Dominio público

Opinión a fondo

Aprender de los errores

11 Ene 2017
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Antonio Antón
Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de ‘Movimiento popular y cambio político’. UOC

Dirigentes de Podemos nos han ofrecido un lamentable espectáculo con ocasión de su posicionamiento para la próxima Asamblea Ciudadana, llamada Vistalegre 2: “Sé que os estamos avergonzando”, dice Pablo Iglesias, Secretario General. Así, señala que es la peor imagen presentada en sus tres años de vida y califica la situación de “espiral de torpeza” (en la que se incluye) que hay que parar. A su vez, Íñigo Errejón, Secretario Político, habla de que “a Podemos le toca madurar”.

Empiezo con estos dos conceptos expresados por los máximos líderes de Podemos y referencia de sus respectos equipos y tendencias: existe torpeza e inmadurez. Creo que son útiles como punto de partida para remarcar el talante unitario y constructivo con el que voy a abordar estas reflexiones. No se me escapa que ambas palabras pueden tener muchas aristas y sentidos. Están referidas a la actual polémica sobre la existencia de ‘diferencias estratégicas’ y organizativas (como reconocen ambos, así como la tercera corriente, la Anticapitalista, liderada por Miguel Urbán). Igualmente, reflejan una pugna por el refuerzo del liderazgo respectivo y las posiciones organizativas a conseguir.

Asistimos a un proceso intenso de reagrupamientos internos y expresión de lealtades orgánicas para condicionar el tipo de orientación política y el nuevo equilibrio de los distintos sectores en las estructuras dirigentes. Supone, por tanto, una fractura importante en la dirección, con la distribución, prácticamente por la mitad, de los apoyos de las dos principales sensibilidades, según la reciente consulta, con cerca de cien mil participantes, sobre los procedimientos a seguir: 41,6%; 39,1%, y 10,5%, respectivamente. De entrada, se ha expresado con libertad y transparencia una gran pluralidad de posiciones y un sistema participativo encomiable. Nada que ver con la opacidad, la restricción a los ‘disidentes’ o la capacidad de coerción que ejercen los aparatos dirigentes del PP y el PSOE (y Ciudadanos), con su poder institucional y su vinculación al poder establecido, y que se han servido de esta pelea para esconder sus propios problemas de credibilidad social y democrática.

En todo caso, hay consenso, dentro y fuera de Podemos, sobre que los efectos políticos y organizativos no hay sido positivos sino que le han debilitado. La conclusión es clara: hay que corregir las torpezas y ser más maduros y unitarios. Dejando al margen la instrumentalización y el gozo de los poderosos y su aparato mediático, la dificultad está en establecer la dimensión y gravedad del destrozo producido, sus causas y responsabilidades y, más difícil, qué y cómo enmendarlo. Así, es imprescindible profundizar en el diagnóstico y, sobre todo, aprender de los errores cometidos y las deficiencias observadas y avanzar en la construcción de un sujeto político tan valioso y necesario como Podemos. Luego vuelvo sobre ello. Antes, un rodeo para explicar el enfoque adoptado y justificar las conclusiones.

Soy un ciudadano de a pie, partícipe del cambio social y político. No tengo información directa de los debates y las relaciones orgánicas en las estructuras dirigentes. Cuento con la información publicada (no toda) y datos indirectos y fragmentarios de la realidad interna de la dirección partidista. Lo que sí es pertinente decir es que llevo medio siglo en el activismo social y el compromiso político e intelectual, siempre con espíritu crítico, actitud transformadora y talante democrático. Desde mis primeros pasos juveniles, allá en los años sesenta, de la mano de Paolo Freire, he valorado la pedagogía activa, con un enfoque social para promover la capacidad crítica y el empoderamiento de las capas oprimidas. Todavía a mi alumnado universitario (aspirantes a maestras y profesores de enseñanza secundaria) les recuerdo lo más importante para su futura actividad docente: capacidad para seguir aprendiendo durante toda la vida, particularmente, con la experiencia superadora sobre sus límites y equivocaciones.

