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Opinión a fondo

Abriendo brecha: apuntes estratégicos tras las elecciones generales

11 Ene 2016
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Íñigo Errejón
Secretario Político de Podemos

Las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015 han sido determinantes y marcan un hito en el intenso ciclo de cambio español. Merecen por tanto análisis sosegados más allá de las urgencias de la contienda política coyuntural.

Análisis de los resultados

Estas elecciones llegaban marcadas por una contienda que ha presidido la política española desde el 25 de mayo de 2014: aquella entre la posibilidad del cambio y la superación del sistema político nacido en 1978, de un lado, y la capacidad de contención y restauración de las fuerzas conservadoras del orden existente. Esta pugna ha sido el hecho fundamental de la política española en los últimos dos años y debe ser, por tanto, un elemento central a leer en el 20D.Las elecciones llegaban ya teñidas de una idea: eran unos comicios diferentes, de alguna forma “constituyentes” en tanto que iban a dibujar los equilibrios de fuerzas que ordenasen la reforma o transformación de un orden constitucional agotado. Este horizonte general era aceptado incluso por las fuerzas del turnismo (PP y PSOE) o auxiliares (Ciudadanos) que acudían a las elecciones buscando limitar o condicionar los cambios y asegurar la supervivencia de las élites viejas -moviéndose entre la lealtad al régimen y la lealtad a las maquinarias que les aseguran la supervivencia. Esta aceptación general, el hecho mismo de que nadie discutiese que el 20D no era una competición electoral ordinaria, constituye ya una victoria de quienes trabajan para el cambio político y la soberanía popular por cuanto no era “necesario” por ninguna acumulación de circunstancias sino el resultado de una disputa por el sentido. En algún momento los poderosos acariciaron la posibilidad de unas elecciones “normales”, especialmente entre septiembre y noviembre, cuando la propaganda y los análisis se entremezclaban para vaticinar ambos con insistencia que la posibilidad del cambio se había desvanecido y Podemos estaba en caída libre. Para el comienzo de la campaña electoral esa ilusión conservadora se había rasgado y retrocedía con cada día que pasaba.

Los resultados del 20 de diciembre permiten describir estas elecciones como de interregno o transición entre un sistema de partidos en decadencia, que ya no responde a los anhelos y esperanzas de una parte creciente de la ciudadanía pero aún es capaz de aguantar y gobernar su lenta retirada, y el nuevo equilibrio de fuerzas en configuración. El dato principal del resultado es el “empate catastrófico” en términos de García Linera: los partidos políticos del turnismo resisten, con una clara diferencia entre el PP y el PSOE, pero no tienen fuerza para una restauración normal, que no comprometa el pluralismo interno al régimen. Por su parte, Podemos y el resto de fuerzas del cambio consiguen bloquear cualquier intento de recomponer el sistema resquebrajado, pero no tienen aún fuerza como para conducir un nuevo tiempo político. La excepcionalidad, así, sigue abierta.

En todo caso, se ha terminado el sistema político de 1978 y el turnismo entre las dos grandes maquinarias que habían monopolizado la representación política. Los partidos del bipartidismo no han desaparecido y reúnen aún la confianza de muchos millones de españoles, a pesar de un retroceso profundo y continuado cada vez que se abren las urnas. Pero la política ya no es un deporte privado entre ellos, por más que sus soportes mediáticos y el sistema electoral hayan trabajado y trabajen para sostenerlos como pilares de cualquier salida.

El resultado de las elecciones impide una salvación tout court del sistema de partidos. Hoy el dilema es que o se salva la estabilidad sistémica o se salva el PSOE que, precisamente, ha sido garantía de integración de los sectores subalternos y periferias al orden de 1978. No hay posibilidad de ambas cosas a la vez: o el pluralismo interno del régimen o la gobernabilidad. Con los equilibrios salidos del 20D las élites viejas que aún conducen no pueden lograr los dos objetivos. Esa es otra victoria del cambio político: no se puede rebobinar a antes del 25 de mayo de 2014 ni a antes del 15 de mayo de 2011. Lo que entonces fueron temblores bajo el suelo institucional son hoy una brecha imposible de ignorar que plantea que el pacto social fue roto por los privilegiados y tiene que ser hoy construído no por esos mismos y sus maquinarias sino contando con las necesidades de la mayoría social golpeada en estos años.

