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Opinión a fondo

Obama vs Trump: ¿Qué se teme del lobo feroz?

22 Ene 2017
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Augusto Zamora R.
Autor de ‘Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos’, Akal, 2016

Cosa nunca vista, el presidente saliente de EEUU, Barack Hussein Obama II, se despedía del sillón presidencial con una traca implacable contra su sucesor, Donald John Trump, usando a Rusia como big big stick. No obstante la impresionante traca, Rusia y su presidente, Vladimir Vladimírovich Putin, no eran más que pretextos para intentar serrucharle el piso al futuro presidente, a quien Obama quiere traspasarle un sillón tapizado de clavos ardientes. Con ese objetivo, Obama hizo preparar un ‘informe’ (que resulto obra de un ex agente británico), sobre la presunta intromisión de Rusia –ordenada, claro, por Putin- en las elecciones presidenciales, de resultas de lo cual Trump ganó a Hillary Clinton. Para quemar el escenario, Obama despidió 2016 expulsando a 35 diplomáticos rusos, esperando represalias de Rusia y la subsecuente crisis política, que heredaría Trump. La burda y triste provocación quedó sin respuesta. Putin, político sagaz y entrenado ajedrecista, rehusó entrar en “diplomacias de cocina”. Pocos hechos han evidenciado tanto las diferencias neuronales entre Putin y Obama. No debe, pues, extrañar que Putin le ganara a Obama casi todas las partidas en los pasados ocho años.

El bulo de que Moscú -¡Moscú, Moscú, el malo debe ser Moscú!- poseía información de intimidades sexuales de Trump era obscenidad política pura y dura. Nuevamente Obama herró el tiro. Una acusación de ese talante a quien dañaba, verdaderamente, era a Trump, que resultaba acusado de ser poco menos que un depravado sexual que, además, era tan torpe en sus prácticas sexuales que hasta el ex KGB le filmaba en la cama, como si de una película de Larry Flint se tratara. Sólo ha faltado que Obama recurriera a Garganta Profunda para concluir su mandato con un filme de época, cuyo título podría ser Calumnia, que algo queda. Trump entendió así la acusación y respondió tildando a los servicios de inteligencia de actuar como en la Alemania nazi, divulgando tal tipo de bulos. Debe admitirse que la despedida de Obama ha sido decepcionante. El flamante Premio Nobel de la Paz pareciera lamentar no haber provocado una guerra nuclear, para que su obligada salida de la Casa Blanca terminara con una traca total y definitiva.

Chistes macabros aparte, la pregunta es: ¿Qué ha movido a Obama II a promover esta suma de desaguisados? ¿Qué intereses le han llevado a intentar quemar la presidencia de Donald J. Trump antes de que asumiera el cargo? No es Trump de ultraizquierda; por el contrario, es hombre de derecha bronca y pendenciera. No es un resentido social que odie a muerte al 1% de archimillonarios que controla EEUU: forma parte de ellos. No es un pacifista militante que desee desarmar el país: quiere armarlo aún más. ¿Responde la campaña de Obama a la simpatía de Trump por Vladimir Vladimírovich? ¿Es por hacer secretario de Estado a millonario que hizo pingües negocios en Rusia y conoce a Vladimir Vladimírovich, de quien dicen es amigo? No parecen causas suficientes.

Sin ninguna razón visible a la vista, habría que considerar factores puramente políticos: Obama y un sector relevante del establishment demócrata estadounidense –gran prensa incluida- desean debilitar al máximo a Donald Trump para obligarle a ejercer una presidencia a la defensiva, sometida a permanente escrutinio y bajo pertinaz sospecha de rusofilia (crimen entre crímenes). Con el Congreso y la Cámara de Representantes dominada por los republicanos, el único objetivo al alcance de los demócratas es Donald Trump, que ganó las elecciones de escándalo en escándalo y ha organizado su gobierno en línea similar, incluyendo la designación de un fiscal general simpatizante del Ku Klux Klan y de su yerno como asesor presidencial. Desde tal perspectiva, la ofensiva anti-Trump adquiriría lógica para el Partido Demócrata, una lógica para frenarlo, pues las decisiones de Trump podrían ser saboteadas con debates enconados y mociones de ley, haciendo agónica la presidencia de Trump. Sobre todo en cuanto al astronómico presupuesto de defensa, búnker dominado por el establishment militar-industrial.

Está abriendo Trump muchos, diversos y duros frentes políticos, de China a la OTAN, pasando por Irán, la crisis siria y los tratados de libre comercio. No menos explosivo es el reto lanzado a México, en su empeño de construir un muro que, además, debe ser pagado por México. El gobierno mexicano ha rechazado el dislate, afirmando que jamás asumirá los costos de ese muro (en realidad prolongación de los existentes, pues existen ya más de 1.500 kilómetros de frontera amurallados o vallados). Trump, en esos temas, ofende a México y a Latinoamérica y puede desencadenar un  enfrentamiento birregional que no se ve desde los años 80 del pasado siglo. La crisis estaría servida si, como amenazan desde el equipo de Trump, se aprueba una ley que impida que los inmigrantes irregulares puedan enviar remesas a sus países de origen, como medida para obligar a México a asumir los costos del muro. Buena parte de Latinoamérica depende de esas remesas y una ley así equivaldría a una declaratoria de guerra a la región.