El aspecto principal es afrontar el desafío de una nueva formación política, de un partido-movimiento de nuevo tipo, superador de los defectos e insuficiencias de los partidos políticos tradicionales y de las limitaciones de las organizaciones sociales. Esa exigencia colectiva está derivada del reto transformador que en esta etapa histórica ha sido depositado sobre la ciudadanía crítica española y su representación política, en el marco europeo de la pugna por la derrota de la austeridad, el autoritarismo institucional y la regresión socioeconómica. Está ligada, por un lado, a la confrontación con el poder liberal-conservador y las presiones de la extrema derecha xenófoba y reaccionaria, y por otro lado, a la conformación de un bloque social y político progresista, representativo de la mayoría popular y con un horizonte democrático y de justicia social.

En todo este conglomerado de Unidos Podemos y las convergencias y aliados, y ante esa gran tarea, el respeto a la pluralidad, el estilo cooperativo e integrador y la actitud democrática y unitaria son esenciales. No entro en los dilemas de estrategia política, sobre los que habrá que volver. Sólo decir que las conocidas dicotomías moderación-radicalismo, transversalidad-confrontación con el poder, trabajo institucional-arraigo en la calle, ganar mayorías-activar a la gente… me parecen simples, parciales y no antagónicas; es decir, pueden ser complementarias y deben articularse en un mismo proyecto político, aun con énfasis diferentes.

Tras el 20-D, en la decisión más transcendental sobre la posición ante el pacto PSOE-Ciudadanos, hubo opiniones distintas pero las bases de Podemos, con una participación de doscientas mil personas y cerca del 90%, rechazaron el apoyo a ese Gobierno, exigiendo un programa negociado y de progreso y un Ejecutivo de coalición. La coalición con IU en Unidos Podemos también ha sido controvertida pero aprobada mayoritariamente.

El problema es que no hemos contado, hasta ahora, con las otras dos (supuestas) propuestas estratégicas (Anticapitalistas la tiene más definida), convenientemente desarrolladas y argumentadas. Y así es difícil establecer la dimensión de las diferencias políticas y las bases comunes sobre las que conformar un acuerdo amplio. La gente nos hemos visto sumergido en la cultura del tuit, marco no muy funcional para explicaciones, debates y consensos.

Pero estas insuficiencias discursivas, de falta de contenido político elaborado y mecanismos comunicativos esquemáticos, se han visto agravadas por un importante hecho político-organizativo: la fractura del núcleo dirigente (dominante en Vistalegre 1), en dos partes similares con la voluntad de reafirmar su estatus organizativo o de poder interno. La dinámica desencadenada, no inevitable, es la de sumar fuerzas y lealtades simbolizadas por Pablo Iglesias e Iñigo Errejón.

Hasta aquí, no habría problemas, si hubiera proyectos contrastados, talante unitario y métodos apropiados. Incluso se podría explicar la disputa representativa y leal por la distribución del poder interno, la llamada correlación de fuerzas que aspira cada sector en las estructuras dirigentes, incluido las territoriales. Cada cual trata de condicionar la estrategia política y negociar la posición orgánica para influir mejor, a su modo de ver, en el proceso político y colocarse en situación de ventaja para el reparto de las posiciones institucionales que se esperan para las siguientes elecciones municipales y autonómicas (y las generales si se adelantan). Se podría justificar y debatir con transparencia desde el punto de vista del respeto a la pluralidad y la legitimidad de cada sector a buscar el apoyo de la mayoría de la organización.

No obstante, la débil formulación analítica, programática y estratégica ha facilitado la polarización excesiva de liderazgos, la pugna descarnada por las garantías en la distribución del poder interno, con su secuela de descalificaciones políticas y desprestigios personales. Se construyen unas ‘identidades’ de grupo (sensibilidad, sector, corriente o tendencia), a veces, por encima de la pertenencia colectiva y los objetivos comunes. Se habla de proyectos distintos cuando se reconoce que son complementarios y las diferencias no nos insalvables. Aparece el emplazamiento y el regateo de parte.

