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Opinión a fondo

Las autoridades europeas se niegan a permitir la recuperación de la economía griega, haciendo más probable su eventual salida del Eurogrupo

07 ago 2015
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Mark Weisbrot 
Codirector del Center for Economic and Policy Research en Washington, D.C. y presidente de Just Foreign Policy. Es además autor del libro de próxima aparición Errados: en qué se equivocaron los “expertos” acerca de la economía global (Oxford University Press, 2015).

La batalla por el futuro de Europa, actualmente centrada en Grecia, está lejos de culminar. No obstante, con el acuerdo tentativo alcanzado entre el gobierno de Syriza y las autoridades europeas, no cabe duda de que se ha entrado a una nueva fase.

Antes del referéndum del 5 de julio, los funcionarios europeos habían estado llevando a cabo una estrategia de “cambio de régimen“. Los plazos límite se fijaban y se vencían, y las amenazas de una expulsión forzada a Grecia, o Grexit, eran más que todo fingidas a pesar de que el líder más poderoso de los ministros de finanzas del Eurogrupo, el alemán Wolfgang Schäuble, parecía favorecerla. La estrategia de cambio de régimen lucía relativamente fácil: el Banco Central Europeo (BCE) mediante la restricción de crédito, y junto al enfrentamiento y los rumores de Grexit, ya había empujado a la economía griega de nuevo a la recesión. Parecía sólo cuestión de tiempo, antes de que el fracaso económico y combinado con la cobertura de los medios de comunicación contra Syriza, que se socavara el apoyo al gobierno griego lo suficiente como para propiciar la llegada de otro.

Yanis Varoufakis, en su primera entrevista desde que renunció el 6 de julio al cargo de ministro de finanzas,  describe “la total falta de escrúpulos democráticos, por parte de los supuestos defensores de la democracia en Europa”; es decir, habla de sus socios en la negociación de la Eurozona. Ellos continuamente “retrasaron y luego sacaron el tipo de propuesta que se le presenta a la otra parte cuando no se busca un acuerdo”.

El 26 de junio, el primer ministro griego, Alexis Tsípras, dio la vuelta a la situación al anunciar el referéndum, una consulta que el 5 de julio resultó ser un abrumador “no” contra más austeridad y “reformas” regresivas. Esto hizo que la estrategia de cambio de régimen se volviera un poco más engorrosa: si la idea era deshacerse de un gobierno llevando la economía a la ruina, hace falta que la gente culpe al gobierno en vez de los funcionarios europeos que están destruyendo la economía. Pero el voto demostró que los griegos eran conscientes de quiénes eran los responsables de su miseria, sobre todo después de que el BCE, en un esfuerzo por intimidar a los votantes, forzara el cierre del sistema bancario, algo que no había hecho en los últimos seis años de crisis y recesión.

Esto fortaleció la posición dentro del campo europeo de Schäuble y sus aliados, quienes estaban a favor de una solución basada en la “expulsión inmediata”. Al parecer Tsípras se enfrentó a un dilema: aceptar los términos de las autoridades europeas o verse forzado a salir del euro, mientras el BCE insistía en destruir los bancos y el sistema financiero de Grecia. Se trataba de una situación de rehenes. Eligió rendirse, defendiendo su decisión sobre la base de que, aunque los votantes hayan rechazado la austeridad de forma contundente, estos tampoco querían abandonar el euro.

Pero es casi seguro que el acuerdo actual, si se mantiene, no permitirá que la economía griega se recupere. Las metas de superávit presupuestario primario, de un 2,3 y 3,5 por ciento del PIB durante los tres años del acuerdo entre 2016 y 2018, lo hacen inevitable, dado que el país ya cuenta con un déficit presupuestario primario en la actualidad. Es poco probable que el gobierno sea capaz de cumplir con estos objetivos si la economía y, en consecuencia, los ingresos del gobierno, se contraen. El Financial Times estima que los superávit primarios contribuirán apenas en 4,5 millardos de euros durante estos tres años. Incluso si dicha predicción resulta ser baja, se trata de una pequeña parte de un paquete que se estima actualmente en 86 millardos de euros.