Sin embargo, el tema del muro es baladí comparado con los relativos a Rusia y China. Trump ha reafirmado, pese a la dureza de los ataques, su voluntad de alcanzar acuerdos con Rusia, que versarían sobre la OTAN, el escudo antimisiles, Ucrania, Siria y las armas nucleares. Para Trump “la OTAN es una organización obsoleta”, opinión que constituye un buen principio para abordar el tema, uno de los de más complejos, pues implicaría dar un giro drástico a la política de militarización de Europa puesta en marcha por el ‘pacífico’ Obama (este mes arribaron a Alemania 4.000 soldados de EEUU, 200 tanques y más de 2.400 obuses y otras técnicas militares camino a Polonia). También cree Trump que EEUU debe combatir junto con Rusia al Estado Islámico, que es “una creación de Obama”, lo que es otro buen principio para resolver la tragedia siria. Su idea de que “Crimea no amerita una guerra nuclear” es un factor positivo para ir cerrando el tema ucraniano, siempre que no proponga Trump que Ucrania ingrese en la “organización obsoleta”. Si el nuevo presidente de EEUU no olvida sus opiniones, la paz en Siria puede alcanzarse en breve tiempo y, también en breve tiempo, puede desactivarse en Europa la bomba de tiempo puesta en marcha por la OTAN, siguiendo las líneas militar-imperialistas del binomio Obama/Clinton.

El campo de minas real es China. Tanto Trump como el futuro secretario de Estado, Rex Tillerson, han hecho declaraciones desafiantes sobre dos temas angulares para el gobierno de Beijing. Por una parte, Trump ha afirmado en varias ocasiones que EEUU consideraría reconocer como Estado independiente a Taiwán, isla que China considera parte inalienable de su territorio. Por otra, Tillerson afirmó, en el Congreso, que EEUU podría impedir el paso de buques chinos hacia los archipiélagos en controversia en el mar de la China Meridional, asunto que podría llevar a una guerra entre EEUU y China. Los riesgos son tales que un intento de cierre de ese mar debe descartarse de antemano.

Casus belli sería, también, un reconocimiento de Taiwán como Estado independiente. Tanto el saliente gobierno Obama, como distintos grupos de poder han advertido a Trump sobre las consecuencias de una decisión de esa magnitud. Pese a los avisos, Trump no sólo rehúsa obviar el tema, sino que insiste en él. En una entrevista al diario The Wall Street Journal, hace pocos días, Trump insistió en que revisaría la política de “una sola China”, afirmando que “todo está en proceso de negociación, incluido [el tema] de una sola China”. Debe recordarse que la reanudación de relaciones entre EEUU y China en 1979 se basó en la aceptación por EEUU del principio de una sola China, lo que llevó a la expulsión de Taiwán de NNUU y su consideración como territorio chino.

El equipo de Trump ha informado de otras decisiones en consideración, como son el reforzamiento de la presencia militar de EEUU en el Pacífico Sur, con la apertura de nuevas bases militares o la ampliación de las existentes en Filipinas, Australia y Japón. También considera el establecimiento permanente de cazabombarderos estratégicos en Corea del Sur, con capacidad para portar armas nucleares lo que, sumado al Escudo Antimisiles ya en construcción, convertiría a Corea del Sur en lo más parecido a Berlín 1948. El tema es tan delicado que ha dado lugar a un acuerdo entre Rusia y China para enfrentar conjuntamente dicho Escudo. La re-militarización de Japón, Taiwán y de la misma Corea del Sur convierten esa región en la más tórrida del planeta, sin culpar de ello al cambio climático. Si una Tercera Guerra Mundial estalla por algún sitio, Corea del Sur y el Mar de la China Meridional tienen, por ahora, todas las cartas ganadoras.

¿Y Europa? Mal, gracias a Donald John. Trump hará aún más evidente su papel de comparsa y, de alcanzar un acuerdo con Rusia, el ridículo europeo será mayúsculo con sus delirios militaristas y su patética rusofobia que no lleva a ninguna parte. Vienen tiempos movidos, en todo el sentido de la palabra, con el destino del mundo en manos del nuevo triángulo de las Bermudas: Rusia, China y EEUU. Pero, como diría el cómico mexicano Chespirito, “que no panda el cúnico”. Habrá acuerdos, con dolor de parto y crujir de dientes, pero habrá acuerdos, pues la alternativa a la falta de acuerdos es una suma terrible de guerras comerciales y económicas y un conflicto bélico que, hoy por hoy, nadie parece querer. Por demás, los Obama-Party intentarán que la presidencia le resulte, a Trump, un larguísimo dolor de muelas, lo que mantendrá a Trump muy ocupado, atendiendo sus frentes internos y externos. No nos aburriremos.


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