Análisis pormenorizado de resultados

Las dos fuerzas de la alternancia han sufrido un duro descalabro -de 3,5 millones de votos en el PP y 1,5 en el PSOE- al tiempo que Ciudadanos ha demostrado no llegar a obtener fuerza ni para postularse como fuerza auxiliar de recambio del turnismo. Podemos, a contrapelo de un relato dominante que se empeñaba en cerrar el horizonte, ha continuado su auge, de un millón doscientos cincuenta mil votos en mayo de 2014 a más de cinco millones en diciembre de 2015 pese a todas las campañas sistémicas en contra. El resultado no es suficiente pero sí un paso adelante en el proceso de cambio español y la irrupción plebeya en las instituciones.

El Partido Popular pierde nada menos que tres millones y medio de votos con respecto a las anteriores elecciones experimentando un severo castigo por la corrupción y la política de recortes e incremento de las desigualdades, pero aguanta como la primera fuerza fundamentalmente gracias a un sólido suelo en las provincias más rurales y entre la población de mayor edad y especialmente jubilados. Estos dos componentes se solapan y, merced a la ley electoral, multiplican su efectividad: casi el 50% de los escaños del Partido Popular provienen de provincias donde vive el 20% de la población. Además, logra ser el primer partido pese a ser el menos preferido por el conjunto de la población activa. Este hecho no debe ser pasado en absoluto por alto y revela una posible línea de tensión intergeneracional, en una sociedad muy envejecida, entre el voto de cambio y el del sostenimiento de lo existente.

El Partido Socialista Obrero Español parecía llegar a las elecciones buscando salvar lo más posible dentro de una dinámica general de profunda decadencia. Ha perdido un millón y medio de votos con respecto a las elecciones de 2011, que ya fueron las peores de su serie histórica desde que gobernasen. Se mantiene por 300.000 votos como segunda fuerza gracias a su firme asentamiento en las comunidades autónomas del sur de España, pero es ampliamente superado por Podemos en casi todas las grandes ciudades, en todas las regiones económicamente más dinámicas (Euskadi, Catalunya, Madrid, País Valenciano, entre otras) y entre la población de adultos jóvenes y sectores medios. Esto recongifura el poder en su seno en favor de los barones del sur y le acerca a su configuración de “partido del mezzogiorno” y de clases pasivas, lo cual no constituye una perspectiva muy halagüeña para un partido que se quiere estatal y encarnando un horizonte de futuro.

Ciudadanos ha sido sin duda la mayor burbuja del ciclo político-electoral. Ya sucedió en las municipales y autonómicas de mayo, pero las elecciones generales de diciembre han contribuido a aumentar la brecha entre las perspectivas de éxito inducidas y el respaldo popular. A ello ha contribuido su pésima campaña, que le ha hecho no aguantar la tensión de la disputa electoral pese a la sólida protección de buena parte del circuito mediático. En ausencia de bases, militancia, épica o identidad cohesionadora, Ciudadanos no es, desde luego, un movimiento; pero tampoco ha demostrado ser un partido político con capacidad de conducir una campaña electoral. Se ha demostrado más bien como una franquicia publicitaria con buen sprint pero muchas dificultades si la carrera se alarga y requiere mayor densidad o consistencia, o si deben hablar otros portavoces más allá de Rivera. Llama mucho la atención, por contraste, el trabajo de Podemos en igualdad, tanto en discurso y portavocías como en medidas pioneras –permisos iguales para padres y madres, garantía habitacional para víctimas de violencia machista- y listas –al final, tras el ruido, somos el partido con más mujeres en el Congreso-. Ciudadanos pasó los últimos diez días de campaña sangrando por esa herida tras mostrar su verdadera cara, lo cual les escoró rápidamente a un lado del tablero.El impacto del mal resultado de Ciudadanos es ambivalente: por una parte, su desplome permitió al PSOE retener o recuperar parte del voto que perdía hacia la formación naranja, pero al mismo tiempo la operación Ciudadanos ha servido para cauterizar una parte de la desafección política, sobre todo entre población joven y urbana, reubicándola en un regeneracionismo transformista y conservador. Que la mejor opción para reconducir una parte del desgaste de las élites viejas fuese copiar abiertamente el lenguaje y el estilo de Podemos señala hasta qué punto la apuesta era la que mejor podía convertir la desafección transversal en una mayoría nueva, hasta el punto de obligar al adversario a asemejarse a ella para frenarla.

