Dominio público

Opinión a fondo

El PSOE renuncia al cambio (real)

18 mar 2016
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Antonio Antón
Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de ‘Movimiento popular y cambio político. Nuevos discursos’ (Ed. UOC)

El pacto del PSOE con Ciudadanos ratifica su renuncia a construir un Gobierno de Progreso y cambio sustantivo en beneficio de la mayoría social. Su apuesta principal es por el continuismo de las políticas socioeconómicas, fiscales, institucionales, europeas y territoriales. Su estrategia la amparan en el consenso europeo liberal-conservador-socioliberal; la justifican en la llamada responsabilidad de Estado y la supuesta estabilidad económica. Solo hay algunas leves medidas de mejora social y transparencia democrática, que pueden ser compartidas por Podemos y sus aliados.

En la campaña electoral lo habían llamado cambio sensato o seguro; ahora sus promotores dicen que es reformista y de progreso. La realidad es que de llevarse a cabo ese programa con similar política socioeconómica y gestión institucional, se consolidaría la dinámica regresiva en materia socioeconómica y el bloqueo institucional autoritario ante las exigencias democratizadoras impuesto por la derecha del PP. En definitiva, se bloquearía la perspectiva de cambio sustantivo por la vía institucional, en perjuicio de las mayorías sociales.

Estamos, pues, ante una gran pugna cultural y política para avalar una orientación política continuista y legitimar su nuevo equipo gobernante, o bien persistir en la exigencia de un auténtico cambio y garantizar un Gobierno de progreso, decidido, firme y compartido.  Y en  último extremo, poder activar la oposición social y el movimiento popular, frente a la involución institucional y económica, y mantener viva la dinámica del cambio.

La opción del PSOE es clara y parece que no tiene marcha atrás, al menos hasta después de las probables nuevas elecciones: fortalecer su liderazgo y gestionar ese plan continuista, con nueva retórica, ambas cosas exigidas y compartidas con Ciudadanos. Por una parte, relevar la posición hegemónica del PP y abrir una negociación con ellos, en una posición de fuerza, sobre la dirección y el alcance del proceso. Por otra parte, debilitar la capacidad representativa de Podemos y sus aliados neutralizando las dinámicas sociales e institucionales de cambio.

Pero dadas las amplias aspiraciones cívicas de avance social y democrático, esa operación del Gran Centro, para tener una mínima credibilidad social, debe acompañarse de un discurso asociado a lo nuevo, al cambio y al progreso. Deben transformar su significado real, socioliberal y de derecha moderada, para embellecerlo y desacreditar la opción de cambio auténtico y su representación política.

Lo más llamativo, para obscurecer ante la gente ese sesgo y la continuidad programática, es el énfasis en su apuesta por el ‘recambio’ de élite gobernante, no de políticas. Como prioridad, imponen su condición fundamental: el gran sillón de la Presidencia del Gobierno, con plenos poderes para decidir sobre su composición y su contenido. Va acompañado de su negativa a un Gobierno de coalición equilibrado con las fuerzas de progreso. Así, la dirección socialista trata de desplazar a Rajoy (no al PP, según C’s) del liderazgo gubernamental y busca recomponer un nuevo equilibrio entre los dos grandes partidos, salvando el ‘turnismo’ de un bipartidismo renovado, con la función mediadora de Ciudadanos y el liderazgo de Sánchez (que tampoco Rivera lo da como pactado).

Pero, como se ha repetido y comprobado públicamente, ese plan no es realista. Lo más relevante de ese proyecto es impedir un giro institucional hacia un cambio sustantivo y la consolidación de un nuevo equilibrio gubernamental con un papel significativo de las fuerzas alternativas. Es decir, su objetivo, explícito en el caso de Ciudadanos y la mayoría de líderes del PSOE, es impedir un Gobierno auténtico de progreso, frenar la dinámica de cambio institucional y desgastar a Podemos y sus aliados. No obstante, es difícil que puedan doblegar a Podemos (junto con sus confluencias, Compromís e Izquierda Unidad-Unidad Popular) o retraer a una parte significativa de sus bases sociales. Tampoco parece que puedan desempatar la candidatura a Presidente de Gobierno, entre Rajoy y Sánchez, con una abstención al uno o el otro.

