Dominio público

Opinión a fondo

El hiato

04 Mar 2017
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Jorge Moruno

En España hay 9,4 millones de pensionistas de los cuales la mitad no gana más de 655 euros al mes. Entre los parados de larga duración hay más de 2 millones de personas que llevan más de un año sin encontrar trabajo y casi un millón de estas personas tiene entre 45 y 59 años. Recordemos que casi la mitad de los trabajos que duran un día han ido a parar a personas de más de 40 años, muchos con hijos a su cargo y gastos de hipoteca. La precariedad no es solo cosa de jóvenes, pero hablando de jóvenes; el 42% de los jóvenes menores de 25 años está en paro y el 25% de los que sí tienen un trabajo está en riesgo de pobreza. Eso sin tener en cuenta los cientos de miles que se han marchado fuera de España y el efecto de vacío que provoca en el país.

Nuestros mayores están empobrecidos, quienes van por detrás están desplazados y apartados de la sociedad, y la juventud se da de bruces contra un muro. Pero todo depende, dicen los gurús del management, de cómo se mire el vaso, si medio lleno o medio vacío; debemos ser positivos y culpar a nuestros miedos personales de la situación que vivimos, porque cuestionar aquello que produce la situación es una excusa que te buscas para no afrontar la realidad.

Lo cierto es que el vaso está muy vacío por una parte pero demasiado lleno por la otra, aunque un ejercicio de gimnasia ideológica entiende que precisamente el aumento de la desigualdad es el paso previo a su reducción. El primer paso, afirman, es que los grandes capitales aumenten su riqueza, el segundo pasa por confiar en que por ciencia infusa su acumulación de riqueza acabe drenando hacia abajo y beneficiando al conjunto de la sociedad.

El número de personas que acumulan un patrimonio superior a los 100 millones de euros en nuestro país, ha pasado de 44 en 2011 a 69 en 2014. En España 3 personas acaparan la misma riqueza que 14 millones de personas y el patrimonio de las 200 personas más ricas ha crecido en 60.000 millones de euros en los dos últimos años. Este panorama induce a pensar que la distancia y el quiebre existente entre lo que apuntan los datos y la economía de la mayoría, es una muestra de que “la lucha de clases” sigue vigente, cierto; pero decirlo no es asumirlo. La primera regla de la lucha de clases es no hablar de la lucha de clases. Asumirla pasa por atender y entender el complejo entramado de relaciones sociales que componen la realidad de clase, realidad que no siempre se corresponde con aquello que se identifica como característico de “la clase”.

La disputa por el sentido y por el imaginario, por el futuro, por la dimensión del deseo y lo aspiracional, por definir lo culpable y su solución, por la identidad, por la búsqueda de seguridad, por delimitar lo que es posible o imposible, es fundamental. Ante lo que sucede debemos preguntarnos qué subjetividad se desarrolla, quiénes la desarrollan y hacia dónde se desarrolla. Este punto es clave. No podemos quedarnos en el “cómo es posible que…” mientras nos llevamos las manos a la cabeza. En el hiato dado entre la indignación por la situación que se vive y la sorpresa por cómo calan discursos del odio, de la resignación y los discursos que apelan al prohombre emprendedor-triunfador, se encuentra la batalla subjetiva. Y esta batalla la tenemos que dar con mucha inteligencia.

Esto quiere decir que la realidad no es estática, que no existe una cultura alienada frente a otra “auténtica” que no lo está y que se mantiene pulcra a la espera de “llevar su mensaje a la sociedad”. Así pues, la frustración aparece una y otra vez cuando se comprueba que las masas “no ven y no despiertan” ante lo que son sus intereses objetivos y caen presas de las trampas que les ponen quienes engañan al pueblo.

¿Cómo es posible que ante semejante cuadro socioeconómico, quienes apuestan por la igualdad, no sean las opciones mayoritarias? ¿Cómo es que un millonario capitaliza la indignación de los pobres? ¿Cómo se explica que en el supuesto caso de que Marine Le Pen pase a la segunda vuelta en Francia, recoja votos de otros candidatos ubicados a izquierda y a la derecha? La respuesta autosuficiente volvería al principio: porque la gente está alienada, lo que debemos hacer es combatir la cultura desde un polo estático ya diseñado. La cultura popular comercial, los llamados “populismos de derechas” o los actuales gobernantes, son desde esta lectura, simplemente falsos y manipuladores; pero entonces y precisamente por esa misma razón, tienen que darse necesariamente elementos manipulados que ofrecen un reconocimiento a quienes la consumen/asumen. Es fundamental salir de la esfera de la culpa y el engaño y entender por qué ganan

Lo interesante pasa por descifrar qué hace que ciertos programas, ciertas ideas, ciertos postulados e imaginarios encuentren una estructura desde donde pueden ser asumidos con cierta normalidad. Dicho de otro modo, ¿cómo identificar y modificar el esquema que filtra una forma de desear, de concebir las soluciones y los límites de la realidad?

Como recuerda Slavoj Zizek, “las ideas dominantes no son nunca directamente las ideas de la clase dominante.” Por ejemplo, el nazismo cooptó y deformó la aspiración social a formar parte de una comunidad e incorporó algunas reivindicaciones clásicas de sus adversarios, como el 1º de mayo pagado y festivo. Algo parecido explica Stuart Hall cuando analiza las razones del éxito que tienen periódicos sensacionalistas como el Daily Mirror: no es ni un lenguaje puramente inventado y tampoco es el lenguaje que usan sus lectores de clase obrera. Es, según sus propias palabras, “ventriloquia lingüística en la que el brutalismo envilecido del periodismo popular se combina y enreda hábilmente con algunos elementos de la franqueza y la vívida particularidad del lenguaje de la clase obrera.”

Lo importante sin embargo, es el proceso de movilización ideológica que puede darse en tiempos de crisis donde se derrumban los equilibrios que definen un modelo de convivencia y de configurar el poder. Para alcanzar la verdad hay que evitar partir de una verdad predefinida y tener siempre presente su naturaleza contingente y sujeta al equilibrio de las fuerzas. La verdad como  objeto de la política nunca es repetir que se dice la verdad de “los hechos”, es en cambio, objeto de conflicto, que también es percepción. De esto se percató Maquiavelo cuando en el apartado de los Discursos, “el pueblo muchas veces desea su ruina”, advierte que es más fácil convencer cuando en lo que se presenta al pueblo se ve ganancia aunque esconda en sí una pérdida (burbuja inmobiliaria), y al contrario, es difícil que elija algo con apariencia de vileza o de pérdida, “aunque oculte en su seno salvación y ganancia.”.


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