Dominio público

Opinión a fondo

La negación del populismo como fenómeno político

23 Feb 2016
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Javier Franzé
Profesor de Teoría Política, Universidad Complutense de Madrid

Hay una paradoja con el populismo: en general, sus partidarios, sus críticos y también muchos analistas se resisten a considerarlo un fenómeno político.

El populismo históricamente ha sido vinculado más bien a una anomalía política, pues incumplía los caminos del desarrollo supuestamente lógico-racional que el universalismo Occidental había decretado como humano. En virtud de ello se lo vio como lo propio de América Latina y el llamado Tercer Mundo más que de Europa y el llamado Primer Mundo. Como afección de pueblos jóvenes, inexpertos, que adolecían de la madurez europea. Se borraron así los populismos norteamericano y ruso del XIX, y francés e italiano del XX, entre otros.

Pero también los partidarios del populismo tendieron a situarlo en un nivel trascendente a la política, a sus contingentes disputas por el sentido, para representarlo como la Verdad del Pueblo y/o del Ser Nacional por fin emancipada de su postergación histórica por el Poder de la Oligarquía y el Imperialismo.

Baste como ejemplo que el peronismo fue catalogado por sus detractores como el “hecho maldito” que inició una decadencia infinita, y por sus partidarios como “el subsuelo de la Patria sublevado”, que trajo los días más felices para el pueblo.

También a buena parte del análisis científico social le costó liberarse de esa mirada del populismo como fenómeno no enteramente político, como deformación de lo que la política Debía Ser: conciencia de clase, autonomía obrera y lucha por el socialismo en los análisis marxistas clásicos, integración escalonada y armoniosa de los distintos grupos sociales en la democracia liberal para los análisis funcionalistas tradicionales.

Mientras tanto, quedaba como un fenómeno para el estudio de la epidemiología o la psiquiatría clínica. Ni el fascismo, ni el comunismo estalinista, ni el nazismo recibieron ese trato impolítico durante tanto tiempo. Sólo el terrorismo compite con el populismo en esa persistente mirada que recurrentemente lo privatiza, enviándolo tras los lindes de lo político. Quizá haya algo de geopolítica del conocimiento en esto: populismos y terrorismos suelen adscribirse, a los ojos de quienes así los interpretan, a los suburbios del mundo.

Esta renuencia a colocar el populismo como fenómeno plenamente político —con toda la entidad que esto le otorga, más allá de las posiciones que suscite— hay en un reciente artículo de J.I. Torreblanca, ya desde su título: El gen populista.

Torreblanca enumera una serie de rasgos del populismo, muchos de ellos plausibles, y no reduce el populismo a un signo político determinado, sino que expone casos de izquierda y de derecha. Asimismo, no circunscribe el populismo a América Latina ni al Tercer Mundo, pues pone ejemplos europeos y primermundistas.

Según mi perspectiva, el problema se encuentra en las conclusiones: “dentro de nuestras sociedades parece haber un gen populista, una predisposición a la identificación tribal, étnica o nacionalista que pugna por situarse por encima de la consideración de todos nosotros como ciudadanos libres e iguales, sujetos de derechos inalienables. Es como si las democracias tuvieran una inclinación atávica al suicidio que sólo necesitara de los estímulos adecuados y del solapamiento de quiebras políticas, económica y sociales. ¿Si no, cómo explicamos su insoportable recurrencia?”, escribe Torreblanca.

Si bien es cierto que al hablar de “gen” está generalizando “el problema” a todas las sociedades y no sólo a algunas, la metáfora no deja de ser biológica, extrapolítica, lo cual casa bien con la asimilación de populismo con lo tribal, con la conducta suicida y contraria a la democracia, propia de épocas de turbulencia social, donde pareciera que los sujetos dejan de ser tales y actúan como masa. Todo esto queda contrapuesto a la idea de ciudadanía, de democracia y estabilidad. El populismo aparece vinculado, otra vez, a lo irracional (“estímulos adecuados”), a lo atávico, a lo insoportable.

No se trata aquí de tomar partido, sino de recuperar la distinción que el propio Torreblanca propone al inicio de su artículo entre el lenguaje de la contienda política y el de la explicación rigurosa, propia de las ciencias sociales. Me parece que Torreblanca incumple ambos propósitos: el esfuerzo de mostrar la variedad del populismo durante su artículo se frustra en sus conclusiones, pues allí opera una simplificación de las causas del populismo, al negar su carácter plenamente político, y volver a vincularlo a lo irracional, a lo primitivo (“atávico”) a la manipulación (otra vez “los estímulos”) y el juicio de valor (“insoportable”). Al hacer esto, el texto se coloca en la lucha política, o al menos se excluye de la explicación sociológica o politológica, pues en verdad no expone causa social-histórica alguna de esa recurrencia.

Parte clave de esta imposibilidad de reconocer el carácter político del populismo es el presupuesto que recorre el artículo según el cual la ciudadanía no es una identidad política entre otras, sino una suerte de metaidentidad humana, por lo que la comunidad democrática de ciudadanos no sería más que la suma de los individuos considerados como sujetos de derechos “inalienables” (¿naturales?) y no necesitaría actuar como colectivo (llámese pueblo, ciudadanía, Nación: lo mismo da, pues todas son identidades políticas) frente a otros (tribalmente), sino sólo sumar sus partes para constituir un conjunto que, en rigor, nunca es tal. Esta despolitización de la identidad liberal, presentada como enteramente racional, universalista (ni tribal… ni ¡nacionalista!), resulta —permítaseme como chiste— también “insoportablemente” recurrente en la incomprensión del populismo como fenómeno político.


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