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Opinión a fondo

A los 70 años de la ONU y la UNESCO: ¿conmemoración o celebración?

09 Sep 2015
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Federico Mayor Zaragoza
Ex ministro de Educación y ex director general de la Unesco

Las Naciones Unidas representan un nuevo diseño para la gobernación mundial. Con admirables clarividencia, la anticipación y la solidaridad del diseño del Sistema en su conjunto. Los principios éticos y las palabras clave –com-partir, co-operar, com-prometerse- que lo inspiraron. La Carta se inicia con una frase que constituye hoy –porque los seres humanos ya pueden expresarse libremente de forma progresiva- lúcidas pautas para la acción: “Nosotros, los pueblos… hemos resuelto evitar a las generaciones venideras el horror de la guerra”. Tiene las piedras angulares del edificio que hoy debemos construir: la gente; el compromiso con las generaciones venideras; y evitar la guerra, es decir, construir la paz. Paz con nosotros, paz con el entorno ecológico, paz a escala personal, local, nacional, regional e internacional.

En la Constitución de la UNESCO se indica claramente que la humanidad será guiada por “principios democráticos” y que la base de todos los derechos humanos es la igual dignidad. Ser educado, establece el artículo primero, es ser “libre y responsable” y es preciso, para ello, “garantizar la libre circulación de las ideas por la palabra y por la imagen”.

La ayuda inmediata a los vencidos se llevó a cabo por el Plan Marshall  y la atención a las cuestiones esenciales de “los pueblos” con la creación de instituciones especializadas en la alimentación (FAO), salud (OMS), trabajo (OIT) y, destacando por la prontitud con que se produce su fundación y puesta en marcha, la educación, la ciencia, la cultura y la comunicación (UNESCO).

Con la rápida actuación de estas instituciones (programas internacionales de gran envergadura en relación al medio ambiente, como el geológico, hidrológico y oceanográfico; la creación de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, 1948; el Hombre y la Biosfera, 1971;… y, en particular,  la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, “para liberar a la humanidad del miedo”…) se pretendía que no sucediera de nuevo lo que en 1919 impidió -al no permitir el Partido Republicano que los Estados Unidos formaran parte de la Sociedad de Naciones creada por el Presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson- que la diplomacia y la palabra sustituyeran al enfrentamiento.

No fue así: sólo Estados, veto, carrera armamentística, préstamos en lugar de ayudas, explotación en lugar de cooperación… Luego, al desmoronarse, sin una sola gota de sangre, del Imperio Soviético y constituirse la Comunidad de Estados Independientes, gracias a la inesperada acción de Mikhail Gorbachev ; al final del racismo más abominable (apartheid), gracias a la también inesperada capacidad de conciliación de Nelson Mandela… cuando todo clamaba paz (fin de la guerra civil en Mozambique y en El Salvador, reinicio de las conversaciones de paz en Guatemala…) el Partido Republicano impuso, con el Reino Unido como acólito, sus ambiciones hegemónicas. Se marginó a las Naciones Unidas, sustituyéndolas por grupos plutocráticos (G-6, G-7, G-8… G20); se ausentaron de la UNESCO en 1984, con el Reino Unido, creyendo torpemente que el valor de las ideas podía aniquilarse con dinero…  Y en 1989 el Presidente Bush padre decide, en plena ceremonia gozosa para la firma de la Convención de los Derechos de la Infancia, no suscribirla…  y sitúa a la Organización Mundial del Comercia directamente fuera del ámbito del Sistema de las Naciones Unidas… Por cierto, hacía ya años que al Banco Mundial le habían sustraído, con alevosía, el “apellido”: “para la reconstrucción y el desarrollo”.

El resultado de la “seguridad parcial” que  sólo protege al 20% de la humanidad y del “neoliberalismo globalizador” está a la vista: una economía de especulación, deslocalización productiva y guerra (no me cansaré de repetir que cada día mueren más de 20.000 personas de hambre, la mayoría niñas y niños y de uno a cinco años de edad, al tiempo que se invierten en armamento y gastos militares 3000 millones de dólares); el debilitamiento del Estado-Nación; caos e ineficiencia total en la gobernación mundial (G7 sin Rusia, G8 con Rusia, G20 con países emergentes…) cuando está claro que los únicos que de verdad importan son el “G1” y el “G2” (Estados Unidos y China);  Europa convertida exclusivamente en una unión monetaria, dependiente y obediente estricta del neoliberalismo que el propio Presidente Obama no ha seguido, consiguiendo, a pesar de la oposición radical del conservadurismo republicano, una espectacular mejora de la economía norteamericana mediante importantes inversiones e  incentivos para el trabajo, la creatividad en I+D+i…; alcanzando –invocando razones de  “seguridad nacional”- logros tan anhelados como el sistema de atención médica (medicare), la regularización de la situación de más de 5 millones de inmigrantes y la  reducción del presupuesto de defensa… y tendiendo la mano al islam (Irán) en lugar de atacarlo como “eje del mal”, restableciendo relaciones diplomáticas con Cuba… y, sobre todo, modificando radicalmente  la sangrienta política de intervencionismo en América Latina (Plan Cóndor), mediante  unas relaciones tensas a veces pero amistosas…

