Opinion · Dominio público

La Catalunya mestiza

LLUÍS CABRERA

dominio-lunes-2.jpgLa postguerra provocó en Andalucía el desplazamiento de miles de jornaleros del campo hacia distintos países europeos, la mayoría en calidad de temporeros; otro contingente fue al País Vasco y Madrid, y cerca de 900.000 personas se instalaron en Catalunya en busca de mejor vida y la posibilidad de prosperar. La dictadura, con la persecución a la lengua catalana –principal seña de identidad del catalanismo–, ayudó sobremanera a enredar la madeja, y la prevención se apoderó de un sector de la sociedad de acogida que veía en la ingente cantidad de desplazados procedentes del sur de la Península una amenaza para el idioma de Catalunya. Un sentimiento que quedó mitigado en tiempos de Franco (el enemigo común hizo que no afloraran ciertas grietas sociales), pero que, con el advenimiento de la democracia y el autogobierno de Catalunya, hizo aflorar signos de distanciamiento cultural debido a que posturas de signo identitario estiran hacia su terreno desde los dos cabos de la soga.

La responsabilidad hay que repartirla a partes iguales entre los dos polos políticos que desde 1984 han controlado la política catalana. La coalición de CiU, desde el Gobierno de la Generalitat, hasta el año 2003, y el PSC-PSOE, a través del poder municipal en los ayuntamientos con más peso y de la fuerza que ofrece la Diputación de Barcelona. Dos organizaciones que han utilizado a conveniencia el origen cultural de los habitantes de Catalunya, incluyendo cierto juego en el discurso político que pretende hacer ver que hay territorios propiedad de unos u otros.

Por ese juego de los contrarios es por lo que aparece una argamasa tan bien posicionada como la Federación de Entidades Culturales Andaluzas en Catalunya (FECAC), organización que se presenta como la genuina representante de todos los andaluces de Catalunya –que no es lo mismo que catalanes de origen andaluz– y que anualmente se viste de seda con la celebración de la Feria de Abril en el recinto del Fórum barcelonés.

Es cierto que a la dictadura franquista y sus compinches (recordemos que también los hubo en Catalunya) les interesaba  uniformizar las culturas hispánicas. Para semejante aberración utilizó con obscenidad a una parte del folklore andaluz: la copla andaluza pasó a ser española, el flamenco hondo derivó en nacional flamenquismo y la pandereta torera acabó por enredar, aún más si cabe, el entramado presuntamente homogéneo. ¡Que mala idea tuvieron el dictador y sus asesores fijando el ojo en aspectos de la cultura de Andalucía, el mismo territorio que por responsabilidad de sus clases dirigentes se vio abocado a una masiva inmigración! ¿Por qué Franco no escogió la gaita como instrumento musical uniforme de una única cultura, la que el régimen dispuso propiciar?

Se entiende que, ante el intento manu militari de la dictadura de hacer desaparecer cualquier atisbo de la cultura catalana –en especial la manía persecutoria de la lengua–. en Catalunya se acordara construir una compuerta de resistencia. Quizá con el paso del tiempo el cerrojo engordó en exceso y se desechó la oportunidad del encuentro. Si hubiésemos dado ese paso, hoy no existiría tanta distancia cultural como se nos ha querido dar a entender. Romances, tonadas, jotas y fandangos son patrimonio del conjunto de la sociedad y no deberían asumirse como imposiciones políticas de nadie.
Resulta de difícil digestión que, después de 30 años de gozar de libertad, de proclamarnos desde Catalunya como lo más europeos y de ser permeables a las culturas globales, todavía no hayamos sido capaces de realizar un reconocimiento a Carmen Amaya, hija universal de nuestro país, artista que revolucionó el flamenco y la danza contemporánea. ¿Será por ser gitana, haber nacido en el desaparecido Somorrostro barcelonés y por bailar flamenco?

Tampoco la rumba catalana merece ser relegada en su propia tierra. Es urgente que sea acogida como la música popular y tradicional por antonomasia de Catalunya. ¿Nos da miedo su similitud con algunos estilos propios del flamenco y, por esta causa, preferimos mantenerla en los márgenes?

Los gitanos de Lleida reclaman atención al debatir sobre la rumba catalana y ponen sobre la mesa al garrotín como una de sus aportaciones al acervo flamenco. Los gitanos catalanes certifican alrededor de 600 años de antigüedad en su tierra. Exactamente igual que al tratar la importancia que tuvo la burguesía catalana en el tráfico de esclavos africanos en los tiempos en que Cuba pertenecía a España (hasta 1898): era un tema tabú por sus connotaciones negativas, pero las tuvo positivas si lo analizamos en términos de cultura musical: ritmos de ida y vuelta como la rumba, las habaneras, la vidalita, la guajira, la colombiana o los tangos flamencos se desarrollan mediante el trasiego de personas y mercancías.
En Catalunya hemos de revisar nuestro pasado, rememorar con apertura de miras las circunstancias que nos apartaron de los ribazos con juncos, despolitizar el inexistente conflicto lingüístico y practicar un trato horizontal entre la ciudadanía que deseche el inoperante “nosotros” y “ellos”.

Catalunya ha ido creciendo a base de profundas olas migratorias, las cuales con el paso del tiempo se han adherido a un país en construcción. La suerte del destino nos permite estar en continuo movimiento, el mismo que hizo posible el montón de matrimonios mixtos que produjo y que producirá la Catalunya contemporánea, un sistema de reproducción mestizo que es estudiado en las universidades de relumbrón de medio mundo.

Lluís Cabrera es presidente de la asociación Els altres andalusos 

Ilustración de Mikel Jaso