones. No vale no querer arremangarse en los Ayuntamientos.

3. La anacronía se hace fuerte más pronto que tarde y las estructuras sufren de un inmovilismo patológico, así que el caballo de la democracia participada, dentro y fuera de las organizaciones, y de la regeneración democrática, radical, transversal y profunda, hay que montarlo. No más partidos como los partidos que no han sabido responder, para no reproducir instituciones como las instituciones que estamos sufriendo. Está claro que el bipartidismo, algunas instituciones del Estado y las derechas nacionalistas, están podridas en muchas de sus ramas y que esta senda les será difícil andarla.

4. La confluencia política y social en torno a plataformas colaborativas, programas participados horizontalmente y candidaturas de confluencia político y social, es irrenunciable. La gente tampoco entenderá a aquellos que desde la izquierda no intentemos crear frentes amplios, mestizos y democráticos. Es el momento.

5. Por último: trabajo. Debemos definir el proyecto de nuevo país y de nueva sociedad que proponemos, desde abajo y entre todos/as, porque éste no vendrá desde Invernalia ni aparecerá de entre las hojas de ‘El Capital’. Dejar atrás la política pop de grueso trazo y estribillo pegadizo. Un programa de mínimos que sean máximos, porque afecte a las necesidades, ansias y deseos del 90% de la población, y que surja de un proceso participado y absolutamente “permeado” por la sociedad, por la ciudadanía.

Luego de hincharse por la reacción entre el aguafuerte y el aluminio, la botella cerrada explota con mucho ruido y humo pero poca furia y efecto. Pues bien, yo creo que la insurrección que viene será pacífica, espontánea, extensa e invisible: un susurro demócrata de justicia social que derribará al régimen puerta a puerta, casa a casa, y que abrirá un nuevo tiempo de esperanza. Y que será irreversible, como lo son todas las cosas atadas al tiempo.

“El tiempo sólo ama a aquellos que ha engendrado: a sus hijos, a sus héroes, a sus trabajadores”… que escribió Grossman en ‘Vida y destino’. Y no, no he escrito de sexo. Simplemente era un reclamo, bastante pop, para llamar la atención.


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