La rapidez de Ciudadanos en sumarse a cualquier modalidad de gran coalición a tres con el PP y el PSOE revela de forma inmediata la ausencia de proyecto alternativo al de servir de fuerza auxiliar -ya que no de recambio- de los partidos del turnismo.

Podemos llegaba a estas elecciones con el desgaste de haber abierto brecha y haber sido el permanente factor de excepcionalidad desde mayo de 2014, lo cual le ha hecho destinatario de no pocos esfuerzos para desgastar, dividir y desalentar. Tan sólo en el comienzo de la campaña electoral el clima mediático insinuaba con insistencia la imposibilidad de salir de una posición testimonial, que la campaña electoral fue revirtiendo -si es que alguna vez el clima describió la realidad- en una tendencia claramente ascendente. Para el futuro, convendrá recordar esta distancia entre los vaticinios -¿deseos?- de la mayoría de los analistas y la voluntad popular expresada en las urnas. Podemos ha obtenido cinco millones de votos y el 21% del sufragio, siendo primera fuerza en Catalunya y Euskadi, y segunda en Madrid, País Valenciano, Galicia, Baleares, Canarias y Navarra. Ha sido tercera fuerza en España a 1,5% de la segunda. Ha demostrado especial auge en las grandes ciudades, entre la juventud y la población activa, y en las regiones económica, cultural y cívicamente más dinámicas. No ha sido capaz de situarse como fuerza con capacidad inmediata de conducción política pero sí ha impedido la restauración conservadora, ha mantenido abierto el ciclo de cambio y se ha situado como fuerza decisiva y la que presenta, por la composición de su voto, más perspectiva de futuro y recorrido potencial. Este ha sido el primer asalto.

Los resultados del 20 de diciembre se leen mejor si los situamos sobre un mapa y los territorializamos. En esencia, en media España el cambio ya está ganando y el tablero político ha cambiado de forma drástica -entre los jóvenes y adultos jóvenes, en las grandes ciudades y zonas más densamente pobladas y dinámicas y en las periferias, principalmente: el Mediterráneo, el corredor del Ebro, Galicia, Madrid y los archipiélagos- mientras que para otra media el 20D supuso un importante temblor que no fue capaz de alterar los equilibrios entre las fuerzas tradicionales -en el interior, entre la población de edad más avanzada y en el medio rural, más la excepción de las grandes ciudades andaluzas donde el PSOE mantiene un suelo todavía alto a pesar del desgaste. Las tres fracturas o clivajes más importantes que marcan el alcance o fortaleza del cambio son así el territorial y el de edad, que a menudo se cruza con el campo-ciudad. Este reparto desigual sustenta aún la capacidad de bloqueo de las fuerzas políticas tradicionales: la pirámide demográfica y el sistema electoral blindan de momento el poder de veto de los sectores aún más refractarios a las transformaciones.