Esta dinámica perversa nos empuja a ser pablistas, errejonistas o anticapitalistas, antes que compartir el proyecto unitario de Podemos, ser podemitas, cuya nueva definición queda en la penumbra con pequeños y variados destellos emotivos o de buena voluntad. Se han producido formulaciones extremas, caracterizaciones sesgadas del otro, utilización del todo vale, es decir, prácticas poco democráticas. Pablo Echenique, hace un año, antes de ser Secretario de Organización, ya hizo un avance de vicios y defectos organizativos. Es una dinámica antigua que hay que cortar, la de profundizar la división, sin justificación ética o política, y conformar sectas o grupos de presión con la pretensión de apropiarse de los recursos colectivos, simbólicos o materiales, más allá de los méritos propios, y marginar al otro. Hay que respetar el pluralismo de las distintas sensibilidades y articular las diferentes identidades o afinidades, al mismo tiempo que el proyecto común y un exquisito talante democrático, bajo el riesgo de la disgregación y el deterioro político y electoral.

En todas las tradiciones políticas, con la distinción del alcance de quien tiene más poder y quien tiene menos, hay experiencias de prepotencia jerárquica: liberal-conservadoras, socialdemócratas, comunistas, nacionalistas, populistas o anarquistas. A la dirección de Podemos le ha faltado sensatez, le ha superado el proceso de la necesaria adaptación y maduración. Su problema actual de credibilidad cívica es por la percepción pública de su limitada calidad o cultura democrática en la regulación del poder interno, su distribución y su control; más ante la expectativa de lograr posiciones de Gobierno.

En una gran institución u organización política compleja es normal que haya diferencias de ideas e intereses, así como una pugna legítima sobre esa distribución del poder. Pero más allá de los necesarios códigos éticos y procedimientos democráticos, superiores a los de otros partidos políticos, los líderes tiene una responsabilidad suplementaria: es necesario evitar las dinámicas sectarias y las prácticas burocráticas y prepotentes para reforzar la posición propia y deslegitimar la del contrario. El déficit unitario e integrador, en la medida que se produce y se visualiza, les supone un desgaste de su prestigio y liderazgo que, por supuesto, pueden y deben remontar.

Tenemos que evitar una Asamblea Ciudadana fallida, que enquiste la división o no defina un camino compartido. La batalla prolongada y visceral por proyectos divergentes y posiciones orgánicas hegemónicas de una parte conduce al fracaso. Necesitamos un compromiso amplio con un proyecto común, un equilibrio (quizá algo inestable) sin ganadores ni perdedores, ganando todas las personas partícipes del cambio, aun con diferencias sustantivas y reequilibrios representativos. Los objetivos son ambiciosos y la lealtad es, sobre todo, con ellos y con la gente.

El próximo ciclo debe ser de consolidación y ampliación del apoyo ciudadano y de avance en la construcción de un sujeto político más amplio con el conjunto de Unidos Podemos y convergencias. El aprendizaje hoy, vale para mañana. Faltan dos/tres años para el próximo asalto institucional, en un contexto de prolongación de la crisis sistémica. Vistalegre 2 debe prepararnos para ello, pero quizá sea necesario, además de una evaluación permanente, realizar ante ese desafío un tercer proceso reflexivo, deliberativo y constitutivo.

La expectativa de crear un nuevo tipo de formación política popular, más integradora y democrática, habrá que verla con ojos más realistas y perseverantes. Quizá, si sale bien, tengamos enseñanzas constructivas del proceso de constitución del nuevo sujeto político en Cataluña, de la mano de los comunes y el liderazgo de Ada Colau y Xavier Doménech. En todo caso, el liderazgo colectivo que representaba el cartel de Unidos Podemos del 26-J es más adecuado para la próxima etapa. La solución: Atarse los zapatos, al mismo tiempo que aprender y corregir el rumbo.


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