Dominio público

Opinión a fondo

Por el cambio

25 Ene 2016
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Irene Montero
Portavoz adjunta de Podemos en el Congreso de los Diputados. Coordinadora de la Oficina del Secretario General

El Partido Socialista Obrero Español era, en los últimos años del franquismo, una formación política en decadencia y con escasa capacidad para articular los movimientos de oposición al régimen. Cuenta Juan Andrade Blanco cómo, con las excepciones del País Vasco y Asturias, el partido de Llopis no consiguió vertebrar ni los procesos de organización estudiantil que se multiplicaban en nuestras universidades ni la creciente y efectiva organización de los trabajadores en defensa de sus derechos laborales (la sucesión de episodios de huelgas en “mancha de aceite” que estudia Emmanuel Rodríguez y que entre 1962 y 1976 lograron a la vez un crecimiento de los salarios del 15, 20 y hasta el 30 por ciento y el cuestionamiento de la dictadura y de sus instituciones). En este contexto, el Partido Comunista de España era el partido por excelencia de la oposición democrática.

Sin embargo, en los diez años que transcurrieron entre 1972 y 1982, el PSOE fue capaz de navegar con audacia la Transición, sacudirse la “larga noche del franquismo” y convertirse en la alternativa de gobierno en el nuevo periodo democrático y en uno de los pilares articuladores del nuevo régimen.

1972 es el año en el que los cuadros del interior toman el control del partido y desplazan a la dirección en el exilio de Rodolfo Llopis (que no reconocerá los resultados de este Congreso y fundará el PSOE histórico). Los cuadros jóvenes de Sevilla, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza, destacaron por su capacidad de cohesión y sus habilidades organizativas y tan sólo dos años después, en 1974, en el famoso Congreso de Suresnes, Felipe González fue elegido secretario general del PSOE. En estos años la nueva dirección imprimió en el partido una dinámica de cierta participación organizada en los movimientos populares y de radicalización discursiva (eran frecuentes las alusiones al marxismo, o al socialismo autogestionario como horizonte de la lucha política). Radicalización que si bien no se correspondía necesariamente con una apuesta ideológica firme (según Andrade, la dirección del PSOE se caracterizó estos años más por su pragmatismo y capacidad de mimetización con la coyuntura), sí actuó como elemento identitario, de incremento y cohesión de la militancia y como elemento afianzador del liderazgo de la nueva dirección. Así pudo el PSOE competir con el todavía hegemónico PCE en la oposición democrática y ser un actor político imprescindible en la Transición.

Poco después, el reconocimiento de la Internacional Socialista (escenificado con la presencia de dirigentes como Willy Brandt, Olof Palme o François Mitterrand en el Congreso de 1976) se tradujo en una rica fuente de apoyo económico y prestigio internacional para el PSOE. Este apoyo, sumado al carisma de Felipe González, a una audaz estrategia electoral y al respaldo de algunos medios de comunicación hizo posible que en las elecciones de 1977 el PSOE obtuviera un 29,3% de los votos, situándose como primera fuerza de la oposición parlamentaria. Este “golpe maestro” derivó en un vertiginoso crecimiento del partido, y en su fortalecimiento económico y organizativo (Emmanuel Rodríguez cuenta cómo en 1974 el PSOE a penas contaba con 2.000 afiliados en el interior, y Juan Andrade explica cómo en 1980 el 49% de la militancia socialista se había afiliado tras las elecciones de 1977).

Con estos precedentes, el partido de González hizo gala, durante los años cruciales de la Transición, de una gran capacidad contemporizadora, situándose con audacia ante el inestable escenario de estos años y posibilitando con ello, finalmente, su victoria electoral en 1982. El lema de campaña con el que Felipe González llegó a La Moncloa fue “Por el cambio”.

En esta victoria fue también decisiva la existencia del recién nacido diario El País, que se convirtió, bajo la dirección de Juan Luis Cebrián, en el mejor valedor de la línea oficial del PSOE (combinado con duras críticas al PCE), algo crucial para entender la victoria electoral del PSOE si tenemos en cuenta que éste era el diario de referencia de los sectores progresistas de nuestro país. Al respecto, Emmanuel Rodríguez explica cómo fue el mismísimo Manuel Fraga quien, como parte de su proyecto político de un “canovismo adaptado” o “Segunda Restauración”, puso todo su empeño (incluso económico) desde 1970 para hacer posible el nacimiento de El País, que saldría finalmente al público en 1976.

