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Opinión a fondo

Devolver el tablero vasco a su gente. Notas sobre la posibilidad del cambio político en Euskadi

06 Feb 2016
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Eduardo Maura
Diputado de Podemos por Bizkaia

Parte I: la hegemonía cultural del PNV

Comencemos por el principio: simpatice uno con unas ideas u otras, cambiar Euskadi significa desafiar la hegemonía institucional y cultural del PNV. Esto es, se trata de ganar las elecciones y de hacer otras políticas, pero también de dar la batalla cultural: la hegemonía cultural tiene que ver con la manera en en que se construye nuestro sentido común —nuestros “actos reflejos” de pensamiento y de sentimiento, nuestra reacción inmediata ante una noticia, una conversación o una situación social— y con las conexiones casi imperceptibles que establecemos entre las sensaciones que nos dan las diferentes cosas que escuchamos, vemos o simplemente experimentamos en nuestra vida cotidiana. Políticamente hablando, puede decirse que hegemonía cultural es la capacidad de producir, adaptar y coser una idea o un relato capaz de reunir a la mayor parte de una comunidad política; o lo que es igual, la habilidad y capacidad de determinar las reglas del juego —el “sentido común”— de tal manera que si alguien quiere disputar cualquier aspecto político tiene la obligación de hablar el lenguaje hegemónico, es decir, competir en los términos que dicta el adversario. La construcción hegemónica del PNV es hasta cierto punto paradigmática y gira, entre otras, en torno a las siguientes ideas:

1.- Se trata de un partido muy arraigado en el territorio, con imagen de solidez pétrea, aparentemente fiel a unos principios reconocibles y coherente consigo mismo y con sus electores. Sin embargo, da muestras también de ser un partido líquido, capaz de presentarse como partido anti-austeridad (ni una sola vez olvidó Aitor Esteban señalar en campaña que las políticas de austeridad habían fracasado) y al mismo tiempo de no votar en contra de la reforma laboral, de mostrarse partidario del TTIP y de hacer girar sistemáticamente las puertas entre el Gobierno vasco y los consejos de administración de las grandes empresas vascas. Capaz de aparecer como un partido con sensibilidad social y al mismo tiempo privatizador, de a pie al mismo tiempo que partidario de grandes proyectos e infraestructuras espectaculares. En resumen, es Leviatán y Behemoth.

2.- Otro pilar de la hegemonía del PNV es su relación privilegiada con las élites políticas y económicas de la CAV, Madrid y Catalunya. Su condición de bisagra de los dos grandes partidos del turno le ha permitido transitar la vía regia tanto de Génova como de Ferraz, siempre en nombre de los “intereses de Euskadi”. La centralidad de esta imagen es impactante: pacte con una parte o su contraria, pacte para hacer una cosa o su contraria, el PNV siempre actúa en defensa de los “intereses de Euskadi”.

Obviamente, se trata de una construcción político-discursiva: el PNV no identifica previamente los intereses de la ciudadanía vasca y luego los defiende, sino que con su discurso y su práctica política construye dichos intereses, de tal manera que no es que los intereses del PNV coincidan con los de Euskadi, sino que los intereses de Euskadi terminan coincidiendo con los del PNV. Queda por definir si esto es verosímil: ¿puede uno defender los intereses de la sociedad vasca haciendo una cosa y a continuación su contraria? ¿Acaso los intereses de Euskadi permanecen inalterables en el tiempo? ¿De qué hablamos cuando hablamos de los intereses de Euskadi?

3.- En tercer lugar se hallan sus densas y extensas redes clientelares, que ya forman parte del paisaje cotidiano de Euskadi. Son tan conocidas como grande es la indignación que generan en el partido cuando se mencionan públicamente. En este sentido, la clave de la hegemonía del PNV consiste en que es difícil decir si se trata de una entidad privada, por ejemplo un partido político o un club social, o de LA Administración Pública, a secas y con mayúsculas: llamémoslo el PNGV (Partido Nacionalista del Gobierno Vasco). Esta indefinición práctica entre lo público y lo privado, que no pocas veces se cuela en el discurso, es una fuente inagotable de malas prácticas en la adjudicación y seguimiento de los contratos públicos y un antídoto perfecto contra la transparencia y la rendición de cuentas. Es cierto que en Euskadi no hemos tenido una trama de la talla (y bajeza) de Gürtel o Púnica, pero sí casos como Hiriko, De Miguel, Bilbao Air o Bidegi que muestran claramente que la vista gorda, el intercambio de favores y el clientelismo no son importaciones del extranjero.