El mapa del 20D refleja un evidente cambio en el sistema político español, pero también la desigual distribución, geográfica y generacional, del empuje del cambio y la resistencia de la conservación. Esto significa que el agotamiento del marco de convivencia nacido en 1978 y su superación en clave democrático-popular – de justicia social y reconstrucción de la soberanía popular- va a exigir, al menos durante la transición de un sistema político a otro, de gran capacidad de acuerdo, altura de miras y compromiso con capacidad de integración plurinacional e intergeneracional.

Nuestra campaña

En la medida en que la campaña electoral de Podemos fue capaz de darle la vuelta a los pronósticos y dibujar una línea ascendente que, pocos discuten, habría protagonizado aún más vuelco de haber tenido una semana más, merece un breve análisis.

Podemos fue capaz, en la precampaña y la campaña electoral, de derrotar la tenaza que quería convertir las expectativas e ilusiones por la ruptura democrática en resignación o frustración. La maniobra de bloqueo, dispersión y marginalización -encierro en la esquina izquierda del tablero- fue particularmente dura tras las elecciones catalanas del 27 de septiembre y buscaban torcer el rumbo estratégico fijado por Podemos que, se decía, había caducado o se había visto ya superado. Pero las hipótesis no se validan de semana en semana. Realizado un análisis y establecidas las líneas estratégicas, la templanza, la conducción y la mirada larga son fundamentales para la dirección política. Otra lección para llevar en la libreta de notas. Efectivamente, seguía y sigue habiendo condiciones para un discurso que articule transversalmente demandas frustradas de muy diversa índole -territoriales, democráticas, sociales, morales- en torno a referentes de alto poder simbólico y un horizonte de refundación como país, democratización y redistribución de la riqueza.Y la virtud de ese discurso es tanto ser capaz de fijar los términos de la disputa para los otros como navegar entre el sentido común de época y sus posibilidades de expansión progresista.

Cuando desde Podemos se insiste en que “las campañas nos sientan bien” no es por ninguna reivindicación de expertise, sino porque en las campañas se despliega un tipo de energía difícilmente igualable por las consultoras, empresas de marketing o aparatos en los que los partidos políticos tradicionales o auxiliares delegan sus campañas. Podemos hace campaña sin pedirle un euro a los bancos, con menos recursos que cualquiera de sus contendientes, pero es capaz de poner en juego una pasión colectiva que no se diseña ni se copia. Claro que se genera en el discurso, pero no en el marketing: no es un compendio de frases y colores afortunados, sino la generación de un sentido de pertenencia y de trascendencia que produce una ilusión plebeya, de la gente común, de tomar partido en un momento decisivo y por algo sustancialmente diferente que una competición entre élites: por la reconquista de las instituciones y la recuperación de la soberanía popular. Es obvio que esta es una motivación que predispone a una entrega poco igualable con la que despierta la rutinaria alternancia entre partidos. Por eso Podemos tiene un patrimonio que otros actores no tienen: militancia y épica, que se traducen en infinitas iniciativas no planificadas y gestos para acercar el mensaje de podemos a los barrios, comidas familiares, universidades, bares o centros de trabajo. Esto no se diseña, se desata. Podemos ha puesto desde sus comienzos mucha atención en la generación de referentes, hitos, símbolos y palabras que funcionen como catalizadores de una nueva identidad política popular -baste recordar la Marcha del Cambio del 31 de enero de 2014, la “remontada” o los dedos en V de victoria.