Todos los grandes poderes fácticos, económicos y políticos, con sus respectivos aparatos mediáticos, están en esa tarea: garantizar el continuismo de fondo, evitar el ‘riesgo’ del cambio. Su incertidumbre principal es el tiempo, la convocatoria de nuevas elecciones según qué condiciones. No saben si Podemos y sus aliados pueden aguantar esta presión política y mediática, afinar su discurso, mejorar sus alianzas y su cohesión interna y consolidarse para las probables elecciones generales del 26 de junio. Su apuesta es por lo contrario. No es posible ahora predecir si sus resultados les van a ser más favorables o no. Ningún actor tiene claro si va a tener más ventajas o desventajas. Hay mezcla de miedo y esperanza. La guerra de encuestas e interpretaciones va a formar parte de la construcción de expectativas y planes. La ciudadanía volverá a tener la palabra. Las tres opciones básicas se volverán a confrontar: el continuismo regresivo y autoritario del PP; el continuismo renovado con cambios parciales y contradictorios del PSOE-C’s; el cambio y la perspectiva de progreso de Podemos y fuerzas afines.

Hoy hay mimbres para un Gobierno de progreso y de cambio, al que renuncia el PSOE. Los desplazamientos de voto pueden ser pequeños. Pueden afectar en torno a un millón de personas, unos cinco puntos porcentuales y unos quince escaños, arriba o debajo, de las fuerzas principales. Pero van a ser muy significativos según su orientación. Aparte del deseable y probable descenso del PP, pueden implicar efectos en los dos sentidos contrarios en el equilibrio entre PSOE y Podemos y sus alianzas, dando por supuesto un relativo empate y que por separado no van a obtener la representatividad necesaria para gobernar.

La dirección de Podemos ya ha hecho un ejercicio de realismo al admitir la posibilidad de un Gobierno de coalición con el Partido Socialista, con un programa compartido y una gestión institucional proporcional y equilibrada. La dirección socialista se resiste a ello y pretende reforzar su autonomía y su hegemonía. Probablemente, los resultados tampoco serán definitivos como para que cada fuerza política realice cambios estratégicos. Su orientación, su representatividad y sus dependencias políticas están muy definidas.

Las variables principales que considera la dirección socialista son dos: por una parte, el grado de desgaste (o consolidación) de Podemos, que le permitiría mejorar (o no) su margen de maniobra en el tipo de continuismo renovado a desarrollar bajo su hegemonía; por otra parte, por quién se inclina Ciudadanos, según sus escaños y ante un posible cambio de liderazgo tanto en el PP cuanto en el PSOE.

Probablemente, los resultados tampoco serán definitivos para forzar cambios estratégicos de cada fuerza política. Habrá discrecionalidad u oportunidad política para las dos opciones básicas: continuidad (renovada) y cambio (real). La decisión para inclinar la balanza hacia una u otra, corresponderá, probablemente, al PSOE. La cuestión central para el cambio es que para abrir una etapa de progreso y de firmeza ante los planes de austeridad europeos, un elemento clave es la consolidación y la ampliación del campo de fuerzas en torno a Podemos,  superar la representatividad del PSOE e influirle mejor en esa dirección. En ese caso, una parte de su electorado cuestionaría su actitud de renuncia al cambio real. Es su temor latente a la pasokización griega. Sería una advertencia y un incentivo para rectificar su estrategia. Y aun así, tampoco es seguro que la dirección socialista lo admita, es decir, podría seguir apostando por un acuerdo de gobernabilidad con el PP y Ciudadanos.

Las diferencias con la situación actual, aparte de que ya no habría la opción de unas terceras elecciones generales, son dos. Por una parte, disminuiría la credibilidad de la dirección socialista y acentuaría el fracaso y el descrédito del continuismo transformista. Por otra parte, en el caso de Podemos y las fuerzas alternativas, aun con la frustración colectiva por el bloqueo del cambio institucional, estarían en mejor posición para hacer frente a una prolongada y dura fase de oposición institucional y social.

Los demás partidos tampoco tienen claro sus posibles ventajas y desventajas ante los nuevos comicios, y todo depende de la capacidad argumentativa o los errores propios y ajenos de los distintos actores durante las próximas semanas. Es evidente el sentido de la campaña de los poderosos para desacreditar a Podemos y debilitar su papel en la negociación posterior. Y están claros los objetivos de restaurar el orden económico e institucional por parte del poder establecido, intentando cerrar este periodo de demandas sociales, deslegitimación del poder y cambio sociopolítico, institucional y de representación política.