Es conocido el dato de que la percepción de la corrupción en la CAV es sensiblemente más bajo que en el resto del Estado. Esto es mérito de un PNV capaz de producir unas reglas de juego según las cuales lo mismo que en otros lugares sería intolerable, entre nosotros es algo así como la excepción que confirma la regla: por tanto, “en Euskadi no hay corrupción”. Sin embargo, esta corrupción con “características vascas” no dista tanto de otras que conocemos y no se compenetra con las instituciones de maneras muy diferentes.

4.- Por último, el PNV ha sido también capaz de construir un canon de solvencia enormemente hegemónico: el político vasco estándar es un hombre maduro del PNV, y en cierta medida todos los intentos de parecer solvente deben ajustarse a este patrón. Asimismo, el PNV ha construido un relato de éxito social e institucional con gran capacidad de penetración en el tejido social y cultural vasco: si en Euskadi hay miles familias en situación de pobreza energética, si tenemos un problema de desempleo entre personas jóvenes y mayores de 55 años, si existe una deuda histórica con la Margen Izquierda, si ACB obviamente no puede competir con China por salarios más bajos, etcétera, no es porque se han hecho mal las cosas o porque el Gobierno Vasco tiene otras prioridades, sino porque no le han dejado gestionar como podría si tuviera más competencias: hay dolores sociales graves y un problema crónico de expectativas de ascenso social bloqueadas, pero la clave no es cambiar de políticas y de gobierno, sino darle más capacidad, más votos, más competencias y más poder al PNV. Por supuesto, la respuesta siempre viene por el lado de la calidad de los servicios sociales vascos y por la RGI, es decir, justo donde PSE y PNV, juntos y por separado, han aplicado recortes en los últimos años.

El relato del PNV — “en Euskadi todo va bien, o como mínimo mucho mejor”— ha resistido sin embargo todos los envites de sus adversarios, fundamentalmente EH Bildu, PSE y Ezker Anitza. Esto refuerza la idea de que, aunque haya algo de eso, hacer política no consiste en constatar los hechos —presentar cifras capaces por sí solas de desmontar al rival— o en acumular fuerzas en lo social antes del asalto definitivo, sino en disputar los sentidos de los relatos e imágenes de nuestra vida cotidiana; en este caso, el sentido de en qué consiste una buena gestión y en qué no. Aunque pueda parecer paradójico, el PNV ha demostrado que una construcción discursivo-cultural puede tener más “efectos de realidad” que la presunta solidez de las evidencias.

 Parte II: el cambio en Euskadi. Oportunidades y perspectivas

Los resultados electorales del 20-D en Euskadi deben servirnos para comprender la magnitud de los retos a los que se enfrenta la sociedad vasca en este ciclo político. Los últimos años han sido de ritmo lento por parte de las principales fuerzas vascas, y de hecho la política vasca ha estado fuera del centro mediático, aunque su importancia siguiera siendo enorme. Este desplazamiento de los asuntos vascos del centro de atención se debe al ritmo lento que el PNV le ha impreso a la política vasca, a la baja intensidad del conflicto territorial en los últimos tiempos, así como a la catalanización del ciclo político y a la normalización progresiva de la izquierda abertzale tras la declaración de cese de violencia de 2011, entre otros factores. La importancia creciente de los medios estatales, en ausencia de un Gobierno Vasco con perfil alto, también ha ayudado a modificar la correlación de fuerzas mediática.

Sin embargo, durante muchos años Euskadi ha sido una referencia estatal por su alto nivel de politización, organización social, luchas vecinales y sociales, etc. En líneas generales, puede decirse que este ritmo lento perjudica a los actores de cambio social, dentro y fuera de las instituciones, pero los resultados de Podemos en las elecciones generales han hecho que el tablero vasco se agriete de manera espectacular. Aunque ya se sabía que estos comicios serían diferentes, el resultado de Podemos Euskadi impide pensar la política vasca de la misma manera: todas las fuerzas pierden votos excepto Podemos, que concurría por primera vez a unos comicios de este tipo, y la complejidad y diversidad de los resultados hacen imposible pensarlos como resultado de un trasvase mecánico de votos, sea de la izquierda abertzale, del PSE o directamente de la abstención.

Con ello asistimos a la fragmentación del tablero de cuatro patas (PNV, EH Bildu, PP y PSE). Más que un reforzamiento de la hipótesis del quinto espacio, la irrupción de Podemos en las tres elecciones que se han celebrado en Euskadi en 2015 (municipales, forales y generales) permite atisbar un mapa novedoso en el que los ejes nacional, social e institucional tradicionales de la política vasca, aunque conservan su importancia para muchísimas personas, se articulan, conectan y recombinan de manera diferente.