La campaña tuvo un diseño coherente, que fue capaz de aterrizar la épica colectiva en épica individual e interpelaciones cotidianas, que conectó con gran parte de las aspiraciones de redistribución de la riqueza, cambio del modelo productivo con sostenibilidad, separación de poderes, garantías contra la corrupción y democratización de un sistema político cada vez más oligarquizado. En los debates es donde más se vio la solidez de las propuestas y el potencial de las invitaciones y mano tendida a una amplia mayoría social damnificada por el maltrato de los privilegiados. Un año mediáticamente nada sencillo ha constituido un magnifico entrenamiento para Pablo y el resto de los portavoces. Podemos enfocó las elecciones generales como aquellas que hacían de gozne entre el acuerdo roto por los de arriba y el nuevo acuerdo de país, adelantando cinco garantías para que este fuese justo, fraternal y respetuoso, sostenible y democrático.La puesta en escena ha sabido combinar los grandes eventos y su energía vibrante -con el récord de gente convocada- con los actos pequeños, de tono más cercano, relajado y pedagógico, así como con la disputa en los medios de comunicación, las redes sociales y la propaganda. Un año y medio de campañas sucesivas fueron perfeccionando la máquina de guerra electoral, que ha ido construyendo discurso e identidad de la única forma posible: en el estudio, en la discusión y en el territorio, en la disputa cotidiana por el sentido, compuesta y reforzada por un sistema nervioso irrigado por  barrios y pueblos, de militantes y cuadros recuperados del ciclo de movilización antifranquista -alguien debería escribir sobre el peso y la sabiduría aportada por los militantes antifranquistas, con generosidad, en los círculos de Podemos-, del ciclo de protesta abierto con el 15M o incorporados por primera vez a la actividad política. Este despliegue de compromiso y talento se ha forjado en dos años intensos y acelerados de competiciones electorales pero constituye un patrimonio que va mucho más allá de lo electoral y cuya importancia es central para la construcción de movimiento popular y una cultura nueva.

Sí faltaron, sin embargo, atenciones específicas a los sectores más retardatarios o menos permeables por el cambio. También capacidad de planificación -con una organización aún en construcción- para una mejor coordinación y distribución de los mensajes, y sobre todo para haber anticipado la campaña y ganado esos días tan preciados en una recta final claramente al alza.

Traduciendo y fortaleciendo la hipótesis nacional-popular: la inclusión de lo ciudadano y lo plurinacional.

Como se explicaba en otro artículo, Podemos llegaba a las elecciones habiendo hecho una adaptación y refinamiento de la hipótesis nacional-popular que está en el corazón de su nacimiento como fuerza política. Según ésta, la crisis orgánica y la ofensiva oligárquica habían abierto una brecha entre el “país real” y el “país oficial”, que el 15M nombró, evidenció y amplió. El descontento y la desconfianza generalizados y transversales pero desanclados -que no encontraban cauce o contención en las identidades disponibles- posibilitaban una identidad política nueva: un espacio para un discurso patriótico de nuevo tipo, refundacionalista, que identificase los intereses nacionales con los de las mayorías golpeadas y maltratadas en los años del ajuste y la regresión democratica: la “gente” o un pueblo ya escasamente representado por un sistema político que da muestras de agotamiento. Esta es una narrativa política habitual en momentos de transición y constituyentes, además de la que históricamente más ha construido hegemonía para los sectores humildes de la sociedad, convirtiéndolos en portadores de la voluntad general. Aún así, en España recibió críticas que, significativamente, le acusaban de etiquetas ideológicas opuestas y, finalmente, del tan socorrido “populismo”, tanto más presente en boca de las élites -como fantasma- cuanto ausente el pueblo mismo de la política institucional.

Lo cierto es que esta hipótesis nacional-popular, capaz de fundar una identificación política que ha obligado a reposicionarse a todo el resto de actores en el mapa y de romper los equilibrios y la gobernabilidad de las élites, requería de dos matizaciones de calado, dos traducciones a su contexto geográfico e histórico. España es un país plurinacional y en el que la institución exitosa y los procesos de modernización han generado una composición social individualizada en la que la relación con lo público se establece a menudo más como “ciudadano” que como “pueblo”. La hipótesis nacional-popular, así, se ha enriquecido, diversificado y reforzado con lo plurinacional y lo ciudadano, ganando en capacidad de articular sectores culturalmente diversos.