Ante este panorama de reequilibrios políticos, para conseguir cierta credibilidad ciudadana, particularmente, el PSOE necesita apropiarse de la representación exclusiva del cambio y marginar al resto de fuerzas transformadoras, las más genuinas partidarias y promotoras del cambio real. Las presentan como las responsables que lo impiden. Así, apuestan por colocar a Podemos en el mismo campo que el PP, con su continuismo regresivo y autoritario, y frente al supuesto ‘cambio’ que sería el pacto PSOE-C’s. Operación completada: cambiar algo (Sánchez por Rajoy) para no cambiar apenas nada (la estructura de poder y las políticas principales), neutralizando las dinámicas cívicas, políticas e institucionales del cambio. Estrategia ambiciosa, revisada y actualizada respecto de la anterior y la anterior, que no dieron sus frutos, pero otra vez con el aparato propagandístico a toda máquina.

El chantaje hacia Podemos y su líder, Pablo Iglesias, es claro: o acata la simple subordinación y apoya su plan continuista y de recambio, de forma sumisa y voluntaria o, bien, se les trata de imponer bajo la coacción del acoso político y mediático. La opción básica exigida a las fuerzas más comprometidas con el cambio es la misma: abandonar su firmeza y determinación. Pero ello sería incumplir el compromiso adquirido con su electorado, construido en estos años de indignación y protesta sociopolítica frente a la injusticia, y correr el riesgo de división y deslegitimación política ante sus bases sociales y electorales, dando al traste con la dinámica y las expectativas de cambio en España y su influjo en el conjunto europeo. Nada más y nada menos se ventila en esta encrucijada. Y el poder establecido es consciente de ello.

Pero esa gran manipulación discursiva tiene poca credibilidad social. La mayoría de la gente tiene viva la experiencia del comportamiento reciente de todas las formaciones políticas. No hace falta insistir en el profundo descrédito social del PP, aunque mantenga un cuarto del apoyo electoral. En el caso de Ciudadanos está claro su carácter derechista, su estrategia económica y laboral regresiva y su prepotencia centralista. En el caso del PSOE, aunque haya cambiado algo su retórica y tenga tendencias ambivalentes, incluida una significativa credibilidad entre sectores de la izquierda social, no sale del pozo de la menor representatividad de la etapa democrática. Y ello derivado de la memoria y la constatación popular de su gestión gubernamental regresiva, sus compromisos con los poderosos, su prepotencia institucional y su agresividad hacia las fuerzas del cambio, es decir, la masiva desconfianza popular en su retórica y su gestión. Así mismo, las fuerzas críticas y alternativas han demostrado su compromiso social y democrático, así como su responsabilidad institucional y su capacidad gestora.

La definición discursiva de la realidad es fundamental porque condiciona su interpretación y su transformación. El eje continuismo-cambio expresa el conflicto y las opciones principales de esta encrucijada política. La pugna por la apropiación y resignificación del cambio, reflejo de amplias aspiraciones populares, es decisiva. Su impulso y su representación son clave.

En definitiva, la palabra cambio expresa la aspiración de la mayoría de la ciudadanía en un doble plano: 1) una política socioeconómica al servicio de la gente y la justicia social que termine con la estrategia de austeridad y recortes sociales, afronte claramente la situación de paro masivo, precariedad y desigualdad social, fortalezca las garantías para los derechos sociales y laborales y modernice el aparato productivo; 2) un impulso democratizador de las instituciones públicas que acabe con la corrupción y la gestión prepotente de las élites gobernantes y encaucen una salida democrática al conflicto territorial. Todo ello plantando cara al poder liberal-conservador y ampliando las fuerzas solidarias en el marco europeo.

Los resultados de las elecciones del 20-D han supuesto un nuevo sistema de representación política. Se ha terminado el bipartidismo, que se resiste a aceptarlo, y la simple alternancia de equipos gobernantes con similares políticas. Se ha abierto la oportunidad para un cambio auténtico que se pretende frenar y tergiversar su sentido. Todavía es posible negociar un Gobierno de progreso equilibrado con un programa de cambio real. Si el PSOE renuncia ahora a él, tendrá que asumir esa responsabilidad. Habrá que volverlo a plantear tras las nuevas elecciones generales, con mayor apoyo popular. La ciudadanía merece otra oportunidad para avanzar en el cambio.


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