Asimismo, los cambios sociales de los años ochenta y noventa, intensificados en muchas de nuestras áreas urbanas en la última década y media, muestran un conjunto de identificaciones sociales alternativas o novedosas: los procesos urbanísticos de algunas de nuestras ciudades han dejado atrás, y a veces expulsado, a amplias capas sociales de nuestros barrios; la percepción de las desigualdades y de expectativas de ascenso social bloqueadas cada vez mayor; muchas personas viven en comarcas que han sido prácticamente abandonadas por las instituciones y en las que la apelación al imaginario de éxito del modelo social vasco es cada vez más insostenible, etc. En una coyuntura ambigua en la que muchos pensaban que las corrientes políticas estatales no pasaban con caudal suficiente por Euskadi, las fuerzas políticas han mostrado debilidad a la hora de comprender el cambio social y los dolores e inquietudes que han aflorado en la sociedad vasca.

Aunque todavía está en construcción, nos hallamos ante una escisión social entre el relato hegemónico del PNV —y de las élites vascas— y la percepción de una mayoría social cada vez más transversal. Esta escisión se entrevé en tres signos muy concretos: el Euskobarómetro de noviembre de 2014 señalaba que un 67% confiaba poco o nada en la capacidad del gobierno de Urkullu para resolver los grandes retos del país. Al mismo tiempo, el 75% percibía que el Gobierno Vasco hace poco poco o nada para afrontar la crisis económica, con el añadido de que dicho juicio negativo mayoritario era compartido por personas que se declaran tanto nacionalistas (69%) como no nacionalistas (80%). La guinda era que incluso los votantes del PNV compartían esta valoración (63%). El Deustobarómetro de invierno de 2015 aportaba una dimensión todavía más profunda: más del 85% de las personas encuestadas indicaba que Euskadi no ha salido de la crisis, y casi el 88% se mostraban de acuerdo o muy de acuerdo con que las desigualdades han aumentado en la CAV. Esta excelente investigación también permitía comprobar que más del 50% tenía hace apenas dos meses una opinión mala o muy mala de los empresarios más conocidos del ámbito vasco y estatal (J. I. Sánchez Galán, Gregorio Villalabeitia, Florentino Pérez, Ana P. Botín o Francisco González). Estos indicadores no sugieren tanto un acceso de ira ciudadana como una grieta narrativa en la lectura oficial de la crisis: también en Euskadi puede decirse que el país “oficial” se parece cada vez menos al país “real”, tal como ambos son percibidos.

A nivel estatal había tenido un peso simbólico enorme el 15-M, que supo evidenciar y darle nombre al malestar en condiciones de crisis económica, institucional y moral. Ahora podemos comprobar que fue un error de cálculo importante que en Euskadi todas las fuerzas actuaran como si, en ausencia de un 15—M nutrido en las plazas vascas, el entramado político tradicional hubiera permanecido intacto. No es cierto. Más bien el ciclo 15-M, al igual que en otros territorios, se desdobló en dos tramas diferenciadas: el 15-M de las plazas y las asambleas interminables, minoritario en número, y el 15-M de los hogares —el de las nuevas imágenes, eslóganes y relatos que llegaban a través de los televisores y las redes sociales—, cuya relevancia no puede seguir siendo minusvalorada. Este “otro 15—M” también hizo mella en Euskadi, abriendo una vía hacia el descontento ciudadano y hacia percepciones más críticas del estado de la sociedad y del papel que jugaban los partidos políticos en este mapa de cambio.

Sin embargo, la desconfianza en los actores clásicos y en sus reglas de juego no encontraba un cauce claro. Con el PSE en crisis y relegado a muleta del PNV, y con Ezker Anitza anclada en una lectura ideológica del ciclo político, las mayorías vascas no terminaban de percibir a la izquierda abertzale como referente, a pesar de sus excelentes resultados hasta las municipales y forales de 2015. Esto produjo una imagen de “ excepción vasca” e hizo que el PNV acumulara un considerable éxito electoral. Quizá fuera esto lo que le hizo pasar por alto los 148.000 votos de Podemos en forales y los excelentes resultados de algunas de las candidaturas de unidad popular en los municipios vascos.

Tras el 20-D asistimos, sin embargo, a un cambio de paradigma en la política vasca. Por más que no puedan extrapolarse a las autonómicas, los resultados de Podemos presentan a un actor capaz de tutear a y PNV y EH Bildu y de obligar a todas las fuerzas a reposicionarse. Al mismo tiempo, el eje social, aparentemente una “fortaleza” del establishment vasco, se está conviertiendo en una herida imprevista por la que sangra la vieja narrativa política, y con ella la “centralidad” del PNV, que daba por supuesta la buena gestión y reducía todo el debate a cuántas competencias era capaz de arrancar en Madrid: cuantas más mejor, puesto que su gestión era siempre la mejor y más eficiente. No en vano, sin Podemos en plena forma, todavía pudo discurrir por ese carril la concurrida pelea por el Ayuntamiento de Donostia y la Diputación de Gipuzkoa el pasado mes de mayo. Hoy quizá no podría.