El hecho de que los funcionarios europeos estén dispuestos a mantener la economía griega indefinidamente atrapada en una depresión, por una fracción tan pequeña de dinero que están poniendo (realmente el dinero de sus bolsillos, relativo a sus recursos) ha de ser una revelación para cualquier persona que esté siguiendo el drama. Esto significa que las autoridades europeas realmente no están interesadas ??en la recuperación económica de Grecia en un futuro próximo y también indica que esta lucha no es principalmente sobre la deuda en sí, sino que forma parte de una lucha política mucho más amplia, sobre el tipo de sociedad en que los griegos (y decenas de millones de otros europeos) desearían vivir.

Las autoridades europeas han dejado claro que, mientras estén en control de la política económica de Grecia, la depresión del país y el desempleo masivo continuarán de forma indefinida.

Incluso si se produjera un mayor alivio de la deuda, algo que todavía no forma parte del acuerdo, no mejoraría la situación en los próximos tres años, ya que es muy poco probable que permita reducir los pagos de intereses durante este período.

Entonces, ¿Qué se podrá hacer? En la entrevista que dio después de su salida, Varoufakis describe tres pasos propuestos por él, en respuesta al cierre forzoso de los bancos griegos por parte del BCE:

“Deberíamos emitir nuestros propios pagarés, o al menos anunciar que vamos a emitir nuestra propia liquidez en euros; debemos podar los bonos griegos de 2012 en posesión del BCE, o anunciar que lo haremos; y debemos tomar el control del Banco de Grecia (el banco central griego)”.

Estos eran pasos que se encaminaban hacia una salida del euro, pero sin ser irreversibles. Eran movimientos que habrían ayudado a preparar al gobierno para mantener el funcionamiento de la economía en ausencia de un acuerdo con los acreedores.También mostrarían que Grecia no estaba completamente a merced de los acreedores.

Pero Varoufakis, como él mismo señaló, estaba en la minoría. También puntualizó que, aunque había un pequeño equipo que trabajó en los detalles de una salida del euro “para preparar al país, era necesario tomar una decisión ejecutiva, y esta decisión nunca fue tomada”.

Dichas preparaciones ahora lucen prudentes, ya que las máscaras han caído y todo el mundo puede ver cuán mezquina y despiadada está dispuesta a ser la dirección actual de la zona euro, con el fin de imponer su propia marca de orden económico en los países de la moneda común. Si Grecia deja el euro, las cosas probablemente empeorarán antes de mejorar, pero la economía se recuperaría.

Como bien se sabe, Argentina sufrió una crisis financiera muy grave después de que dejara de pagar su deuda a finales de 2001 y desvinculó su moneda del dólar en enero de 2002. Sin embargo, tres meses después la economía ya crecía, y continuó creciendo un 63 por ciento en el transcurso de los seis años siguientes, una de las tasas más rápidas de crecimiento en el mundo durante ese período. Contrariamente a la creencia popular, el crecimiento fue impulsado no por un “boom de materias primas”, ni por las exportaciones. Aunque Grecia cuenta con más exportaciones, como porcentaje del PIB que Argentina en aquél momento y se beneficiaría de una devaluación, el impulso principal para una recuperación (al igual que en Argentina) vendría de la posibilidad de escapar de las políticas económicas destructivas impuestas por extranjeros. Argentina sólo tuvo que hacerle frente a una tercera parte de la Troika, el FMI, pero se trataba de un impedimento bastante mortal.

Algunos economistas han señalado correctamente que un default y una devaluación que impliquen la creación de una nueva moneda presentan desafíos adicionales, en comparación con el abandono por parte de Argentina de la paridad peso/dólar. Pero esto no cambia la historia en su esencia. Una economía desarrollada no se transforma de la noche a la mañana en un estado fallido simplemente por salirse de una unión monetaria. Si nos paseamos por las peores crisis financieras de los últimos 25 años, ninguna de estas tuvo como resultado el tipo de daño económico sufrido por Grecia. No queda claro por qué alguien puede imaginar que Grecia estaría peor saliéndose del euro ahora que en tres años, en caso de seguir el programa económico que se encuentra finiquitando con las autoridades europeas.

Mientras tanto, a pesar de la rendición incondicional por parte del gobierno de Syriza y del visto bueno del parlamento a las odiadas medidas de austeridad, exigidas por las autoridades europeas, el BCE no aumentó su Asistencia de Liquidez de Emergencia a los bancos griegos para que pudieran abrir. Los bancos no abrieron sino hasta el lunes 20 de julio, con importantes restricciones y un mercado bursátil cerrado. El BCE parece no tener prisa en detener el daño económico acelerado que le ha infligido de forma deliberada a la economía griega durante las últimas semanas, a modo de obligar el presente acuerdo.


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