Dominio público

Opinión a fondo

La espiral del cinismo

20 Mar 2016
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María Márquez Guerrero
Universidad de Sevilla

Las portadas de los diarios de estos últimos días vuelven a construir una narrativa sobre la fragmentación o el hundimiento de Podemos (cfr. Noticia de una muerte inventada). Nuevamente, el discurso político deja de presentar las características propias de la argumentación y se viste de relato. Como consecuencia, ya no se rige por las reglas de la lógica, presentación de datos-pruebas, y verificación mediante el contraste con la realidad, sino que se conforma según las pautas del relato de ficción, donde el criterio de verdad ha sido sustituido por el de verosimilitud, cierta coherencia interna que hace creíble, una vez situados en el plano de lo ficticio, la acción y la propia creación de los personajes.

En esta labor de narrativización juegan un papel muy importante recursos retóricos como la metáfora, la metonimia o la hipérbole, entre otros. Refiriéndonos a la primera, es muy conocida, por frecuente, la utilización de la metáfora de la “guerra”, que presenta la acción política como una lucha de poder, más cruenta si se da entre familias en el interior de las organizaciones, pues inevitablemente lleva a la fragmentación, y en último término a la desaparición o muerte de  las fuerzas políticas. Esta metáfora, muy rentable comunicativamente, construye un relato de gran contenido emocional, “patético”, que actúa como reclamo o “gancho” para los lectores. También son muy productivas las metáforas que aluden a los fenómenos naturales, por su carácter de fuerza irracional de máximo potencial destructivo imprevisible : “oleada” o “avalancha”, tantas veces utilizadas para referirse a la inmigración, gatillos que activan la  retórica del miedo; o, en estos últimos días, las de “cascada” o “incendio” (“Una cascada de dimisiones ahonda la crisis en Podemos”; “Podemos no logra sofocar incendios orgánicos que le sobrevienen en un contexto de máxima dificultad…”). Las metáforas que presentan a la fuerza política como un edificio que se agrieta y fractura también son abundantes (“Podemos se agrieta por una pugna de poder interno”). En esta crónica de la destrucción, las figuras añaden expresividad y realzan la realidad deformándola hiperbólicamente hasta desbordar sus límites objetivos.

Sin embargo, no se ha reparado lo suficiente en la gran funcionalidad de la metonimia, término que en retórica se utiliza para designar el recurso que consiste en nombrar al todo con el término propio de una de sus partes, o viceversa. Como licencia poética tiene una gran potencialidad expresiva; sin embargo, en un texto informativo, que por naturaleza ha de ser objetivo, claro  y preciso, puede dar lugar a un sutil desplazamiento en la asignación de la referencia, que de este modo deja de ser transparente y clara. Así, por obra y gracia de la retórica, el debate interno que desemboca en la dimisión de los 9 dirigentes de la cúpula de Podemos Madrid es presentado como “una marcha en bloque”, que pronto se convierte en una “Fractura total de Podemos Madrid”, la cual se irá expandiendo, cual lava volcánica, para terminar incendiando a la organización nacional, que acabará “saltando por los aires”. En cuestión de horas, el debate crítico en una Comunidad particular deriva en un “agrietamiento de la izquierda por el pulso Iglesias-Errejón”. Las palabras han dibujado “un culebrón que no se corresponde con la realidad”, como señalaba el propio Íñigo Errejón.

Sin embargo,  no se puede hablar propiamente de falsedad en la información, pues en cierto sentido, aunque sea solo en parte, estos titulares no mienten, del mismo modo que no lo hacía Aznar cuando afirmaba que “España va bien”. La cuestión estriba en precisar de qué hablamos cuando decimos España, la izquierda o Podemos. Igual que ocurre con los estereotipos, en estos enunciados hay una aseveración que es al mismo tiempo verdadera y falsa: verdadera porque responde a la realidad de una parte del todo del que se predica; y falsa porque no se cumple sino en una porción, a veces mínima, del conjunto. La metonimia, como una lupa poderosa, dirige el foco de atención hacia la zona iluminada por ella, mientras que deja en la oscuridad a gran parte del objeto designado, que resulta así invisibilizado. Cierto es que el discurso tiene la  capacidad de crear la realidad: una vez representada la escena del hundimiento, los propios agentes políticos pueden tomar medidas para negarla. Es lo que ha ocurrido cuando Pablo Iglesias firma el cese del Secretario de Organización de Podemos, Sergio Pascual, decisión tomada reactivamente para mostrar la solidez interna del partido. Como en una profecía autocumplida, queriendo negarla, con su acción ha confirmado y profundizado la crisis. En este sentido, aunque no pueda ser calificada de “falsa”, la metonimia no es inocente, y también tiende sus trampas: uno puede quedarse atrapado en su tela de araña, deslumbrado por su foco. Llegados a este punto, convendría preguntarse si la ficción representa a la realidad o es ésta la que se conforma con aquella. Los límites entre ambas pueden difuminarse hasta desaparecer.

