Dominio público

Opinión a fondo

El municipalismo será internacionalista o no será

21 Dic 2016
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Kate Shea Baird, Enric Bárcena, Xavi Ferrer y Laura Roth
Miembros de Barcelona En Comú

Los movimientos municipalistas del Estado español no podemos ignorar la crisis del neoliberalismo global. Nos toca salir a dar la cara para defender nuestra apuesta por el cambio ‘bottom up’, feminista y radicalmente democrático.

El “asalto municipalista” que hemos vivido durante los últimos dos años en muchas ciudades del Estado da verdadero vértigo. Asambleas de barrio. Programas electorales. Códigos éticos. Negociaciones confluyentes. Crowdfunding. Campañas electorales. Pactos de gobierno. Despachos. Calle. Gestión. Logros. Contradicciones. Errores. Aprendizaje. Sería fácil que nos perdiéramos en las victorias y derrotas del día a día si no fuera por el turbulento contexto global en el que nos encontramos. La Revolución de los Paraguas. Oxi. Refugiadas. Nuit Debout. Brexit. Dilma Rousseff. El Acuerdo de Paz en Colombia. Trump. Referéndum en Italia. Le Pen. Por mucho que nos demanden con urgencia las tareas cotidianas en nuestros barrios, nos incumbe al movimiento municipalista reflexionar sobre nuestro papel más allá de nuestras ciudades y de las fronteras del Estado.

Hace poco más de un año desde Barcelona En Comú empezamos a tantear esta cuestión. Primero de manera reactiva, provocada por el enorme interés que generó nuestra victoria electoral en los ámbitos más diversos de la izquierda europea e internacional. Desde los centros autogestionados de Nápoles y Roma hasta los think tanks de Londres y Berlín, nos dimos cuenta rápidamente que nuestra experiencia se había convertido en un referente de transformación política. La figura de Ada Colau con su trayectoria de activismo, el proceso profundamente colectivo que representa Barcelona En Comú y la proyección internacional que tiene Barcelona como ciudad han servido para captar la atención de mucha gente que busca nuevas respuestas a la crisis económica y política. Sumado a esto, muchas de las luchas en las que está colaborando el Ayuntamiento con la ciudadanía organizada de Barcelona se están dando también en otras ciudades, como por ejemplo frenar la masificación turística, garantizar el derecho a la vivienda o remunicipalizar los servicios básicos. Es decir, pensando en el papel que juega actualmente, el movimiento municipalista que surgió en 2014 representa, para mucha gente, la posibilidad de una alternativa real.

Aunque nos han interpelado desde muchos lugares, lo que nos ha aportado más energía para seguir construyendo son los intercambios que hemos podido tener con otros movimientos municipalistas, estén o no en el gobierno. Además de compartir nuestros objetivos, estos movimientos comparten nuestras formas de hacer. Ponen los objetivos por delante de las siglas; se basan en el hacer y no en debates teóricos estériles; se comunican con un lenguaje cercano y emotivo; son feministas y buscan feminizar la política, poniendo las prácticas cotidianas y los cuidados en el centro; y construyen desde abajo, contando con la inteligencia colectiva. En definitiva, en los movimientos municipalistas hemos encontrado a personas, radicales pero a la vez pragmáticas, con las que nos sentimos capaces de imaginar y construir el futuro.

En este sentido, desde Barcelona estamos haciendo un mapeo continuo de experiencias municipalistas afines alrededor del mundo y tratando de pensar conjuntamente con ellas cómo articularnos y apoyarnos mutuamente. Gracias a este proceso hemos desarrollado una hipótesis que busca poner la dimensión internacional en el centro de los debates municipales y el municipalismo en el centro de los debates globales. Y hemos llegado a la conclusión que la vía a seguir es la de trabajar el municipalismo en red a nivel global.

¿Porqué una red municipalista global?

Para explicarlo, es importante decir que hablamos de “red” como una forma de trabajar y no como una estructura formal; y explicitar que no nos referimos a una red institucional, sino a un espacio de afinidad política, formada por movimientos y organizaciones que pueden estar en el gobierno, en la oposición o incluso fuera de las instituciones. Es evidente que nuestros ayuntamientos deben seguir trabajando con sus homólogos de otras ciudades en base a objetivos compartidos. El acuerdo de colaboración entre Barcelona y París en torno al turismo, la gestión pública del agua o la memoria histórica es un buen ejemplo, así como la red de ciudades refugio o la de gobiernos locales que están en contra del TTIP. Pero lo cierto es que actualmente existen pocos ayuntamientos fuera del Estado que estén gobernados por fuerzas afines a nuestra metodología y nuestros objetivos. Éste es el principal motivo por el cual nos urge crear un espacio político. En alianza con otras organizaciones podremos hacer frente con más fuerza y desde más ámbitos a la falta de democracia impuesta por los estados y los mercados.

Si cabía alguna duda al respecto, el primer año y medio de gobierno de las llamadas “Ciudades del Cambio” ha mostrado que la capacidad de intervención local está fuertemente marcada por poderes y tendencias globales. Vemos como los alquileres de nuestra ciudad suben de manera desorbitada como consecuencia directa de empresas como Airbnb que promueven la especulación con la vivienda, haciendo caso omiso a las normativas locales. Nos preparamos para acoger a personas refugiadas que nunca llegan. Intentamos promover la economía social y solidaria en medio del capitalismo global en su fase más voraz. Dado que nos enfrentamos a adversarios que cruzan fronteras, nuestra respuesta también tiene que ser transnacional. Tenemos que ser conscientes de que nuestro margen de maniobra para frenar los abusos de multinacionales gigantescas como Airbnb en Barcelona dependerá del éxito de las luchas por el derecho a la vivienda en San Francisco, Amsterdam, Nueva York y Berlín.