Dadas las circunstancias, el PNV se encuentra en una situación peculiar: por un lado acumula muchísimo poder institucional y gobierna centenares de ayuntamientos, ostenta la Lehendakaritza y controla las tres diputaciones forales en coalición con el PSE. Por el otro, ha perdido unas elecciones generales a las que llegaba en condiciones presuntamente inmejorables ante una fuerza a la que no respetaba lo suficiente, quizá por considerarla un rival menor, además de madrileño —error sociológico y estratégico, tratándose Podemos de una fuerza muy capaz de arraigar en la sociedad vasca contemporánea, pese a ser muy joven… o precisamente por serlo—, o por haber pretendido que era posible hacer política en 2015 sin contar con el ciclo político estatal y europeo —directamente, una ingenuidad.

Probablemente estos sean los motivos profundos, además del genuino y razonable interés del PNV por separarse de la vía catalana, de la propuesta de nuevo estatus y de la ponencia de autogobierno del lehendakari Urkullu: intentar devolver el tablero vasco a los cauces en los que el PNV se siente cómodo. Es decir, la pelea por las competencias y la construcción de un imaginario de éxito social, institucional y de gestión. La ponencia funcionaría, si llegara a tener el vuelo que se pretende, como centro en torno al cual todas las demás fuerzas deben gravitar: el derecho a decidir, una de las banderas de Podemos, se convertiría con ello en derecho a decidir si nos gusta o no la propuesta de Urkullu, y el debate sobre el modelo productivo quedaría reducido al ámbito competencial: marco vasco de relaciones laborales sí o no, Seguridad Social vasca sí o no, Madrid vs Gasteiz, etc.

En este escenario, las fuerzas de cambio debemos abrir brecha. Los ejes del cambio político en Euskadi podrían oscilar en torno a tres grandes bloques:

1.- El hecho de que Podemos ha nacido después de la declaración de cese de violencia de 2011 hace que pueda (y deba) convertirse en un agente de convivencia fundamental, a la altura de una sociedad vasca que mientras tanto ya se ha puesto a convivir. A esto ayuda que se trata una fuerza compuesta por personas que vienen de votar diferente y de experiencias muy diferentes del conflicto.

2.- Podemos apuesta por un giro en las políticas sociales, por blindar los derechos y por una regeneración democrática al servicio de las mayorías sociales. Por supuesto que las fuerzas vascas deben estar abiertas a recibir y pelear más competencias, pero más competencias no equivale a mejor gobierno si no cambiamos drásticamente la orientación general de nuestras instituciones. Más competencias sí, pero para la gente, no para transferir más recursos y prebendas a una minoría de sobra privilegiada. Si reducimos todo el campo de juego político a ver quién es capaz de reclamar más competencias, entonces no vamos a saldar nuestra deuda histórica con la Margen Izquierda y con las personas desempleadas, jóvenes y de más de 55 años, por señalar aspectos socialmente prioritarios. Para eso hace falta cambio político.

3.- La reivindicación de un nuevo estatus es legítima, pero omite el hecho fundamental de que el derecho a decidir no se circunscribe a la cuestión territorial. Forma parte de una propuesta de signo popular que aspira a potenciar la participación ciudadana en los debates de fondo —esos que trascienden la legislatura en curso y marcan época— y a democratizar la vida social e institucional: decidir también, por tanto, sobre la privatización o no de algunos servicios públicos o sobre la conveniencia de algunos macroproyectos de obra pública, entre otros ejemplos.

Por supuesto, ni los resultados del 20-D ni la escisión social entre el relato de los de arriba y la percepción ciudadana de las desigualdades y la falta de oportunidades garantizan el cambio, pero sí muestran que la posibilidad de devolver el tablero vasco a su gente ha llegado para quedarse. Aunque es muy dudoso que el PNV, pese a su fortaleza, pueda llevar a cabo una restauración por arriba del tablero viejo, ninguna escisión social produce cambio por sí sola. En eso consiste, en gran medida, la nueva política vasca, en producir nuevos sentidos, construir voluntad popular y disputarle la hegemonía al PNV. Hace más de medio siglo, el filósofo alemán Th. W. Adorno nos dejó una advertencia: “la tarea casi irresoluble consiste en no dejarse atontar por el poder de los otros ni por la propia impotencia”. Precisamente porque hay que tomarse estas palabras en serio, debemos reconocer que el cambio en Euskadi aún está pendiente de articulación y construcción. Seguimos.


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