Europa, sin unión política y económica, sin brújula, que tanto ha disfrutado históricamente de la acogida en otros países, rechaza ahora, con una insolidaridad inadmisible, a los refugiados, a los inmigrantes, habiendo disminuido drásticamente la ayuda al desarrollo y practicado una economía de sumisión absoluta a “los mercados”. La Europa neoliberal es hoy, en lugar de símbolo de democracia y de iniciativas imaginativas, espacio de confusión conceptual y política.

No cabe duda de que en estos momentos los problemas que se plantean a escala mundial, y muy especialmente aquellos que pueden conducir en breve a situaciones de no retorno, son muy diferentes de los que existían cuando se fundaron las Naciones Unidas el 24 de octubre de 1945. El número de Estados miembros se ha cuadruplicado y en el escenario mundial han aparecido múltiples actores no estatales, algunos terroristas, la mayoría pacifistas y con ansias de colaboración, que representan en conjunto un escenario totalmente distinto. Es cierto que las Naciones Unidas han tenido, sin lugar a dudas, una influencia importante para evitar nuevas guerras mundiales… pero también lo es que, al debilitarlas y ceder la gobernación mundial a otras entidades internacionales, la debacle actual, tanto ética como social y política, requiere con rapidez, antes de que sea demasiado tarde –me refiero nuevamente a los procesos irreversibles- a la apremiante refundación de un multilateralismo democrático eficiente.

Son muchas las actividades del Sistema de las Naciones Unidas  que han desembocado en normas y acciones favorables al conjunto de la  humanidad –derechos de la mujer, de las comunidades indígenas, de los discapacitados,…  ley del mar…- pero, se trata, de nuevo, de procurar su cumplimiento… en un contexto mundial en el que los Estados Unidos de Norteamérica, con su poderoso Partido Republicano, no han suscrito y dado vigencia a las cuestiones que he citado como ejemplo ni a algunas otras tan importantes como el Tribunal Penal Internacional.

Al cumplirse los 50 años de las fundación de las Naciones Unidas, la Conferencia General de la UNESCO adoptó la Declaración de la Tolerancia, cuyo artículo primero dice así: “La tolerancia consiste en el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos. La fomentan el conocimiento, la actitud de apertura, la comunicación y la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. La tolerancia consiste en la armonía en la diferencia. No sólo es un deber moral, sino además una exigencia política y jurídica. La tolerancia, la virtud que hace posible la paz, contribuye a sustituir la cultura de guerra por la cultura de paz”. También se celebró en Copenhague la primera gran reunión sobre desarrollo social, adoptándose ocho “compromisos” que hubieran permitido que no sólo se atendiera -a través de innumerables reuniones y conferencias- el desarrollo económico sino el que es esencial, el de una vida digna para todos los seres humanos. Y también, en el mismo año, se celebró en Beijing la gran Conferencia Mundial sobre Mujer y Desarrollo.

Ahora, a los setenta años, urgidos por la posibilidad de alcanzarse situaciones irreversibles que afectarían gravemente la habitabilidad en la Tierra, es precisa la refundación del Sistema. De otro modo sería sólo conmemoración y no celebración. Sería la única manera de celebrar los setenta años, porque representaría el resurgir de las Naciones Unidas tal como las soñó el Presidente Roosevelt en 1944.

En el año 2012 publiqué  “La urgencia del multilateralismo democrático”, y desde entonces he insistido, especialmente en varios blogs y contribuciones a los Anuarios de CEIPAZ, en la necesidad de proponer, y hacerlo de forma urgente, una gobernanza democrática a todas las escalas (personal, local, nacional, regional y mundial), refundando unas Naciones Unidas adaptadas a los tiempos actuales, acuciados todos los países de la Tierra por la insoslayable premisa de evitar el irreversible deterioro de la calidad de vida en el planeta.  La Carta de la Tierra es un documento que puede inspirar muchas acciones a este respecto.

Si ahora, urgidos por los problemas globales sin precedentes que exigen medidas globales inmediatas, se acelerara la refundación del Sistema, el 70 aniversario sería celebración.  En caso contrario, una vez más, quedaría en conmemoración, en memoria cómplice.  La acción apremiante y subsiguiente adaptación de las Naciones Unidas es factible, como se demuestra en un próximo articulo.  El por-venir está por-hacer.  Hay que inventarlo.  Podemos inventarlo.  Esta es nuestra esperanza.


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