Por otro lado, el colapso de los partidos socialdemócratas y la incapacidad de repensarse de los partidos de la izquierda tradicional están dejando un gran vacío en el espacio político europeo. Si los movimientos ‘bottom up’, feministas y radicalmente democráticos no damos un paso al frente para ocupar y articular este espacio, otras lo harán. Lo intentará hacer la izquierda intelectual machirula de siempre, apropiándose del capital simbólico de los procesos de construcción desde abajo y sin adoptar las prácticas que nos definen. La otra opción, que es más probable y aún peor, es que quien capitalice esa oportunidad sea la extrema derecha autoritaria, utilizando sus ideas excluyentes y etnicistas de soberanía y de pueblo. Sin embargo cabe decir, a riesgo de provocar, que el eslogan “Take Back Control” (recuperemos el control) de la campaña pro-Brexit, o el “Forgotten Man” (el hombre olvidado) al que apela Trump, no son conceptos tan alejados del “Democracia Real” del 15M o el “99%” de Occupy: todos remiten al mismo deseo de ruptura con un establishment político y un sistema económico injusto con la mayoría. Y es que expresar estas demandas en el marco del estado-nación permite que se vinculen elementos racistas o xenófobos con más facilidad. En cambio, ubicar las soberanías a nivel local dificulta esta asociación y abre otras posibilidades: las ciudades son lugares mestizos, de encuentro y de intercambio cultural; y si los sistemas políticos y económicos alternativos se construyen desde lo local, desde las identidades vecinales y no étnicas, mirándonos a los ojos, podremos generar un espacio de confianza que no vincule nuestros derechos con nuestros orígenes.

Pistas de acción global para el movimiento municipalista

Una vez que nos planteemos este reto, ¿cuáles son los pasos que hay que seguir? Hemos identificado cuatro líneas de acción. La primera se basa en reforzar el relato del municipalismo internacionalista a través de la comunicación y la formación. Para internacionalizar nuestro movimiento tenemos que comunicarnos con el mundo, explicando nuestros valores y prácticas, y las políticas que se están consiguiendo llevar a cabo desde el Ayuntamiento de Barcelona. Esto implica producir materiales en otros idiomas dirigidos al público internacional, como pueden ser nuestros posts dominicales en Facebook – #InternationalSundays -, nuestra cuenta internacional de Twitter – @BComuGlobal – o nuestra guía municipalista. Pero también tenemos que introducir la dimensión internacional dentro de nuestras organizaciones, abriendo espacios de formación y reflexión para hacer partícipes a las asambleas de barrio, comisiones y ejes temáticos de los debates globales.

La segunda línea de acción consiste en trabajar propiamente en fortalecer la red. Cuantas más seamos y cuantas más capacidades tenga cada nodo de la red, más potentes seremos. Así que debemos seguir identificando experiencias afines, conociéndonos entre nosotras y construyendo relaciones de confianza, con el objetivo de crecer y profundizar nuestro trabajo común. Las plataformas del Estado español, por la experiencia de construcción organizativa y de representación institucional, podemos ser especialmente útiles en este proceso: las lecciones aprendidas, tanto en aciertos como en errores, pueden servir mucho a quienes ahora están planteándose emprender el mismo camino.

La tercera línea es el trabajo temático. Siendo movimientos municipalistas, los temas que tienen que ver con la democracia local y el entorno urbano son prioritarias para todos. En ámbitos como el derecho a la vivienda, el uso del espacio público o la gestión de los bienes comunes, tenemos la oportunidad para aprender las unas de las otras, reflexionar juntas, y desarrollar estrategias compartidas que nos refuercen.

La última, quizás la función más importante de una red política, es la de proporcionar un espacio de apoyo político, un “colchón protector” tanto para celebrar nuestros logros, como para arroparnos mutuamente en los momentos difíciles. En este sentido, desde Barcelona En Comú ya nos hemos implicado en dar apoyo a la lucha contra la especulación urbanística en Belgrado, a los alcaldes y alcaldesas kurdos detenidos por Turquía y a la campaña del No en el referéndum constitucional italiano; en los tres casos a petición de nuestros referentes municipalistas del lugar.

Es cierto que tenemos muchos frentes abiertos y mojarse en el ámbito internacional implica una inversión importante de energía y tiempo. Pero hay un salvavidas: “lo internacional” motiva, genera espacios de solidaridad y abre el horizonte de transformación. A día de hoy, la comisión Internacional de Barcelona En Comú cuenta con más de 70 activistas inscritas, entre ellas muchas que se han sumado durante los últimos meses. No cabe ninguna duda que nuestras bases son internacionalistas convencidas; saben que no podemos rehuir sin más de la responsabilidad que asumimos al presentarnos a unas elecciones. Y somos, para bien o para mal, foco de atención internacional. Frente a los muchos intereses deseosos de que nuestro ejemplo no fructifique, hay mucha más gente que, no sólo desea, sino que necesita que constatemos que una alternativa democrática es posible. Nuestro ejemplo puede y tiene que servir para motivar y animar a más movimientos municipalistas a dar el salto y construir desde lo local una imparable revolución global.


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