Con respecto a esta vertiente ciudadana o “cívica” nos referimos a tres elementos, fundamentales para construir un nuevo bloque histórico en el que los sectores autopercibidos como “medios” juegan un papel decisivo como argamasa cultural y de opinión pública y modelos de conducta:

I) La inclusión de perfiles independientes y de bagaje profesional que contribuían a generar certidumbre en el electorado de sectores medios simpatizantes pero aún no decidido por el cambio, y a poner la meritocracia del lado del cambio -algo que sólo sucede en momentos de agotamiento del orden existente.

II) La postulación de un enfoque republicano que reivindica la necesaria recuperación de la soberanía popular para proteger las instituciones y rehacer un acuerdo social de convivencia roto por los privilegiados -este leitmotiv de que “el pacto lo han roto los de arriba” conecta con una indignación difusa y hace difícil a los sectores oligárquicos la acusación de “antisistema”. Pone del lado de los partidarios del cambio, y esto es crucial, las expectativas frustradas y las aspiraciones de ascenso social. En la medida en que su bloqueo erosionó la lealtad de los sectores medios a la minoría privilegiada, es crucial entender que el horizonte de emancipación no puede sólo interpelar a la gente por la situación de la que quiere salir sino también por aquello a lo que aspira.

III) Una comunicación que, en las metáforas y las interpelaciones pero también en la estética y los actos, enfatiza una épica cotidiana e individualizada junto a la ya más habitual en Podemos épica de masas: un estilo más cercano, pedagógico y feminizado.
El segundo elemento, de mucho más recorrido, es una vieja preocupación intelectual y política de Podemos: cómo conjugar una construcción política nacional-popular con la radicalidad democrática y el reconocimiento de la plurinacionalidad.

Decía José Martí: “Quien tenga patria que la honre y, quien no, que la conquiste”. Las posibilidades de hacer de las razones de los de abajo el interés general de un nuevo país se veían, en España, lastradas por el bloqueo de la identidad nacional española para proyectos progresistas, hegemonizada y cautivada por los sectores más reaccionarios que se alimentan de la confrontación con las naciones periféricas. Al contrario de lo que se suele pensar, la problemática nacional en el Estado español no es la catalana o vasca sino, principalmente, la española. Al respecto, Podemos está logrando un encaje inédito: es al mismo tiempo la fuerza que más abiertamente reivindica un patriotismo español identificado con las condiciones de vida de la gente, con la defensa del pueblo olvidado por los de arriba, y la fuerza estatal de relevancia más firmemente defensora y comprometida con la plurinacionalidad –dado que en España convivimos diferentes naciones- y el derecho a decidir como pegamento para decidir qué encaje para un futuro compartido entre ellas. Ante el choque de trenes del unilateralismo y el inmovilismo, esta aparece como la única receta sensata en el actual escenario político, la única llamada a reconstruir entendimiento y, además, a multiplicar fuerzas por el cambio político y la transformación constitucional desde la igualdad y el respeto a la diferencia.

La plurinacionalidad forma parte del ADN político de Podemos desde la asamblea fundacional de Vistalegre en otoño de 2014, y en consecuencia de sus formas de funcionamiento y su discurso. Pero no la plurinacionalidad entendida como acuerdos coyunturales o, en el otro extremo, como veneración de otras fuerzas nacional-populares periféricas abandonando la construcción nacional democrática pendiente en España. Es un proyecto de futuro de largo recorrido que, en rigor, deberían haber emprendido unas élites más responsables.

