Dominio público

Opinión a fondo

Dejadnos respirar

13 Feb 2016
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Enrique del Olmo
Sociólogo y militante socialista

El próximo martes día 16 han sido convocadas por la revista Trasversales personas que quieren que el cambio no se pare, que las demandas de todos estos años tengan un cierto grado de satisfacción y que las ramas de una negociación parlamentaria para formar Gobierno, llena de postureos y florituras, no nos oculten el tremendo árbol que tenemos a la vista.

Hay dos salidas: la continuidad del PP o nuevas elecciones que supondrían una enorme frustración para una amplia mayoría social y un balón de oxígeno para la derecha. Da lo mismo quién cargue con la prueba de la culpa, eso es jugada de regate corto (qué formación puede beneficiarse) y poca responsabilidad política y social. Cualquier continuidad de las políticas del PP en lo económico, en lo social, en lo democrático y en lo político es un tremendo retroceso para la inmensa mayoría de la población. Aunque el PP hoy en día no es el PP de las mayorías absolutas omnímodas de 2012, sigue ejemplificando lo peor de la acción política que la ciudadanía ha rechazado: corrupción sistémica (sí, sí, no hay manzanas podridas, todo él es un árbol podrido), austeridad, desigualdad, ataque a los derechos sociales (persecución de la huelga), ataque a los derechos y libertades (‘ley mordaza’), enconamiento de los problemas territoriales, inmovilismo y prepotencia. Eso es lo que supone cualquier acuerdo con el PP, y desgraciadamente Ciudadanos está demasiado en esa melodía intentando hacer de mediador entre la derecha y el PSOE, y sosteniendo todos los días un partido tan corrupto como el PP madrileño de la Gürtel y la Púnica. Rivera está mostrando cada día más la cara del conservadurismo que la del cambio y su formación aparece como la defensora de las esencias neoliberales ante la decadencia del PP.

Las nuevas elecciones son una irresponsabilidad y una tomadura de pelo a los ciudadanos que votaron el 20-D lo que votaron. Hay condiciones parlamentarias y políticas para que esto no ocurra. Aún más, en un Parlamento con una proporcionalidad adulterada por la ley electoral, hay un millón más de votos por el cambio y contra el inmovilismo (PP-C’s) y cerca de tres millones contra el Gobierno saliente. Y en estas condiciones hay diversas combinaciones que permitirían que este cambio empiece a materializarse: gobierno de las izquierdas (PSOE, Podemos e IU), gobierno en minoría del PSOE con acuerdos programáticos (modelo Portugal), gobierno en minoría del PSOE sin acuerdos y con investidura facilitada. Más allá de cual sea la opción que a cada uno le guste deberíamos asumir colectivamente que las nuevas elecciones son expresión de una incompetencia política que refleja un rasgo de esa vieja política que a la gente cada vez le repele más: poner por delante la parte (es decir el partido), del todo (un cambio aunque sea limitado).

En cualquiera de las fórmulas  sería relativamente fácil poner en marcha un cierto acuerdo programático como ya ha sucedido en diversas comunidades autónomas y ayuntamientos: medidas de choque contra la pobreza y la exclusión, acabar con los desahucios, poner en marcha un plan contra el fraude fiscal, aprobar una reforma de los fiscales, establecer algún mecanismo de ingreso mínimo vital, derogar la ‘ley Wert’, la ‘ley mordaza’, luchar contra la corrupción, reformas democráticas y un importante etcétera que está en la propuesta de todas las izquierdas. Recientemente, por ejemplo, las asociaciones + Democracia, Transparencia Internacional y la Fundación ¿Hay derecho? pusieron sobre la mesa una propuesta sobre regeneración democrática: reforma del sistema electoral, reforma de la ley de partidos, medidas contra la corrupción y rendición de cuentas que pueden configurar el núcleo básico de cualquier acuerdo de gobierno y parlamentario y  pueden ser la prueba del algodón entre inmovilismo y cambio.

Se ha hablado mucho de que hay que poner la mirada larga, y lo comparto plenamente, mirada larga hacia delante y mirada larga hacia atrás (de dónde venimos, las luchas que se han dado, los esfuerzos realizados, los logros conquistados) y en la mirada larga hacia delante hay que superar la visión de la coyuntura (la investidura) para pensar en la legislatura (todo lo que la nueva composición del parlamento permite y que ayer con la mayoría azul era imposible). La agenda parlamentaria ya está marcada por lo que ha demandado la sociedad, hay que tener la responsabilidad de cumplirla o intentarlo al menos.

Los argumentos que a veces mayoritariamente se utilizan para hablar de las dificultades de un acuerdo del PSOE y Podemos son de tipo emocional y subjetivo, cuando no de juicio de intenciones: no nos fiamos, son unos soberbios, intenciones ocultas, nos sentimos humillados, están mareando la perdiz… y es seguro que todas esas afirmaciones tienen una parte de realidad y es evidente que se debería actuar de otra manera, pero más allá de eso lo que se está jugando no es con las filias y fobias de cada uno sino en cómo se puede avanzar en el momento actual;  ni tanto cómo unos querrían y ni tan poco cómo a otros les gustaría para sentirse cómodos, pero esa es la realidad manifestada por el país el 20-D y es en ella que los nuevos representantes políticos tienen que actuar y  la sociedad empujar en una dirección y otra, pero no nos confundamos: la ventana de oportunidad está abierta. Y de verdad que esta sociedad ¡¡necesita respirar!!


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