De tanto abusar de este recurso, los propios conceptos se van vaciando del contenido que poseen. La falta de precisión en la asignación referencial provoca que el discurso se desarraigue, flote en el aire, se difumine. Los lectores observamos cómo las palabras se llenan y se vacían alternativamente con rasgos de contenido ideológicamente interesados. Finalmente, el divorcio entre el discurso de los políticos y lo que ocurre en la vida real de los ciudadanos es tan radical que conduce a su “desarticulación” o “dislocación” (E. Laclau y Ch. Mouffe),  a una desconcertante  “espiral del cinismo” (J. N. Capella y K. Jamieson), que despierta desconfianza y distanciamiento. El desarraigo referencial hace que la verdad ya no sea una cuestión relevante, de ahí que pueda ser sustituida fácilmente por la verosimilitud de secuencias narrativas (verdaderas “retahílas” que venden humo, intrigas dosificadas en serie, con los correspondientes recuerdos de capítulos anteriores) donde casi todo vale, incluida la mentira en todas sus manifestaciones: la contradicción entre  las palabras y los hechos, o entre enunciados presentes y otros anteriores; la falta de verdadera intencionalidad en los compromisos; la oscuridad o el silencio… Pero, sobre todo, llama la atención la violación de la condición de sinceridad en la intencionalidad del discurso político, que ha dejado de ser un debate crítico para convertirse en un trabajo de figuración, construcción y destrucción de imágenes, mercado de identidades dispuestas para el consumo electoral. En esta particular perversión del fin de la comunicación política, los problemas de los ciudadanos se convierten, a menudo, en  excusa para los enfrentamientos verbales entre las diferentes fuerzas. Llegados a este punto, la “desafección  de los ciudadanos” es la respuesta lógica y natural al desarraigo del discurso político, a su ensimismamiento absorto, a la circularidad que lo mantiene encapsulado lejos de nuestras vidas cotidianas. Mientras los representantes de los partidos se emplean durante meses para lograr acuerdos de gobierno, y en interminables tertulias televisivas se repasan las cualidades y biografías de los líderes, enzarzados entre sí en recriminaciones, descalificaciones e insultos, en Bruselas, por ejemplo, en la oscuridad del silencio, se negocian pactos comerciales que muy probablemente determinarán  nuestra vida.

Frente a la espiral del cinismo generada por una política entendida como transferencia del poder, espectáculo de campaña permanente muy alejada de la verdadera representación, Sergio Cabrera en La estrategia del caracol (1993) recordaba la importancia de la implicación directa de los ciudadanos, quienes, ante el acoso inmobiliario que los amenazaba con el desahucio de La Casa Uribe, con imaginación y creatividad fueron capaces de enfrentarse a sus problemas organizándose ingeniosamente para evitar el desalojo. La película, un canto a la solidaridad, a la esperanza y a la vida, se basa en una breve noticia que apareció en un periódico: la burocracia de la justicia colombiana tardó tanto tiempo en efectuar el desalojo que el juez llegó a descubrir que la casa ya no existía. Como el caracol, que lleva su propio hogar con él, la clave está en nosotros mismos, los ciudadanos, quienes tenemos en nuestra conciencia y en nuestra posibilidad de movilización el instrumento más eficaz para resolver nuestros problemas. Una marcha lenta, pero firmemente arraigada en la tierra.

La espectacularización de la vida política conlleva su inmersión en una lógica económica, comercial (P. Charaudeau). La búsqueda del máximo número de espectadores determina la utilización de un discurso muy emocional, de argumentos débiles, especialmente descalificadores de las personas, en lugar de un repaso crítico de los diferentes programas, en lugar de un análisis de las diferentes propuestas y de su viabilidad dentro del marco europeo en  el que nos hallamos. Hannah Arendt defendía la necesidad de protegerse de los múltiples prejuicios que albergamos contra la política. Y estamos de acuerdo: no se trata, ni mucho  menos, de negar su existencia, ni tampoco la necesidad ineludible de la  representación. Al contrario, creemos, que lo fundamental es que los políticos, lejos del espectáculo, mantengan la conexión con los problemas reales de los ciudadanos que los han elegido; pensamos, como ella, que “el peligro es que la política desaparezca absolutamente” entre flashes, convertida en ruido, en humo.


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