Opinion · Dominio público

Coaching, el disolvente de la política

Jorge Moruno

Sociólogo

Jorge Moruno
Sociólogo

Cuando trabajaba en el Barcelona Bus Turístic y paraba en el World trade center (donde llegan los ferries repletos de turistas), pude presenciar en varias ocasiones corros al aire libre donde se impartían sesiones de motivación a un grupo de trabajadores. Seguro que sabéis de lo que hablo porque lo habéis vivido (sufrido) o visto en alguna película; el típico trabajo de comercial agresivo donde hay que vender sí o sí para alcanzar las cifras de negocio que te permitan volver a sobrevivir un nuevo día de trabajo. Un espíritu a lo Jerry Maguire impulsado por el conocido slogan enséñame la pasta. Estas sesiones representan el extremo de toda una industria de la motivación que es funcional a las nuevas formas de explotación. Se extiende cual mancha de aceite desde el campo laboral hasta el terreno de la política; desparece así, la excusa de la sociedad ante tu fracaso porque ahora todo depende de tu actitud y habilidad.

Tras un discurso de terciopelo donde todo se lubrica de buenas palabras, sueños deseados y pensamiento positivo, se levanta una jaula ideológica asfixiante que percibe en el otro o bien una relación tóxica de la que alejarse para no verse contaminado, o bien una relación sana que te impulsa a perseguir tus objetivos. La realidad viene dada, las cosas suceden, y solo nos queda saber manejarnos en este nuevo entorno salvaje si no queremos quedarnos fuera. El campo de lo que existe, de lo que se percibe como bueno y posible, —y su reverso— se ve redefinido bajo la luz de una nueva forma de ejercer el poder sobre el cuerpo y la mente colectiva e individual. Se pretende por encima de todo eliminar la dimensión política del conflicto y el desacuerdo en la sociedad. Se perpetúan las razones de la desigualdad negando que pueda existir un conflicto que ponga en duda la distribución en las relaciones de poder. Por lo tanto, el único conflicto que existe es el que tienes contigo mismo, ya sean los traumas, los miedos o tu mala actitud, lo que te impiden alcanzar tus sueños está en ti. Se promociona la cultura de la aversión al conflicto asociándolo a la negatividad y a las malas vibraciones que entorpecen el camino hacia el éxito.

Esta lógica del individualismo posesivo pensada en círculos académicos de EEUU, aplicada luego en el ámbito laboral e inoculada como sentido de época, busca configurar un nuevo paradigma ideológico ante la exigencia encarnizada de la competitividad. Frente el cierre impuesto por el régimen de las finanzas, la escalera de la movilidad social colectiva se ve sustituida por la insistencia individual por convertirse en empresario de uno mismo. Modelar la plastilina humana hacia una dirección concreta, para luego, una vez interiorizada, la materia prima esté lista para asumir la cualificación requerida y los papeles que debe representar. La obligación de ser feliz se convierte en el faro totalitario que normaliza e impulsa la desigualdad social. La libertad se convierte de este modo en sinónimo de una forma concreta y particular de entender la felicidad, que de no lograrse, se debe exclusivamente a la toma individual de decisiones incorrectas.

En un modelo laboral cambiante, lleno de incertidumbres y precariedad propias de un mercado ultracompetitivo, la solución a los problemas pasa por convertir a los problemas en la fuente de la solución. Dando por hecho que lo que produce el malestar no puede cuestionarse y cambiarse, es mejor cuestionarte por qué te produce malestar cuando podría ser fuente de tu felicidad. El discurso es un hecho. Cuando nombran a la sociedad  se refieren al mercado, cuando dicen mercado hablan de los intereses de los accionistas de las empresas financieras, de los inversores. Cuando hablan de adaptarse a la realidad quieren decir adaptarse a las necesidades que demanda el mercado, es decir, los beneficios a corto plazo de los accionistas.  El mercado es así un axioma, una verdad articulada como incuestionable por la sociedad, tal y como lo fueron las leyes sagradas, los dioses y los reyes absolutos. Defender la democracia es defender a la sociedad contra el oscurantismo, contra todo aquel y toda relación social que pretenda elevarse por encima de ella,  intente sublevarse contra el demos (el pueblo) e instaurar una tiranía.

No es mi intención lanzar una diatriba contra la felicidad y la necesidad de verse realizado, sino de evitar hacer de la felicidad un mantra inquisitorial que impida desarrollar una crítica política y económica. La libertad no es sinónimo de felicidad. Albert Rivera traslada las prácticas de la gestión empresarial a la arena política cuando reduce la resolución de los problemas políticos a una cuestión de actitud positiva, y afirma que el presidente del gobierno hace las veces de coacher de la sociedad. Visto así  el problema no reside en las causas que lo originan, el problema es no afrontar de forma adecuada el reto que tienes delante. No te preocupes en cambiar las cosas, es mejor que cambies tu actitud ante las cosas. Así se entiende que se tache de venganza la apuesta política que denuncia la desigualdad, y se califique de justicia a no poner en duda las razones que producen dicha desigualdad. El servilismo costumbrista entiende que para tener un país feliz hace falta un presidente feliz. Contra este disolvente de la política que busca evitar discutir y remover las razones sobre por qué nos pasa lo que nos pasa y cómo podemos buscar alternativas colectivas, solo hay un antídoto, el mismo que sirve para paliar la soledad, la pulsión servil y el cinismo: la política que democratiza la democracia.