Treinta y cuatro años después, contrasta esta historia llena de audacia y de saber hacer con la escasa capacidad del PSOE actual para situarse ante la nueva transición que afronta nuestro país. El PSOE es hoy una fuerza desconectada de los anhelos y aspiraciones de las mayorías populares, y permanece atrapado en las dinámicas de ejercicio del poder que han terminado por fracturar los consensos de 1978: corrupción, puertas giratorias, implementación de políticas de austeridad, recortes y privatización de los servicios públicos, y sordera ante la exigencia de resolución democrática de la cuestión territorial. No ha seguido, por lo demás, un camino muy distinto al experimentado por la familia socialdemócrata europea, que hace pocos días exigía a España, en voz del jefe del Eurogrupo (el socialdemócrata holandés Jeroen Dijsselbloem) recortes por valor de 9.000 millones de euros más para España en los próximos años. Por todas estas razones el PSOE ha obtenido en las pasadas elecciones del 20 de diciembre los peores resultados electorales de su historia, y con las honrosas excepciones de Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha ha sido sobrepasado en los principales núcleos poblacionales del país por una fuerza política como Podemos, que ocupa ahora el espacio de defensa de los derechos sociales, la soberanía y el derecho a decidir. Quiera o no quiera entenderlo el Partido Socialista, la ciudadanía ha puesto fin al sistema del turno inaugurado en la Transición y exige cambios profundos que no pueden esperar más tiempo.

Nosotros no queremos que el Partido Popular siga gobernando, porque sus gobiernos han sido la mejor garantía para la Europa alemana y los privilegiados de la ejecución de políticas de austeridad y consecuente sufrimiento para la mayoría de nuestro país. Políticas que no sólo son injustas, sino tremendamente ineficaces para la gestión de lo común. Prueba de ello es que la deuda pública no ha parado de crecer, la corrupción ha llegado a tal nivel que sobre el PP planea la primera imputación a un partido por este motivo, y esto sucede a la vez que nuestros servicios públicos adelgazan cada vez más y no son capaces de responder a las necesidades de una mayoría social que ha aportado lo mejor de sí durante estos años de crisis económica.

Nosotros peleamos con ahínco por un Gobierno que afronte con arrojo la nueva transición que está en marcha, y que asiente con su quehacer los nuevos consensos sociales que permitirán recomponer la convivencia. Sabemos que esto no será posible con el Partido Popular, y sólo será posible con el Partido Socialista si nosotros estamos ahí. Por eso hemos decidido tomar la iniciativa y proponer al Partido Socialista, a Izquierda Unida y al conjunto de nuestro país, un Gobierno del Cambio en el que quede representado lo que la ciudadanía ha votado (recordemos que nos separan del PSOE tan sólo 300.000 votos). Un Gobierno proporcional y en el que las áreas de gobierno estratégicas (economía, educación, sanidad, servicios sociales, defensa, interior, política exterior) estén dirigidas por personas y equipos que aporten hechos, garantías, y no sólo palabras, respecto a los cambios urgentes que exige nuestro país.

Una parte del PSOE parece haber olvidado su propia historia, y responde con agresión o desprecio a esta oportunidad. Su vieja guardia (esos jóvenes audaces de los setenta) apuesta por la “gran coalición” y reniega de la posibilidad de un Gobierno de progreso, dispuestos a ejercer la austeridad con el PP con tal de que no cambie nada. Así ha sido, de hecho, en la primera decisión parlamentaria de esta legislatura, en la que el PSOE ha regalado la mayoría de la Mesa del Congreso al Partido Popular y a su escudero. El “otro PSOE” reacciona con estupor: “hablemos, pero todavía no” ¿De verdad la propuesta socialista es esperar al Partido Popular, incluso cuando Mariano Rajoy se retira “temporalmente” gracias a la posibilidad de poner en pie un Gobierno de progreso? Atados de pies y manos, parecen tener dificultades para hacer valer la posibilidad de apostar por un Gobierno del Cambio. Algo sin precedentes en la historia del Partido Socialista.

Dice Enric Juliana que el PSOE se enfrenta al mayor dilema de su historia desde que decidió abandonar el marxismo en 1979. Y que para la vieja maquinaria socialista, “esto sólo lo puede parar Felipe González”. Los jóvenes audaces de ayer y sus barones regionales están poniendo hoy al PSOE en riesgo de saltar en mil pedazos, y lo que es peor, en riesgo de perder la oportunidad de ganar el cambio para nuestro país. No olviden quiénes fueron antes de convertirse en lo que ahora son. Den una alegría a sus votantes, pónganse a la altura de esta nueva transición, y apuesten por un Gobierno del Cambio. Dejen paso al nuevo tiempo.

 

 


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