En términos político-electorales más inmediatos, en todo caso, y como se ha analizado arriba, la plurinacionalidad ha demostrado ser una apuesta ganadora: Una alianza fraternal y en pie de igualdad entre una fuerza nacional-popular española -ingrediente que ha faltado en otros intentos- y fuerzas nacionales o soberanistas en las periferias. Este sí era el pacto con capacidad de multiplicar y no el -tan querido por el régimen- “frente de izquierdas”: este apunta a un proyecto de país, no de una parte. Hemos demostrado que la fraternidad multiplica y puede construir una candidatura ganadora en Madrid, en Las Palmas de Gran Canaria, en Valencia, en Barcelona o en Donosti. En la práctica esta alianza plurinacional prefigura una forma confederal de organización de las fuerzas progresistas, que puede anticipar formas flexibles de construcción de la nueva arquitectura territorial para el Estado plurinacional.

Es cierto que cabalgar la cuestión territorial o plurinacional produce tensiones y exige combinar la disputa mediática inmediata con la necesaria pedagogía cultural de más largo recorrido, en territorios donde el sentido común sobre el tema está muy distante. Es cierto que toda postura valiente tiene costes y necesita coordinación y flexibilidad. Pero no es menos cierto que la cuestión territorial -en rigor: nacional- no va a desaparecer por dejar de mirarla o por trazar simplistas divisiones entre las cuestiones “sociales” y las “nacionales”: no hay nada más social que la definición y construcción del país en el que se vive, las emociones que moviliza y el horizonte hacia el que camina. Para los sectores subalternos, hacerse portadores de un proyecto de país es un peso fundamental para conquistar la hegemonía.

Escenario que se dibuja tras el 20D y tareas

El escenario salido del 20-D es el de un complejo impasse, en el que el tiempo es quizás la variable que más puede decidir hacia donde se decantan los equilibrios inestables que hoy mantienen el, en palabras de Gramsci, “cerco mutuo” entre fuerzas del cambio y fuerzas inmovilistas.

El 20 de diciembre confirmó tanto el empuje de una voluntad popular creciente de cambio como su aún insuficiencia para precipitar cambios constituyentes y la capacidad de las fuerzas del sistema político viejo para bloquear o retrasar algunas de las transformaciones -de reversión de los recortes, cambio de modelo productivo, protección social a los más golpeados o garantías contra la corrupción- más sentidas como necesarias por una mayoría transversal en nuestro país. La autoregeneración de las élites viejas aparece dificultada por las estructuras de sus partidos y conglomerados mediático-empresariales; la tutela de los sectores oligárquicos sigue siendo decisiva y las perspectivas económicas y del ajuste sobre un país ya muy desigual y empobrecido no parecen en absoluto alentadoras pese al maquillaje del Gobierno del PP antes de las elecciones. Por eso podemos afirmar que la disyuntiva está entre abrir ya un tiempo de nueva transición que reconstruya, con amplios acuerdos, el pacto social, económico, político y territorial de convivencia roto en la última década por los poderes dominantes; o bien distintos pactos y arreglos de gobierno que piloten el lento declive del sistema de 1978 intentando ganar tiempo para las propias máquinas clientelares de los partidos y para ganar ventaja de cara a próximas contiendas. Nadie duda ya de que hemos entrado en una nueva etapa y que viene otra cosa: la cuestión es si avanzaremos y ganaremos tiempo con políticas de largo recorrido y giro social, económico y democrático de 180 grados, o prolongaremos, con arreglos variables entre partidos, una inercia que aplace las transformaciones ya imprescindibles, prolongando de forma innecesaria el dolor social de la política de recortes y entreguismo a la Troika.

