Dominio público

Opinión a fondo

El Papa y la extrema derecha

23 Mar 2009
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 NICOLE THIBON

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Para el común de los mortales poco interesados en los vaivenes de la Iglesia católica, todo empieza por un asunto de bonitos zapatos rojos: el Papa troca el uniforme habitual de sus predecesores por un elegante atuendo inmaculado combinado con unos mocasines resplandecientes.
Luego viene la misa en latín, de espaldas al pueblo, la exaltación del dogma, de la tradición. El Papa anuncia su voluntad de beatificar a Pío XII
“que ayudó a los judíos en silencio…”. Luego, las declaraciones contra los homosexuales y su exclusión de los seminarios; aprueba la excomunión de la madre y los médicos que hacen abortar a una niña de 9 años violada por su padrastro; y ahora, en Camerún, Benedicto XVI pone en duda la utilidad y eficacia del preservativo contra el sida en un continente con 22 millones de enfermos al mismo tiempo que un par de periodistas publican una investigación sobre el racismo contra curas y monjas negras en el Vaticano; un periódico camerunés se pregunta: “¿Vive el Papa en el siglo XXI?”.
“Es un auténtico combate que pretende librar Benedicto XVI contra el relativismo y la secularización”, escribe Christian Terras en la revista católica Golias. “El Concilio habrá sido simplemente un lamentable paréntesis… Benedicto XVI encarna el fondo intransigente de la Iglesia católica, siempre listo para resurgir”. Según este analista, es como si el Papa procediera mediante leves toques, un día la misa, otro los homosexuales… Porque no es sólo la Iglesia lo que Joseph Ratzinger quiere reformar, sino la sociedad.

Este lento trabajo había comenzado bajo Juan Pablo II. Ya desde su cargo de prefecto de la Congregación por la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger boicoteaba los encuentros internacionales de Asís, excomulgaba a los adeptos a la teología de la Liberación en América Latina, metía en el Índice a más de mil teólogos y condenaba personalmente a 148 de ellos; alentaba al Opus Dei y su arraigo –con el apoyo enérgico del español Julián Herranz desde el Vaticano– y el de los lefebvristas de Suecia a Europa oriental.
Mezclando religión y política, Ratzinger declaraba antes de las elecciones estadounidenses de 2004 que “a un hombre político católico que vota por las leyes del aborto y la eutanasia” habría que negarle la comunión. Quienquiera que votase por Kerry sería acusado de mantener “una cooperación formal con el mal”. Y el apoyo de los católicos a Bush pasó del 46% en 2000 al 52% en 2004.

¿Habrá previsto Benedicto XVI, cuando el 25 de enero de 2009 levantaba la excomunión de los cuatro obispos lefebvristas, el caso del irreductible antisemita obispo Williamson?
Esta vez es la entera comunidad cristiana la que se pone en estado de alerta –en todo caso, la que tomó en serio el aperturismo de Vaticano II–. Basta consultar las revistas católicas conciliares, desorientadas por la deriva papal: ¿acaso en 1939 no pasó el seminarista Ratzinger cuatro años en las Juventudes Hitlerianas cuando la mayoría de los seminaristas alemanes rehusaban su propia adhesión? ¿Por qué es Mussolini quien funda la ciudad del Vaticano? ¿Qué escondían los “silencios” de Pío XII ante el nazismo? ¿Por qué la Iglesia hundió el experimento de los curas obreros? ¿De qué murió, exactamente, Juan Pablo I? ¿Cómo se rehabilitó el Opus Dei? ¿Cómo fue elegido el Papa Benedicto XVI?
Toda anécdota social es buena para movilizar a los católicos pre conciliares, como la campaña contra la eutanasia de la joven italiana Eluana, en coma profundo durante 17 años. En este sentido, uno de los mejores apoyos con que cuenta el Vaticano hoy es Rouco Varela, en permanente lucha contra toda tentativa de hacer de España el Estado laico que piden tanto la Constitución como la sociedad, así se trate de un crucifijo en las aulas, de la actualización de la ley del aborto, de la “protección” de la familia, de la asignatura Educación para la Ciudadanía o de la edificación de un “minivaticano” en un terreno cargado de historia cuyo legítimo propietario es el conjunto de la sociedad civil madrileña. Un Rouco Varela, que, además, interviene políticamente en vísperas de cada cita electoral.

Una batalla importante es la que libra Joseph Ratzinger por la reintegración de los integristas del cardenal Lefebvre –quienes no han cedido un palmo– con o sin los obispos nazis. El problema no reside en los números: unos 150.000 tradicionalistas sobre mil millones de católicos, y un 0,12% de sacerdotes, podrían diluirse en el seno de la Iglesia. Pero se trata de una tendencia extremadamente agresiva y militante, organizada en redes y que utiliza la formidable herramienta que es Internet para toda secta. ¿Conservadores, los lefebvristas? Puede ser, pero muy cómodos en el post modernismo.

En la “net” no se dice “Shoah”, se dice “Eso”. Se habla de “traiciones” del Vaticano II y del “peligro del Islam, ante el cual debemos reconstituir nuestra unidad”, y una petición de apoyo al Papa circula en once lenguas.
“Es un vuelco histórico”, escribe Caroline Fourest . “La Iglesia ya no está del lado de los progresistas… de toda la tradición de la educación popular”. Benedicto XVI espera lograr la conjunción de todas las fuerzas religiosas hostiles a la secularización y la evolución del mundo moderno, si es necesario, con los 500.000 integristas anglicanos o con el nuevo Patriarca de Moscú, Cirilo I, también este cercano a la corriente integrista.
“Yendo tan lejos, sin duda demasiado lejos, el Papa Benedicto XVI ha franqueado el límite de los soportable. Una situación extremadamente grave que llevará, por nuestra parte, a un renuevo de resistencia… ¿Será cismático Benedicto XVI?”, se interroga la revista católica Golias.

Nicole Thibon es  Periodista

Ilustración de Mandrake


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