Ya sabemos que no habrá restauración normal. Ahora les corresponde a los aún primer y segundo partido intentar formar gobierno, aún inestable o en minoría. Mientras tanto, la principal tarea de Podemos es garantizar que las cuestiones de sentido común que ayer estaban fuera de las instituciones se abran paso avanzando lo que va a ser, más temprano que tarde, un nuevo acuerdo de país. En materia de regeneración democrática: virtud en la representación pública, separación efectiva de poderes y reforma de la justicia, garantías contra la corrupción y sobre la financiación de partidos políticos y puertas giratorias; en materia de rescate social y recuperación de derechos lesionados: Ley 25 contra los desahucios y cortes de luz y gas a hogares sin recursos, reversión de recortes y privatizaciones, modificación del infame artículo 135 de la Constitución española que prioriza los intereses de la deuda, garantía habitacional para víctimas de violencia machista, permisos iguales e intransferibles para madres y padres, blindaje de un suelo social de gasto para las administraciones autonómicas y estatales, derogación de las reformas laborales del PP y el PSOE, políticas económicas expansivas y de apuesta por las energías renovables y la eficiencia energética; plurinacionalidad: nuevo acuerdo, reconocimientos nacionales y consulta en Catalunya; y democratización del sistema político: derogación de la ley mordaza, reforma del sistema electoral y garantías para la transparencia en los partidos políticos.

Este es el programa de transición votado por más de 5 millones de ciudadanos y, además, el único que ofrece un largo recorrido de democratización y reconstrucción de país. A él están supeditados todos los posibles acuerdos. El problema democrático en España no vino por falta de diálogo, pacto o alternancia entre los partidos, sino por la ceguera de los partidos tradicionales a las necesidades de la población y su falta en defender con más intransigencia las instituciones de su captura por parte de las tramas mafiosas. Podemos ha de ser garantía de que estas cuestiones sigan abiertas, en la conciencia de que el 20D abre un ciclo de transición que habrá que saber conducir para desbordar los intentos de bloqueo o de salida cosmética por parte de las élites viejas.

El acuerdo de investidura de Junts Pel Sí y la CUP, que conforma un Govern de la Generalitat sujeto por el pegamento de la promesa de “desconexión” con respecto al Estado español, tiene profundos efectos en la gobernabilidad y la inestable correlación de fuerzas en España. Además, evita las nuevas elecciones catalanas de incierto resultado, rescata a CDC con un papel rector pese a la baja simbólica -que no retirada- de Mas. Como externalidad no buscada, incrementa las presiones sobre el PSOE para que facilite con su abstención un Gobierno del PP, en lo que de facto sería un acuerdo de gran coalición con la excusa ya clásica de hacer frente al “desafío secesionista”. Un atrincheramiento en el Palau de la Generalitat que favorecería otro en la Moncloa, ambos significando un paso atrás con respecto a los resultados del 20 de diciembre y su potencialidad demostrada de multiplicación de las fuerzas de cambio democrático gracias a la plurinacionalidad y la fraternidad en pie de igualdad. Por ahí no hay desbloqueo, sino más bien retraso -pero no detención- , de las posibilidades de nuevo encaje territorial, de construcción de soberanía popular y justicia social.

En todo caso, Podemos debe saber gestionar el impasse y navegar los equilibrios inestables de días resbaladizos, en los que es crucial cómo se distribuye la presión y la iniciativa.

Por el camino, Podemos debe fortalecer su crédito y experiencia a través del trabajo parlamentario, como hace ya en ayuntamientos y asambleas autonómicas, y saber adaptarse, como siempre en estos dos años, a tiempos que de momento marca parcialmente el adversario. En Vistalegre nos fijamos una “guerra relámpago” electoral, que nos ha permitido llegar más lejos que ninguna opción transformadora en los últimos años. Tanto como para mantener la ventana de oportunidad abierta, si bien modificada en sus plazos y fisonomía. Nuestros adversarios reaccionaron una vez pero han sido más lentos en reaccionar en el último mes, y gracias a la precisión y audacia de nuestra modesta “máquina electoral” hemos entrado hasta la cocina del sistema político español. Esas posiciones conquistadas deben ahora reforzarse expandiendo las raíces en el territorio y multiplicando la formación política y técnica. El largo proyecto de construir una Patria plurinacional, popular y democrática, que no deje a nadie atrás. No será fácil hacerlo en un calendario que, de nuevo, se antoja endiablado y atravesado por comicios que debemos ganar. Pero nunca ha sido fácil. Y sin embargo se va pudiendo.


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